Burgos es la nueva Texas. Cuando España encontró petróleo (o eso parecía)
Una muestra del CBA revisa siete décadas de ansiedad energética nacional. Por qué nos hemos estrellado tantas veces con el petróleo
Escenario: la Castilla perdida en mitad de los años cincuenta. Nombre del pueblo: Castilviejo. Situación política: entre la posguerra y la autarquía, un pueblo tan olvidado por todos que lleva tiempo sin suministro de agua. ¿Qué hacer? En medio de una parálisis ciudadana general, unos técnicos americanos aparecen de la nada con una noticia bomba: es muy posible que en el pueblo haya… ¡petróleo! Algarabía general. ¡Vivan los americanos!
Dos años después de Bienvenido Mister Marshall, llegó a los cines españoles un remake no reconocido del clásico del cine español, ¡Aquí hay petróleo!, de Rafael J. Salvia (Manolo, guardia urbano, Las chicas de la cruz roja). Mucho más conciliadora políticamente y con la finura berlanguiana sustituida por cierto grosor pueblerino, su retrato de la fiebre del oro negro, no obstante, era ácido a varios niveles.
Por un lado, las escenas en las que los habitantes del pueblo fantasean con su repentina reconversión en millonarios. "¡Seremos el mayor pueblo de España! ¿Cómo de España? ¡Del mundo! ¡Levantaremos un rascacielos! ¿Uno solo? ¡Uno para cada vecino! ¡Tendremos autobuses de dos pisos! ¿Cómo de dos? ¡De tres!", deliraban los vecinos entre ellos. Era la España del subdesarrollo, la boina, el hambre y los gangosos al borde de tocar la gloria petrolera. De ilusión también se vive. Era el país de los castillos en el aire, pero también -ojo al dato porque estamos todavía en 1956- el de la plena consciencia de nuestra dependencia energética.
La gran lección política de ¡Aquí hay petróleo!, en definitiva, era que en España ni había petróleo ni tenía pinta de ir a haberlo, algo que ahora está asumido (importamos todo el crudo que consumimos), pero entonces oficialmente estaba lejos de estarlo. Son las décadas de fascinación nacional con los combustibles fósiles como vía a la riqueza, tema de la exposición ¡Aquí hay petróleo!, inaugurada recientemente en el Círculo de Bellas Artes.
Un chorro potente
Como dos caras de la misma moneda frustrante, la muestra se abre con la proyección de ¡Aquí hay petróleo!, seguida del gran momento petrolífero nacional, el descubrimiento de crudo en Ayoluengo, Burgos, en 1964.
Las portadas de la prensa de la época -recogidas en la exposición- recibieron el yacimiento de Ayoluengo con euforia. Perforado por una empresa mixta hispano-estadounidense (CAMPSA, Standard Oil y Texaco) el evento ícónico se produjo el 6 de junio, cuando un chorro de petróleo salió despavorido hacia cielo burgalés. El maná que nos sacaría de pobres.“Eran las 11,43 horas cuando de las entrañas de la tierra de la comarca burgalesa de La Lora brotó un potente chorro de oro negro que se elevó hasta los cincuenta metros. ‘¡Petróleo! ¡Petróleo!’, exclamaron con gran alborozo los habitantes de Sargentes de la Lora y de Valdeajos que al sentir una explosión y ver alzarse sobre los trigales el chorro oscuro, abandonaron sus faenas y corrieron hacia allí con la sorpresa en sus rostros. Entre estas dos localidades, la primera de un millar de habitantes y la segunda de apenas 45 vecinos, acababa de ser descubierto el primer yacimiento importante de petróleo de España”, resumió ABC tiempo después.
Al poco del descubrimiento, dicho periódico aseguró en portada que “el yacimiento ofrece magníficas posibilidades de explotación industrial”, con la siguiente crónica de su enviado especial: “El páramo de la Lora de la patata se ha convertido en el páramo de la Lora del petróleo. La Castilla del Mío Cid está a dos pasos de transformarse en el Texas español. Un pueblo que viene en pocos mapas aparece estos días en los grandes titulares de las primeras páginas de todos los periódicos. Unos honrados labradores que creían que la tierra terminaba allí donde alcanzaba la reja de su arado, hablan hoy de subsuelo, de capas arcillosas, de bolsas de gas y de petróleo, en lugar de patatas. Los verdes trigales de las altas parameras de la Lora, este año no se volverán dorados y pajizos; han quedado negros y empapados en un untuoso aceite. Y todo por un pinchazo de 1.388 metros de profundidad”.
