Por qué ir a ver a Bob Dylan en Dublín aunque sepas que no tocará "Blowin' in the Wind"
En plena era de hiperexposición mediática, el artista norteamericano no deja de esconderse de su público y de sus canciones más conocidas. Esto es lo que sucedió durante su último concierto del año, en el que volvió a prohibir los móviles
Irrumpió en el escenario como una aparición rauda y veloz: apenas cuatro segundos y ya estaba dando la primera nota. Muchos todavía no se habían sentado. Su puntualidad inglesa, marca de la casa. Ataviado con su traje negro para pasar desapercibido entre sus músicos, enterró su figura delgada en un elegante piano colocado en el centro. "¡Boby! ¡Boby!", gritaban desde las gradas. Minutos antes, reinaban las prisas en el 3Arena de Dublín, el recinto escogido para su último concierto de este 2025 de su gira de nunca acabar. No todos los días uno tiene delante al artista más carismático y genial de todo el siglo XX. O al único Premio Nobel de Literatura cuya ocupación principal no es escribir. Ya todo estaba hecho: daban igual las canciones escogidas, que tocase sentado y parapetado tras su instrumento, o que el técnico colocara un juego de luces sobre su atril apuntando al público para evitar las miradas.
A sus 84 años, esta leyenda viva del rock, del folk, del country, de la literatura y de otras tantas cosas más, interpretó frente a una audiencia entregada las canciones de su último disco Rough and Rowdy Ways, publicado ya hace cinco años, reservándose una gran parte de sus éxitos como viene siendo costumbre desde hace ya tiempo. Uno va a ver a Dylan sabiendo que en realidad no le va ver. Él ya no es esa persona que todo el mundo adora, ese icono de los 60 que revolucionó la música popular. No es una cuestión de edad, sino de intención. O tal vez sí, pero lo esconde. Esta es, sin duda, parte de la magia y el encanto que tienen sus shows. Por esto mismo la frase que mejor le define es el título del biopic que presentó Todd Haynes en 2010: I'm Not There.
No, allí no estaba Bob Dylan. El verdadero Dylan estaba fuera del recinto, tronando en la entrada a los pubs repletos de fans; en la voz de los músicos callejeros que posiblemente vivieron la mejor noche de sus vidas ofreciendo el concierto que la gente esperaba y el genio no dio, repartidos por las inmediaciones del estadio para tocar los grandes éxitos de su carrera como "Hurricane" o "Like a Rolling Stone". En plena era de hiperexposición mediática en la que todo el mundo vive obsesionado con ser visto y reconocido, este genio de la canción moderna elige esconderse de sí mismo y de su legado, de las miradas ajenas y sobre todo de las cámaras de los teléfonos móviles que obliga a guardar en un sobre sellado al entrar al recinto.
El show que ofreció este pasado 25 de noviembre en Dublín fue único y especial principalmente por dos motivos: la vuelta a la ciudad en la que empezó todo, auténtica cuna del folk irlandés del que bebió para dar a luz a sus composiciones más emblemáticas; y, en segundo lugar, como homenaje a su amigo Shane MacGowan, líder de The Pogues, quien falleció hace justo dos años, un 30 de noviembre de 2023. Bob honró su figura y con ello la de toda Irlanda interpretando al final "A Rainy Night in Soho", desatando más de una lagrimilla entre el público y abrazos de camaradería, haciéndonos entender que la grandeza de la música reside en compartirla con tus seres queridos.
"Depende de la suerte de que te toque un asiento desde el que poder verle, y en ese caso ten por seguro que será el mejor concierto de tu vida"
Días antes ya había estado en Killarney, en la Irlanda profunda, ofreciendo dos conciertos en un ambiente muy diferente al 3Arena de Dublín. Su rock de salón, ejecutado magistralmente por sus músicos (liderados por su inseparable bajista Tony Garnier, quien ejerce de director musical desde hace varias décadas), no hacía justicia a un espacio tan amplio. Nada que ver con My Bloody Valentine, los dioses cósmicos del shoegaze que volvieron a subirse a un escenario por primera vez en ocho años apenas cuatro días antes, y cuyo volumen es legendario entre los más melómanos. La propuesta musical de Dylan en directo no es expansiva, por lo que tocar en estadios o recintos tan grandes no le favorece. Menos aún que dejaran las luces encendidas durante todo el concierto, suponemos que con el objetivo de nuevo de que el público fuera incapaz de visualizarle bien.
"Ya se terminó, Baby Blue"
Hubo espacio para algún clásico al margen de los temas de su nuevo disco. Los presentes pudieron escuchar "Desolation Row" en una versión muy diferente a la original del Highway 61 Revisited (1965) y también "It ain't me, babe", que fue interpretada como segundo tema. Pero, sin duda, el momento más emotivo de la noche (exceptuando el final) fue cuando ejecutó la balada "It's All Over Now, Baby Blue", cuya letra contiene un verso que nos da pistas de por qué tanto jugar al escondite: "take what you have gathered from coincidence" (algo así como "toma lo que hayas cosechado de la casualidad").
