Juan Muñoz y sus enanos miran cara a cara a Las Meninas en una expo muy 'voyeurista'
El Museo del Prado abre las puertas al emblemático escultor fallecido en 2001 a los 48 años y que fue uno de los mayores admiradores de los grandes maestros del Renacimiento y el Barroco
"Robo todo lo que puedo de la Historia del Arte", decía el escultor Juan Muñoz (Madrid 1953-2001) sobre su forma de crear sus figuras y su pintura. Usurpaba a todos -especialmente de los grandes maestros del Renacimiento, Manierismo y Barroco-, mientras se paseaba por el Museo del Prado, jugaba con el voyeurismo -la figura que te mira a la que miras y la que es mirada- y, también decía, no pedía permiso a nadie para nada. Así surgieron sus famosos y turbadores enanos -siempre llamados así, pero hoy tildados de “personas con displasias óseas”, según la nota de prensa- que le convirtieron en solo dos décadas en una de las figuras artísticas españolas más internacionales. Su muerte súbita a los 48 de un infarto fue, de hecho, uno de los mayores golpes al arte contemporáneo español de los últimos tiempos.
El Prado -con patrocinio del ayuntamiento madrileño- rinde ahora homenaje a este paseante de sus salas con la exposición Juan Muñoz. Historias de arte comisariada por Vicente Todolí -amigo y uno de sus grandes impulsores con la exposición del IVAM valenciano de 1992 y, sobre todo, en 2001 en la Tate Modern de Londres- y que cuenta con algunas de sus esculturas (y pinturas) más emblemáticas. La muestra “es un paseo”, como ha dicho Todolí esta mañana en la presentación, ya que recorre distintas estancias de la pinacoteca. Incluso se permite mirar cara a cara a Las Meninas. Y es también un juego para el paseante. Para mirar y ser mirado, que en estos tiempos de selfis, a todos (algo) nos gusta. Divertida, inquietante y muy interactiva (sin necesidad de pantallitas). Casi como meterte en una obra de teatro y ser tú uno de los personajes.
El inquietante ventrílocuo
“Recuerdo que compartimos un vuelo durante siete horas y estuvimos echando pestes de los minimal [el arte minimalista]. Nos molestaba la actitud calvinista y exclusivista. Juan quería romper con el puritanismo. Él decía que en la escultura cuanto más realistas son las figuras menos vida interior tienen”, comentaba hoy Todolí sobre esta exposición que despliega todas estas figuras ya desde la calle. Porque es en la explanada de Goya donde uno se topa ya con Thirteen laughing at each Other (2001), inspirados en el Laooconte clásico y donde vemos a los enanos riéndose, empujándose y expuestos en esa “fina línea que separa la risa del sufrimiento, la diversión del dolor”, según la nota. Y bajo la atenta mirada del aragonés.
La entrada a las salas C y D-un Juan Muñoz más de cámara- nos desvelan distintas escenas teatrales. Por eso al escultor se le consideraba tan narrativo, aunque, como ha señalado Todolí, “no en la manera clásica. Son escenas congeladas en el tiempo, muñecos de ventrílocuo a los que el espectador tiene que poner voz. Así su significado nunca se agota”. Paseamos, de esta manera, entre el Ventrílocuo mirando a un doble interior (1988-2000) otra vez con ese juego de mirar al que mira; entre El apuntador (1988), una de sus figuras más famosas y en la que se evoca todo ese mundo teatral y hasta absurda ya que hay apuntador, pero no hay actores; o entre Sin título (Balcones y suelo óptico) con toda su metáfora (goyesca) del balcón madrileño de hierro forjado: “El balcón es una metáfora de mirar aquello que te mira”, dijo Muñoz. El juego, una vez más.
Éxito internacional
El éxito de Muñoz fue fulgurante casi desde su inicio. Formado en Londres y en Nueva York en los setenta, empezó en 1982 en Madrid como comisario y para 1984 tenía ya su primera exposición en la galería Fernando Vijande. De ahí a Europa y el resto del mundo, aunque fueron fundamentales la del IVAM de 1992 -un año en el que, además, España se exponía a todo el planeta- y la de la sala de Turbinas de la Tate Modern en 2001, que Todolí llamó “la capilla sixtina de Juan Muñoz” con toda la obra del madrileño. Moriría solo dos meses después de aquel hito. En España después sus grandes retrospectivas fueron en 2008 en el Reina Sofía y en el Guggenheim (2008). En 2023 la Comunidad de Madrid financió las exposiciones que se hicieron en el Alcalá 31 y el CA2M.
