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"Cuando se miente sistemáticamente, el objetivo es que dejemos de creer en todo"
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ENTREVISTA/ MÁRIAM MARTÍNEZ BASCUÑÁN

"Cuando se miente sistemáticamente, el objetivo es que dejemos de creer en todo"

"Si dejamos de creer en todo, si nos volvemos cínicos, al final pueden hacer lo que quieran con nosotros", sostiene en esta entrevista la politóloga Máriam Martínez-Bascuñán. Le preocupa la deslegitimación de los intermediarios

Foto: Máriam Martínez-Bascuñán posa para El Confidencial. (A. M. V.)
Máriam Martínez-Bascuñán posa para El Confidencial. (A. M. V.)

Hannah Arendt ha inspirado el último libro de Máriam Martínez-Bascuñán (Madrid, 1979) y no ha sido por casualidad. La filósofa alemana dedicó buena parte de su obra a entender el auge de los autoritarismos a partir de la propaganda de masas. Lo que hace Martínez-Bascuñán en El fin del mundo común (Taurus) es aterrizar esos postulados sobre la situación actual, con ciertos paralelismos respecto del tiempo que le tocó vivir a Arendt. En su opinión, sin una imagen compartida sobre la realidad, sin ‘hechos alternativos’, como los denominó la Casa Blanca, no es posible la democracia. Su tesis, como la de Arendt, es que cuando no se distingue entre verdad y mentira el mundo se desgarra con consecuencias devastadoras. Martínez-Bascuñán es profesora de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid.

PREGUNTA.- Este mes de diciembre se cumplen 50 años de la muerte de Hannah Arendt, ¿por qué hay que seguir leyéndola?

RESPUESTA.- Porque es una clásica y los clásicos son contemporáneos. Lo que hacemos en teoría política es utilizar las preguntas que se han hecho a lo largo de la historia de las ideas para trasladarlas al tiempo actual y desde ahí mirar lo que está ocurriendo. A veces cambian las preguntas, a veces cambian las respuestas, pero son siempre miradas que nos guían para contestar y para identificar problemas que al final son muy recurrentes.

P.- La posverdad es un concepto que se lleva mucho tiempo utilizando en el análisis político, más de tres décadas. Qué ha cambiado desde que se puso en circulación ¿La irrupción de Trump?

R.- Trump puede haber acelerado su difusión. Una de las cosas más fascinantes de la obra de Arendt es cómo estudia la relación entre verdad y política y mentira y política. Y su mirada no es una mirada naif. Ella reconoce que la mentira siempre ha existido en política y desde una visión muy maquiavélica también nos dice que a veces hasta puede utilizarse como razón de Estado. Lo que cambia no es que los políticos quieran hacernos creer que una mentira puede pasar por verdad, sino que de alguna manera están utilizando su poder y el lenguaje para imponer una realidad alternativa. Para que eso ocurra, han tenido que suceder muchas cosas antes. Ha tenido que ocurrir que se haya deslegitimado aquellos guardianes tradicionales que velaban para que alguien no pudiese construir una realidad alternativa, para que alguien no pudiese decir: “Esta es mi opinión." cuando eso es una mentira. Una opinión es un juicio sobre la realidad basada en un hecho, y eso es lo que ha cambiado.

P.- ¿Nos faltan filtros que ayuden a saber lo que es verdad?

R.- Yo creo que no faltan filtros, creo que el problema con los filtros es que se han deslegitimado, han perdido autoridad. Cuando Donald Trump está diciendo que en su sesión inaugural hubo más gente que en la de Obama, lo que no es cierto, y sus seguidores le creen teniendo las dos fotografías delante, y se les pregunta cómo es posible que le crean, los seguidores de Trump te dicen que esa foto la ha hecho el New York Times. Y ese es el problema. Las instituciones invisibles que sostenían el mundo compartido hacían posible que pudiéramos deliberar y que pudiésemos sostener hechos colectivamente entre todos. Los hechos es aquello que damos por sentado cuando conversamos. Si no hay hechos, no podemos conversar. Esto es lo que se ha perdido, ese suelo compartido. Por eso me parecía también interesante la idea de Hannah Arendt del mundo común. Es aquello que nos une y que nos separa a la vez. Nos separa porque nos permite discrepar, pero nos une porque todos estamos mirando a ese objeto sobre el cual nos pronunciamos. La democracia no es que todos pensemos igual, la democracia es que podamos disentir sobre el mismo mundo y eso es lo que se ha perdido.

