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Enrique Murillo: "Herralde no quería publicar a Javier Marías por ser amigo de Juan Benet"
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ENTREVISTA

Enrique Murillo: "Herralde no quería publicar a Javier Marías por ser amigo de Juan Benet"

Este editor es el hombre detrás de la publicación de algunos de esos libros que consideramos clásicos. En 'Personaje secundario', sus memorias profesionales, se despacha a gusto

Foto: Enrique Murillo durante la entrevista con El Confidencial.
Enrique Murillo durante la entrevista con El Confidencial.
EC EXCLUSIVO

Enrique Murillo es un personaje secundario de la edición española y, según cuenta en su libro Personaje secundario (Trama editorial), es el hombre detrás de la publicación de algunos de esos libros que consideramos clásicos. Por su recomendación a Jorge Herralde se publicó en España La conjura de los necios de John Kennedy Toole, o se dio el primer premio Herralde a Álvaro Pombo. Su apuesta fue por abrir la narrativa española a las corrientes europeas y anglosajonas, por quitarle la costra de casticismo que pesaba sobre ella.

En sus memorias, sin embargo, Murillo hace algo más que recopilar sus logros y fracasos en la sombra de algunas de las editoriales más importantes de nuestro país: exhibe los trapos sucios del sector, las estafas de editores a autores y la precariedad endémica que se esconde en la sala de máquinas de esa industria prestigiosa a la que describe como un gigante con pies de barro.

PREGUNTA. Hay mucho mito alrededor de los editores de renombre. ¿Son los editores tan importantes como los escritores?

RESPUESTA. Quiero deshacer esos mitos. Escribir una obra literaria es algo de una complejidad extraordinaria, editar no lo es. Es un negocio muy difícil, pero calibremos bien las cosas. El editor tiene una parte de sagacidad y una parte de haber sabido leer, de haber leído mucho. Tiene que ser intuitivo en la captación del valor de algo que no tiene aval ninguno: un manuscrito. Cuando llega un libro de alguien que se llama Ignacio Martínez de Pisón y el editor nunca jamás ha oído ese nombre, si lo lee y dice “aquí hay algo”, tiene exactamente lo que un editor necesita.

"Escribir una obra literaria es algo de una complejidad extraordinaria, editar no lo es"

P. Cuentas que una parte del negocio se hace a costa de los autores, estafándolos. ¿Crees que sigue pasando?

R. Hay un pasado, con unas costumbres medievales, donde el editor abusaba sistemáticamente de la ignorancia que tiene el autor acerca de qué es lo que ha vendido. En España no había ninguna ley de propiedad intelectual hasta 1987. Funcionábamos con una ley del libro de finales del XIX o anterior. Los contratos eran todos de veinte líneas, hablaban sobre todo de los derechos del editor, los royalties eran del 10% eternamente. Hay un ejemplo con Juan Benet que podemos usar para entender aquel pasado. Una vez firmó, con la editorial Destino de Josep Vergès, un contrato por dos mil ejemplares. Un día recibe unas liquidaciones anuales en su casa, y pone “de los tres mil noventa ejemplares impresos se han vendido 900”. ¡Él firmó contrato por dos mil, y habían sacado mil cien más! Cuánto había vendido realmente es algo que solo sabría su editor.

P. Es decir: lo estafaron sacando más libros de los que él creía, y vaya usted a saber cuánto le engañaron con las ventas...

R. Eso es. Sobre los ejemplares “de más”, si los hubiera vendido, el autor no los hubiera cobrado, pues no conocía su existencia. Son las dos formas típicas de estafar autores: una es que tú podías vender mil y decirle al autor novecientos. Y la otra, es que parte de la tirada no se le comunica al autor. Haces una primera edición, y luego haces otra vez una tirada que también es la primera edición; y lo mismo con la segunda “oficial”, que puede tener muchas reediciones adicionales que se llaman también “segunda”. Y eso son miles de ejemplares, miles y decenas de miles si es un autor de gran venta, de cuya existencia se enteraban el impresor, el editor y el distribuidor. Jamás el autor.

P. Algo así encuentras cuando llegas a Plaza. Sales de Anagrama, participas en la creación del Babelia y pasas un tiempo ahí, y de pronto entras en la multinacional que lleva Plaza&Janés. ¿Qué ves el día que entras en el despacho?

