Brutal exposición de Mengs, el artista "despreciado", "odiado" y "sepultado", en el Prado
Con 159 obras, es una muestra muy celebratoria del pintor alemán de la corte de Carlos III que por su personalidad difícil y carácter subversivo, dogmático y radical, tuvo "una relación conflictiva" con los españoles
Fue “despreciado”, “odiado” y “sepultado” por la Historia del Arte después de haber sido “el mejor artista de todos los tiempos en Europa”. No son etiquetas gratuitas. Los primeros epítetos los pone Andrés Úbeda, historiador del arte y Jefe de Colección de Pintura del Siglo XVIII y Goya del Museo del Prado; lo segundo lo decía Johann Joachim Winckelmann, arqueólogo alemán, gran creador de la corriente del neoclasicismo en el siglo XVIII y amigo (durante unos años) del pintor al que se refieren todas estas expresiones: Antonio Rafael Mengs (1728-1779), el artista con el que el Museo del Prado ha hecho uno de los mejores montajes del año y que se podrá ver hasta el 1 de marzo de 2026. Olvidado por todos (y muchos casos, con mucha inquina) y que ahora se recupera a lo bestia, con 159 obras, con esculturas, con dibujos, con libros. Y finalmente, con lo que el propio Mengs pretendía: que nos quedemos con la sensación de que lo que hemos visto es bello. Sin más.
El pintor sajón, que fue fichado por Carlos III en Roma y que por carambolas del destino (como las del propio rey) acabó en la Corte española compitiendo con Tiépolo (aquí hay una rivalidad curiosa) para decorar el nuevecito Palacio Real, tiene una historia interesante por estas dos ambivalencias de su vida. La primera, el prestigio que realmente tuvo; lo segundo, el rechazo que sufrió una vez muerto. El propio director del Prado, Miguel Falomir, comentaba esta mañana durante la presentación de la exposición que fue un hombre con una personalidad difícil, “radical, subversivo y dogmático”. Era muy obsesivo con su trabajo, muy perfeccionista. Todo esto siempre va granjeando enemigos que, sobre todo, le llegaron en el siglo XIX, cuando fue hasta desterrado de los manuales de Historia del Arte.
“Esa personalidad antipática no fue un elemento fácil que permitiera una relación fácil con él en vida y después de muerto. En cada época se han hallado rasgos para ser despreciado y odiado. En el XIX, Menéndez Pelayo le puso mucho en cuestión porque le consideraba el paradigma del siglo XVIII y para él el XVIII eran las ideas del Racionalismo de la Ilustración, el extranjerismo y la impiedad y eso lo detestaba. Mengs era extranjero y tenía una relación conflictiva con los españoles y fue sepultado”, ha señalado Úbeda.
"La personalidad antipática no fue un elemento fácil que permitiera una relación con él. Cada época ha hallado rasgos para ser odiado"
Pero el propio comisario no ha querido que esto se entienda como un ataque a España, sino que “Mengs tenía un concepto universal de la belleza que era lo griego, lo grecorromano, por debajo situaba todo lo demás y ahí entraban las escuelas nacionales como la española a quienes consideraba ignorantes porque no seguían el canon de la belleza griego. Y además era muy estricto, muy vehemente. Y, claro, llamar ignorante a Velázquez, Murillo… causó muchas heridas en los críticos españoles. Durante décadas se le fueron poniendo capas y capas de desprecio”, ha argumentado el comisario.
Por eso, esta nueva exposición del Prado, que está patrocinada en exclusiva por la Fundación BBVA, pretende ser una celebración de este alemán que había nacido muy cerca de Dresde, que se había nutrido en Italia quedando fascinado por Rafael —a quien quería mejorar constantemente— y que acabó en España retratando a Carlos III, su mujer Amalia de Sajonia, su hijo el futuro Carlos IV y su mujer María Luisa de Parma y tantos nobles españoles. El XVIII no se puede entender sin su mirada. Y esa es la que está en esta muestra “más allá de todos esos infundios que después ha habido sobre su vida, como la competencia con Tiépolo. En realidad, los dos se encargaron del Palacio Real e incluso Tiépolo pintó las mejores salas como el salón del trono”, ha recalcado Úbeda. ¿Pero entonces uno no le quitó al otro el puesto? “Nada. Todo mentiras”. Así funciona muchas veces la Historia.
Ahora bien, algo debía haber de cierto en el carácter y las formas. Si no, no se explica la jugarreta que le hizo a su (intimísimo) amigo Winckelmann. Los dos habían cambiado completamente la filosofía artística del momento. Del Barroco inundaron todo de neoclasicismo. Grecia y Roma eran el gran ideal de la belleza. Pero en 1760 apareció un fresco que parecía antiguo, pero que en realidad había sido pintado por Mengs para desprestigiar a su amigo, ya que este se lo creyó y hasta lo difundió en artículos. Después se daría cuenta del engaño y, obviamente, se rompió la amistad. No se sabe por qué Mengs hizo algo así. Al parecer no se sentía lo suficientemente respaldado por el crítico y quiso hacerle daño. Efectivamente, una personalidad difícil.
