"Los 'outsiders' pueden decir lo que quieran, pero la gente que tiene poder no los escuchará. Los 'insiders', sin embargo, tienen acceso y la oportunidad de impulsar sus ideas"
En su último libro, ‘The Great Global Transformation’, Branko Milanovic describe la creación en las últimas décadas que reúne a quienes más ingresos perciben por su trabajo y a quienes gozan de las mayores rentas. No porque se hayan juntado en un espacio común, sino porque son los mismos: quienes más capital poseen son también quienes ocupan los empleos que proporcionan los mejores salarios. Esa situación, producto de un cambio en la dinámica capitalista, ha generado un refuerzo en la autoestima de esas clases afortunadas: ganan mucho más que el resto, pero es producto de su esfuerzo y de su mérito, y no del azar o del origen. De hecho, la mayoría de ellos desprecian a quienes tienen dinero de familia y viven de él.
La existencia de esa élite que reúne capital y mérito también ha generado un circuito propio de generación de pensamiento. Desde la economía hasta la política internacional, pasando por la política, la cultura o las costumbres sociales, un buen puñado de ideas emanaron desde ese núcleo hacia la sociedad. Contaban con un circuito educativo, profesional e institucional en el que su visión del mundo se recogía y se difundía. Eran las personas con más dinero, pero también las más preparadas y las que tenían una visión más profunda sobre la realidad.
"La gente con poder escucha lo que tienen que decir. Pero los insiders deben respetar una regla: no criticar a otros insiders"
Formaron un club informal, pero con reglas. Elizabeth Warren, la senadora estadounidense, describió en uno de sus libros, cómo funcionaba un mundo dividido en lo que denominaba insiders y outsiders: “Los outsiders pueden decir lo que quieran, pero la gente que está dentro no los escuchará. Los insiders, sin embargo, tienen acceso y la oportunidad de impulsar sus ideas. La gente poderosa escucha lo que tienen que decir. Pero los insiders deben respetar una regla: no criticar a otros insiders”. La explicación está de actualidad porque quien se la proporcionó a Warren fue Larry Summers, quien fuera economista jefe del Banco Mundial, presidente de Harvard y secretario del Tesoro de EEUU. Summers ha caído en desgracia por su estrecha conexión con Jeffrey Epstein, una relación que también muestra la otra cara de estos grupos informales de élite en los que la gente rica e influyente conoce a gente rica e influyente para hacer negocios, acceder a cargos, realizar y recibir favores o, como era el caso, cosas peores.
Uno de los nuestros
La descripción de Summers relata con bastante precisión cómo ha funcionado el ámbito intelectual dominante en los últimos años. No debe menospreciarse lo que significa ser un insider. Implica poder sentarse en la mesa, tomar parte en las discusiones, debatir dentro de un marco y ser escuchado. No implica, por supuesto, ser tenido en cuenta, pero sí ser reconocido como parte del círculo. Esto es exactamente lo que ha ocurrido con los líderes europeos y los estadounidenses. Con Biden, eran invitados a la mesa, exponían sus posiciones y apenas se tomaban en consideración sus propuestas, pero estaban allí. Con Trump no forman parte de la reunión, lo que les ha dejado enormemente desorientados, porque también les ha quitado las referencias sobre las que se apoyaban.
Si se quería influir, había que ser un insider. Todo lo demás, lo que quedaba fuera, se convertía en invisible
Los círculos de insiderspromovían ideas sobre el mundo, métodos de gestión empresarial que se hacían populares entre los directivos, visiones sobre la economía que se entendían irrebatibles, sistemas terapéuticos que se extendían rápidamente, formas de emplear el tiempo de ocio que cobraban prestigio. Todo venía de esa esfera. La forma de entender el poder estructural de los insiders, con todos sus hábitos, aparecía en los medios de comunicación más prestigiosos, era recogida por los consultores, afirmada por los think tanks y sancionada por las instituciones. Si se quería influir, había que ser un insider, porque todo lo que queda fuera se convertía en invisible. En las empresas, en los sectores profesionales y en los ámbitos de poder la estructura informal se reproducía a pequeña escala: se dividía entre la gente que era reconocida como ‘uno de los nuestros’ y los demás.