R. Bueno, heredé los muebles y empiezo a abrir cajones. Todo vacío, pero casualmente, el último armario que abro contiene algo. El primer contenido, aterrador, es un catálogo de todos los libros de Plaza&Janés que indica unas devoluciones del 60%. Supe en aquel momento que la empresa que me acababa de contratar estaba en quiebra. Pero había otro extraño tesoro: un documento donde estaban todos los libros, volumen tras volumen, con todos sus datos, y al final dos cifras. Una era a lápiz y otra a bolígrafo, una más alta y otra más baja. Estaba muy claro. Fui a la mesa de mi jefe y le pedí que revisara aquello, y le dije que si llegaba a la misma deducción que yo, entendería por qué yo me iba de esa empresa. Lo miró y me dijo: “Enrique, esto es una doble contabilidad de liquidación, ¿no es verdad? La cifra más alta es la que hemos vendido, lo de lápiz es lo que le decimos al autor”. Exacto, dije.

P. ¿Se les comunicó a los autores que se les había estafado?

R. No. Me dijo que como ya sabía cómo estaba la empresa, prácticamente en venta, que tenía que dedicar todo mi tiempo a conseguir libros que vendieran muchísimo. Y que dedicase una hora al día a que todos los autores, todavía vivos, empezaran a tener una subida en las liquidaciones, como forma de compensar lo que se les ha estado robando.

P. De ahí que la agente Carmen Balcells dijera aquella frase mítica.

R. Me la dijo a mí, y a mucha gente. “Mira Enrique, cada vez que un editor me paga royalties, me digo a mí misma, Carmen, te has vuelto a equivocar porque si te paga, te roba”. En España, yo no tengo la más remota idea de los números de las empresas actuales, ni remota idea de qué pasa al respecto de estas cuentas. Pero la atmósfera de sospecha sobre la verdad de las liquidaciones yo creo que persiste. Y por tanto, persiste su más nefasta consecuencia, para unos y para otros, que son unos anticipos que, en proporción con las escasas ventas de país iletrado que somos, resultan altísimos, y por tanto hay una inflación que perjudica al sector entero. Solo beneficia a un puñadito de autores.

"En el lenguaje de la época, decían que 'la novela es para mujeres y maricones"

P. Hoy la novela es un género respetado, pero cuentas que, cuando tú empezaste, no era del agrado de los editores “gourmet”.

R. En el lenguaje de la época, decían que “la novela es para mujeres y maricones”.

P. ¿Por qué?

R. De entrada, la narrativa española estaba anclada en formas costumbristas y castizas, íbamos con un siglo de retraso por el aislamiento de la dictadura. Por otra parte, según la mentalidad del intelectual antifranquista de la época, había que leer cosas como marxismo o leninismo, o Bakunin, es igual, por la rama de la izquierda que quisieras.

P. ¿Novela social?

R. Eso sí. Por ejemplo, leíamos a Vargas Llosa, porque en Conversación en la Catedral habla de política de la historia de un país. Si leías novela tenía que ser realismo social. Pero la novela como yo la entiendo va bastante más allá que la lucha de clases, el capitalismo y la clase obrera, porque hay cosas incomprensibles en general en todo lo humano, misterios más allá de la ciencia o la política: ese es el tema de la literatura. Los seres humanos hacemos y pensamos cosas incomprensibles. La novela trata de entenderlo.

placeholder Enrique Murillo y Juan Soto Ivars durante la entrevista.
Enrique Murillo y Juan Soto Ivars durante la entrevista.

P. Cuentas que Jorge Herralde, que había publicado sólo textos políticos en Anagrama, se decide por la novela y tú haces informes de lectura para él, le orientas.

R. Sí, yo empiezo a trabajar en Anagrama porque mi amigo Javier Fernández de Castro está harto de traducir y encima está traduciendo un libro insoportable, que es una biografía de James Joyce de unas dos mil páginas. Me dice “Enrique, voy a dejar la traducción, te pasaré este libro, pero te tengo que presentar a un editor en Sarriá que quiere sacar este libro”. Básicamente, heredé esa traducción y empecé a traducir para Anagrama en torno a 1977. Me empiezan también a encargar que haga informes de lectura, pagados a poquita cosa.

P. ¿Cómo es un informe de lectura de aquellos?

R. Nadie me explicó cómo se hacía un informe. Yo los dividía en dos partes: de qué va el libro y si venderá o no venderá.

