Iglesia contra estado: la otra cara del imperio español en Filipinas
Un nuevo libro sobre la colonización de los españoles del archipiélago de Filipinas, "Héroes españoles en Asia. Navegando hasta el fin del Mundo" (Espasa), explica las diferencias con laexperiencia de América
"Hemos visto servir en la conquista y pacificación de estas islas y su poblamiento, algunos de nosotros diez años, otros doce, otros quince, con solo la subvención original que los funcionarios de la Hacienda de Vuestra Majestad de la Nueva España nos dieron en México en nuestro camino hacia acá".
Así se dirigían los colonos de Filipinas en 1580 a Felipe II en el memorial de reproches y justificaciones de una empresa que no estaba siendo precisamente un camino de rosas: "Pronto se gastó a causa de las necesidades que encontramos en la pacificación de estos nativos. Y así nos hemos visto obligados a robarles e imponerles de otras maneras, cargando nuestras conciencias de esta manera solo para subsistir. Por tanto, tenemos una pesada carga sobre nuestras almas, de la que no podemos desprendernos a causa de nuestra gran pobreza", se lee en el Memorial de los colonos enviado a Felipe II en 1581. La expedición de Miguel de Legazpi había partido efectivamente en 1564 y, después de quince años, lo único que había quedado medianamente claro había sido precisamente la conquista y pacificación, pero no su poblamiento y menos aún el beneficio de la empresa. Sin subvención —agotada hacía años— y sin beneficios de la explotación, la aventura en Asia se tambaleaba.
Para cuando los colonos escribieron al rey, hacía diez años que se había fundado Manila sobre la antigua Maynilad, en la isla de Luzón, arrebatada por el lugarteniente de Legazpi, Martín de Goiti, al sultán Soleimán, y después de que los españoles llevaran asentados en la isla de Cebú, en lo que denominaron San Miguel, desde 1565. No habían encontrado una gran oposición militar porque los barcos y armas de los españoles eran superiores, pero sí había representado un continuo desgaste, especialmente en Cebú, con continuos ataques de los piratas musulmanes, además de las revueltas y levantamientos de algunos clanes y tribus nativas.
El descubrimiento de la bahía de Maynilad y su conquista y pacificación, primero por Martín de Goiti y después con la ayuda del propio Miguel de Legazpi, que partió desde Cebú, había sido un acicate porque ciertamente era una joya estratégica por ubicación y características geográficas. Aun así, faltaba todo lo demás. Legazpi había muerto casi arruinado en 1572 y allí seguían los colonos convertidos en encomenderos y esperando que aquello fuera como América, desde donde habían partido, cuando nada era, ni sería, igual.
Un nuevo libro sobre el imperio español,
Los autores no dejan ningún aspecto sin tratar: desde la organización de los territorios hasta la evolución en los primeros años del sistema de gobierno, pasando por la cuestión militar, la comercial, la misión religiosa de expansión de la fe, los conflictos con los sangleyes chinos y la realidad de un territorio en la otra punta del mundo que en esos dos siglos XVI y XVII se configuró como un elemento absolutamente esencial y clave de bóveda de lo que fue el imperio español en su conjunto, y que tuvo unas características muy especiales.
Tal y como explican Miranda y Vega, en Filipinas se implantó un sistema de encomiendas heredado de América que debía servir para asentarse de forma sólida en el territorio, pero que, a diferencia del modelo americano, era difícilmente replicable y que en el archipiélago filipino contó además con la expresa oposición de la Iglesia, que fue el verdadero pilar de la expansión española en las islas. Las encomiendas no eran más que concesiones de terreno de la Corona para los colonos, que tenían el doble objeto de la explotación económica y la implantación de la administración, además, por supuesto, del cobro de los tributos.
Pero pronto esos colonos quejumbrosos ante el rey, que en el memorial enviado a Felipe II justificaban los abusos hacia la población local, evidenciaban el problema de que el archipiélago podía ser un enclave comercial privilegiado pero no un territorio tan fácilmente colonizable.