“Los políticos siempre han mentido, lo que cambia es que lo hacen desde el poder”

P.- En el libro sugiere que las democracias nunca se preocuparon de la verdad, porque se entendía que había lugares comunes y que nadie podía cuestionar cosas que eran evidentes. ¿Ese es el problema? Hay que volver a preocuparse sobre lo evidente

R.- La democracia es un sistema que incorpora controles formales mediante instituciones invisibles que ayudan a esos controles formales. Cuando se resquebraja la manera en la que estamos habitando el espacio público, la manera en la que sostenemos los hechos colectivamente, no puede existir ni la conversación ni la propia democracia. La verdad no es un pacto que se da en el marco de la política, eso sería antipolítico. La verdad no puede imponerse desde arriba, la verdad tiene que emerger desde la ciudadanía, desde el sostenimiento colectivo de los hechos, y a partir de ahí mantener esas discrepancias.

P.- Decía Gramsci que la verdad siempre es revolucionaria. ¿Sigue siendo así?

R.- Lo importante no es tanto sostener una verdad, sino cuidar ese espacio para que la verdad pueda ser dicha, pero también escuchada, que esto es algo que está dejando también de ocurrir. Los ciudadanos a veces tienen delante la verdad y, sin embargo, la banalizan o prefieren mirar hacia otro lado y no reconocerla. Hay un fragmento que a mí me pareció muy revelador estudiando los textos de Arendt, en relación al memorándum de Downing Street [los falsos argumentos para invadir Iraq]. Cuando se filtra por la prensa británica se ve claramente que Tony Blair hizo de perrito faldero de Bush, y eso casi le cuesta las elecciones. ¿Por qué? Porque hay una ciudadanía vigilante que es capaz no solamente de sostener y de identificar esa verdad, sino de escuchar y hablar sobre ella. Y, sin embargo, cuando este memorándum llega a EEUU a través del New York Times pasa desapercibido. Aquí lo que está fallando no es la prensa, la prensa filtra ese memorándum, lo que está fallando es la ciudadanía, que no le da una relevancia política.

placeholder 'El fin del mundo común' de Máriam Martínez-Bascuñán. (EC)
'El fin del mundo común' de Máriam Martínez-Bascuñán. (EC)

P.- Esa falta de apego por la verdad tiene algo que ver con el auge de los sentimientos de grupo. Es decir, un creciente sentimiento de pertenencia, aún a costa de la verdad.

R.- Claro, por eso me interesaban también los textos, están casi todos en los orígenes del totalitarismo. Hannah Arendt habla del movimiento de masas, lo que tiene mucho que ver con lo que se está hablando actualmente de la epistemología tribal. El criterio de verdad pasa por la validación del líder. Lo que lo que es verdad es lo que el líder valida, no lo que validan los intermediarios tradicionales. No lo que nos dice la ciencia, no lo que nos dice un periódico, no lo que nos dice nuestro propio conocimiento, nuestra propia percepción sobre las cosas. Yo estoy viendo esta fotografía y a pesar de que la estoy viendo, como el líder me está diciendo que hay más gente en mi inauguración que en la de Obama, pues yo sigo el criterio del líder. Por eso Trump siempre ha tenido mucho interés en hablar de quién es el líder de un movimiento. Él ha roto con el Partido Republicano y él dice que él lidera un movimiento. El movimiento, tal y como nos lo describe Arendt en los orígenes del totalitarismo, consiste en atomizarnos de manera que no dejemos de validar nuestras percepciones con la gente que nos rodea. Nos aísla y nos hace más vulnerables al efecto de la marea. Nos arrastra y al final acabamos en esa realidad fragmentada. Repetimos con clichés lo que dice nuestra tribu o lo que nos ha dicho el líder, qué es la verdad y qué es lo que hay que sostener.

P.- Lo dijo el propio Trump, si yo apuñalo a alguien en la Quinta Avenida, la gente creerá que soy inocente.

R.- Claro, es la lealtad total. Son verdades de identidad porque es más importante la pertenencia a la tribu que la verdad misma. Eso es lo que está pasando con los chalecos amarillos, con el movimiento que llevó al Brexit, con las dos elecciones presidenciales de Donald Trump, incluso aquí también en España. En las democracias occidentales, los líderes hablan cada vez más de movimientos, de manera que en lugar de construir un mundo común crean narrativas para construir tribus.

"La verdad no puede imponerse desde arriba, la verdad tiene que emerger desde la ciudadanía"

P.- ¿Hay que sospechar de los intelectuales?, como alguna vez sugirió Hannah Arendt.