El Texas español.
Se cavaron 52 pozos.
“El optimismo se respiraba en el ambiente. Los habitantes de los pueblos vecinos al del campo en el que se realizó la primera perforación se gastaron en una fiesta las 8.000 pesetas (50 euros, equivalentes a unos 1.500 actuales) que recibieron por los terrenos. Un gesto muy español de ‘que me quiten lo bailao’. Alguno montó un pequeño chiringuito de bebidas y bocadillos cerca de la torre de perforación, con el que hizo su pequeño agosto vendiendo a periodistas, ingenieros, funcionarios y curiosos que se acercaban por aquel lugar. Y la taberna de Valdeajos se transformó en Snack Bar Brasserie y adoptó el nombre de El Rey del Petróleo”, recordó después el rotativo, en escenas calcadas a las imaginadas una década antes en ¡Aquí hay petróleo!
El paso del tiempo, no obstante, puso crudos límites al crudo burgalés: producción modesta (150 barriles al día en sus mejores momentos), de calidad regulera y mero uso industrial. Con todo, los pozos permanecieron medio siglo operativos.
“Tras el descubrimiento de Ayoluengo se intensificó considerablemente la actividad exploratoria en España, sin embargo, resulta sorprendente que a día de hoy y transcurridos más de 70 años de exploración, aún continúe siendo el único campo de petróleo comercial descubierto en tierra en España”, según un estudio de Geología 15.
Hasta el gran éxito petrolífero español, por tanto, tuvo algo de “quiero y no puedo”, aseguran los comisarios de la muestra, -Gemma Barricarte y Jaume Vindel.
"El primer franquismo se aferró a la visión productivista para calmar la ansiedad energética"
Hablan los comisarios sobre el alcance de la exposición: “Profundizar en las relaciones entre los combustibles fósiles, las formas del poder y los imaginarios del deseo. La modernidad fósil no fue sólo una estrategia industrial; también fue una forma de crear relatos e imaginarios colectivos sobre el progreso y la identidad”.
Dentro de estos relatos, el más buscado por el franquismo era que el boom industrial enterrara los fantasmas bélicos del pasado. “Tras el fracaso del proyecto colonial, las grandes infraestructuras energéticas se convirtieron en el símbolo del progreso del régimen, o la superación de la Guerra Civil por la vía del bienestar económico”, según los comisarios..
Pese a toda la propaganda petrolífera, el régimen se topó con dos límites infranqueables: la autarquía y la crónica carencia energética española: “Pese a la ausencia de petróleo, el carbón de mala calidad y la escasez de agua, el primer franquismo se aferró a la visión productivista para calmar la ansiedad energética”. Finalmente, viendo que con lo de casa no alcanzaba, “el régimen se acabó insertando en la geopolítica global del petróleo”, cuentan Barricarte y Vindel, investigadores del Instituto de Historia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Dos buenos timos
Llegada la democracia ya estaba claro que España nunca iba a ser miembro de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Ahora bien, ¿cómo no agarrarse a un clavo ardiendo cuando vienen mal dadas? La desesperación es hija de los milagros, como cuando uno vaga sediento por el desierto y cree ver un bar entre las dunas. Espejismo ocurrido en los noventa en la Asturias ansiosa por encontrar una salida a la destrucción de empleo de la reconversión industrial.
Un buen día llegó un señor trajeado, emisario de unos jeques, diciendo que iba a abrir un complejo petroquímico a las afueras de Gijón, con 180.000 barriles diarios para la nueva refinería. El capital social de la nueva empresa —Petróleos Asturianos S.A.— sería mayor que el de todos los bancos españoles juntos, según datos de un eufórico gobierno autonómico. Si estas cifras le suenan tan fantasiosas como las del “¡un rascacielos por habitante!” de ¡Aquí hay petróleo! es porque, en efecto, el oro negro asturiano era la milonga de un estafador, como destapó la prensa local, que bautizó el escándalo como el Petromocho.
