Las gafas de Marcos Llorente te harán más productivo
El auge de productos, servicios o rutinas vendidas por influencers de la productividad es el síntoma de una sociedad viciada por una idea hueca del rendimiento
Pensaba que no eran más que un mito de Internet, pero ese hombre sentado en la máquina de pecho las tenía. El gimnasio es cubierto, claro, pero las llevaba igualmente porque de eso va la movida; son unas gafas de sol especiales, o eso dice el futbolista del Atlético de Madrid Marcos Llorente, que filtran con sus cristales naranjas y casi traslúcidos las peligrosas luces artificiales de la era moderna para ayudarte a dormir un poquito mejor – como si el fuego que lleva alumbrando las casas cinco mil años fuera natural, ¿sabéis? –. El descanso, o es reparador o no es.
El hombre me sorprendió por su forma de estar; era el típico señor atravesado por vete tú a saber qué crisis del medio siglo que, tras una vida derrapando por los fluidos del lubricante de litro y los bizcochos – DYC 8 con Coca-Cola, esto es de cuñado premium – de los poco prestigiosos locales de las orillas de la A-42, decide apuntarse a un gimnasio lowcost de un barrio bravo de Madrid Sur creyendo que sumergido en la rutina de los posesos culturistas y las paridas que ve en el TikTok de los influencers usureros conseguirá purgar su cuerpo y su alma; el hombre no solo llevaba las gafas naranjas que ha puesto de moda Llorente, también coleccionaba otros amuletos de gurú histriónico tales como el agua esa con electrolitos cuyo nombre no promocionaré y que cierto youtuber vende en las grandes superficies de nuestro país a tres mortadelazos el tercio de litro – no sé si esos trastos hacen algún bien al cuerpo, pero desde luego que son un milagro para la cartera de sus promotores –.
Ya sabiendo que esas gafas existían fuera del histrionismo digital, subí hasta el centro de Madrid y paseé por el interior de los locales comerciales fijándome en que, efectivamente, todo un ejército de chavalillos y señorones llevaba los cacharros naranjas dentro; incluso en los restaurantes franquiciados vi pavos comiéndose hamburguesas de mil quinientas calorías mientras miraban al teléfono con esas cosas tan feas, porque lo importante es cuidarse un poco la vista mientras te metes por la boca una bomba cardiovascular precocinada – cabalga contradicciones hasta que amanezca –.
Esta nueva moda anteojal – me acabo de inventar una palabra – no es un fenómeno aislado, sino uno más de todo un flujo de productos, servicios y rutinas que se compenetran dentro de un mercado pseudosanitario que vende remedios chamánicos – los chamanes de ahora son los influencers – para que el cliente alcance una plenitud corporal que sea el medio para conquistar su verdadero objetivo: ser más productivo.
Ser productivo es necesario, pero no entiendo esta hiperfijación por exprimirse cuando en la mayoría de los casos no hay nada para desjugar
Si os fijáis en cualquier vídeo de los gurús especializados, veréis que la parida misma de las gafas o cualquier otra moda raruna relacionada con el físico, como lo de levantarse extremadamente temprano para entrenar, se sustenta desde la narrativa de la productividad extrema; los gurús no recomiendan ir al gimnasio porque sea bueno para tu salud mental o física, sino porque te ayuda a despejar la mente, estar más concentrado y ser más productivo – produce, ratita, produce –.
Ser productivo es necesario, no lo niego porque entiendo que hay que apretar y echarle callo a la vida si quieres que alguna cosa te salga medianamente bien, pero no entiendo esta hiperfijación por exprimirse cuando en la mayoría de los casos no hay nada para desjugar.
El otro día, un youtuber al que adoro llamado Mozo Yefimovich – es el híbrido perfecto entre Andrew Tate, Dostoievski, la socialdemocracia y Britney Spears – publicó un interesantísimo vídeo de una horita donde analizaba un montón de consejos de gurús y soplamocos de la productividad desde la voz de su experiencia; él mismo se había tirado largas temporadas probando las recomendaciones de los tipos de Internet y, como una especie de paciente cero total, nos explicaba cuáles le habían funcionado y cuáles le parecían una parida.
La conclusión evidente del vídeo es que por supuesto que algunas de las cosas que los influencers de la productividad dicen son eficientes, cualquiera con media neurona funcional comprende que es bueno que nos dé el solecito de vez en cuando y que es mejor comer sano que inflarse a Phoskitos para cenar; sin embargo, tras verlo saqué una conclusión paralela: todo esto ¿para qué?
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Volviendo al ejemplo real del hombre del principio, es evidente que la de empezar a entrenar es una decisión estupenda desde el punto de vista de su salud, pero ¿de verdad merece la pena subastar tu dignidad con unas gafitas naranjas en el interior de un gimnasio de veinticuatro euros al mes solo para ganar una supuesta mejora mínima en tu proceso de descanso – doy por hecho que funcionan, pero no lo sé – que probablemente reinvertirás para entrenar todavía más?, ¿tiene sentido pasearte por los interiores de una ciudad, por la calle, el metro o los restaurantes viendo los colores y facciones de la gente reducidos al naranja? ¿tiene sentido ser hiperproductivo para sacar tiempo que invertir en ser todavía más hiperproductivo? El problema es el discurso, no los métodos.
Despertarse a las cinco de la mañana probablemente sea genial para sacar adelante proyectos estancados o trabajos complejos, sin embargo, la mayoría de personas no los tiene; la mayoría de personas tienen trabajos repetitivos y rítmicos, y no tienen ningún proyecto vital más allá de ser felices en un piso barato y con la compañía de sus seres queridos. Las personas no necesitamos ser hiperproductivas, necesitamos estar tranquilitas.
Precisamente en esta época de Dios donde presumir de tener el calendario hasta arriba es motivo de celebración y no una puñetera desgracia – las grandes victorias sociales del siglo pasado no fueron las mejoras salariales, sino las ocho horas, los fines de semana y las vacaciones: todas ellas conquistas del tiempo, no materiales –, quizá haya que ponerle coto a esa fijación protestante por la hiperproductividad y empezar a no buscarle a cada minuto el mismo aprovechamiento extremo que al cochino ibérico.
¿Que ponerme las gafas de Llorente, despertarme a las cinco de la mañana y vestir siempre con la misma ropa me hará ser más productivo? Pues probablemente.
Pero, ¿para qué?
Pensaba que no eran más que un mito de Internet, pero ese hombre sentado en la máquina de pecho las tenía. El gimnasio es cubierto, claro, pero las llevaba igualmente porque de eso va la movida; son unas gafas de sol especiales, o eso dice el futbolista del Atlético de Madrid Marcos Llorente, que filtran con sus cristales naranjas y casi traslúcidos las peligrosas luces artificiales de la era moderna para ayudarte a dormir un poquito mejor – como si el fuego que lleva alumbrando las casas cinco mil años fuera natural, ¿sabéis? –. El descanso, o es reparador o no es.