R.- Lo que me pareció interesante de esa crítica es que hay que exigir responsabilidad también a los intelectuales. Siempre estamos hablando de la rendición de cuentas de la clase dirigente, de que los periódicos tienen que rendir cuentas…, pero los intelectuales parece que pueden decir cualquier cosa y no rinden cuentas. Pueden decir cualquier barbaridad y no rinden cuentas. Tenemos que centrarnos en nuestra responsabilidad a la hora de opinar. Lo contrario a la verdad no es la opinión, sino la manipulación ideológica. La opinión puede ayudar a construir una verdad colectiva. Y ahí juegan un papel muy importante los intelectuales y es bueno recordarles su responsabilidad.

P.- ¿Verdad y política son términos antagónicos?

R.-No son antagónicos, pero creo que el mundo de la política tiene otro régimen de verdad, porque la política tiene que ser compatible con la pluralidad de opiniones y la libertad humana. La verdad no puede caer como una verdad racional, como un teorema de Pitágoras en una democracia, por eso también me interesaba el debate entre Orwell y Arendt. Orwell siempre decía: ‘Tengo miedo a que la verdad objetiva desaparezca del mundo’, y Arendt nos decía: ‘Bueno, hay que defender el espacio donde se pueda hablar sobre esa verdad objetiva o donde se puedan defender los hechos, y esa al final es la verdad en una democracia, el espacio compartido que damos por sentado para que sea posible una conversación y para que podamos disentir sin que todo se derrumbe.

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Martínez-Bascuñán. (A. M. V.)

P.- Por qué la crisis de los intermediarios, de esas instituciones invisibles de las que habla.

R.- Cuando se miente y se miente de una manera sistemática, el objetivo no es tanto que tú creas esa verdad, sino que dejemos de creer en todo, que ya no creamos en nada. Esa actitud cínica al final lo que hace es volvernos vulnerables. Si dejamos de creer en todo, si nos volvemos cínicos, al final pueden hacer lo que quieran con nosotros. El deterioro de las instituciones invisibles, de la autoridad, de la legitimidad, tiene que ver con los propios errores de los intermediarios, pero también con un proceso sistemático de deslegitimación. No hay que olvidar que Trump y los populistas se han centrado en deslegitimar a los medios de comunicación, a la autoridad científica, etcétera. Esos factores han hecho que nos volvamos más cínicos, que pensemos que no es tan importante la mentira cuando estamos en una tribu. Pensamos que esa pertenencia da un sentido a nuestra vida. Al final, banalizar la verdad.

P.- ¿Cómo se puede convencer a los ciudadanos de que la democracia es más eficiente que los sistemas autoritarios?

R.- Hay una promesa que se ha roto, que es la del reconocimiento, que todas las voces importan. Creo que todas las turbulencias políticas que estamos viendo durante los últimos años tienen que ver con esos invisibles y con la capacidad de los intermediarios tradicionales de hablar con un lenguaje que que entienda todo el mundo, que interpele a todo el mundo y que vea las experiencias de todo el mundo. Ha habido un fallo en ese reconocimiento en el sentido de que todos importamos en democracia. Mucha gente se ha sentido fuera del mundo común y está reaccionando desde el enfado, desde esa verdad identitaria.

P.- ¿La izquierda ha ejercido eso que se ha denominado superioridad moral y la respuesta es el populismo?

R.- Sí, ha existido una condescendencia, una cierta soberbia. Ha habido fenómenos que están fuera del radar y que no hemos sabido explicar. Por ejemplo, por qué Donald Trump se hace una foto en un McDonald’s en plena campaña electoral. A mí, como urbanita, me horroriza la idea de comer en un McDonald's, pero luego te das cuenta de que la comida es más barata, en invierno hace calor y en verano hace frío porque hay aire acondicionado. Todos esos espacios colectivos que cuidaba el propio Estado se han ido disolviendo y las personas han buscado comunidad en otros lugares, y esos lugares creo que han sido mejor identificados por los populistas.

"Los líderes hablan cada vez más de movimientos y así crean narrativas para construir tribus"

P.- El fácil acceso a la información a través de Google o las redes sociales no ha producido un falso empoderamiento de muchos ciudadanos que piensan que tienen suficiente conocimiento sobre casi todo.

