El escritor de 'El principito' a su pareja: "Si no me besas, apago el motor del avión y moriremos"
Adelantamos un fragmento de la biografía de Antoine de Saint-Exupéry que firma Eduardo Caamaño, quien analiza la compleja relación del escritor con la artista salvadoreña Consuelo Suncín-Sandoval Zeceña
Antoine Saint-Exupéry y Consuelo Suncín-Sandoval Zeceña. (Cedida)
"Te casarás con una mujer extranjera y alcanzarás la fama como escritor célebre. Sin embargo, deberás mantenerte lejos del mar y, cuando cumplas los cuarenta años, te recomiendo que empieces a desconfiar de los aviones en los que viajes".
Este misterioso mensaje llegó a Saint-Exupéry a través de una vidente que el piloto había consultado en su juventud y que podría tener tintes proféticos. Quince años después, el piloto francés trataba de seguir las orientaciones que había recibido, aunque solo en parte; evitaba el mar, pero no desconfiaba de los aviones, sino todo lo contrario: los consideraba una extensión de su propio cuerpo. El único aspecto que parecía no concretarse nunca era la aparición de la mujer extranjera con quien suponía que se iba a casar. En ese momento, Saint-Exupéry contaba con treinta años y, aunque experimentaba la soledad desde que tenía recuerdos, anhelaba encontrar una compañera con quien compartir su vida, dejando atrás los desencuentros amorosos del pasado.
Fue en ese momento cuando entró en escena Consuelo Suncín-Sandoval Zeceña, una pintora y escultora salvadoreña cuyo encanto era tan arrollador que parecía una fuerza invisible que atraía todas las miradas. Nacida en la pequeña población de Armenia, en el departamento de Sonsonate, Consuelo provenía de una familia de terratenientes —una de las siete más ricas del país—, compuesta por su padre, el coronel Félix Suncín, su madre, Ercilia Zeceña, y sus dos hermanas, Ana Dolores y Amanda.
Consuelo inició su educación en el Instituto Central de Señoritas y a los quince años obtuvo el diploma de profesora, ya que el sistema escolar permitía enseñar en un establecimiento de educación primaria después de tres años de estudios secundarios. Dado que su gran deseo era ir al extranjero y aprender inglés, solicitó una entrevista con el presidente Alfonso Quiñones Molina, quien le concedió una beca para estudiar en un colegio de las hermanas ursulinas en San Francisco. Fue allí donde conoció a quien sería su primer esposo, Ricardo Cárdenas, con quien se casó al alcanzar la mayoría de edad.
Antoine Saint-Exúpery de Eduardo Camaño.
Años más tarde, Didier Daurat describiría a Consuelo como una persona que compartía mucho con su El Salvador natal, un país conocido por sus más de doscientos volcanes: vehemente, impulsiva, efervescente, volátil y rebosante de energía. Estas metáforas, tan acertadamente plasmadas por Daurat, se trasladarían posteriormente a las páginas de El Principito, donde el personaje de una rosa, criada específicamente para simbolizar a Consuelo, aparece en un asteroide junto a tres volcanes, uno de ellos apagado, que el pequeño príncipe deshollinaba a diario para que ardieran "suave y regularmente, sin erupciones". "Evidentemente, en nuestra tierra somos demasiado pequeños para deshollinar nuestros volcanes. Por eso nos causan tantos disgustos".
Consuelo contaba distintas versiones sobre el audaz cortejo del que fue objeto por parte de Saint-Exupéry, pero todas coincidían en un elemento común: valiéndose de su autoridad como jefe de tráfico en Aeroposta, el piloto francés consiguió un Latécoère 28 para llevarla a contemplar la puesta de sol sobre el Río de la Plata desde el cielo. Y para evitar una respuesta negativa y hacerla sentir más cómoda, decidió extender la invitación a otros seis amigos, y así todos se embarcaron para un paseo que prometía ser inolvidable.
