'Núremberg': Russell Crowe, de gladiador a nazi
El actor interpreta a Hermann Göring, mano derecha de Hitler, en esta recreación de los juicios de Núremberg que pasó por el último Festival de San Sebastián y ahora llega a cines
Algo similar debió de sentir el psiquiatra estadounidense Douglas Kelley cuando se sentó día tras día frente a Hermann Göring, mano derecha de Hitler, en una celda de la prisión de Núremberg. En la piel del segundo se mete en Núremberg, de James Vanderbilt -uno de los guionistas de Zodiac (2007) y también del nuevo Scream (2022)-, un Russell Crowe rotundo, profundo y sedoso como su voz, vulnerable y vibrante en su mirada, embaucador en conjunto. Sólo por escucharle batallar con el acento alemán -por la osadía-, merece la pena acercarse a esta adaptación de la novela El nazi y el psiquiatra, del periodista Jack El-Hai, que a su vez noveliza los encuentros reales de Kelley con el criminal de guerra nazi que tuvieron lugar en el preámbulo de los juicios de Núremberg, en 1946. Tras su paso por la competición del Festival de San Sebastián, Núremberg llega este fin de semana a la cartelera española.
Como muchos antes y muchos después, como Hannah Arendt en su Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal (1963), Kelley se acercó a Göring, aparte de por su contrato con el Gobierno americano para trazar los perfiles psicológicos de 22 altos mandos del nazismo, por la quimérica ambición de aislar las raíces del mal en un individuo que, después de la Segunda Guerra Mundial, encarnaba el mal en sí. ¿Podía culpársele de ser el brazo ejecutor de la "solución final a la cuestión judía"? Suicidados Hitler, Himmler, Goebbels; muerto Heydrich por una septicemia, ¿podía cargar Göring con la responsabilidad del exterminio de seis millones de judíos y once millones de opositores, eslavos, homosexuales y discapacitados, entre otros grupos contrarios a las leyes nazis? Aunque en el fondo Kelley demuestra tener una agenda secreta para llegar a un fin mucho más ordinario: la fama.
Si Arendt frente a Eichmann se encontró con la mediocridad absoluta de un burócrata sin conciencia ni escrúpulos, en Núremberg, el Douglas Kelley de Rami Malek se enfrenta a la seducción -sin tintes homoeróticos- de un líder embaucador e inteligente, que se muestra en su faceta más atractiva: antiguo héroe de guerra, padre de familia, esposo entregado, amante de su patria, melómano exquisito y sensible a las artes. Y Russell Crowe consigue confeccionar un Hermann Göring que llega a resultar perturbadoramente entrañable, cálido, en un ejercicio de funesta fascinación que coloca al espectador en el lugar del psiquiatra. Y, como Kelley, la caída del caballo será dolorosa para con uno mismo, sabiéndose fácilmente manipulable por personajes de la calaña.
Sin embargo, a pesar de su excelente reparto -por ahí pasan Michael Shannon, Richard E. Grant, John Slattery-, a Núremberg le falta la carga de profundidad para convertirse en un título memorable, quizás porque su director no ha sabido ubicar el tono de un film que conmemora los 80 años del inicio de los juicios que simbolizaron la rendición de cuentas del Tercer Reich. Porque Vanderbilt rueda Núremberg como si fuera Indiana Jones, con un Rami Malek que se presenta como un sucedáneo del arqueólogo, cuya chupa de cuero representa esta vez la chupa de un psiquiatra militar y cuyos aspavientos desconciertan en una película que se toma a sí mismo en serio, aunque tenga algún que otro gag para desengrasar. A ratos parece más la adaptación de un cómic que la recreación seria de un momento histórico. Y son esas decisiones en los detalles las que descubren, como en el propio juicio, las verdaderas intenciones de la película.
Ese momento en el tren, con la baraja de cartas en la mano, esa manera de subirse al sidecar, esos movimientos de cámara que pretenden emular a Spielberg, pero vacíos de fundamento, alejan del realismo y del drama y convierten un episodio fundamental de la historia en un espectáculo de Hollywood, desactivando lo que, en teoría, la propia película pretende criticar: la espectacularización de la política y de la justicia, la gestación de una sociedad performativa en la que tiene más importancia el gesto que la verdad.
Núremberg es conservadora en su forma y algo pueril en su fondo, y plantea pocos dilemas realmente controvertidos o ideas que puedan resonar a nuevo. Se busca a sí misma en el cine negro, pero lo hace con una artificiosidad casi televisiva; critica los (otros) verdaderos motivos tras los enjuiciamientos, prácticamente borra la participación soviética, cuando fueron los principales impulsores de la causa y quienes aportaron el mayor número de muertos en la lucha contra el nazismo.
Y en una película eminentemente masculina -como lo era la sociedad militar entonces y como lo es ahora-, los personajes femeninos que introduce Vanderbilt son apenas esbozos que no pasarían el test de Mako Mori: al principio promete una Lydia Peckham en el personaje de la periodista Lila McQuaide con algo de relevancia, pero acaba siendo una simple promesa de aquellos roles como el de Rosalind Russell en Luna nueva (1940), de Howard Hawks.
Aun así, Russell Crowe parece nacido para el papel de Hermann Göring. Demuestra lo que muchos habíamos olvidado después de una larga temporada de exorcismos variopintos y papeles muy por debajo de sus capacidades: que Crowe es un actor portentoso, que su presencia en pantalla es magnética, que se ha inmolado como estrella en un acto de rebeldía antisistema. De gladiador a nazi, como queriendo aunar los dos grandes fetiches históricos de la masculinidad más exacerbada que él mismo representa. Y su cara a cara con Malek es el de un hombre de vuelta de todo, empeñado en escarbar dentro de sí mismo para regalarnos una nueva faceta, carente de épica, sobre cómo terminan quienes se dejan llevar por su narcisismo, a uno y a otro lado del estrado, en su camino hacia una supuesta -y equivocada- gloria.
Algo similar debió de sentir el psiquiatra estadounidense Douglas Kelley cuando se sentó día tras día frente a Hermann Göring, mano derecha de Hitler, en una celda de la prisión de Núremberg. En la piel del segundo se mete en Núremberg, de James Vanderbilt -uno de los guionistas de Zodiac (2007) y también del nuevo Scream (2022)-, un Russell Crowe rotundo, profundo y sedoso como su voz, vulnerable y vibrante en su mirada, embaucador en conjunto. Sólo por escucharle batallar con el acento alemán -por la osadía-, merece la pena acercarse a esta adaptación de la novela El nazi y el psiquiatra, del periodista Jack El-Hai, que a su vez noveliza los encuentros reales de Kelley con el criminal de guerra nazi que tuvieron lugar en el preámbulo de los juicios de Núremberg, en 1946. Tras su paso por la competición del Festival de San Sebastián, Núremberg llega este fin de semana a la cartelera española.