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Franquismo gore: por qué la agonía de Franco se estiró artificialmente
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Ensañamiento terapéutico

Franquismo gore: por qué la agonía de Franco se estiró artificialmente

Mientras los partes oficiales jugaban al eufemismo, el dictador vegetaba en el hospital, en una ceremonia sangrienta dilatada por los egos familiares y el atado y bien atado político

Foto: Entierro de Franco en el Valle de los Caídos. (Europa Press)
Entierro de Franco en el Valle de los Caídos. (Europa Press)
EC EXCLUSIVO

El 20 de noviembre de 1975 fue un buen día para que la prensa española tirara la casa por la ventana. Los periódicos madrileños lanzaron 20 ediciones sobre la muerte de Franco. La Vanguardia puso 800.000 ejemplares en los quioscos. Pese a todo el despliegue, quizá nadie consiguió un tratamiento tan pintoresco como el Marca: foto del dictador a caballo y editorial de título inolvidable: "Franco, deportista ejemplar". Aunque aún no se conocía detalle truculento alguno sobre la agonía del Caudillo, llamarle "deportistas ejemplar" tenía algo de humor negro involuntario, no solo porque Franco nunca fue un deportista de élite precisamente, sino porque sus últimos meses había estado más cerca de la hecatombe física que de otra cosa, aunque a los españoles se les había mantenido eufemísticamente desinformados de ello.

En efecto, la política comunicativa del franquismo sobre la agonía de su líder fue errática: muchos partes médicos que buscaban estabilizar, pero generaron ansiedad y vacío informativo. Pocos creían que el régimen dijera la verdad, y si la decía, venía muy afeitada. Territorio ideal para los rumores. Hasta el punto de producirse un evento informativo que ahora creemos propio de la inmediatez de internet: a finales de octubre, un medio estadounidense anunció la muerte del dictador por error. A Franco le quedaban aún unas semanas de agravamiento, pero la información oficial siguió llegando con silenciador. Business as usual.

"Prolongar la agonía permitía al régimen ganar tiempo para reorganizarse, asegurar lealtades, y preparar una transición controlada"

"La decisión inicial de silencio gubernativo sobre la enfermedad de Franco repetía la pauta de vacío informativo practicada el 20 de diciembre de 1973. Hasta las 2 de la tarde -es decir, más de cuatro horas después del magnicidio-, TVE no informó de la muerte de Carrero Blanco afirmando que era consecuencia de "una importante explosión cuyas causas se desconocen". Hasta las tres y media el Telediario no ofreció las primeras imágenes del lugar del atentado, y hasta las seis de la tarde no se anunciaron al país las causas reales del suceso El presidente en funciones, Torcuato Fernández Miranda, no compareció en televisión hasta la medianoche, cuando leyó una nota dirigida a remarcar el clima de tranquilidad general. En cambio, a finales de octubre de 1975 era imposible mantener la opacidad oficial. A la multiplicación de rumores se añadieron editoriales en prensa con críticas por la desastrosa gestión informativa", contó en un artículo José Carlos Rueda Laffond, de la Universidad Complutense de Madrid.

Se abrió una brecha, por tanto, entre los eufemismos del régimen sobre la salud de Franco y las sangrientas perrerías que le acabaron haciendo en los quirófanos para mantenerlo clínicamente vivo.

El calvario

El Jefe de Estado había tenido un octubre negro, con infartos y ataques cardíacos. Su entorno era plenamente consciente de su coqueteo con la muerte, pero también él: tras su primer infarto, Franco escribió su testamento político a mano. Lo contó su hija, Carmen Franco, en una entrevista a Alfonso Paso, cinco meses después de la muerte del dictador: "Lo que mi padre me dijo fue: ‘Entra en el despacho y debajo de unos papeles, encontrarás un bloc. Tráemelo’... Luego, con absoluta serenidad me dijo: ‘Léelo, a ver si lo entiendes’. Papá tenía cierto pudor de su letra. Creo que le pasa a todas las personas de cierta edad, y más si están afectadas por el parkinson, como le ocurría a mi padre… Me ordenó: ‘Cuando lo pases a limpio, rómpelo’ (...) Pasé el texto a máquina y luego se lo volví a leer a él. Lo único que me hizo corregir fue el párrafo en el que habla del futuro Rey de España. Mi padre precisó que detrás de esa frase fuera el nombre: ‘Don Juan Carlos de Borbón’, y así me lo hizo poner".