El novelista Antoine de Saint-Exupéry con su mecánico Andre Prevot. (Getty Images)
Consuelo ocupó el asiento del copiloto, separada de la mirada de los demás por un tabique barnizado, y para ella sería su primera experiencia en el aire. Con la intención de impresionarla, Saint-Exupéry realizó varias maniobras contundentes, trazando rápidos bucles uno tras otro, lo que provocó mareos en algunos de los pasajeros.
Aprovechando el ambiente distendido dentro de la cabina, el piloto francés le pidió un beso, pero ella, coqueta, se resistió a medias. Antoine, intentando mantener el tono amistoso, bromeó: "Yo sé por qué no quieres besarme; es porque soy demasiado feo para ti". La estrategia funcionó, ya que Consuelo reaccionó con una tímida sonrisa, aunque permaneció callada. Tras unos segundos de incómodo silencio, la tensión se hizo palpable cuando la joven salvadoreña notó que el motor del avión había dejado de funcionar.
Alarmada, le preguntó a Antoine qué ocurría y él, sin rodeos, le respondió con la tranquilidad de quien relata un hecho cotidiano: "Ya que no quieres besarme, decidí apagar el motor y dirigir el avión hacia el Río de la Plata. Soy consciente de que moriremos todos ahogados, pero esta ha sido la única forma que se me ha ocurrido para morir a tu lado". Horrorizada, Consuelo veía cómo el avión perdía altura y descendía en caída libre hacia el río. El rugido de los vientos contra el fuselaje era ensordecedor y los instrumentos vibraban como si compartieran el pánico de su ocupante.
Antoine, intentando mantener el tono amistoso, bromeó: "Yo sé por qué no quieres besarme; es porque soy demasiado feo para ti"
En pocos segundos, el avión comenzó a temblar violentamente y el pánico cundió entre los demás pasajeros, lo que hizo que Consuelo se rindiera ante Saint-Exupéry y le diera un beso fugaz en la mejilla, aprovechando el momento para susurrarle al oído con dulzura:
—No eres feo, aunque debo admitir que tu audacia supera cualquier expectativa.
Complacido con el inesperado piropo, Antoine encendió de nuevo el motor y la aeronave retomó su altitud, tras lo cual regresó sin problemas al campo de Pacheco.
Esta no era la primera vez que Saint-Exupéry utilizaba una mezcla de chantaje emocional y profesional para impresionar a una mujer. Los vuelos peligrosos formaban parte del repertorio de estratagemas que los pilotos empleaban para seducir a sus conquistas, especialmente su apuesto compañero Jean Mermoz, con quien rivalizaba en estos asuntos. La referencia a su supuesta fealdad también parece ser cierta, ya que desde su infancia Saint-Exupéry era capaz de explotar la sensibilidad femenina mediante este tipo de artificios: con una tristeza deliberadamente simulada, solía obrar milagros, y prueba de ello fue el caso de una joven que, muchos años después, le escribió para decirle que estaba enamorada de él porque "sabía sufrir".
Por eso tenía sentido que se aproximara a Consuelo de forma tan inusual, aunque ella no cumplía con sus preferencias, pues era bajita y morena, y el aviador francés solía preferir mujeres altas y rubias. Sin embargo, no pudo negar el encanto arrollador de la volcánica salvadoreña.
Excesiva y apasionada como el escritor, Consuelo también tenía un carácter egocéntrico y extravagante. Era muy expresiva al manifestar sus sentimientos, que solía exagerar, y, junto con su incuestionable sensualidad, logró conquistar por completo a aquel reservado francés, quien se vio desarmado ante su temperamento arrollador.
La artista salvadoreña Consuelo de Saint-Exupéry. (Getty Images)
Además, poseía un atributo que Antoine consideraba extremadamente seductor: era una extraordinaria narradora. La riqueza de sus conversaciones era tal que podía hablar con fluidez sobre genética o astronomía, marxismo o misticismo, la música de Bach o las pinturas de Van Gogh, aunque apenas conociera estos asuntos. Su talento era tan sorprendente que André Gide, su mentor literario, decía que no sabía si admirar más la profundidad o la amplitud de su mente.