R.- Lo que hacen las redes es cambiar el régimen de opinión. Antes, normalmente, había una jerarquía de la opinión, había consensos, y los guardianes tradicionales eran capaces de canalizar más o menos esos consensos con los que todo el mundo podía o no estar de acuerdo, pero ahí estaban. En el momento en el que aparecen las redes sociales entran otro tipo de opiniones, se democratiza en algún sentido, pero a la vez se escapa de nuestro control, del control que habitualmente jugaba esos intermediarios. Ahora hemos tomado conciencia de que había otras opiniones y que los populistas se han hecho eco de esas opiniones que tradicionalmente no entraban en la conversación pública porque eran ignoradas y ahora con las redes sí que han entrado en la conversación pública hasta el punto de que se han hecho mainstream. Lo que tenemos que hacer es tratar de integrar esas opiniones y canalizarlas de una manera que sean fieles a los hechos.

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Foto: A. M. V.

P.- En el libro cita una frase del escritor de Upton Sinclair en la que dice, es difícil lograr que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda. En qué medida las dificultades en el bienestar material pueden estar influyendo en nuestro conocimiento.

R.- Hay mentiras que son obscenas, como que los inmigrantes de Springfield se comen las mascotas, pero son verdades identitarias, de la tribu. Cuando hablamos de los chalecos amarillos, por ejemplo, vemos que es un movimiento que surge porque hay un presidente que quiere subir el precio de la gasolina, y claro, lo hace por algo que es completamente legítimo, que es la lucha contra el cambio climático, pero al mismo tiempo el líder tiene que tener en cuenta que para mucha gente los costes del cambio climático son elevados. Yo puedo tener la autoridad científica, yo puedo tener los datos, yo puedo tener una agenda climática, pero tengo que escuchar también las condiciones vitales de todo el mundo.

"Hay que exigir responsabilidad a los intelectuales, pueden decir cualquier cosa y no rinden cuentas"

P.- Hay que desconfiar de los expertos, en el libro se muestra crítico con fenómenos como el de Draghi que, en su opinión, han dejado el terreno abonado para fórmulas como Meloni.

R.- Creo que lo que hay que hacer es no delegar. La ciudadanía no debe delegar su juicio en otras personas. Está muy bien escuchar al experto, pero creo que con la posverdad estamos cometiendo un error, que es intentar volver a sostener verdades en el espacio público fiándolas a la autoridad del experto. Creo que eso es contraproducente. Cuando eso ha pasado, cuando ha existido una mentalidad tan tecnocrática, eso ha preparado el terreno para la revuelta populista.

P.- El fenómeno woke ha desencadenado la reacción del populismo de derechas. No ha habido excesivo fundamentalismo o, incluso, puritanismo

R.- Creo que ha habido un problema a la hora de identificar a las vidas que estaban excluidas de ese mundo común. Creo que ha habido un problema de la izquierda en ese sentido, pero tampoco diría que esos populismos de derecha son una reacción u obedecen a los excesos de una agenda woke. Hay muchos elementos que han influido a la hora de de explicar por qué emergen estos discursos de ultraderecha y por qué tienen éxito. Más que hablar de la izquierda woke, hablaría de unas élites, del establishment, y aquí habría que englobar tanto a al centro como a la derecha conservadora, a la hora de integrar a todas esos colectivos que han quedado fuera de la conversación pública. Y hablo, por ejemplo, del cambio climático.

P.- ¿Por qué la derecha radical crece de manera tan intensa entre los jóvenes?

R.- Creo que algo tiene que ver con el carácter disruptivo de la derecha radical. Pero creo que también hay una parte muy performativa en el discurso de que los jóvenes son de derechas. No creo que la gente joven de repente se haya hecho derechas. A lo mejor lo que hay que hacer es saber llegar a esa gente y saber construir un nuevo espacio político.

Hannah Arendt ha inspirado el último libro de Máriam Martínez-Bascuñán (Madrid, 1979) y no ha sido por casualidad. La filósofa alemana dedicó buena parte de su obra a entender el auge de los autoritarismos a partir de la propaganda de masas. Lo que hace Martínez-Bascuñán en El fin del mundo común (Taurus) es aterrizar esos postulados sobre la situación actual, con ciertos paralelismos respecto del tiempo que le tocó vivir a Arendt. En su opinión, sin una imagen compartida sobre la realidad, sin ‘hechos alternativos’, como los denominó la Casa Blanca, no es posible la democracia. Su tesis, como la de Arendt, es que cuando no se distingue entre verdad y mentira el mundo se desgarra con consecuencias devastadoras. Martínez-Bascuñán es profesora de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid.

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