Hace unos meses me di de bruces en el metro con un viejo colega. Hicimos el conocido cálculo de cuánto tiempo llevábamos sin vernos y el resultado fue también conocido. No nos veíamos desde hacía unos siete años, es decir, exactamente desde el momento en el que había sido padre. No era, por lo tanto, tampoco casualidad que nos hubiésemos encontrado en el metro y no en un bar, en una sala de conciertos o en el cine, lugares donde solíamos coincidir y ya no. Porque el metro, como la muerte, es lo único que nos une a todos, seamos padres o no lo seamos.
Mientras hablábamos, empecé a detectar el clásico hilo argumentativo del padre frustrado que he escuchado tantas veces. En primer lugar aparece el orgullo. A continuación, un reconocimiento de lo mucho que le había cambiado la vida en todos los aspectos, que sonaba como una justificación de por qué no nos habíamos visto en todo este tiempo. Claro, es que ya no tengo tiempo, y yo respondería que no se preocupase, que no quiero molestar que estarán muy liados y (esto no lo dije), a lo mejor tampoco somos tan amigos.
Las trazas de realidad que se cuelan en ese teatrillo que los padres y los no padres escenificamos cada vez que nos encontramos se resumen en que cada vez tenemos menos cosas en común. Desde luego, ya no frecuentamos los mismos lugares, así que era raro que nos encontrásemos. Supongo que eso implica también que en realidad nunca fuimos amigos, sino que caíamos en esa amplia categoría de los “colegas” cuya única vinculación es una afición, un lugar o unos amigos (de los de verdad) en común.
Seguidamente, y tal y como había imaginado, empezó a enumerar todas las dificultades que se habían encontrado su pareja y él durante los últimos años. Aunque no le eran desconocidas porque ya le habían advertido antes de ser padre, hasta que no lo fue no se dio cuenta de verdad –ahí está la clave, en ese “de verdad”– de todo lo que suponía ese paso del que nunca se puede volver.
No tengo tiempo para disfrutar de mi familia precisamente porque tengo familia
Ya no puedo hacer la mayoría de cosas que hacía, ya no leo ni libros ni veo películas ni escucho nada más que los Cantajuegos, aunque trabajemos los dos llegar a fin de mes es complicado, la familia sirve para un día pero no te puede ayudar todo el tiempo, hay que hacer encaje de bolillos con los horarios, la relación con mi pareja se ha deteriorado y, además, trágico giro final, ni siquiera tengo tiempo para disfrutar de mi familia precisamente porque tengo familia.
Entonces, como colofón final, cayó la bomba. “¿No tienes hijos, no, Héctor?”, me preguntó. “Aprovecha, aprovecha tú que puedes”. Estoy en esa edad en la que el porcentaje de personas cercanas que tienen hijos empieza a superar el de los que no los tienen, y gente que hace no tanto tiempo tenía tu mismo estilo de vida pasa a adoptar costumbres totalmente opuestas de la noche a la mañana. He identificado un tipo de envidia difícilmente disimulada por parte de esos padres primerizos. “Huye aún que puedes”, parecen decir. Estoy contento con mi vida, pero tampoco creo que sea envidiable. Como con todo, uno anhela lo que no tiene. Y lo que no tienen es tiempo, dinero, pocas preocupaciones y siete horas de sueño.
Un niño llorando. (Foto: iStock)
Sabía cuál iba a ser el siguiente comentario, porque lo he oído muchas veces. “Pero no lo cambiaría por nada”, una de esas oraciones donde el “pero” matiza demasiado la frase anterior. A veces va acompañado de “ha sido la mejor experiencia de mi vida”. En otras ocasiones, por “esto merecerá la pena” (algún día). Es cierto que nunca he sentido que estos padres fatigados se hayan arrepentido de su decisión. Más bien se trata de otro sentimiento: el dela resignación que sucede a la sorpresa inicial. Si pudiesen dar marcha atrás, seguirían teniendo hijos. Pero tal vez en otro momento, tal vez en otras condiciones.
No solo decir que te arrepientes de haber sido padre es un tabú (aunque haya investigaciones que sitúen a quien se atreve a hacerlo en un 13%), tampoco puede parecer que los sacrificios que tienes que hacer por ser padre son demasiados, no vaya a ser que piensen que eres un egoísta. Así que como no lo pueden decir ellos, ya lo digo yo. Por supuesto que han tenido que renunciar a muchas aficiones, sueños y proyectos, por supuesto que las cuentas no le salen y por su puesto que su día a día puede llegar a ser un infierno. Por supuesto que su calidad de vida ha disminuido en muchos aspectos.