P. ¿Puedes contar por qué hemos leído La conjura de los necios?

R. Un día me llama Herralde y me cuenta la historia de un tío joven que escribe una novela pero que no encuentra editor y, desesperado, se suicida. Su madre empieza a buscar editor… Hasta que una pequeña University Press en New Orleans decide publicarlo. Herralde quería que yo leyera esa novela.

P. ¿La publicó siguiendo tu recomendación?

R. Sí. Tras contarme aquella historia del autor suicida, me dice: “fíjate, lo gordo que es este libro y lo cara que será la traducción”. Yo pienso “hombre, cara si la pagaras bien”, pero esto no lo digo. Y entonces, me da la pregunta clave: “¿tú crees que venderá?” Es una pregunta que se las trae. Es la misma pregunta que se sigue haciendo en todas las editoriales del mundo cuando el libro es demasiado grueso, y más si hay que traducirlo. Porque editar una primera edición es muy caro, la gente no se hace a la idea. El caso es que leí este manuscrito y me partí de la risa.

P. Es que te partes de risa.

R. El libro se apoya entero en el personaje, Ignatius Reilly, y en su pasión por todo aquello que la moral nos prohíbe. España justo había entrado en un momento de “buena educación” tras la rebeldía antifranquista. Ya no peleábamos contra Franco, ya teníamos una democracia, teníamos americana de pana, barbas recortadas y queríamos ser de mayor Felipe González. Y claro, eso significa que tú tienes que reprimir tus verdaderos deseos. Pues bien, la gracia de este libro era la exaltación del mal gusto, de lo prohibido: ¡suéltate!, si quieres comer a dos carrillos ¡come a dos carrillos!, eructa, tírate un pedo, ¡sé maleducado!

P. Algo que casaba profundamente con una cosa muy española, que es el anarquismo.

R. Exactamente. Entonces, yo dije: si el corazón del español prefiere en el fondo no trabajar que trabajar, si no le gusta el poder sino ir en contra, esta novela tiene que vender. Claro, un informe así es un disparate, porque yo no soy sociólogo. Pero el libro se publica en marzo o mayo y a final del verano ya era un best seller en una editorial que no había tenido un best seller en su vida de doce o quince años.

P. Dices que vendió como millón y medio de ejemplares en España…

R. Sí. Ha vendido más en España que en ningún otro país del mundo.

P. ¿Te premió Herralde?

R. A su manera. En cualquier otro país, después de esto, te dan una palmadita en la espalda o te hacen un contrato. Pues no, Herralde me invitó a comer en el Tram Tram, que era el restaurante de menú de ricos del barrio de Sarriá de Barcelona.

placeholder Cubierta de 'Personaje secundario', de Enrique Murillo.
Cubierta de 'Personaje secundario', de Enrique Murillo.

P. Seguiste haciendo informes, sin contrato. Con Raymond Carver te falló el olfato y le recomendaste a Herralde que no lo publicase.

R. Lo de Carver, déjame decirlo porque a mí me gusta mucho reconocer mis errores. Cuando yo leía a los nuevos escritores norteamericanos, empezaba a leer Carver, y se me atragantaba. Entonces yo le decía a Herralde “este no hace falta que lo publiques, no es bueno”. Iba dejando sus libros a la espera, pero al tercer año ya no me preguntó y lo publicó porque le habían hablado de él sus amigos en Francia, en Inglaterra y en Alemania. E hizo bien.

P. El criterio es una cosa bastante huidiza. ¿Tú no crees que haya un materialismo literario?

R. No, hay un materialismo del negocio editorial. Es decir: imprimir, traducir… todo eso cuesta dinero. Si publicas y no vendes, puedes perder de cinco a diez mil euros por libro. Nunca puedes olvidar ese lado, y acabas cerrando la editorial.

P. ¿Cómo fue aquella comida del Tram Tram?

R. En aquella comida de menú, Herralde me dice: “quiero crear un premio literario”, y le digo yo: “ah, ¿el premio Anagrama de novela?”, y me dijo: “no, será el premio Herralde de novela”. Él tenía una sensación de que el mundo no era justo con él, de que él estaba haciendo una labor muy encomiable (cosa que es cierta), así que le puso su apellido al premio literario.

