España tiene una enfermedad: la nostalgia (no solo la del franquismo)
El 41% de los españoles habría preferido nacer en 1975, pero no solo hay una nostalgia de la dictadura. Frente a ella, la nostalgia de la Transición es cada vez más fuerte
Durante mucho tiempo, "nostálgico" tuvo un significado muy concreto para la sociedad española. "Nostálgico" era el eufemismo que se utilizaba para referirse a todos los que seguían defendiendo al franquismo en democracia. Hoy el término ha perdido ese sentido porque la nostalgia lo inunda todo. Es uno de los rasgos estructurales de las sociedades contemporáneas, como explica la historiadora Agnes Arnold-Foster en
Durante los últimos meses se ha hablado mucho sobre la nostalgia franquista a partir de un dato incontestable: el 21% de españoles cree que la dictadura fue buena o muy buena. Frente a ella, y casi como reacción, ha brotado un nuevo tipo de nostalgia histórica a propósito de los 50 años de la muerte de Franco, onomástica promovida por el gobierno y que se ha traducido en una larga serie de actos, publicaciones, libros o series como Anatomía de un instante, la adaptación de la novela de Javier Cercas dirigida por Alberto Rodríguez y producida y estrenada por Movistar+. Nostalgia del consenso frente a la nostalgia del disenso.
No es fácil cuantificar cómo de nostálgico es un país, y por eso hay pocas investigaciones al respecto. La más completa ha sido publicada hace apenas dos semanas por Ipsos. El estudio arrojaba dos conclusiones. Una previsible; la otra, no tanto. La primera está clara: en 29 de los 30 países analizados, la mayor parte de la población preferiría haber nacido en 1975 que en 2025. La nostalgia no es solo un problema español, sino global. En nuestro país, el 41% optaría por haber nacido en 1975, por un 26% que preferiría haberlo hecho ahora.
Para Paco Camas, Director de Opinión Pública de Ipsos en España, hay dos explicaciones. Una estructural y común a todas las sociedades, generaciones y épocas: "Conforme uno se hace mayor, tiende a añorar lo vivido, por eso las generaciones mayores son más nostálgicas", explica a El Confidencial. Según los datos de su encuesta, tan solo la generación Z (nacida entre 1997 y 2012) preferiría haber nacido hoy a hace cincuenta años.
Pero hay otra explicación más coyuntural que explica esta deriva tan occidental (entre los países menos nostálgicos se encuentran Corea del Sur, Japón, Singapur, India y Tailandia): "Desde la gran depresión de 2007, el país ha sufrido una superposición de crisis que ha conformado una visión muy pesimista del futuro. Cuando ves el futuro muy negro tiendes a refugiarte en buscar cierto orden y equilibrio en el pasado". Europa ha perdido la centralidad que tuvo durante la segunda mitad del siglo XX. Esto ha generado una idealización de tiempos anteriores que políticamente suele traducirse en un desplazamiento político hacia la derecha, ya que como explica Camas, "la personalidad conservadora está más asociada a la tradición, al orden y al pasado".
Sin embargo, la segunda conclusión de los datos es más llamativa. Aunque España es nostálgica, se trata de uno de los países menos nostálgicos de su entorno. Desde luego, con su 41%, mucho menos que Francia (57%), Bélgica (53%) o Italia (47%). Tan solo Polonia es el país europeo menos nostálgico que España, quizá por razones parecidas. En 1975 aún vivíamos una dictadura y Polonia bajo el régimen soviético. Los mejores años de nuestra historia aún no habían llegado.
Camas vuelve a recordar que se trata de una cuestión ideológica. "La valoración que haces del presente influye en la evaluación que haces del pasado: es decir, el electorado conservador en España está muy insatisfecho con el presente, lo que hace que tenga una visión más dulce del pasado, pero la izquierda no tanto por lo que no lo echa tanto de menos", explica. Así pues, esa nostalgia que en otros países es transversal, en España está más fragmentada.