Dejémonos de hacernos trampas al solitario y aceptemos que en la sociedad actual, a pesar de todos los adelantos tecnológicos y sociales, los hijos implican un coste (económico, personal, social) cada vez mayor, aunque sea una mera cuestión de expectativas. El rancio natalismo que está surgiendo es tan naïf como una taza de Mr. Wonderful: pretender convencer a base de chapa ideológica moralista que tener hijos es lo mejor que te puede pasar en la vida (si piensas otra cosa, por supuesto, eres un egoísta relativista) sin tener en cuenta que la sociedad y existe y la gente habla es como pedir en pleno 2025 que alguien vaya a la guerra por su patria.
Me adentro en esa edad en la que la gran brecha está entre si eres padre o no
Pero a la gente no se la convence apelando ni a la responsabilidad individual (“si no tienes hijos quién te pagará las pensiones”) ni mucho menos maquillando una realidad que desde luego no se parece en nada a esas imágenes generadas por IA que tanto le gusta a la alt-right. No hay nadie que me haya convencido más de que no sea padre, o al menos, de que me lo piense bien, que los propios padres.
No hay nada más antinatalista que la realidad sin maquillar que se impone frente a los discursos ñoños de Instagram, cuando por una larga serie de razones y responsabilidades diluidas –las empresas que arrugan el morro ante la paternidad de sus trabajadores, el gobierno que hace lo que puede que no es mucho, estructuras sociales que se vienen abajo, individualismo creciente– ser padre hoy te separa mucho más de tus semejantes que hace unas décadas, cuando la brecha no era tan amplia.
Porque la mayoría de padres que deslizan estas confesiones comparten ciertas características. Sus orígenes son de clase trabajadora, sus redes familiares no son demasiado amplias, no tienen vivienda en propiedad ni han estudiado en el extranjero ni una sólida carrera profesional; en definitiva, no tenían una vida sencilla ni siquiera cuando no eran padres. Para más inri, además, desean ser los mejores padres posibles. Los otros, los que vienen de buena familia, al contrario. Te preguntan, extrañado, por qué no quieres ser padre. Pues que pregunten por ahí.
Qué duro es superar los 60 años sin familia. Mi mujer y yo no tenemos hijos ni sobrinos. Yo he perdido a mis tres hermanos y mi mujer sufre algo peor: la desafección de dos hermanos por culpa de una herencia. Los amigos solo son una brizna de afecto en el vasto océano de la… pic.twitter.com/wuWhLiWZFy
Me adentro en esa época vital en la que la gran brecha entre unos amigos y otros ya no se encuentra ni en sus aficiones, ni en sus preferencias políticas ni en su lugar de residencia como podía ser en el pasado, sino en si son padres o no. En una sociedad de incierto futuro y crecientes dificultades económicas, los futuros padres se van a pensar cada vez más si dar el paso. Convertirlo en otra guerra ideológica, sin pensar de qué manera exacta y práctica se puede ayudar a aquellos que lo hagan, es el camino más corto para la frustración, el enfado y el fracaso.
Hace unas semanas, el filósofo Rafael Narbona publicaba en redes una dolorosa confesión en la que hablaba sobre cómo veía su futuro al no tener hijos ni sobrinos: “Qué duro es superar los 60 años sin familia”. Pero he conocido los suficientes casos de familias rotas, hijos y padres que no se hablan o, simplemente, reducen su relación a la mera tolerancia mutua, como para no interpretarlo como otro signo más de la envidia hacia aquello que no se tiene, en este caso, en la dirección opuesta a los padres frustrados. Un buen recordatorio para todos, padres y no padres, de que la vida ajena siempre parece mejor.
Hace unos meses me di de bruces en el metro con un viejo colega. Hicimos el conocido cálculo de cuánto tiempo llevábamos sin vernos y el resultado fue también conocido. No nos veíamos desde hacía unos siete años, es decir, exactamente desde el momento en el que había sido padre. No era, por lo tanto, tampoco casualidad que nos hubiésemos encontrado en el metro y no en un bar, en una sala de conciertos o en el cine, lugares donde solíamos coincidir y ya no. Porque el metro, como la muerte, es lo único que nos une a todos, seamos padres o no lo seamos.