Un apunte interesante que hacen los autores en el prólogo es el del concepto colonial: "usamos el término colonia para referirnos a asentamientos o enclaves poblacionales, y no al sistema colonial español, que se organizaba mediante virreinatos y otras estructuras administrativas con condiciones legales y económicas distintas". Filipinas pasó efectivamente a convertirse, tras la fundación de Manila en 1571, en la Capitanía General de Filipinas, dependiente del Virreinato de Nueva España, y sus pobladores, atraídos con el sistema de encomiendas, estaban ya superados en 1581: "La problemática de las encomiendas se hizo evidente en algunos informes, como los del obispo Salazar, donde se pedía exención de pagar tributos durante un año para mantener la paz. A lo largo de un siglo, los encomenderos recibieron numerosas quejas por las vejaciones contra la población local, unos actos que las autoridades españolas siempre intentaron evitar. El caso es que las encomiendas generaron tensiones entre los poderes administrativo y religioso. Así, por ejemplo, en 1576, varios soldados con encomiendas se quejaron al virrey de Nueva España sobre el sistema de cobros, ya que los frailes establecían los tributos a la baja e incluso en ocasiones los eliminaban, dando lugar a problemas y tensiones".
Los encomenderos recibieron muchas quejas por las vejaciones contra la población local
Los frailes agustinos y dominicos fundamentalmente —también habría una importante presencia de jesuitas posteriormente— representaron realmente la relación de España con los nativos. Mientras Manila había quedado circunscrita a una ciudad administrativa y comercial, encerrada en Intramuros, en donde residían los españoles, separados de los nativos y de los comerciantes chinos, los religiosos eran los que interactuaban y servían de intermediarios entre la población local y los encomenderos.
Hacia 1581 el obispo Domingo Salazar, que había fundado la catedral de Manila, se había opuesto ya frontalmente al sistema de encomiendas y al propio gobernador y, tal como relatan Ángel Miranda y Ramón Vega, la cuestión escaló hasta el propio monarca, lo que desembocó apenas dos años después en la creación de la Audiencia de Manila y después en la de un consejo consultivo que definía las funciones y obligaciones de los encomenderos, vigilado de cerca por los religiosos que no lo consideraron suficiente: "Desafiando a la propia Corona, Salazar pregonó que había dos tipos de soberanía, una natural y otra sobrenatural. La primera la ejercía el rey, administrando justicia y protegiendo a los súbditos, pero la segunda recaía en el Papa y estaba dirigida a la salvación eterna. La soberanía natural solo se podía conseguir por decisión propia o por una guerra justa y, según Salazar, Filipinas no cumplía ninguna de esas condiciones".
Las tensiones eran evidentes y Salazar viajó a España para entrevistarse con Felipe II acompañado por fray Miguel de Benavides, dominico clave en la historia de Filipinas al ser el fundador de la Universidad de Santo Tomás, la primera de toda Asia, tan pronto como el 28 de abril de 1611, y una de las instituciones más importantes de toda la historia del archipiélago. Según los autores, Felipe II recriminó a Benavides gobernar desde el púlpito, ante lo cual el dominico propuso la votación sobre si Felipe II era el rey soberano natural y también sobrenatural de las islas, con los electores que iban desde el gobernador Francisco de Tello de Guzmán hasta todas las autoridades civiles y eclesiásticas de Filipinas, con el objetivo de aprobar la real cédula de 1597.
En esencia, se trataba, según los principios morales y políticos de la época, casi de un referéndum que buscaba confirmar el consentimiento formal y público de los filipinos para legitimar la presencia y el dominio español en el archipiélago. Con el nuevo estatus, Felipe II concedió la instrucción religiosa, la administración de justicia, la protección contra los enemigos (japoneses, chinos, moros e infieles hostiles) y la prohibición de las exacciones ilícitas de impuestos.
Es el momento en el que el territorio de Filipinas y sus estructuras sociales se asentaron de forma pacífica y dieron lugar a varios siglos de prosperidad. Los encomenderos se convirtieron fundamentalmente en comerciantes y la realidad fue que sirvió además para el protagonismo absoluto de las órdenes religiosas en la relación con los nativos primero y en la consolidación de la estructura administrativa española en Filipinas. Un territorio que seguiría siendo eminentemente comercial y basado en el Galeón de Manila, que no era más que el intercambio con los comerciantes chinos y no la explotación directa de los recursos del territorio. Esta se desarrollaría muy posteriormente, al tiempo que la presencia de la Iglesia y su educación se afianzaban en el archipiélago.
"Hemos visto servir en la conquista y pacificación de estas islas y su poblamiento, algunos de nosotros diez años, otros doce, otros quince, con solo la subvención original que los funcionarios de la Hacienda de Vuestra Majestad de la Nueva España nos dieron en México en nuestro camino hacia acá".