Giles Tremlett: "En España incomoda la pregunta: 'Abuelo, ¿qué hiciste durante el franquismo?"
El colaborador del 'The Guardian' y 'The Economist' y autor de 'Las brigadas Internacionales' publica una nueva biografía sobre el dictador y el impacto que tuvo en España el franquismo
El problema respecto a la figura de Franco no es que haya aspectos desconocidos de su biografía por desvelar, que no los hay, sino que sencillamente no se conocen con exactitud. Se podría decir exactamente lo mismo de Francisco Largo Caballero, de la II República o incluso sobre el proceso de la Transición. Que no se conocen o que se olvidan deliberadamente, lastrados por el uso de consignas destinadas al uso partidista de la historia y del marketing político. ¿Por qué se habla más de Franco en el 50 aniversario de su muerte que, por ejemplo, en el 20 o en el 30, cuando la lógica dicta que tendría que ser al revés? Para el colaborador de The Guardian y The Economist en España, Giles Tremlett, que acaba de publicar
Otra forma de verlo es que se debe a la intensa campaña del Gobierno de Pedro Sánchez, quien inició en enero de 2025 un ambicioso programa de actos sobre los 50 años de democracia centrados en Franco y el franquismo y en el marco de su ley de la Memoria Democrática. Lo cierto es que el gran hito sobre esa revisión de la Guerra Civil, el franquismo y especialmente de la Transición, como fue el traslado de los restos de Francisco Franco del Valle de los Caídos hace ya seis años, se produjo "sin que pasara absolutamente nada", como reconoce el historiador inglés, y a pesar de que la ley se aprobara en el Parlamento por el estrecho margen de 176 votos a favor, 165 abstenciones y dos votos en contra. ¿Por qué entonces volver a la historia de Franco y el franquismo? "Es cierto que yo creo que se llega un poco tarde porque había que haber hablado más en los primeros 5 o 10 años. Lo que hoy en día se ha llamado memoria histórica o memoria democrática no hacía tanta falta, pero yo estoy en contra del consenso: creo que es bueno darse de hostias políticas con esto".
Giles Tremlett, autor también de Las brigadas internacionales y elogiado por Paul Preston, se perfila como sucesor de esa tradición de hispanistas ingleses estudiosos de la Guerra Civil y el franquismo "porque tenemos una visión del país desde fuera que siempre es interesante", tal y como comenta a El Confidencial en la quinta planta del Círculo de Bellas Artes, aunque él viva en España desde 1992. "Creo que los españoles aún tienen una relación complicada con el dictador. Aquí no ha habido, como hubo en Alemania con Hitler, una reacción totalmente en contra. Y la pregunta, ‘abuelo, ¿qué hiciste durante el franquismo?’, puede resultar incómoda a nivel familiar, incluso". Es más, en su libro asevera que la Transición de hecho es en gran medida fruto de una sociedad que estaba acostumbrada a obedecer, por lo que, cuando el rey Juan Carlos I, nombrado jefe del Estado tras la muerte de Franco, le pidió al país que votara a la UCD, los ciudadanos moldeados por Franco lo hicieron. Es otra vuelta de tuerca.
PREGUNTA. Sobre traumas familiares, un aspecto conocido sobre la personalidad de Franco es el importante influjo que tuvo su familia en él. Tú destacas además que fue un hogar de todo menos mediocre: de ahí salieron un héroe de la aviación, Ramón Franco, y un futuro jefe del Estado, enfrentados además ideológicamente. ¿Los Franco en El Ferrol son un reflejo de las supuestas dos Españas?
RESPUESTA. Sí, los orígenes de Franco son sin duda los del encontronazo, el desencuentro de las dos Españas, por simplificar un poco. Tiene a su padre liberal, librepensador hasta ciertos límites, y a una madre muy conservadora, muy piadosa, muy rígida, que viene de una familia además muy católica y conservadora. Los abuelos también son bastante conservadores. Lo que él vive en su casa es esta división, que además se complica a nivel afectivo porque el padre abandona a la madre, lo que supone una vergüenza y una humillación. Entonces, puesto a elegir entre un modelo y otro, Francisco Franco elige la parte conservadora, incluso reaccionaria, de esas dos Españas, mientras su hermano Ramón, el gran aviador, otro personaje excepcional, elige el bando republicano.
