No lo llames "abstinencia sexual", llámalo un mes cualquiera en la vida de un español
Todo el mundo ha perdido la cabeza tras la revelación de Rosalía, pero es hora de normalizar que se puede estar más de un mes sin hacer el amor. Algo bastante común: pregunten
Rosalía optó por la bollería en su aparición en 'La Revuelta'. (RTVE)
La semana pasada, Rosalía contó en La Revuelta que no había hecho el amor ni una vez en los últimos 30 días y toda España perdió la cabeza. En realidad, quedaba bastante claro a lo que se refería. Aunque lo llamaba “celibato”, lo que venía a decir era que en las épocas de mucho trabajo y mucho estrés le baja la libido. A quién no le pasa esto de tener épocas en las que está a otras cosas.
Como suele ocurrir con Rosalía, las declaraciones generaron discurso, mucho discurso. Que si el voto de castidad de las monjas, que si el celibato como forma de ajuste de cuentas con los hombres, que si huelga sexual. También heteropesimismo, esa sensación de que no hay hombre que merezca la pena que desliza en su entrevista en Ràdio Primavera. Es decir, una vez más un análisis cultural y feminista frente a lo que yo veo también como una cuestión sociológica y psicológica. Porque, hey, a los hombres también nos pasa.
Por lo que a mí respecta y por lo que he deducido a base de mantener conversaciones sobre el tema tras varias cervezas, que siempre relajan la lengua, es que es cuando asoma la realidad un mes sin hacer el amor no es un mes de celibato, es un mes cualquiera en la vida de los españoles. No estoy hablando únicamente de personas sin pareja, con el hándicap añadido de toda la pesada logística y la dedicación de tiempo, esfuerzo y socialización que hay que invertir en conocer a alguien, sino también (y otro día abrimos este melón) entre parejas consolidadas. Desde luego, es bastante habitual sobrepasar el mes sin sexo, pero casi nadie está dispuesto a reconocerlo, no vaya a ser.
El problema que tiene hablar de la frecuencia con la que los españoles hacen el amor es que no tenemos ni idea. El INE hizo su Encuesta sobre Salud y Hábitos Sexuales en 2003, hace ya más de 20 años, y no preguntaba por ello. El CIS se interesa por otros aspectos de las relaciones sexuales, pero no por ese en concreto, aunque sabemos que el 73,3% de los españoles están contentos. La mayoría de encuestas sobre hábitos sexuales provienen de otras fuentes más limitadas como Statista (una vez a la semana) o Diversual, tienda erótica online (seis al mes).
Se está identificando la abstinencia con no tener pareja, que no es lo mismo
Esta proliferación de discursos culturales creo que refleja lo incómodos que nos sentimos aún con este tema. Broncano siempre plantea esta pregunta a sus invitados de manera bastante inteligente, con una naturalidad que ha conseguido que se normalicen tanto las cifras bajas como las pantagruélicas. Pero los aspavientos y viralización con las que son recibidas muestran que aún es algo que, como cuando el profesor dice “pene” en clase, da un poco de risita. Porque aún sigue vigente esa vieja (y machota) concepción de que cuanto más –y con cuantas más personas– mejor.
Frente a ello ha aparecido otra tendencia que es la de la renuncia al sexo como emancipación (una vez más, solo femenina, aunque los hombres también suframos de pesimismo). Moderna de Pueblo, por ejemplo, presentaba a su Rosalía diciendo que “dan ganas de meterse a monja” y que el celibato voluntario es una forma de “autoprotección”. Terminaba con un “para muchas mujeres, la prioridad ya no es el amor romántico, sino la paz”. Los dibujos identificaban la abstinencia sexual con no querer tener pareja formal, que a mí me parecen dos cosas muy distintas. La reacción a lo del "mes a cero" muestra que se toma por excepcional lo que es bastante normal, si no fuese porque tenemos la idea de que los famosos se pasan el día dedicándose a los placeres terrenales.
En las últimas décadas, el evolucionismo se ha basado en la teoría del mercado de emparejamiento (market mating theory), que, como recuerdan investigadores como Roy F. Baumeister de la Universidad del Estado de Florida, interpreta el sexo heterosexual como un mercado dirigido por la oferta y la demanda. Según esa teoría que tanto ha influido en la mentalidad incel, las mujeres son las encargadas de controlar el acceso (o no) a un recurso limitado que es el sexo.
