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La Orquesta de la Escuela Reina Sofía viaja al Nuevo Mundo
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actuación en Nueva York

La Orquesta de la Escuela Reina Sofía viaja al Nuevo Mundo

Setenta jóvenes músicos de 35 países debutan en el Carnegie Hall bajo la dirección de Orozco-Estrada, combinando repertorio clásico y español, y promoviendo proyectos educativos en Nueva York

Foto: Músicos de la Escuela Superior de Música Reina Sofía durante la actuación. (EC)
Músicos de la Escuela Superior de Música Reina Sofía durante la actuación. (EC)
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España desembarcó anoche, una vez más, en el Nuevo Mundo. Lo hizo a lomos de la Escuela Superior de Música Reina Sofía, que abrió su concierto en el Carnegie Hall con El Puerto, de Isaac Albéniz, y lo cerró con la sorpresa de La boda de Luis Alonso, de Gerónimo Giménez. Entre medias, sinfonías del estadounidense Samuel Barber y del checo Antonín Dvořák. Un repertorio sincrético, como las Américas, al que dio vida la batuta del maestro Andrés Orozco-Estrada y los instrumentos de setenta músicos de la Escuela y otros quince de la Filarmónica Joven de Colombia.

Fundada en 1991 por Paloma O’Shea, esta ha sido la primera vez que la orquesta de esta escuela musical española, que en este momento tiene matriculados de manera gratuita a 150 jóvenes músicos de 35 países, actuaba en Estados Unidos. De ahí el título de la velada: "Viaje al Nuevo Mundo".

La mayor parte de los casi 2.800 asientos del Auditorio Stern, diseñado con sencillez, sin cortinajes ni otros incordios para el sonido, por el violoncelista y arquitecto William Burnet Tuthill, estaban ocupados. En la segunda planta presidía la reina Sofía, junto a Ana Patricia Botín y otros miembros del patronato de la Escuela.

Acompañado también de dos artistas invitadas, la violonchelista emiratí Elham al Marzooqi y la violinista lituana Rolanda Ginkute, antigua alumna de la Escuela, Orozco-Estrada inauguró la noche con los acordes impresionistas y flamencos de la pieza de Albéniz, El Puerto. Una "evocación de la vivacidad y el ruido del andaluz Puerto de Santa María", según Jack Sullivan, autor de las notas del Carnegie.

"Siempre llevamos algo español", dice a El Confidencial Juan Mendoza, director artístico de la institución española. "La Escuela está dentro de la Fundación Albéniz. Orquestar Iberia es muy complicado. Solamente hay un par de orquestaciones que funcionan bien. Una de ellas es la de Enrique Fernández Arbós, que ya tiene más de 80 años. Escogimos El Puerto porque es la que funciona mejor para orquesta".

Gran parte de la obra que tocaron a continuación, Concierto para violín y orquesta, opus 14, de Samuel Barber, recayó sobre los hombros del afamado violinista francés Renaud Capuçon, solista de esta hermosa pieza lírica de 22 minutos. Samuel Barber la completó en el otoño de 1939, en las Montañas Pocono, tras abandonar prematuramente París debido al inicio de la Segunda Guerra Mundial.

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Además de deleitar al público del Carnegie Hall, que estuvo a punto de ser demolido en los años cincuenta porque la Filarmónica de Nueva York se iba a mudar al por entonces nuevo Lincoln Center, donde continúa, la Escuela Reina Sofía se ocupó en Nueva York de su otra gran prioridad: los proyectos educativos.

Los músicos estuvieron toda la semana ensayando en la Iglesia Metodista Unida de San Pablo y San Andrés, una parroquia del Upper West Side conocida por su tradición abierta y progresista. La Escuela celebró allí un encuentro con niños neoyorquinos, miembros de la iniciativa social Harmony Program, para charlar y tocar música juntos. También han hecho actos con la Filarmónica, la Juilliard School, el Ensemble Connect del Carnegie Hall y el Queen Sofía Spanish Institute.

"El perfil del músico ha cambiado mucho", dice Juan Mendoza. "Hoy hay solistas con fundaciones de fines sociales y orquestas que tienen dentro un departamento social con mucha fuerza. Hace poco lo comentábamos en la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas: el hecho de tener un músico que, además de tocar bien, tenga sensibilidad en los proyectos sociales y pedagógicos, es un plus muy grande. Por eso nosotros tratamos de educar a los chicos para que tengan esa sensibilidad".

placeholder La Escuela Superior de Música Reina Sofía. (Foto: EC)
La Escuela Superior de Música Reina Sofía. (Foto: EC)

La Escuela Reina Sofía pone mucho empeño en la práctica, en bregar continuamente a los jóvenes músicos "para que se acostumbren a las exigencias y la disciplina de la vida profesional", en palabras de la fundadora, Paloma O’Shea. La orquesta da una media de 300 conciertos al año, según la organización.

El violinista Capuçon, que había sugerido interpretar a Barber y que terminó con una pieza rapidísima, recibió un fuerte aplauso y un amplio ramo de flores. Pero quedaba el plato fuerte, Dvořák, con una pieza titulada, precisamente, Nuevo Mundo, porque resulta "pedagógicamente muy buena para orquesta", dice Juan Mendoza. "Y sabemos que es de las favoritas de la reina Sofía".

Otro detalle simbólico que justifica la elección de la Sinfonía Número 9, también conocida como Sinfonía del Nuevo Mundo, es que se estrenó justo aquí, en el Carnegie Hall, en 1893, apenas dos años después de que la institución abriera las puertas. Antonín Dvořák la empezó a componer en 1892, cuando llegó a Estados Unidos para encabezar el Conservatorio Nacional de Música Americana.

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El maestro checo armó esta sinfonía en Nueva York, con un ejemplar del poema épico The Song of Hiawatha, de Henry Wadsworth Longfellow, que rapsodia las aventuras de un héroe nativo americano, en el atril. Su alumno de Harry Burleigh le ayudó con "cantos espirituales" afroamericanos, y así nació una obra que fue polémica en su momento al integrar sin remilgos acordes clásicos, nativos y folclóricos negros, de los que el compositor trataba de sacar su "esencia y vitalidad".

En este punto de la actuación, el director colombiano Andrés Orozco-Estrada, cuyo currículo abarca varias páginas del libreto, se secó el sudor de la frente con un gran pañuelo blanco doblado. Una ovación en pie concluyó la noche, o casi. El maestro ofreció por sorpresa La boda de Luis Alonso, de Gerónimo Giménez, una zarzuela que fue estrenada en Madrid en 1897 y que probablemente es la más reconocible.

España desembarcó anoche, una vez más, en el Nuevo Mundo. Lo hizo a lomos de la Escuela Superior de Música Reina Sofía, que abrió su concierto en el Carnegie Hall con El Puerto, de Isaac Albéniz, y lo cerró con la sorpresa de La boda de Luis Alonso, de Gerónimo Giménez. Entre medias, sinfonías del estadounidense Samuel Barber y del checo Antonín Dvořák. Un repertorio sincrético, como las Américas, al que dio vida la batuta del maestro Andrés Orozco-Estrada y los instrumentos de setenta músicos de la Escuela y otros quince de la Filarmónica Joven de Colombia.

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