P. Se ha explicado la frialdad que demuestra a menudo Franco durante su vida como reflejo del odio que siente hacia su padre, quien lo menosprecia siempre. ¿Es la razón de que sea capaz de castigar a sus enemigos con ese desprecio?
R. Sí, esa frialdad de Franco es muy real y bastante tremenda. Él dice en algún momento —y le cito— "en la guerra hay que mantener el corazón frío", y en España ese estado de guerra se mantuvo en algunas zonas hasta 1951. Así que si había que mantener el corazón frío durante todo ese tiempo, representa un buen trecho del franquismo. Pero sí, la relación con el padre para mí es muy importante, no sólo en este aspecto de las dos Españas, que se muestra con su hermano, sino porque Nicolás Franco es un personaje tremendamente arrogante que no se deja impresionar por nada de lo que hacen sus propios hijos, cuando lo cierto es que son logros realmente extraordinarios. Ramón es el gran aviador, el Charles Lindbergh de su época. De hecho, el vuelo de Ramón a Brasil y Argentina se puede seguir a diario en las páginas de The New York Times. Cuando estalla la Guerra Civil, incluso hay algún periódico inglés que escribe sobre "el general Francisco Franco", hermano del aviador. En esos momentos gloriosos de la carrera militar de Francisco Franco, muchas veces hay una sombra: la de su hermano, que es la que ven los demás.
P. Franco no es exactamente un golpista ni un militar rebelde hasta muy tarde, a diferencia de otros compañeros. Según explicas en tu libro, tiende a seguir las normas y reprende a su hermano Ramón por participar en las conspiraciones republicanas. ¿Qué es lo que cambia para que vaya en contra del orden?
R. Bueno, creo que en el fondo se mezclan dos cosas. Franco es, en cierto modo, un rebelde de corazón, de espíritu; incluso intelectualmente. No está de acuerdo con la República, y sobre todo no está de acuerdo con la República de izquierdas, más la que surge en febrero con la victoria del Frente Popular en el 36. Pero, por otro lado, Franco es un ganador: sólo quiere estar en el bando vencedor y se arriesga muy poco. Fuera del campo de batalla le cuesta mucho tomar decisiones que impliquen riesgo, especialmente en lo personal. Es el último de los conspiradores en sumarse al golpe de Estado porque, básicamente, no quiere mojarse hasta que todo esté preparado y pueda calcular si le conviene o no entrar en el juego. Le cuesta muchísimo dar ese paso, y creo que es por una cuestión personal. La pregunta que se hace es: "¿Nos va a salir bien o no?". En ese momento no está tan motivado por un deseo de transformar España como por comprobar si aquello realmente va a funcionar.
P. Me refiero más bien a que, según tu biografía, Franco no es un rebelde por lo menos hasta bastante después de la Revolución de Octubre de 1934, que promueven el PSOE y la UGT contra la II República tras la victoria del partido de derechas CEDA en las elecciones generales de 1933.
R. Bueno, en el 34 hay un punto de inflexión en la República. Un Partido Socialista rebelde, en contra de lo que es la República en ese momento. En ese momento Franco, en lo personal, se ve implicado en la represión de la revuelta, y eso le sitúa más, a ojos de otros, en un bando concreto. Obviamente es el suyo, pero hasta ese momento él no había querido destacar como un elemento de ese bando, porque jugaba a todos. A él lo que importaba era su carrera militar. Si iba a haber República, quería avanzar en su carrera militar dentro de la República. Eso es lo que más le importa, mucho más que cualquier otra cosa.
P. Explicas en tu libro que en las elecciones de 1936 su cuñado Ramón Serrano Suñer le propone ir en las listas de la CEDA, y que si hubiera aceptado lo habría cambiado todo. ¿Era la CEDA un partido antisistema, tal y como argumentó el PSOE para montar la insurrección de 1934 contra el orden republicano?