Llama la atención, por lo tanto, que aun de forma inconsciente parte del feminismo haya adoptado esa lógica. Las huelgas sexuales no son nada nuevo, y han sido utilizadas hasta nuestros días como una forma de presión política. Pero esta renuncia al sexo parece implicar que es la consecuencia lógica ante la decepción por el comportamiento de los hombres. El “hasta que no aprendan a comportarse, nada” es otra forma de dar la razón a la teoría del mercado de emparejamiento. Pero también conduce en última instancia a renunciar a algo que, independientemente del hombre gilipollas en cuestión,puede apetecer.
La escasez de tiempo y el estrés contribuyen a que demos prioridad a otras cuestiones
Tengo la sensación de que estamos confundiendo la abstinencia voluntaria con la enojosa labor de encontrar compañía sexual. Rosalía lo decía de manera muy directa. Ha estado a tope de trabajo, lo que le causa estrés y le baja la libido. Por un lado, la gente no hace el amor porque tiene otras obligaciones, pero también prioridades en las que emplear su tiempo; por otro, esa escasez de tiempo y el estrés genera una respuesta fisiológica que reduce el empuje. Y eso le puede pasar a alguien con pareja o sin pareja, y quizá la respuesta esté más ahí o en otros factores psicológicos que en el discurso pretendidamente emancipador y voluntario de la abstinencia.
Pero también entran en juego factores sociológicos. En España no estamos tan seguros, pero en otros países como Estados Unidos sí sabemos que cada vez más personas reportan no haber tenido ninguna actividad sexual en el último año. Un estudio publicado enJama Network Open mostraba que uno de cada tres hombres de entre 18 y 24 no había hecho el amor en el último año; la inactividad sexual también había aumentado en ambos sexos entre los 25 y 34 años.
Otra encuesta muy interesante publicada este mismo año en PNAS mostraba que las personas (hombres y mujeres) que no tienen actividad sexual (pero no son asexuales) suelen vivir en zonas donde hay una mayor desigualdad económica. También beben y fuman menos y suelen llevar siempre gafas, lo que consideran como un signo de baja autoestima por haber ligado poco en la adolescencia. “Las personas que no son capaces de encontrar parejas con las que encajen pueden ser vulnerables a tener una peor salud mental y soledad, vergüenza social y desventajas económicas”, escriben los autores.
Una pareja distante. (iStock)
Con el sexo ocurre algo parecido a la natalidad, pero con implicaciones aún más complejas. El problema no es que hagamos más o menos el amor, sino que haya personas que deseen hacerlo y no puedan. Es una lástima sociológica que el debate sobre este tema haya sido monopolizado por la perspectiva incel de forma que toda discusión está contaminada por posiciones muy extremas, porque esta brecha creciente entre gente que hace el amor y la que no es el mejor ejemplo de cómo funciona nuestra sociedad, también en otros campos, como la economía, la vivienda o la educación: el ganador se lleva cada vez más recompensay el perdedor forma parte de una periferia que resulta difícil abandonar.
Por supuesto que nadie le debe sexo a nadie, pero entender las razones por las que hay gente que no hace nunca el amor nos dice mucho acerca de la soledad no deseada, de la ausencia de espacios donde socializar y de la imposibilidad de disponer del tiempo suficiente para dedicarlo a las relaciones personales, porque el sexo implica a la fuerza intimar con otras personas, también desconocidas (hasta que dejan de serlo). Y todo conspira para que sea cada vez más difícil y que nos cueste menos: hay toda una generación educada en el aislamiento autoimpuesto.
*Si no ves correctamente el módulo de suscripción, haz clic aquí
Lo que está disminuyendo el número de relaciones no es solo una supuesta rebelión contra la sexualidad –esto de “ahora no me apetece” ha existido siempre, pero sin discurso asociado–, sino una gran cantidad de condicionantes económicos, sociales y laborales, que hacen que para algunos practicar sexo sea cada vez más difícil. En mi caso (hola, mamá, puedes dejar de leer aquí), como tantas otras cosas va por rachas, períodos de abundancia y escasez, en función de la posibilidad, las ganas y los problemas de la vida diaria. O, simplemente, porque me da pereza. Ahí está mi confesión broncanera, mi pobre contribución a una estadística que nadie se atreve a construir.
La semana pasada, Rosalía contó en La Revuelta que no había hecho el amor ni una vez en los últimos 30 días y toda España perdió la cabeza. En realidad, quedaba bastante claro a lo que se refería. Aunque lo llamaba “celibato”, lo que venía a decir era que en las épocas de mucho trabajo y mucho estrés le baja la libido. A quién no le pasa esto de tener épocas en las que está a otras cosas.