1975: año de dictadura, año de Transición
Esa nostalgia del pasado franquista ha sido capitalizada ante todo por partidos como Vox. Eso ha dejado un caramelo encima de la mesa para los dos grandes partidos: la Transición como el gran elemento de nostalgia de la democracia española. Quien sea capaz de apropiarse de ella, ocupará (simbólicamente) el centro del tablero político. De ahí que, por ejemplo, Moncloa haya pasado todo el año reivindicando el papel clave del PSOE durante la Transición y que, en respuesta, Feijóo haya acusado a Sánchez de llevar al PSOE fuera del marco constitucional.
"Es normal que los partidos que tratan de ocupar la centralidad se enfrenten a una dicotomía: por una parte, cuando quieren captar voto, polarizan, pero su fundamento sigue siendo ocupar la moderación, y la moderación en España tiene su raíz en la Transición y en esa idea de que fue el momento en el que antagonistas y políticos de diferente signo se unieron", explica Camas. "Es la base del estado de derecho social español", explica Camas.
"El Gobierno celebra los consensos y la oposición dice que está fuera de ellos"
Como recuerda Ignacio Sánchez-Cuenca, catedrático de Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Madrid que acaba de publicar junto a Robert M. Fishman Las huellas de la Transición (Catarata), es con diferencia el hecho histórico del que más orgullosos nos sentimos los españoles. En un país donde la historia es cada vez más polarizante, el único capaz de ponernos de acuerdo. De ahí no solo que se recupere la memoria de la Transición, sino que se intente arrimar el ascua simbólica a aquel imaginario.
Si Sánchez imitaba a Suárez frente al espejo, el PP contraatacó con su propio Suárez (Illana). Sánchez-Cuenca analizó cuántas veces aparecía la palabra "Transición" durante la ponencia política del PP en junio, y no le sorprendió que fuese uno de los términos más usados. Por ejemplo, el texto señala que "las primeras políticas de la mal llamada ‘memoria democrática’ ya mostraron una voluntad de poner fin al consenso de la Transición, y pronto recuperaron la retórica del enfrentamiento".
"Aquí hay una pelea política", prosigue Sánchez-Cuenca. "El gobierno está celebrando los consensos de la Transición, mientras que la oposición argumenta que el PSOE está fuera de esos consensos". Aunque el porcentaje de españoles que se muestra orgulloso de la Transición haya descendido ligeramente durante las últimas décadas, desde un 85% a alrededor de un 70-75%, sigue siendo muy alto.
El retorno nostálgico a la Transición es también síntoma del declive de Podemos
Hoy ya apenas queda rastro de la enmienda a la totalidad de la Transición que realizó Podemos en particular y el discurso del "régimen del 78" en general. Es más, el retorno nostálgico a la Transición es también síntoma del declive de Podemos y de su absorción por el sanchismo. "Siempre pensé que el ataque frontal a la Transición de Podemos era quijotesco, ya que la sociedad española tiene una visión muy positiva de ella", valora Sánchez-Cuenca. No solo el orgullo por la Transición ha descendido entre la izquierda (lo esperable, por la influencia del 15M), sino que ha aumentado entre la derecha.
¿Ya no hay políticos como los de antes?
Anatomía de un instante, la serie, que fue presentada en el Congreso de los Diputados, recupera un viejo leit motiv del western para caracterizar a dos de sus protagonistas, Adolfo Suárez (Álvaro Morte) y Santiago Carrillo (Eduard Fernández): el tabaco. En la escena en la que se conocen, aún en la clandestinidad, el presidente ofrece tabaco al líder del PCE. Este lo rechaza. No fuma tabaco negro. Tres años después, ya ambos en el grupo mixto, defenestrados y rechazados por los suyos, comparten un paquete de tabaco rubio en un acto de camaradería. Pero también un síntoma del acercamiento entre dos mundos en apariencia irreconciliables.
Al igual que ocurre con La última llamada, otra serie documental de Canal+ que recupera a los presidentes de la democracia, Anatomía de un instante vuelve a reivindicar a los protagonistas de la historia. Algo que había cambiado en las últimas décadas, como recuerda Sánchez-Cuenca: "Para el libro analizamos todas las portadas de los libros que se han publicado sobre la Transición, y hasta el 2000 todas estaban protagonizadas por los líderes, Suárez, Carrillo, el Rey, Felipe González… pero a partir de ese año, los diseñadores empiezan a utilizar otro tipo de imágenes, como urnas, papeletas en las calles, manifestaciones o cargas policiales".