A mitad de octubre, en definitiva, Franco sabía que se estaba muriendo. Los siguientes días tuvo varias crisis cardíacas más. Pero pese a que la opción médica lógica parecía el internamiento hospitalario, Franco se quedó en el Pardo. Bien porque se resistía a abandonar el puente de mando (presidió un consejo de ministros dos días después del infarto), bien porque el régimen quería aparentar normalidad, el resultado fue que la madre de todas las crisis médicas les pilló a todos a uvas…

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En 1976, Manuel Hidalgo Huerta, uno de los médicos del dictador, publicó el libro Cómo y por qué operé a Franco. Fue el primer atisbo de que el fin del dictador había sido mucho más gore de lo que el régimen había admitido. Instalado en el Pardo desde que Franco entró en barrena, a Hidalgo le pilló el Día D —lunes 3 de noviembre— comiendo en casa con su familia. "El doctor Castrillón me llama urgentemente diciéndome que Su Excelencia tiene una hemorragia gástrica masiva que no se puede reponer con las aportaciones rápidas y cuantiosas de sangre. Regreso al Pardo y el panorama es dramático. El Caudillo sangra a bocanadas de forma abundantísima con fenómenos de ahogo por el paso de sangre a las vías respiratorias".

Lo siguiente —lo de ese día y lo que estaba por venir— fue tal banquete de body horror que a su lado La sustancia parece una simpática comedia navideña. Si David Cronenberg hubiera aparecido por el Pardo con un bisturí y una bata blanca, a nadie le hubiera chirriado.

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Apremiado por el doctor Cristóbal Martínez-Bordiu —el yernísimo, persona con más poder en el Pardo durante la agonía de Franco, del que ahora hablaremos con más detalle— Hidalgo aconsejó arriesgarse a una operación "incierta" en lugar de "quedarse de brazos cruzados viendo morir a un hombre en el impresionante dramatismo de una hemorragia cataclísmica". Problema: no había "tiempo de llevarlo a un centro hospitalario o lugar adecuado". "Es preciso resolverlo allí, y por los medios que sean, aunque parezca una utopía o una locura". Era el momento berlanguiano en el que el drama se cruza con el sainete. Repetimos: todo el mundo tenía claro que Franco estaba muy mal, pero llegada la hora decisiva, se le intervino chapuceramente, como cuando a Paquirri le desangró un toro en una plaza destartalada.

En lo que parecía un giro afortunado en plena desesperación, de pronto, uno de los generales presentes recordó que en el cuartel pegado a Palacio había un quirófano "que acaso podría valer". Hidalgo se activó: "Me traslado rápidamente y, efectivamente, hay una habitación en el Botiquín, llamada Quirófano, de medidas reducidas, con una vieja mesa… totalmente ocupado con trastos almacenados", y sin ningún tipo de material para operar, que hubo que enviar desde un hospital cercano. Mientras Hidalgo preparaba el quirófano a todo gas, el psicodrama clínico seguía en el interior del Pardo...

Como la hemorragia de Franco era "más cuantiosa y se acompaña de abundante emisión de sangre por el recto", se suspendió temporalmente la operación ante la imposibilidad de trasladarle a la ambulancia que le esperaba fuera. Tras lograr una breve estabilización, el operativo de mover a Franco de la cama al quirófano se activó de nuevo, pero con un problema logístico que ahora suena absurdo: la camilla era más ancha que un tramo de las escaleras. Solución épica: al Jefe de Estado, desnudo y sangrando a borbotones, le trasladaron envuelto en una alfombra…

placeholder Vista del féretro con el cuerpo de Franco, antes de su sepultura en el Valle de los Caídos tras su muerte tres días antes. (EP)
Vista del féretro con el cuerpo de Franco, antes de su sepultura en el Valle de los Caídos tras su muerte tres días antes. (EP)

El doctor Hidalgo se perdió esta parte, solo vio la llegada de Franco a quirófano "dejando amplios regueros de sangre a su paso". Manos a la obra. Lo primero fue colocar un balón esófago-gástrico para "parar la hemorragia por boca". Mientras tanto, en la habitación de al lado aguardaban el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, varios ministros y generales. Por si la presión no fuera suficiente, y con el bisturí ya en la mano, los galenos discreparon sobre qué hacer. Un miembro del "equipo médico habitual" de Franco calificó de "indigno" tanto el escenario como la operación, "frase poco afortunada", según Hidalgo.