En un mundo en el que la influencia y el capital lo poseen las mismas personas, la permeabilidad de las élites al exterior es escasa, lo que genera una renovación mínima. Solo había un resquicio abierto al exterior, el que entraba por la puerta de la tecnología. Los tecnólogos eran personas que coincidían en muchas de las visiones de los insiders, solo que eran más atrevidos y cada vez más ricos. La fantasía tecnológica contribuyó a alejar más todavía a las élites del mundo común.
Lo que ocurre cuando se cierra la puerta
Sin embargo, cerrar la puerta al exterior no impide que este continúe existiendo. Los cambios en el orden internacional han venido desde fuera: los chinos no eran invitados a la mesa, construyeron la suya propia y cambiaron radicalmente el equilibrio de fuerzas. Rusia decidió que no quería seguir llamando a la puerta y entró por la fuerza. Y así sucesivamente. En la política, los grandes cambios electorales en los países occidentales se han producido por la activación de poblaciones ignoradas que se rebelaron contra los insiders. A menudo, ha sido parte de la élite la que ha movilizado a los outsiders para combatir a los suyos. Trump y quienes le apoyan han sido el mejor ejemplo.
La corrosiva dinámica interna entre grupos de insiders explica muchas de las dificultades políticas y económicas de nuestro tiempo
El problema añadido es que los insiders continúan conservando las mismas dinámicas incluso cuando el mundo ha cambiado sustancialmente. Lo que antes era privilegio, ahora se ha convertido en aislamiento. Es como si se hubieran refugiado en una urbanización cerrada, con los accesos bien protegidos, y quisieran conservar la ilusión de que su dominio se extiende por toda la ciudad. Eso explica en gran medida la desorientación en la que viven, que los lleva a refugiarse en sus viejas ideas, a insistir una y otra vez en ellas, y a pelearse con otros insiders, esos a los que responsabilizan de los males generales. Las tensiones internas forman parte de los momentos de crisis, y estos acontecen periódicamente: no se puede pretender que, cuando se cierra la puerta al exterior, este no acabe revolviéndose.
La división entre las élites y el resto y la corrosiva dinámica interna entre los insiders explica muchas de las dificultades políticas y económicas de nuestro tiempo. Es algo que difícilmente se entiende desde la sociología funcionalista desde la que se estudiaba a las clases altas en el pasado o desde la estructura de clases descrita por el marxismo. Encaja mejor conAristóteles y la conversión de la aristocracia y oligarquía y con las dinámicas entre los grupos que dominan la sociedad descritas por Michels, Pareto o Mosca.
Y desde luego, encaja mejor con Maquiavelo. Su advertencia para tiempos de esta clase quedó reflejada en los Discorsi, pero sobre todo en el memorándum 'Discursos sobre la situación de Florencia tras la muerte del joven Lorenzo de Médici': o se integra a los outsiders o las murallas de la ciudad caerán. Las ciudades italianas de la época de Maquiavelo no lo quisieron entender. Quizá las élites de insiders tampoco, porque tomar en consideración tal advertencia obligaría a cambios económicos de calado; a un reequilibrio entre capital y trabajo que implicaría tanto un menor nivel de ganancias como el reconocimiento de que su autoestima estaba demasiado crecida. Algo difícil de digerir. Sin embargo, comienzan a aparecer señales de que el rumor de fondo es escuchado.
En su último libro, ‘The Great Global Transformation’, Branko Milanovic describe la creación en las últimas décadas que reúne a quienes más ingresos perciben por su trabajo y a quienes gozan de las mayores rentas. No porque se hayan juntado en un espacio común, sino porque son los mismos: quienes más capital poseen son también quienes ocupan los empleos que proporcionan los mejores salarios. Esa situación, producto de un cambio en la dinámica capitalista, ha generado un refuerzo en la autoestima de esas clases afortunadas: ganan mucho más que el resto, pero es producto de su esfuerzo y de su mérito, y no del azar o del origen. De hecho, la mayoría de ellos desprecian a quienes tienen dinero de familia y viven de él.