Un retorno a la nostalgia de las grandes figuras que es, por extensión, una nostalgia de los consensos que cristaliza en la figura de Manuel Gutiérrez Mellado, el general que se enfrentó a Tejero durante el golpe de Estado. De golpista a defensor de la legitimidad democrática. "Nostalgia del consenso" es también el título de un artículo académico del historiador Manuel Ortiz Heras, Catedrático de Historia Contemporánea de la UCLM y coordinador del Seminario de Estudios del Franquismo y la Transición, que tiene una opinión contundente sobre este tema.
"No hay nostalgia, lo que hay es impostura: como no nos gusta lo que está ocurriendo, miramos atrás buscando un Grial que nos dé cierta seguridad", valora. El historiador acaba de participar en un seminario sobre la Transición en su universidad y uno de los temas más recurrentes era el del "dichoso" consenso. "Algo compartido entre los historiadores, entre los que nos dedicamos a indagar en documentos históricos y a hablar con los protagonistas, es que el consenso no caracteriza la Transición".
Al historiador le hace gracia la frase "ya no hay políticos como antes", uno de esos lugares comunes que se han establecido sobre la Transición, porque no cree que se corresponda con la realidad. "Parece que eran todos maravillosos y que ahora son lo peor", recuerda, advirtiendo contra los maniqueísmos y la reescritura del pasado. Ortiz alerta de que es muy fácil manipular a la población utilizando un período histórico del que la mayoría de la población española no tiene mucha idea, entre otras cosas, porque raramente los estudiantes de secundaria llegan a él.
"La clase política debería olvidarse de la Transición y trabajar en la democracia"
¿Por qué le importa todo esto a las generaciones más jóvenes? ¿De verdad ese imaginario les apela? Para Sánchez-Cuenca, es una gran pregunta. "En las encuestas de opinión pública se ve que durante los ochenta y los noventa no había diferencias entre generaciones, la valoraban igual los jóvenes y los mayores, pero a partir de ahí empiezan a agrandarse las diferencias”, explica. “Los más mayores tienen una visión más positiva de la Transición y los jóvenes lo ven como un acontecimiento más distante, algo inevitable a medida que deja de ser una vivencia directa para construirse como un recuerdo".
La mayoría de los estudiantes de Ortiz llegan al aula con una idea muy vaga de la Transición ("les hablas de Suárez o Carrillo y es como si les preguntases por el hombre de Cromagnon"), y por eso, valora positivamente que el tema vuelta a estar sobre la mesa. Otra cuestión es que se construyan imágenes idealizadas que tan solo sirvan como propaganda política. Algo en lo que en su opinión, y aunque le admire, tiene gran responsabilidad Cercas, que con la publicación de su novela en 2009 abrió la puerta a que la historia diese paso a la leyenda.
"Ha contribuido a la mitificación de tres personajes que ya no están: Gutiérrez Mellado tuvo el gesto de mantenerse en pie, pero no dejaba de ser un militar franquista que ganó la guerra y que aunque actuó al servicio de Suárez, no dio muestras de convicciones democráticas; Carrillo tiene muchas luces pero también muchas sombras; y Suárez parece que es la figura que nos haría falta, pero a lo mejor hoy no se habría comido un colín", ironiza. La nostalgia siempre pinta mejor el pasado de lo que fue, así que el historiador propone dejarse de historias. “La clase política debería olvidarse de la Transición y ponerse a trabajar en la democracia”.
Durante mucho tiempo, "nostálgico" tuvo un significado muy concreto para la sociedad española. "Nostálgico" era el eufemismo que se utilizaba para referirse a todos los que seguían defendiendo al franquismo en democracia. Hoy el término ha perdido ese sentido porque la nostalgia lo inunda todo. Es uno de los rasgos estructurales de las sociedades contemporáneas, como explica la historiadora Agnes Arnold-Foster en