Cuando las ruedas del Latécoère 28 tocaron el suelo del aeródromo de Pacheco, los destinos de los dos estaban ya sellados.
A esta pasión se sumó, de repente, la revolución que estalló el 6 de septiembre de 1930, cuando un golpe de Estado liderado por el teniente general José Félix Uriburu derrocó al presidente constitucional Hipólito Yrigoyen, junto con el Congreso Nacional y doce de los catorce gobiernos provinciales.
Ese episodio dio inicio al período conocido como la Década Infame, que solo finalizaría el 4 de junio de 1943 con otro golpe militar que derrocaría al presidente conservador Ramón Castillo.
—No te angusties —le dijo Saint-Exupéry—, más te vale renunciar a ser la viuda de un gran hombre y ser la esposa de alguien vivo que te protegerá con todas sus fuerzas.
Con esta única pero contundente frase, el piloto francés logró borrar para siempre el nombre de Carrillo de la mente y el corazón de Consuelo, quien, sin poder replicar, se vio también atrapada por la euforia de una aventura emocionante. En medio del caos que invadía las calles de Buenos Aires, la pareja se refugió en una iglesia y subió junta al techo con una cámara fotográfica para documentar los combates callejeros. Ambos disfrutaban de esas atmósferas surrealistas y de esas travesuras casi infantiles. Así comenzaba la historia de esta pareja, que experimentó un sinfín de altibajos, reveses y reconciliaciones.
La familia de Saint-Exupéry, sin embargo, veía con malos ojos aquella historia de amor tan alocada. Consideraban a Consuelo una “viuda alegre” cuya única profesión era ser una musa seductora y, aun sin conocerla, ya la catalogaban como una intrusa y una usurpadora. Ante el previsible rechazo familiar, Antoine sintió de nuevo esos viejos demonios —inseguridades y temores—, pero no se dejó influenciar por los suyos y decidió fijar la primera fecha disponible en un notario de la ciudad para casarse con su amada.
Antoine Saint-Exupéry y Consuelo Suncín-Sandoval Zeceña. (Cedida)
Sin embargo, cuando llegó el momento crucial de decir “sí, quiero”, su determinación se tambaleó.
"Cuando llegó su turno, fuimos juntos al registro para inscribir nuestros nombres —escribió Consuelo en sus memorias—. Antoine estaba temblando y, de repente, comenzó a llorar como un niño porque su madre no estaba presente. Entonces, no pude soportarlo más. Le grité con rabia, diciendo que no quería casarme con un hombre que llora. Lo agarré del brazo y bajamos las escaleras del registro como locos. Todo había terminado. Sentía que mi corazón latía en mi garganta. Había llegado al final de mi aventura".
Después del fracaso matrimonial, Consuelo decidió regresar sola a Francia. En una de esas extraordinarias ironías del destino, su barco se cruzó en pleno océano con otro que navegaba en dirección contraria hacia Buenos Aires, llevando a bordo nada menos que a la madre de Saint-Exupéry, quien se iba a encontrar con su hijo en Buenos Aires con la intención de disuadirle de la descabellada idea de casarse con una desconocida.
Pero sus esfuerzos resultaron infructuosos. Los elogios apasionados que Saint-Exupéry dedicaba sobre la personalidad exótica y los talentos artísticos de Consuelo disiparon las reticencias de Marie, hasta el punto de convertirse en su mayor defensora después del reencuentro de la pareja, preparando personalmente el terreno para un posible matrimonio.
Los elogios que Saint-Exupéry dedicaba sobre la personalidad exótica y los talentos artísticos de Consuelo disiparon las reticencias de Marie
Antoine nunca estuvo tan enamorado como durante la ausencia de Consuelo y le suplicó que se reuniera con él en España.