Dentro de esta opereta de altibajos frenéticos, los doctores decidieron cancelar otra vez la operación, no porque el escenario fuera cutre, sino porque una "trombosis masiva" parecía indicar que no había nada que hacer. Tirada la toalla, se informó a Arias Navarro, que abandonó el Pardo para ultimar los preparativos del gran anuncio ("Franco ha muerto"), mientras el resto de autoridades y galenos se pusieron a rezar por el alma del Caudillo. Pero no se vayan todavía, porque aún hay más. Tras observar de nuevo al paciente, los médicos descartaron la trombosis y procedieron por fin a operar pese a "nuestro recóndito temor de, en vez de prolongar, poder acortar una vida por todos preciada", en palabras de Hidalgo. Al margen de la deplorable condición del enfermo, la logística tampoco ayudaba, caídas de plomos incluidas, con "el bisturí eléctrico funcionando deficientemente por falta de fuerza en la conducción eléctrica, aun habiendo sido apagado toda luz en Palacio" (he aquí una metáfora irresistible: la propaganda de la época aseguraba que en España siempre había una lucecita que nunca se apagaba, la del despacho de Franco en el Palacio del Pardo, trabajando incansablemente mientras los españoles dormían. Pero los plomos del régimen estaban a punto de apagarse para siempre).

El caso es que Franco sobrevivió a la operación inverosímil, como explicó Hidalgo: "El espectro ominoso de la muerte se había alejado de momento".

La hora del marqués

Misión hercúlea superada, en efecto, pero quédense con el "de momento", porque a partir de ahí todo sería prolongación artificial de la vida de Franco, o lo que algunos califican de "ensañamiento terapéutico": dos semanas y media de internamiento en la Paz, intubado y sometido a sucesivas operaciones de reducción de estómago, diálisis, etc. Mientras Franco vegetaba y el régimen no emitía realidad, por cierto, Marruecos invadió con éxito el Sáhara español. A cosas así se refieren cuando dicen que lo más importante en política es el manejo de los tiempos.

Sobre el manejo de los tiempos de la agonía de Franco —sobre su dilatación sádica, si prefieren— se ha especulado mucho, sobre todo sobre los motivos, no tanto sobre quién tenía la última palabra, pues sabemos que los ritmos los marcó Cristóbal Martínez-Bordiú, cirujano, marqués de Villaverde y marido de la única hija de Franco (durante los fastos de su boda, por la España maltrecha de posguerra —pero aún socarrona— circuló la siguiente coplilla: "La niña quería un marido, la mamá quería un marqués, el marqués quería dinero, ya están contentos los tres"). Lo que cuentan los expertos en la familia Franco es que Bordiú tocó más plata que poder. Que aprovechó para entrar en incontables consejos de administración de empresas beneficiadas por el régimen; prebendas de las que, por otro lado, se beneficiaron muchos altos cargos del régimen: entre 1961 y 1974, el 77% de los ministros vivos de Franco ocupaban 326 puestos en los consejos de administración de las grandes empresas del país, según contó Mariano Sánchez Soler en Los Franco S. A.

"La gestión comunicativa de la agonía de Franco siguió un modelo característico del franquismo"

Con todo y con eso, la pulsión crematística del marqués de Villaverde no fue fácil de aplacar, como explicó Sánchez Soler: "Basta reseñar todos los puestos médicos que Martínez-Bordiú ocupaba simultáneamente después de su boda en oposiciones ganadas siempre con el número uno. Al enumerarlos, no puede extrañar a nadie que el ministro de Gobernación le concediera en 1966 la Gran Cruz de la Sanidad. Veamos las plazas médicas por las que cobraba: Patronato Antituberculoso; Beneficencia municipal de Madrid; jefe de cirugía torácica del Seguro Obligatorio de Enfermedad; Mutualidad Laboral de Ferroviarios; jefe del departamento de cirugía torácica de la clínica de La Concepción, Fundación Jiménez Díaz; jefe de departamento de la Ciudad Sanitaria La Paz; jefe del servicio cardiovascular del Centro Sanitario Ramón y Cajal; cirujano de la banca oficial desde 1953, a la que demandó en 1979 por despido improcedente".

