Arturo Pérez-Reverte ha vuelto a sentarse con Jordi Wild en The Wild Project, en una charla larguísima donde mezcla memoria de reportero, oficio literario y su radar moral para leer el mundo. En esa conversación, publicada estos días, el escritor recupera una de las escenas más tensas de su etapa como corresponsal: una de esas anécdotas que no se olvidan porque, durante unos segundos, te colocan frente a tu propio final.
El episodio, contado con la calma de quien lo ha repasado mil veces, ocurre en Nicaragua en 1978, cuando el actual académico de la RAE cubría la guerra contra la guerrilla sandinista. Pérez-Reverte recuerda que iba empotrado con tropas somocistas —los “rangers” del régimen de Anastasio Somoza— y que llegaron a un poblado donde habían matado a civiles y los presentaban como combatientes. Allí vio a una joven muerta por una granada, desnuda por la explosión, con el cuerpo ya sin vida entre restos de metralla.
Según relata, el oficial al mando —un tipo con gafas oscuras, bigote y uniforme de camuflaje, con un aire de dureza elegante— le soltó un aviso seco: que no fotografiara el cadáver. Pero el instinto profesional pudo más. Cuando el escritor apretó el disparador de la cámara a escondidas, el chasquido del obturador sonó como un disparo en la selva. El militar se giró lentamente, se le plantó encima y, con una cortesía helada, le dejó claro que acababa de cruzar una línea. Pérez-Reverte entendió el mensaje al vuelo: “me va a matar en cuanto pueda”, pensó, convencido de que lo liquidarían en el siguiente combate y lo harían pasar por una baja del frente.
La salida fue igual de rápida: abrir la cámara delante de él y velar el carrete allí mismo, para demostrar que no quedaba imagen. El oficial, satisfecho, le dio una palmada casi paternal y se alejó. Esa mezcla de amenaza y urbanidad —“te pueden matar hablándote de usted”, comenta— es, para Pérez-Reverte, una de las lecciones más persistentes de la guerra: el peligro no siempre grita; a veces susurra con educación.
No es la primera vez que recuerda el susto nicaragüense. Ya lo había contado en otras entrevistas, pero ahora lo rehace con más detalle y con una mirada menos épica y más humana, como quien acepta que el oficio de mirar la violencia tiene un precio íntimo. Durante dos décadas fue reportero en conflictos de medio mundo, y esas experiencias acabaron filtrándose en su literatura: en la ética cansada del capitán Alatriste, en los claroscuros de sus novelas de espías o en su manera de entender la historia como un territorio de barro y contradicción.
La escena también explica algo del “personaje Reverte” que asoma en el podcast: un escritor que no romanticiza la guerra, pero tampoco la disfraza; que habla del miedo sin impostura y de la violencia como parte incómoda de la condición humana. El susto de Nicaragua no aparece como medalla, sino como recordatorio: la vida puede torcerse en un segundo y, aun así, hay que seguir mirando y contando.
Arturo Pérez-Reverte ha vuelto a sentarse con Jordi Wild en The Wild Project, en una charla larguísima donde mezcla memoria de reportero, oficio literario y su radar moral para leer el mundo. En esa conversación, publicada estos días, el escritor recupera una de las escenas más tensas de su etapa como corresponsal: una de esas anécdotas que no se olvidan porque, durante unos segundos, te colocan frente a tu propio final.