P. La gente cree que tú te presentas con una novela a un premio, con seudónimo y que hay una plica cerrada que se abre después de que el jurado haya tomado una decisión, solamente si ganas. Eso es lo que pone en las bases. Pero cuentas que, en el primer premio Herralde, las cosas fueron por otro camino.

R. Yo leía manuscritos para el premio, que eran todos una birria, hasta que de pronto leí uno que tenía madera, un texto de un auténtico escritor. Fui al despacho y le dije: “Jorge, por primera vez, llevo cien manuscritos leídos, por primera vez hay uno que es de un escritor”. Y no me pregunta de qué va la novela, ni nada. Coge el manuscrito, saca el sobre con la plica y, para mi pasmo, rasga el papelito y me dice: “Es de Álvaro Pombo, ¿te suena de algo?”. No me sonaba. “Bueno, hay un teléfono, voy a llamar”. Y le llama, y yo le oigo a través del teléfono al hombre superilusionado, pensando que había ganado: “oh ¿en serio?, ¿de verdad que os ha gustado? ¡Tengo otra mejor!” Y, esto es lo más curioso, Pombo empezó a mandar, para el premio, las novelas que tenía en sus cajones. Mandó cuatro. Un escritor descomunal que no lograba publicar nada, tenía los cajones llenos. Y a una de esas, Herralde le dio el premio.

P. Con Pombo se abre en Anagrama la puerta por la que va a entrar Vila-Matas, Javier MarÍas, y tantos autores. La editorial se va a convertir en lo que yo, como lector, he adorado. Sin embargo, cuentas que con Marías empezó todo mal, y acabó peor.

R. Cierto día, tomo la iniciativa y le digo a Herralde: “Mira, Jorge, el mejor escritor de mi generación es Javier Marías”. Y me dijo que no quería publicarlo, porque Marías era amigo de Benet. Le dije que también deberíamos publicar a Benet, y me dijo que tampoco, porque era novio de Rosa Regàs. Digo: ¿y qué pasa con Rosa Regàs?, y dice: “es que me debe dinero”. No era del todo cierto: habían tenido un problema grande con una distribuidora, pero es largo de explicar y está todo contado en el libro. El caso es que en esta editorial parece que nunca se hablaba de literatura. Se hablaba de personas, de conocidos. Por eso al cabo de unos años, cuando Vicente Molina o Félix de Azúa le dijeron que era bueno, Herralde decidió empezar a publicar a Marías.

"En Anagrama parece que nunca se hablaba de literatura. Se hablaba de personas, de conocidos"

P. Bueno, y ¿qué pasa años después entre Herralde y Javier Marías para que la relación acabe tan mal?

R. Yo empiezo el capítulo titulado 'El caso Javier Marías' diciendo que la historia que voy a contar excede mi capacidad de comprensión. Y sigue siendo así. ¿Por qué una editorial como Anagrama renuncia al único autor español que tenía que era capaz de vender cien mil ejemplares? Lo que yo recuerdo es así: Javier Marías me llama un día por teléfono cuando yo ya no estaba en Anagrama, sino en Plaza, para contarme que Herralde le anuncia una reimpresión de Corazón tan blanco, y ya hay sesenta mil impresos. Es octubre. Reimprime, me dice Marías, porque está seguro de haber vendido los sesenta mil, y quiere más para navidades, que es cuando más libros se venden. En marzo siguiente, llega una liquidación extraña y me consulta: “¿Tú crees posible que el libro haya vendido sólo cincuenta y dos mil?¿Por qué reimprimió entonces, alguien tan cauto y que mira tanto la peseta como él?” Javier estaba encendido, quería vivir solo de la escritura y era un obsesivo de todas las cosas de las liquidaciones, se lo apuntaba todo. Y exigió a Herralde una explicación “de lo que no tiene explicación alguna”. Y el conflicto empezó. Cada uno puso su orgullo. Herralde no dio su brazo a torcer.