R. Es muy difícil hacer una lectura de la CEDA porque, igual que el PSOE, estaba dividida en distintas partes, facciones, etcétera. Pero lo que nos dice la historia de ese momento es que no era un partido "tipo Dollfuss", como el partido en Austria. La justificación de la rebelión de Asturias fue que la CEDA era otro partido como aquel y que iba a tomar el poder sí o sí para suprimir la democracia. Y lo que vemos es que la República era lo suficientemente fuerte como para que eso no ocurriera: había presidentes que decidían cómo podía organizarse la República. Y, aunque deseasen —que esa es la pregunta— tomar el poder absoluto, y yo creo que una parte sí lo deseaba y otra parte no, no podían hacerlo. Entonces tenemos que guiarnos por lo que pasó y por lo que no pasó. Y lo que no pasó es que la CEDA suprimiese la democracia republicana.
P. ¿Cómo fue posible que un militar indeciso hasta el último momento en participar en el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 se hiciera con el poder durante tantos años?
R. De Franco se dice que no tenía carisma, y es cierto. Pero a los militares no les hace falta, porque ya lo tienen marcado de antemano: si eres general, los demás te obedecen y te respetan. Y eso Franco lo entiende perfectamente. Durante la Guerra Civil, él utiliza ese carisma militar para hacerse con todos los poderes. En un periodo de apenas dos semanas se convierte en generalísimo, luego en caudillo y finalmente en jefe de Estado absoluto por un tiempo indefinido. Y eso es tremendo: es casi un golpe de Estado dentro del propio golpe de Estado. Luego además hay dos preguntas. Una es cómo lo hace con el apoyo político de la parte politizada de la derecha española, en sus distintas facciones. Y otra es cómo —y hasta qué punto— lo hace con el apoyo de los españoles. En la parte politizada, creo que la clave es su concepto militar del poder: "yo soy el jefe y todos los demás deben obedecer; y si no, fuera". Esto ya se había visto durante la Guerra Civil: había apartado a carlistas y a falangistas por llevarle la contraria, y había dejado claro que no existía la posibilidad de una oposición interna dentro de la derecha. Luego sí fue hábil a la hora de ir cambiando, de ir repartiendo el pastel del poder. Pero, en el fondo, tenía un control tan férreo que esos juegos —que después se han interpretado como maniobras hábiles, como capacidad política— yo creo que, en realidad, se daban dentro de un estado de sumisión total por parte de todos. La supuesta conspiración monárquica en los primeros años de la posguerra no es una amenaza en ningún momento.
P. ¿Y respecto al apoyo de la población?
R. Pues ahí hay que separar claramente el primer franquismo del segundo o del tercero. El primer franquismo es brutal: la autarquía es un desastre, la economía es pobre, y todo refleja un concepto muy personal de Franco, el de un ultranacionalista que cree que la solución a los males de España es ser "más español". No necesitamos a los extranjeros, no debemos importar nada ni depender de nadie; nosotros nos bastamos a nosotros mismos. Para él, la raíz de todos los problemas está en haber escuchado a los extranjeros, en haber permitido entrar ideas foráneas: liberalismo, sindicatos, socialismo, masonería… Todos esos conceptos, en su visión, han envenenado la nación y hay que erradicarlos. Es un nacionalismo extremo y exagerado, y su impacto en la vida de los españoles fue brutal, empezando por las hambrunas de los años 40. Solo hay que leer las cartas y documentos de los diplomáticos —incluso los alemanes, que eran aliados de España— escribiendo a Berlín y describiendo la situación como una verdadera hambruna. Franco construyó una fachada gloriosa para su régimen, pero detrás había una pobreza tremenda. Después de la Segunda Guerra Mundial, convirtió a España en un país paria: era el único país que quedaba de aquel grupo de países fascistas o profascistas. Franco había sido aliado, aunque no entró formalmente en la guerra, y firmó acuerdos secretos con Hitler, como permitir que submarinos alemanes atracaran en puertos españoles para repostar gasolina. Existía un acuerdo base que decía que, en el momento adecuado, España entraría en la guerra del lado de Alemania. Ese momento no llegó, así que no pasó como tal, aunque los documentos posteriores lo dejan claro.