"Esto ha sido una payasada, algo tan grotesco que me da la risa solo de pensarlo"
El presidente autonómico asturiano, Juan Luis Rodríguez-Vigil, decidió dimitir. Aunque Rodríguez-Vigil se había dejado enredar por su consejero de Industria, que fue quien metió al timador hasta la cocina, decidió que el sainete era tal que él tenía que irse también. Preguntado hace tiempo por este periódico sobre cómo le comunicó su decisión a Felipe González, entonces presidente del Gobierno, Vigil aseguró: "Mira, Felipe, yo conozco mucho mi tierra y tengo un sentido grande del ridículo, esto ha sido una payasada, algo tan grotesco que me da la risa solo de pensarlo. En política no se puede hacer el ridículo… Solo me queda dimitir por un mínimo sentido de la responsabilidad. Yo me voy".
La aparición milagrosa de petróleo en España con tendencia siempre a lo grotesco.
Pero el que esté libre de pecado, que tire el primer barril. Mucho antes del Petromocho, al poco de acabar la Guerra Civil, fue el mismísimo Francisco Franco el que cayó en la alucinación del petróleo español. Un químico austriaco llamado Albert von Filek embaucó al régimen con una “gasolina milagrosa”, la Filekina, hecha con agua del río Jarama. La Filekina iba a convertir España en la Arabia Saudí ibérica. La primera ley del franquismo en el BOE para proteger a la industria española se hizo para lanzar el producto de Von Filek, que empezó a fabricarse en suelo nacional ante una gran expectación. El 8 de febrero de 1940, La Vanguardia anunció en portada: “La autarquía española en materia de carburantes: dentro de ocho meses, España producirá tres millones de litros diarios”. Pero la producción final de Filekina fue de cero patatero.
Ignacio Martínez de Pisón, que escribió un libro sobre el caso (Filek), explicó así el asunto en una entrevista: “Era un gobierno de 'militarotes' que no sabían nada de hidrocarburos. Hay una cadena de mando y Franco ha decidido que la fórmula para sacar a España de la ruina bélica es la autarquía. Piensa que España podrá recuperarse por su gran riqueza en materias primas, pero le falta la energía. De forma providencial aparece Filek y le dice que le hará gasolina con agua del río Jarama. En ese momento Franco fusilaba a cincuenta mil personas. Ninguno se arriesgó a alzar la voz. El ministro Larraz sabía que era una estafa, pero no se atrevió a decirlo en su vida. Al morir dejó por escrito que no se publicaran sus memorias hasta veinticinco años más tarde”.
El gran apagón
De la Filekina al Petromocho. Pasan las épocas, caen los regímenes; la fascinación de que brote petróleo del subsuelo español permanece… aunque últimamente haya entrado en crisis. En el siglo XXI, el oro negro ha perdido brillo en general, con la toma de conciencia sobre el cambio climático. También con la llegada del coche eléctrico. Del dame más gasolina al dame menos gasolina. En teoría. Hay choque de fondo entre combustibles fósiles y energías renovables.
Como la exposición monta hilos entre el pasado y el presente, es inevitable preguntar a sus comisarios sobre el último drama energético español, el gran apagón, convertido en batalla cultural entre energías de toda la vida y energías de nuevo cuño, enfrentamiento demasiado goloso como para reparar en las contradicciones empresariales del mismo. Se ha escenificado una batalla cruenta, pero los mismos actores operan en los dos bandos...
”Al poco del apagón, varios medios destacaron el papel de la presa de Aldeadávila, una de las grandes presas emblemas del franquismo, en la recuperación del suministro. Y sí, esta presa jugó un papel importante en que volviera la luz. Lo que no se subrayó tanto es que era de Iberdrola... Luego supimos que gran parte del fallo del suministro provino de una planta fotovoltaica extremeña de… Iberdrola. O sea, las mismas empresas operan a ambos lados de esta batalla cultural”, recuerdan los comisarios de la muestra.
¿Qué está pasando entonces? ¿Quién atiza la batalla cultural? ¿La Historia no se repite, pero rima? “Hoy que tenemos recursos energéticos propios más abundantes y de mejor calidad, como el viento y la energía solar, ciertos sectores se resisten a implementar la transición hacia la soberanía energética, es decir, esa autonomía que en otros momentos de la historia moderna de España se ambicionó como horizonte que homologaría a su entorno”, zanjan los comisarios.
Escenario: la Castilla perdida en mitad de los años cincuenta. Nombre del pueblo: Castilviejo. Situación política: entre la posguerra y la autarquía, un pueblo tan olvidado por todos que lleva tiempo sin suministro de agua. ¿Qué hacer? En medio de una parálisis ciudadana general, unos técnicos americanos aparecen de la nada con una noticia bomba: es muy posible que en el pueblo haya… ¡petróleo! Algarabía general. ¡Vivan los americanos!