Es noticia
El placer de que te cancelen un plan a última hora
  1. Cultura
Héctor G. Barnés

Por

El placer de que te cancelen un plan a última hora

No hay ningún placer comparable a encontrarse, de repente, con un montón de horas libres sin nada en que emplearlas. Es el único espacio para lo espontáneo que tenemos

Foto: "Por favor, dime que no quieres verme". (iStock)
"Por favor, dime que no quieres verme". (iStock)
EC EXCLUSIVO

Hay a quien le gusta un buen vino, una comida exquisita, sufrir un stendhalazo contemplando una obra de arte o, incluso, el sexo. Para mí, ninguno de estos supuestos placeres se puede comparar con la satisfacción que obtengo cuando alguien decide, de manera unilateral, cancelar un plan a ultimísima hora y dejarme colgado. Advierto: no es irónico.

No me di cuenta hasta que un domingo de esos en los que a uno no le apetece hacer nada recibí la estocada final de ese tipo de mensaje que suele ir precedido por unos pases previos. “Oye, ¿y si lo dejamos mejor para otro día?” No, claro, no te preocupes, respondía mientras en mi interior estallaba de alegría, ya cuadraremos.

En un abrir y cerrar de ojos, me encontré con eso que tanto anhelamos y de lo que nunca disponemos. Toda una noche por delante para hacer lo que aquel yo de ese preciso instante quería hacer, y no lo que mi yo de unas semanas atrás había decidido que me apetecería hacer entonces. Como si me hubiese tocado el Gordo, pero en forma de una cantidad relativamente abundante de tiempo del que no esperaba disponer. Ahora mando yo.

Con cuanta menos antelación te avisen, mejor, porque menos posibilidades existen de que nos dé tiempo a buscar otro plan con el que rellenar ese nuevo hueco. El plan cancelado de manera imprevista es uno de los pocos espacios para el tiempo libre real del que podemos gozar en nuestras vidas tardocapitalistas, organizadas según el principio de convertir todo tiempo en actividad. Es el único momento en el que es nuestro yo presente, y no nuestro yo pasado, el que decide lo que quiere hacer.

Pensabas que no ibas a tener una tarde libre hasta 2027 y de repente mira

Debo culpar a mi tendencia a no saber decir que no, a comprar entradas con meses de antelación condenando al Héctor futuro a acudir a conciertos a los que ya no le apetece ir o a intentar evitar como sea la soledad del domingo en el sofá sin plan. Suelo ser la víctima de un Héctor pasado, siempre entusiasta y con tendencia a sobrevalorar sus energías, que confía tanto en el Héctor futuro que diseña para él una gymkana de actividades y compromisos con la esperanza de que los disfrute. El Eros y el Tánatos, pero ahora el FOMO y el JOMO.

La cancelación a última hora es la única herramienta de la que disponemos para rebelarnos contra la dictadura del Google Calendar. En una vida ultraplanificada, en la que planificamos compromisos con meses o años de antelación, es un soplo de aire fresco. Mira qué bien, pensabas que no ibas a tener una tarde libre hasta el 16 de marzo de 2026 y de repente te has encontrado con un excedente de tiempo sin mancillar. Su némesis es ese compromiso que surge de repente y sin avisar, como la visitada inesperada de un familiar emigrado o el funeral de ese tío tercero al que nunca has visto pero a cuyo velatorio hay que asistir.

placeholder Comprando entradas con años de antelación. (EFE/Thais Llorca)
Comprando entradas con años de antelación. (EFE/Thais Llorca)

Vivimos en el tiempo productivista del capitalismo tardío, en el que cada minuto libre tiene que ser llenado para evitar la sensación de que desaprovechamos nuestra vida. Incluso los momentos de descanso o desconexión están perfectamente planificados. Como toda esa gente que dice que ya no sale los sábados por la noche porque prefiere “aprovechar” los domingos por la mañana. Los entiendo, porque yo también soy un poco así, pero ¿no estamos impidiendo así que surja lo imprevisible, algo tan propio de esos sábados noche que uno sabía cómo empezaban pero no cómo ni dónde iban a acabar?

Hoy todo tiene que encajar en un espacio predefinido y, por eso, si aparece un imprevisto que nos obliga a cambiar nuestros planes, nos agobiamos en busca de otro hueco. La cancelación a última hora es todo lo contrario, encontrarse con un lienzo en blanco que llenar con algo que no te habías planteado hacer. Puede ser decirle a esa persona con la que estás hablando “¿quedamos?”, ver esa película de la que te habían hablado tan bien y que no habías encontrado tiempo para ver o, simplemente, mirar al vacío. De repente, te dicen “mejor otro día” y sientes que tu vida vuelve a ser tuya.

Pues vaya tontería, estará pensando, es tan sencillo como dejar de hacer tantos planes y con tanta antelación. Pero no es tan fácil. Hace poco me tuve que armar con un poco de valentía para responder en un grupo de WhatsApp que tal vez era un poco aventurado intentar cerrar una cena de Navidad a mediados de octubre. Estoy intentando no hacer planes con tanta antelación, argumenté. El problema es que en noviembre ya estaban todas las agendas llenas: conozco a gente que cuando se despide de algún amigo, cierra la fecha del próximo encuentro, como si fuese una cita médica.

El espontáneo que no hace planes parece un loco, cuando no un caprichoso

Es una consecuencia de la pandemia, pero también de hacerse mayor y acumular compromisos y de una cultura de los eventos que obligan a prepararse con anticipación. Añoramos esa infancia en la que la cita se cerraba en el momento de picar al telefonillo, cuando lo excepcional era que alguien no estuviese en casa en ese momento, no tanto por lo que hacíamos sino porque sentíamos que cada día todo el tiempo del mundo era nuestro. Ahora hay que rellenar una instancia y presentarla compulsada por triplicado para tomar un café con alguien.

Resulta cada vez más complicado encontrar herramientas y estrategias para fomentar lo espontáneo, que puede sonar paradójico pero es necesario como bien saben los músicos de jazz: la improvisación requiere un método. Uno no puede simplemente vaciar la agenda y quedarse en casa esperando cada día a averiguar qué le apetece y, una vez lo ha decidido, llevarlo a cabo con las personas indicadas, porque probablemente no estén disponibles.

*Si no ves correctamente el módulo de suscripción, haz clic aquí

El mundo ya no funciona así y el espontáneo que lo deja todo para el último momento es percibido como un loco, cuando no como un caprichoso. Yo he mismo caí en esa trampa cuando le dije a un amigo que me había escrito varios días seguidos para quedar sin éxito que conmigo era mejor anticiparse un poco porque lo más probable es que ese día ya tuviese algún compromiso previo. Últimamente, hemos sido capaces de vernos con más frecuencia hablando el mismo día, así que tal vez algo esté cambiando y por fin estemos encontrando vías de libertad en nuestras vidas Google Calendar.

Hay a quien le gusta un buen vino, una comida exquisita, sufrir un stendhalazo contemplando una obra de arte o, incluso, el sexo. Para mí, ninguno de estos supuestos placeres se puede comparar con la satisfacción que obtengo cuando alguien decide, de manera unilateral, cancelar un plan a ultimísima hora y dejarme colgado. Advierto: no es irónico.

Trinchera Cultural Música Social
El redactor recomienda