"Me acerqué, como siempre hago en cuanto terminó, y me miró los ojos durante un minuto. Sé que es algo que nunca jamás se repetirá"
Este verso es determinante para Sergi Fabregat, uno de los fans más obsesionados con el genio de Duluth, a la hora de entender por qué siempre merece la pena ir una y otra vez a sus shows a pesar de no encontrar al Dylan del pasado. "Sí, lo de no tocar sus canciones más míticas es una queja que puedo entender", admite, en una conversación con este periódico. "Yo creo que es una declaración de intenciones para no contentar a los fans que solo quieren oír 'Blowin' in the Wind' o 'Like a Rolling Stone'. Es algo que genera mucha rabia, sumado al hecho de no ser capaz de verle en todo el concierto. Depende de la suerte o de la casualidad, si te toca un asiento desde el que poder verle bien, ten por seguro que será el mejor concierto de tu vida".
"Me cambió la vida"
A sus 35 años y pese haberse enganchado a su discografía poco antes de la pandemia, Fabregat admite haberle ido a ver 138 veces. "Me da un poco de orgullo y vergüenza reconocerlo", señala. Su vida cambió cuando en un concierto en Memphis le sostuvo la mirada. "Me acerqué como siempre hago al escenario en cuanto terminó y se me quedó mirando a los ojos durante un minuto. Todo el mundo lo vio, y luego me lo dijeron con envidia. Me pasó esa vez y sé que es algo que nunca jamás se repetirá".
Su fascinación por el artista nació a través de Bruce Springsteen. Fue el Boss quien dijo una vez: "Elvis es el cuerpo, Sinatra la voz y Dylan el cerebro. Desde que tuvo constancia de esta frase, Sergi empezó a escuchar al músico y a acudir a sus conciertos. "Le vi por primera vez en 2010 en Barcelona y tan solo conocía tres canciones. Y desde entonces, me ganó, sobre todo al interpretar 'Ballad of a Thin Man', tuve claro de inmediato que nunca vería a alguien hacer algo tan grande. Dylan tiene una autenticidad artística y una sensibilidad que no se puede comparar con nadie. Recuerdo salir de aquel concierto y tener la sensación de que algo había cambiado en mi vida". Ahora, confía en llegar a los 150 shows. "Él ya ha dicho que volverá a estar de gira el año que viene", sentencia.
Al término del concierto, más de cien personas rodeaban a un músico callejero que interpretaba "Like A Rolling Stone", disfrutando al fin de una de las canciones que más habían deseado escuchar. Uno de tantos en la ciudad en la que todo empezó. El folk irlandés fue el verdadero protagonista de la cita, un capital cultural de esta nación atlántica que estaba antes de Dylan y vivirá mucho después de él. Prueba de ello son los pubs en los que a diario podemos encontrar a esos "Dylan anónimos", armados de guitarras acústicas, banjos, violines o armónicas.
Y, de pronto, este 'dylanismo' colectivo produjo en el ambiente un emocionante regreso al pasado, tal vez a los años 60 o 70, en la que el artista, mucho más joven, vivió sus años dorados. Resulta cuando menos curioso que en un año en el que se han dado tantas reuniones por parte de bandas legendarias que lo petaron hace 20 o 30 años (como Oasis o Radiohead), el genio de Duluth nunca haya dejado de girar y, a la par, siga escondiéndose de lo que era entonces. Esa es la grandeza de Dylan, nunca te va a dar lo que esperas de él, no sabes qué ocurrirá, si todo es verdad o mentira. Lo que sí que es cierto es que muchos, como Sergi, esperaremos otra nueva ocasión en la que (¿quizá?) nuestros ojos se encuentren con los suyos. Al fin y al cabo, parece más fácil ver a Dios que al auténtico Bob Dylan.
Irrumpió en el escenario como una aparición rauda y veloz: apenas cuatro segundos y ya estaba dando la primera nota. Muchos todavía no se habían sentado. Su puntualidad inglesa, marca de la casa. Ataviado con su traje negro para pasar desapercibido entre sus músicos, enterró su figura delgada en un elegante piano colocado en el centro. "¡Boby! ¡Boby!", gritaban desde las gradas. Minutos antes, reinaban las prisas en el 3Arena de Dublín, el recinto escogido para su último concierto de este 2025 de su gira de nunca acabar. No todos los días uno tiene delante al artista más carismático y genial de todo el siglo XX. O al único Premio Nobel de Literatura cuya ocupación principal no es escribir. Ya todo estaba hecho: daban igual las canciones escogidas, que tocase sentado y parapetado tras su instrumento, o que el técnico colocara un juego de luces sobre su atril apuntando al público para evitar las miradas.