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"Abolir la familia tradicional" es más tradicional que la familia
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Juan Soto Ivars

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Juan Soto Ivars

"Abolir la familia tradicional" es más tradicional que la familia

Lo que Vito Corleone estaba dispuesto a hacer por su familia no lo hubiera hecho para sí mismo

Foto: Marlon Brando como Vito Corleone en 'El Padrino'.
Marlon Brando como Vito Corleone en 'El Padrino'.
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Salía el otro día una actriz que me gusta y me cae bien, Julia de Castro, en un podcast. Decía la actriz en el pódcast (parece una película de Garci: La actriz en el pódcast) que hay que abolir la familia tradicional. El resto de los presentes asentía. Me quedé pensando que asentían como se hace ante cualquier cosa tradicional, normal y corriente, por ejemplo entrar en un ascensor y decir “cómo está la vida”.

Ciertas personas del ramo llevan diciendo esto de que hay que abolir la familia tradicional desde los años veinte del siglo pasado, lo que me induce a pensar que la abolición lleva un siglo en forma de anteproyecto. En aquel entonces, por leer a Freud y ser los padres más tiránicos, se puso de moda matarlos simbólicamente y la gente empezó a buscar opciones diferentes a la jerarquía a golpe de cinturón.

Nada queda de la jerarquía ni del cinturón: un padre de hoy, cercano y (con frecuencia demasiado) flexible, se parece tanto a uno de aquellos tatarapadres lo que una clase de reiki a una paliza a manos de una manada de skinheads. Padres y madres friegan, recogen a los niños y juegan con ellos. De la familia tradicional, entendida como parecen caricaturizarla los de la abolición, nada queda.

Y, sin embargo, todo cuanto puede decirse de la familia es que es una tradición, en el sentido de las cosas perfeccionadas con el tiempo, que duran milenios gracias a su incuestionable utilidad. Digamos que la familia es, como el libro impreso, un artefacto demasiado perfeccionado como para sustituirlo.

No existe algo que se pueda abolir, porque cada cual es libre de emparejarse como quiera y llamar familia a lo que le apetezca

En cuanto a las originalidades familiares, son también viejísimas. En Berlín en los años 20 había comunas en las que los bebés pasaban de mano en mano; Israel se llenó al principio de rojos montando kibutz, que eran granjas autodefensivas donde la familia estaba tan abolida que los niños pasaban un rato con sus padres por la tarde y luego se iban a dormir a unos barracones infantiles.

Esto por no hablar de la Unión Soviética y los criaderos de proletarios, las granjas de niños chinas, los internados británicos, las locas comunas hippies, la explosión homosexual y orgiástica de los ochenta que cortó el sida o, más recientemente y con el sida a raya, el poliamor, Tinder y las señoras locas que quedan en los parques para aterrorizar niños reales con sus muñecos de bebés “reborn”.

La familia tradicional, hoy, sea lo que sea eso, (la familia, vamos) es lo más parecido que queda a una célula revolucionaria

Todo se ha innovado con las familias y todo puede innovarse. Hay quien forma una familia de dos, o una familia con gatos o perros. Y aquí seguimos. El mundo sigue lleno de padres y madres abnegados que se quieren y cuidan bien de sus hijos, retrógrados, lo mismo que de progresistas divorcios.

No existe, en suma, algo que se pueda abolir, porque cada cual es libre de emparejarse como quiera y llamar familia a lo que le apetezca. Hay familias con dos padres y un crío, de dos señoras y un gato, de tres y un primo y hasta de padres solteros. La familia tradicional muta y a cada intento de abolición lo único que salen son tradiciones nuevas.

Por decirlo claro: os habéis vuelto tradicionales todos.

Aquí lo único que queda por abolir es la creencia de que uno está diciendo cosas inauditas y originales cuando el pasado lleva diciéndolas, en forma de tradición, milenios; o que uno lanza un análisis universal cuando sus propias experiencias empañan por completo la lente. Pero diré una cosa más.

La familia es la única comunidad social estable, corpórea y dispuesta a matar por sus vástagos

La familia tradicional, hoy, sea lo que sea eso, (la familia, vamos) es lo más parecido que queda a una célula revolucionaria, a un comando político real. La gente que no crea estos lazos no tiene este compromiso con su sociedad. Si no tienes hijos, no te cagas en la madre del presidente del gobierno como si los tienes, puesto que la familia es la prolongación del amor hacia la comunidad, y cualquier gobernante que quiera joder a tu comunidad se encuentra con tu reproche.

La gente ensimismada de lazos variables es menos revolucionaria que una familia normal y corriente que paga impuestos y vive en un adosado: tienen estos una conexión más recia con la realidad, por más que los poliamorosos se puedan pasar el día poniendo lemas políticos en Twitter. No es real eso, sino aparente. La familia es la única comunidad social estable, corpórea y dispuesta a matar por sus vástagos.

Eso es la familia: la realidad. Desde que dejamos de ser monos, y mucho antes de que hubiera tradiciones. Lo que Vito Corleone estaba dispuesto a hacer por su familia no lo hubiera hecho para sí mismo.

Salía el otro día una actriz que me gusta y me cae bien, Julia de Castro, en un podcast. Decía la actriz en el pódcast (parece una película de Garci: La actriz en el pódcast) que hay que abolir la familia tradicional. El resto de los presentes asentía. Me quedé pensando que asentían como se hace ante cualquier cosa tradicional, normal y corriente, por ejemplo entrar en un ascensor y decir “cómo está la vida”.

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