"Yo decía que sí a todo —cuenta Consuelo—, ya estaba atrapada por esa pasión desmedida."
Mientras tanto, una serie de reveses financieros acabó llevando a Aeroposta a la bancarrota. Desde principios de 1930, el Estado francés se negaba a desbloquear el préstamo previamente acordado en un convenio firmado el año anterior, y la situación se complicó aún más con el golpe de Estado de septiembre de 1930 en Argentina y la revolución que llevó al poder a Getúlio Vargas en Brasil en octubre.
En diciembre, cambios ministeriales en Francia impidieron la renovación de la concesión de explotación y la garantía estatal para obtener nuevos préstamos, lo que finalmente condujo a la liquidación de la compañía el 31 de marzo de 1931, cuando se nombró un consejo de administración provisional que despidió a parte del personal y suprimió el servicio en cinco líneas.
Eduardo Caamaño (Río de Janeiro, 1972) es economista, con especialización en Creación Literaria por la Universidad Camilo José Cela y en Guion de Ficción Cinematográfica por el Instituto RTVE (Radio y Televisión Española).
Ensayista y divulgador histórico, a lo largo de su carrera ha publicado diversas obras que abarcan una amplia variedad de temas, destacándose su ensayo Historia de la Cruz de Hierro y las biografías de Manfred von Richthofen (el Barón Rojo), Houdini, Arthur Conan Doyle, Agatha Christie y Edgar Allan Poe, a las que ahora se une la de Saint-Exupéry. Su método combina una investigación exhaustiva —casi detectivesca— con una sensibilidad narrativa poco común, capaz de tejer relatos que trascienden la mera cronología para adentrarse en el espíritu de sus personajes.
A mediados de verano, la controversia en torno a Aéropostale había llegado a un punto álgido y, en respuesta a la creciente presión, la dirección de la compañía publicó un extenso documento de veinticinco páginas titulado La Vérité sur l’Aéropostale (La verdad sobre Aéropostale), con el propósito de aclarar los hechos y defender la reputación de la empresa.
Fue en junio cuando el conflicto adquirió un matiz especialmente turbio: Henri Daurat, figura central de la compañía, fue acusado de manipular un gran volumen de correspondencia, una grave acusación a la que trató de responder con vehemencia, declarando que las alegaciones en su contra carecían de todo fundamento.
La situación, sin embargo, se tornó insostenible y el 29 de julio la compañía decidió despedirlo de una manera bastante cuestionable. Ese día, Daurat se presentó en su oficina como de costumbre y partió a su horario habitual de almuerzo. Dos horas más tarde, al regresar, encontró que la cerradura había sido reemplazada.
Sin mostrar la menor reacción y en un silencio absoluto, se dio media vuelta y se retiró sin decir palabra.
En solidaridad con Daurat, Saint-Exupéry decidió no regresar a Argentina. Ya no era director ni tenía dinero, pero seguía decidido a casarse con su amada. La mañana del 1 de febrero de 1931, madre e hijo embarcaron en el transatlántico francés Alsina, llevando consigo un cachorro de puma que Saint-Exupéry insistió en llevar a Francia como regalo para su hermana Gabrielle.
Durante la travesía oceánica, el piloto se paseó con su nueva mascota por la cubierta del barco con una correa, pero la pobre criatura no era tan dócil como Antoine esperaba y, en un momento dado, el puma logró liberarse de su dueño y mordió a un oficial en la pierna.
Por fortuna, el suceso no tuvo mayores consecuencias, pero el comandante le aconsejó vender el puma a un criador de animales que se dirigía a Francia con un grupo de ardillas.
"Te casarás con una mujer extranjera y alcanzarás la fama como escritor célebre. Sin embargo, deberás mantenerte lejos del mar y, cuando cumplas los cuarenta años, te recomiendo que empieces a desconfiar de los aviones en los que viajes".