Pero al margen de dejarle ganar todo el dinero que quisiera, Franco no acabó de dar carrete del todo a Martínez-Bordiú, siempre le marcó las distancias, bien por las clásicas tensiones yerno/suegro, bien porque le veía un poco chisgarabís, bien porque algunas voces del régimen criticaban por lo bajini que el alto tren de vida del marqués era tan grueso que chocaba con la supuesta austeridad preconizada por el franquismo. Pero Martínez-Bordiú aspiraba a algo más. Paradójicamente, su momento de gloria llegó con la agonía de Franco, es decir, con el principio del fin del poder ilimitado de su propia familia. Amparado en sus conocimientos de medicina, Martínez-Bordiú se autoproclamó CEO de la agonía de su suegro, imponiéndose incluso a los deseos de su esposa, Carmen Franco, más proclive a que su padre le desconectaran pronto para que no sufriera más. Al margen del lucimiento de Bordiú, por supuesto, otros motivos quizá expliquen también el alargamiento de la agonía, como ese dejarlo todo atado y bien atado, una de las obsesiones políticas de las élites del tardofranquismo.

En su libro Anatomía de un cambio de régimen, José Oneto expuso así la cuestión: "El marqués de Villaverde, autodesignado jefe del clan movido por intereses personales, convertido él mismo en caudillo de la situación, era el único que parecía resistirse a la realidad de los hechos. Convertido en guardián de su suegro, autoinvestido de un poder político y de decisión que siempre se le había negado en palacio (Franco siempre le trataba de usted a pesar de que hacía más de veinte años que le trataba y él siempre le trató en público de Excelencia), interlocutor entre el último residuo de poder que todavía quedaba en El Pardo y el poder que entonces ostentaba el presidente Carlos Arias Navarro, Cristóbal Martínez—Bordiú no pasará a la Historia precisamente como un hombre que facilitó las cosas, ni como un modelo de médico".

Foto: franco-muerte-fotografias-agonia-franquismo

Sánchez Soler incidió en el rol de Bordiú como Doctor Gore de la agonía:

1) "El marqués de Villaverde había sometido a su suegro a tres operaciones quirúrgicas en poco más de un mes; se le había cambiado la sangre por completo mediante transfusiones constantes en ocho ocasiones; le habían extraído el líquido del vientre mediante una punción abdominal (paracentesis) y estaba en diálisis y hemodiálisis permanentes. Cristóbal Martínez—Bordiú era el director absoluto de aquella ceremonia macabra en la que se pretendía evitar, con todos los medios técnicos a su alcance, la muerte irreversible de aquel anciano desvalido, indefenso ante los tubos, las sondas y los calmantes obligatorios; con sus pulmones encharcados y los riñones inservibles".

"Prolongar la existencia de Franco era, en suma, una ficción cargada de intereses políticos y personales, mientras en la soledad más absoluta, agotado por la tortura de no poder morir en paz y sin una mano amiga a la que aferrarse, el general expiraba".

2) "Si aquella última noche Carmen Polo, entre rezos, seguía pidiendo a Dios un milagro imposible, su hija Carmen, cansada de suplicar a los médicos que terminasen con la cruel agonía de su padre, trataba de recuperar el consuelo, mientras su marido, Cristóbal, como nuevo jefe del clan, desplegaba su ambición y su seguridad de cirujano. Martínez-Bordiú estaba dispuesto a imponer su flamante papel. ¿En qué consistía el interés de Villaverde? Quizá tan sólo en un desmedido afán de notoriedad tras toda una vida bajo el manto de su suegro. Los hechos investigados demuestran que los caudales de la familia no corrían peligro en tan doloroso momento. La herencia de Franco había quedado "atada y bien atada".