P. ¿Qué opinas sobre este debate reciente en torno a la Transición? Me refiero a la discusión sobre si dejarla tal como fue o "reescribirla" desde una perspectiva de izquierda, como si hubiera que rehacerla porque no se completó correctamente.
R. De algún modo, el debate sobre la Transición —50 años después— es un debate sobre si debemos seguir rigiéndonos por las mismas normas de hace medio siglo. Muchas constituciones son más flexibles que la española y se van modificando con el tiempo; o, como en países como el Reino Unido, directamente no existe una constitución escrita pero las normas se van adaptando continuamente, porque la "constitución" es el conjunto de leyes. Por otro lado, la Constitución también se ha convertido en un artilugio, en un elemento que se usa para darse golpes unos a otros, y es un poco triste verla empleada así. Pero es una realidad: la Transición marca la España de hoy, y estuvo determinada por las circunstancias del momento. Y ese momento era la salida de una dictadura en la que, cuando muere Franco, el poder estaba claramente del lado franquista. Yo añadiría un elemento que creo que no se valora lo suficiente: el franquismo se dedicó durante décadas a producir apatía política. La idea era que la política era algo malo, punto. Y esa apatía cuajó. Cuarenta años bastan para moldear un país en ese sentido. Incluso las encuestas de los años 70 —las hubo, hechas tanto por el régimen como por gente de fuera— ya muestran esa apatía y cierto seguidismo en una parte importante de los españoles. Es decir, hacían lo que se les mandaba. Y creo que hay un factor de la Transición del que no se habla: la gente estaba acostumbrada a votar que sí a lo que dijese el jefe del Estado; en este caso, el rey. ¿Podemos sorprendernos de que votaran lo que se les pedía? Si se decía que había que ir por un camino, se iba por ese camino. Esta es una versión menos heroica de la Transición: no es la de izquierdas ni la de derechas, que suelen querer apuntarse el tanto. Pero creo que es un factor importante. No se ha estudiado, ni teorizado siquiera, y para mí debería tenerse en cuenta.
P. ¿Hay que seguir realmente hablando de Franco?
R. La Transición me parece que fue un éxito, pero hay elementos que con el tiempo dejaron de ser necesarios. Hubo cierta inercia respecto a lo de evitar el tema de Franco y de la Guerra Civil en colegios e institutos. Creo que en los primeros cinco, quizá diez años, tenía sentido, pero después ya no hacía falta. Y con lo que hoy se llama memoria histórica o memoria democrática, creo que deberíamos haber llegado mucho antes: abrir puertas, perder el miedo al pasado. Cuando se exhumó a Franco, cuando se le trasladó del Valle de los Caídos al panteón familiar, no pasó absolutamente nada. Nada. Pese a todo el nerviosismo previo. Esto quiere decir que podría haberse hecho quince años antes y tampoco habría pasado nada. ¿Qué significa eso? Que las dictaduras provocan un miedo atípico y que es muy difícil desprenderse de ciertas actitudes, de ese miedo que persistió durante bastante años. Es bueno romperlo y es bueno incluso discutir, darse hostias políticas con el tema de Franco; es más deseable que un silencio, porque el silencio luego se llena con otras cosas. Incluso en Cataluña te encuentras que, debido a ese desconocimiento, hay una visión de la Guerra Civil y del franquismo en la que todos los catalanes fueron antifranquistas, que es falso. ¿Y por qué se ha producido este concepto? Porque no se ha hablado de ello.
El problema respecto a la figura de Franco no es que haya aspectos desconocidos de su biografía por desvelar, que no los hay, sino que sencillamente no se conocen con exactitud. Se podría decir exactamente lo mismo de Francisco Largo Caballero, de la II República o incluso sobre el proceso de la Transición. Que no se conocen o que se olvidan deliberadamente, lastrados por el uso de consignas destinadas al uso partidista de la historia y del marketing político. ¿Por qué se habla más de Franco en el 50 aniversario de su muerte que, por ejemplo, en el 20 o en el 30, cuando la lógica dicta que tendría que ser al revés? Para el colaborador de The Guardian y The Economist en España, Giles Tremlett, que acaba de publicar