'Pluribus': ¿No sería insoportable un mundo perfecto?
Vince Gilligan ('Breaking bad') abandona el terreno del thriller y se embarca en una estimulante serie de ciencia ficción
Una cosa que saben hacer las buenas series de televisión es elegir jerséis. Pluribus, si me preguntan a mí, empieza con un montón de jerséis muy bien elegidos y con una gran antena parabólica. Todo es verosímil a partir de esos jerséis. Hay muchos protocolos y cacharros. Los científicos, geniales y de H&M, han detectado algo llegado del espacio exterior, un código o lenguaje. Después de analizarlo desde todos los puntos de vista, la lían, y una plaga de felicidad se extiende por el mundo.
Esta es la premisa sin tiroteos de Vince Gilligan, que le ha dado a Apple su serie perfecta: sofisticada, metabólica, no criminal. Parece que el creador de Breaking Bad y Better Call Saul fue recibiendo ofertas de las principales plataformas para hacerse con su nueva serie y se decantó por la que más dinero pierde (mil millones de dólares al año). A Apple TV le da todo igual, salvo las reseñas en los periódicos. Si les pones dos estrellas a Pluribus, se echan a llorar.
Hoy se estrena el tercer episodio, y de los dos primeros podemos hablar muy bien: son raros. Toda la población mundial, salvo trece personas, ha sido infectada, pero no por un virus que los vuelve locos, o zombies, o periodistas, sino por una secuencia salival que los hace encantadores. El código (de ADN, quizá) llegado de una galaxia lejana, probado en ratones, salta, por un mordisquito, a una científica. A los pocos minutos, esa científica se vuelve toda ella amor, y va dando besos en la boca a sus compañeros, que se infectan de lo mismo: ¡amor! Es una gran idea, esto del amor como plaga. Y muy difícil conseguir que te lo creas.
Entre las trece personas reacias al cariño, está la protagonista, interpretada por Rhea Seehorn, una escritora amargada (valga la redundancia) que no acaba de entender lo que pasa. Pues no solo la gente ha cambiado, es amable, burocráticamente amable, sino que todos comparten la misma conciencia, que se ha desbordado del ser individual hasta formar un gran sujeto colectivo: toda la población del planeta es todos y cada uno de los humanos vivos del planeta. Si alguien en Cáceres sabe hacer morcilla, cualquiera en Japón sabe hacer morcilla, por resumir.
Es una gran idea, esto del amor como plaga. Y muy difícil conseguir que te lo creas
Así, la peculiaridad de Pluribus es que el malo son todos los demás, como en la famosa cita de Sartre (“El infierno son los otros”), pero se trata de un antagonista inmenso que, en rigor, no hace daño a nadie. Ese todos-amoroso quiere que Rhea se una al rebaño, y paste con ellos en el aprisco de la empatía y de los cuidados. Ella se resiste, prefiere la naturalidad del mal día, el mal humor y los conflictos.
La serie camina en el alambre, de momento. ¿Dónde vamos? A mí me dice mucho, Pluribus, pues si algo me produce escalofríos es la emasculación contemporánea de los sentimientos negativos. Antes de la infección, la serie da algunos apuntes woke, y vemos en una cola para firmar libros que al marido de una señora se le llama “persona de apoyo”. Después el propio todos (“pluribus”) se dirige a la protagonista con estas palabras: “Carol, cuando estés lista llama a este número. Sé que tienes preguntas”. ¿Notan el azufre? ¿El azufre de la cordialidad forzada?
No les niego que sueño con que Pluribus constituya una enmienda a este ethos como de dependiente de Urban Outfitters que se ha extendido por el mundo: ser amable siempre, es decir, mentir, ocultar las emociones y crear una gran superficie de comportamiento totalitariamente homogéneo. Pero quizá la serie no vaya por ahí.
A la excentricidad general del relato, súmenle que en el segundo capítulo aterrizamos en Bilbao, ya ven. Allí se reúnen los trece seres impermeables al virus euforizante, y debaten sobre su propia condición y las medidas a tomar, si fuera el caso. Sólo Carol considera terrible lo que le ha sucedido a la civilización; a los demás, casi les gusta, porque todo es como en una sitcom de los años 90. Aquí percibimos que la gente es igual de imbécil infectada por un virus que totalmente sana.
¿Qué puede pasar? Casi me interesan más desde el punto de vista creativo que como espectador los siguientes pasos de este show. La primera temporada llega hasta los nueve episodios, y ya está firmada la segunda. Diría que la premisa está agotada en los dos primeros episodios y un nuevo giro de la trama se hace imprescindible. Cuando Carol se enfada (cosa que sucede mucho), la mente colmena se desmaya y bloquea. ¿Quizá Carol salvará al mundo a base de regañinas?
Diría que la premisa está agotada en los dos primeros episodios y un nuevo giro de la trama se hace imprescindible
Rhea Seehorn ha sido encomiada por su interpretación de Carol, aunque a mí se me antoja algo pasada de vueltas. Es demasiado borde cuando no hay la menor competencia; tendría el mismo efecto dramático que fuera una mujer un poco áspera. Pero Gilligan subraya su mal humor hitlerianamente. Es como la bruja Avería en el país de los enanitos, pero siendo los malos los enanitos.
Una cosa que saben hacer las buenas series de televisión es elegir jerséis. Pluribus, si me preguntan a mí, empieza con un montón de jerséis muy bien elegidos y con una gran antena parabólica. Todo es verosímil a partir de esos jerséis. Hay muchos protocolos y cacharros. Los científicos, geniales y de H&M, han detectado algo llegado del espacio exterior, un código o lenguaje. Después de analizarlo desde todos los puntos de vista, la lían, y una plaga de felicidad se extiende por el mundo.