En esta muestra del Prado no vemos la emblemática Many times, de Londres, pero sí otras míticas como La naturaleza de la ilusión visual, un grupo de figuras de rasgos asiáticos, y las Figuras con narices rotas, que refleja su exploración por el mundo del circo y el malabarismo. Son figuras dispuestas en diferentes posturas acrobáticas y en parte suponen otro “robo”. Esta vez de El hombre de la nariz rota, de Rodin (1865) y de los egipcios que partían las narices de las esculturas “como una forma de anular el poder espiritual de la representación”. Otra vez, ahí está la Historia del Arte.
Mirar y ser mirado
El escultor tuvo muchísimos referentes. En Italia cayó fascinado con Bernini y Borromini, y de España sus pasiones eran Velázquez y Goya. Lo desasosegante del segundo; lo intrigante y seductor del primero con los juegos de las miradas. Lo revela Cinco figuras sentadas (1996), una de las piezas con una referencia más clara a Las Meninas y al voyeurismo del creador. Como él decía, “el espectador se convierte en algo muy parecido al objeto que observa, y tal vez el espectador se haya convertido en aquello que está siendo observador”.
"El espectador se convierte en algo muy parecido al objeto que observa, y tal vez el espectador se haya convertido en aquello que está siendo observador"
La magia, el teatro, los muñecos, los ventrílocuos… Ese era el mundo figurativo de Muñoz, que siempre provoca algo de tensión a la vez que resulta fascinante. Pasa siempre con la marioneta. Todo resuena performativo. Lo interesante del escultor es cómo era capaz de mezclar todo esto, por ejemplo, con el Barroco de Velázquez, con los cuadros de Rubens. Y, por eso, en esta muestra podemos ver las conocidas Conversation pieces en el pasillo central (ahora pintado de azul y completamente renovado) de la exposición permanente del edificio Villanueva. Ahí Muñoz sí que dialoga con los grandes maestros con estos hombrecitos “condenados a no poder desplazarse en el espacio”, somos nosotros los que les damos movimiento (y hasta podríamos escuchar sus conversaciones).
Y, entrando en la gran sala de Las Meninas, ahí está el personaje de la enana Sara mirando hacia una mesa de billar (1996) frente a Las Meninas, quienes intentan vislumbrar a Sara entre los cuerpos y cabezas de todos los espectadores que se apoltronan ante este cuadro de mirones.
Y, entonces bajas por la escalera de Murillo y te topas con una Figura suspendida de un pie (1999), inspirada en una obra emblemática de Edgar Degas, y hasta en los Desastre de la Guerra de Goya y que tienes que mirar desde abajo. Como sucedía con todos esos edificios barrocos construidos para provocar una cierta desorientación, incluso mareo, que decía Muñoz. Esto es lo que busca esta expo en el Prado que abre la puerta a uno de sus mayores fans. “Y creemos que es lo que a él le hubiera gustado”, ha zanjado Todolí. Está hasta el 8 de marzo de 2026.
"Robo todo lo que puedo de la Historia del Arte", decía el escultor Juan Muñoz (Madrid 1953-2001) sobre su forma de crear sus figuras y su pintura. Usurpaba a todos -especialmente de los grandes maestros del Renacimiento, Manierismo y Barroco-, mientras se paseaba por el Museo del Prado, jugaba con el voyeurismo -la figura que te mira a la que miras y la que es mirada- y, también decía, no pedía permiso a nadie para nada. Así surgieron sus famosos y turbadores enanos -siempre llamados así, pero hoy tildados de “personas con displasias óseas”, según la nota de prensa- que le convirtieron en solo dos décadas en una de las figuras artísticas españolas más internacionales. Su muerte súbita a los 48 de un infarto fue, de hecho, uno de los mayores golpes al arte contemporáneo español de los últimos tiempos.