Sánchez Soler contabilizó también los artilugios que mantuvieron a Franco en vida vegetativa durante semanas:

"Para comprender su estado terminal, basta enumerar los instrumentos e ingenios médicos utilizados para retrasar su muerte: Un tubo para mantener y controlar su respiración, que fue renovado varias veces ante el peligro de infección. Una sonda balón-esófago-gástrico aplicada por la nariz para contener la hemorragia, merced a la cual el enfermo pudo ser operado por primera vez, cuando todo parecía definitivamente perdido. Una sonda intraabdominal para realizar la diálisis peritoneal, aplicada mediante una punzada. Una sonda de aspiración gástrica, introducida por la nariz hasta el estómago, para extraer líquidos y alimentar al paciente, así como para hacerle lavados de suero frío y depositarle unas llamadas "soluciones coagulantes tópicas" para tratar de detener la hemorragia. Un drenaje externo por canulación del asa intestinal aferente, para evitar que el contenido intestinal pasase por el estómago. Dos drenajes tubulares en la cavidad abdominal. La punción constante del gota a gota del suero. Terminales en la cabeza para realizar electroencefalogramas. Ventosas en todo el cuerpo para controlar la respiración, el pulso y la electrocardiografía".

placeholder La portada de la polémica.
La portada de la polémica.

Más allá de los testimonios posteriores de los médicos de Franco, de todo esta siniestra ingeniería clínica poco supo el español medio… hasta que una imagen iba a producir mayor shock que mil palabras. En 1984, La Revista, proyecto del grupo Z fundado por Jaime Peñafiel para hacerle la competencia al Hola, publicó las fotos de Francisco Franco intubado. Fue un terremoto, tardío, pero terremoto.

Aunque todos los dedos de la filtración apuntaron a Martínez-Bordiú, las cosas fueron un poco más complejas. Martínez-Bordiú había fotografiado a su suegro agonizante, en efecto, y con intención de acabar publicando las fotos en algún momento… pero alguien se le adelantó. Una persona que llevaba décadas al servicio de Franco, se hizo con una copia del material durante el revelado del mismo, y se las acabó ofreciendo a Peñafiel, demandado luego por Bordiú, aunque acabó absuelto.

La entrevista

Pese a su carácter morboso, las imágenes rellenaron un importante hueco historiográfico. El 1 de octubre de 1975, fue la última aparición filmada de un (muy) disminuido Franco en el balcón del Palacio Real, para dirigirse al pueblo y tratar de mitigar la crisis del régimen —protestas en media Europa por los últimos fusilados del franquismo—. Desde ese día hasta su muerte no se publicó una sola imagen de Franco, siete semanas de cerrojazo iconográfico. Lo último que vieron los españoles fue a un plácido Franco embalsamado en su funeral, imagen sosegada que chocaba violentamente con el Franco intubado que el régimen había ocultado a toda costa. De todo esto ha escrito y reflexionado la hispanista francesa Nancy Berthier, directora de la Casa de Velázquez y catedrática de la Sorbona. Hablamos con ella sobre la trastienda de los últimos días de Francisco Franco.

PREGUNTA. Durante la agonía de Franco, el régimen lanzó decenas de partes médicos y mensajes oficiales... que no lograron llenar la sensación general de vacío informativo. ¿Por qué? ¿Cómo gestionó el franquismo la agonía?

RESPUESTA. La gestión comunicativa de la agonía de Franco siguió un modelo característico del franquismo tardío: abundancia de información formal y escasez de información sustantiva. Desde el 17 de octubre de 1975, cuando se publica el primer parte médico, hasta el 20 de noviembre, se difundieron decenas de boletines que detallaban, casi de manera obsesiva, valores fisiológicos y episodios clínicos menores (variaciones de temperatura, "leve mejoría", "accesos de fiebre controlados"). Sin embargo, ninguno de esos partes reconocía explícitamente el deterioro irreversible del dictador.

El régimen buscaba mantener la idea de continuidad y estabilidad, evitando cualquier señal de debilitamiento del poder. En ese sentido, la agonía fue gestionada como una prolongación del mito del "Caudillo infatigable": un líder cuya fortaleza no debía verse cuestionada en público. Sin embargo, esa estrategia chocó con una opinión pública más permeable a rumores y fuentes alternativas que en décadas anteriores, lo que explica la sensación generalizada de incertidumbre.

En 1975, este dispositivo comunicativo convivió con un entorno mediático en transformación. Aunque la censura seguía operando, la prensa mostraba ya tensiones internas y publicaba titulares contradictorios o excesivamente optimistas ("La mejoría continúa"), lo que alimentaba más rumores que certezas. Además, el acceso a medios extranjeros (BBC, France Presse) introdujo informaciones que contrastaban con la narrativa oficial.

El exceso de partes médicos actuó, paradójicamente, como revelador de la gravedad de la situación, y terminó siendo leído como síntoma de opacidad: cuanto más informaba el régimen, más evidente resultaba lo que estaba intentando ocultar.