Expo celebratoria
Pero vayamos a la exposición que recupera a esta figura con todas las luces de neón. Una figura que, además, trascendió e influyó posteriormente. Se exponen 159 obras, siendo 92 del propio Mengs. De ellas, hay 64 pinturas, 41 dibujos (el artista le daba muchísima importancia al dibujo), 14 esculturas —yesos pertenecientes a Mengs que se usaban para la formación de artistas: él fue uno de los grandes defensores de crear una Academia de Bellas Artes igual que ya existían las de ciencias naturales— y 40 libros, además de algunas cartas y escritos del pintor. Para que todo esto sea posible se han necesitado hasta 44 prestadores (mucho Patrimonio Nacional, pero también provenientes de Italia y Reino Unido).
Se ha dispuesto de salas muy amplias y se han imitado las columnas clásicas en sus paredes. Como si se entrara en un templo dieciochesco. Se empieza con un autorretrato (hay varios durante la muestra: le gustaba pintarse, como a Rembrandt) y después entramos en su periodo de formación y familiar con esas dos pinturas de los de Sajonia que han estado 117 separadas, y sobre todo con un Rafael (Caída en el camino del Calvario, 1515-1516) al que Mengs intenta imitar en El cristo muerto (1768) cuadro que, por cierto, pesa 330 kilos y que se ha tenido que colocar sobre un poyete. Vemos su último dibujo que hizo en Dresde (y que no se ha podido ver desde los años ochenta) y después ya saltamos a Roma en los años cincuenta del XVIII, cuando es fichado por Carlos III.
Ahí tenemos toda la pléyade de papas, de británicos que hacían el grand tour —los jóvenes ricos de la época que podían viajar y Roma era la ciudad de moda— y toda su fascinación por el mundo antiguo, como ha contado Javier Jordán, el otro comisario de la exposición. En esta sala queda evidente que Mengs era un esteta de lo apolíneo, lo grecorromano. Pasamos a un pequeño recodo con un retrato de Winckelmann y la ruptura de su amistad, después los textos de José Nicolás de Azaga, quien reivindicó mucho la figura de Mengs (siempre hay alguien que cree en ti) y llegamos a la galería 7, que es todo un esplendor con los retratos de la corte española. Carlos III ya estaba en Madrid y Mengs aterrizaría junto a él en 1761. Fue su primera etapa madrileña que duraría hasta 1766. Después vendría desde 1774 hasta 1777. La etapa de los retratos y las pinturas religiosas que tanto le gustaban al rey. De hecho, era tan pío que quiso quemar las pinturas de desnudos y ahí fue Mengs quien le pidió que no lo hiciera, como recordó esta mañana Falomir. Todo lo que nos hubiéramos perdido si no hubiera sido por el alemán.
Carlos III era tan pío que quiso quemar las pinturas de desnudos y ahí fue Mengs quien le pidió que no lo hiciera, como recordó Falomir
En esta galería también podemos ver los dibujos preparatorios para las pinturas de los infantes de la Toscana o de la niña María Teresa de Borbón, que tiene mucha influencia de la infanta Margarita de Velázquez (la realidad es que Mengs no le despreciaba, al contrario, por ejemplo, le maravillaban cuadros como Las hilanderas, y así lo dijo, lo único es que como el Barroco era tan naturalista no eran su ideal de belleza, según ha insistido Úbeda).
Nos encontramos unos pasos más allá, con grandes obras de pintura mural y con las más devocionales como un ciclo de la Pasión de Cristo. Y se culmina con otro autorretrato y con una escultura de Antonio Canova que refleja esa idea de que Mengs trascendió, fue copiado. Igual no caía bien, pero su labor artística sí fue venerada. De hecho, Goya, que vino posteriormente y trabajó con él en la decoración del Palacio Real en los años sesenta del XVIII, lo señaló en no pocas ocasiones.
Es, por tanto, una exposición con historia que anima a descubrir a un pintor olvidado, pero que lo fue todo en un tiempo. “Sí, creo que estas exposiciones le sientan bien al Prado porque cuentan una historia. Sobre todo en un momento en el que las exposiciones parecen intercambiables. Nosotros creemos en otro paradigma de la Historia del Arte”, ha zanjado Úbeda. Esta lo tiene.
Fue “despreciado”, “odiado” y “sepultado” por la Historia del Arte después de haber sido “el mejor artista de todos los tiempos en Europa”. No son etiquetas gratuitas. Los primeros epítetos los pone Andrés Úbeda, historiador del arte y Jefe de Colección de Pintura del Siglo XVIII y Goya del Museo del Prado; lo segundo lo decía Johann Joachim Winckelmann, arqueólogo alemán, gran creador de la corriente del neoclasicismo en el siglo XVIII y amigo (durante unos años) del pintor al que se refieren todas estas expresiones: Antonio Rafael Mengs (1728-1779), el artista con el que el Museo del Prado ha hecho uno de los mejores montajes del año y que se podrá ver hasta el 1 de marzo de 2026. Olvidado por todos (y muchos casos, con mucha inquina) y que ahora se recupera a lo bestia, con 159 obras, con esculturas, con dibujos, con libros. Y finalmente, con lo que el propio Mengs pretendía: que nos quedemos con la sensación de que lo que hemos visto es bello. Sin más.