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P. ¿La agonía de Franco se alargó más de lo necesario? ¿Qué motivaciones hubo detrás?

R. Desde un punto de vista médico, es evidente que los tratamientos aplicados, cada vez más invasivos, prolongaron la vida de Franco más allá de lo estrictamente razonable (disnatasia). Los testimonios médicos y políticos coinciden en que la vida de Franco fue prolongada artificialmente mediante intervenciones invasivas (reanimaciones, múltiples transfusiones, diálisis peritoneal) cuando la situación clínica era ya terminal. Los propios médicos, como Vicente Pozuelo, lo han reconocido en entrevistas posteriores.

Pero esta prolongación debe entenderse en clave política. En un sistema fuertemente personalista, donde Franco no era un dirigente reemplazable sino la pieza estructural del régimen, su muerte desencadenaba un vacío que el propio entramado institucional aún no sabía gestionar.

Al respecto, el final del franquismo era un momento extremadamente delicado: muere no solo un hombre, sino el propio sistema construido en torno a él. Prolongar la agonía permitía al régimen ganar tiempo para reorganizarse, asegurar lealtades, y preparar una transición controlada hacia la monarquía restaurada.

En ese sentido, la prolongación de la agonía es comparable a otros casos de regímenes personalistas donde la biología del líder se convierte en un asunto de Estado, como lo analizó el antropólogo John Borneman; por ejemplo, el secretismo alrededor de la muerte de Stalin o la preparación ritualizada del fallecimiento de Salazar en Portugal. La supervivencia artificial no responde solo a criterios médicos, sino a una necesidad política de coreografiar el final del régimen.

"Las fotos de Franco intubado le mostraron no como Caudillo, sino como paciente terminal, y reconfiguraron nuestra memoria"

P. Años después se publicaron las fotos de Franco intubado. Si esas imágenes no se hubieran visto nunca, ¿nuestra percepción de su agonía sería hoy diferente?

R. Sin duda. Las fotografías de Franco publicadas en La Revista, nueve años después de la muerte del dictador, intubado, inconsciente, rodeado de equipos médicos, constituyen un hito en la iconografía del franquismo. Se trata del primer -y único hasta ahora- documento que rompe el dispositivo visual que el régimen había mantenido cuidadosamente hasta el último día, basado en la solemnidad y el control de la imagen.

Revelaron la vulnerabilidad del dictador. Sin esas fotos, hoy seguiríamos dependiendo casi exclusivamente de los partes médicos y de los relatos oficiales de la época, lo que mantendría la agonía en un registro más abstracto o "coreografiado". Las imágenes introdujeron una dimensión de crudeza y materialidad que volvió irreversible la desmitificación del personaje.

Estas fotografías produjeron un desplazamiento narrativo: la agonía dejó de pertenecer exclusivamente al registro de lo oficial y entró en el terreno de lo íntimo y lo crudo. Se asemejan a lo que Roland Barthes llamaría el "punctum" de lo real: el cuerpo frágil, intubado, privado de toda aura. Visualmente, clausuran el mito. Funcionan de forma similar a las imágenes tardías de Mao Zedong, que revelaron la dimensión biológica —y no heroica— del líder.

Podemos decir que esas fotografías cerraron visualmente una era: mostraron a Franco no como Caudillo, sino como paciente terminal, y reconfiguraron retrospectivamente nuestra memoria colectiva de aquellos días.

El 20 de noviembre de 1975 fue un buen día para que la prensa española tirara la casa por la ventana. Los periódicos madrileños lanzaron 20 ediciones sobre la muerte de Franco. La Vanguardia puso 800.000 ejemplares en los quioscos. Pese a todo el despliegue, quizá nadie consiguió un tratamiento tan pintoresco como el Marca: foto del dictador a caballo y editorial de título inolvidable: "Franco, deportista ejemplar". Aunque aún no se conocía detalle truculento alguno sobre la agonía del Caudillo, llamarle "deportistas ejemplar" tenía algo de humor negro involuntario, no solo porque Franco nunca fue un deportista de élite precisamente, sino porque sus últimos meses había estado más cerca de la hecatombe física que de otra cosa, aunque a los españoles se les había mantenido eufemísticamente desinformados de ello.

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