P. ¿Cómo es posible que entre esas dos personas inteligentes y brillantes se diera esa situación?

R. Javier Marías firmaba cada liquidación con una nota que decía: “No estoy conforme”. Estando yo en Plaza, lo llamé y le hice una oferta de quince millones de pesetas de anticipo por su nueva novela, sin leerla, a ciegas, porque él ya era una marca. Me dijo que no. Al cabo de poco tiempo, Rafael Borrás decide que ya es hora de que el premio Planeta tenga a alguien que parezca literatura. Y se lo ofrece: eran entonces veinticinco millones. En medio de todo, Juan Cruz, que en aquél momento estaba en Alfaguara como director editorial, le ofrece X, no sé la cantidad. Javier negoció, y me dijo “al final ni lo de Borrás, ni lo tuyo, incluso menos de la mitad de lo tuyo”. Se quedó en Anagrama. Y siguió dudando de todas las cifras. Al final, a partir de hacerse cliente de la agencia de Mercedes Casanovas, acabó yéndose. Y sólo se puso públicamente lo que estaba pasando desde hacía muchos años cuando Herralde tuvo la mala idea de contarle a José M. Plaza, en una entrevista, que los autores estaban enloqueciendo y exigiendo cantidades brutales de dinero. Eso, cuando Javier le vendió Mañana en la batalla piensa en mí por una cantidad extraordinariamente inferior a la que le estábamos ofreciendo otros. Y ahí el choque se hizo finalmente público. Después, Marías se fue a Alfaguara.

"¿Por qué renuncia a Marías, el único español que tenía capaz de vender cien mil ejemplares? Excede mi capacidad de comprensión"

P. También cuentas un rencor de Herralde contigo.

R. A mí Herralde me dejó de hablar, ha hecho cosas feas y me ha calumniado. Ahora he contado algunas de esas cosas. Se enfadó cuando me fui de la editorial porque él se negó a hacerme contrato, pese al mucho dinero que le ayudé a ganar. Luego, a través del relato de Jordi Gracia, le hace decir desdeñosamente que yo llevé “una vida itinerante”, a diferencia de él. Claro, con la pasta que él heredó, sus negocios de terrenos en Ibiza, etcétera, tampoco yo hubiera llevado una vida itinerante. Yo tengo varios récords. El que más me enorgullece es el de los despidos de las industrias editoriales. Me han despedido de muchas editoriales. De donde no me despidieron fue de Anagrama, porque nunca trabajé con contrato. Siempre como falso autónomo. Años y años así. Traduciendo por las mañanas, más sábados y domingos. Y trabajando en la editorial por las tardes. Hasta le llevé la prensa…

P. En esas empresas prestigiosas que son las editoriales, tú dices que hay muchos parias.

R. Desgraciadamente, la edición que cacarea de sus récords de facturación cada año, resulta que es un gigante con pies de barro. Eso es terrible y voy a usar una palabra muy dura, miserable, por parte de la edición. La edición se basa en el trabajo de miles de personas en toda España, que se podría decir que son los únicos que trabajan los textos, porque son traductores, correctores de estilo y pruebas, maquetadores, etcétera… , que son todos ellos autónomos y que no llegan a fin de mes porque además cobran por tarifas bajísimas. Le he pedido en un artículo a Yolanda Díaz que resuelva esta situación. Es muy parecida a la de los riders de Glovo.

"Yo creo que la verdadera lectura no trata de hacernos mejores, sino peores. De pequeño, gracias a lo que he leído, me hice malo"

P. Hablamos de gente muy apasionada de la edición, muy preparada, muy dispuesta a dejarse la piel para que los libros se publiquen con un texto perfecto.

R. Yo he hecho, junto con una amiga traductora, un análisis comparativo que sale en el libro, con lo que cobró ella por un libro real que ella acababa de traducir en verano de 2024. Comparamos lo que ella cobró con lo que habría cobrado por el mismo libro una traductora francesa, alemana o inglesa, escandinava… Y tras averiguarlo, supimos que habría cobrado el doble, o un 40% más. Un amigo mío que es un editor alemán publica pocos libros traducidos al año, me dijo, “porque es muy caro”. Claro, paga las traducciones mucho mejor que con las tarifas españolas. Mientras que en España se paga a 10 o 12 euros la página, allí se pagan a 20 o 25 euros. Y le da al traductor un 2% de royalties desde el primer ejemplar, mientras que aquí te pueden dar un 0,025% o lo que sea, porcentajes absurdos, porque la ley lo exige. Pero se cumple la letra, no el espíritu. Que la industria siga hablando de sus buenos números pagando estas tarifas al personal no contratado, me parece fuera de lugar.

P. ¿Por qué sobreviven los libros a todas las plagas?

R. Yo creo que la verdadera lectura no trata de hacernos mejores, sino peores. De pequeño, gracias a lo que he leído, me hice malo, rebelde. Y así sigo. Y esto es lo bueno que tiene la lectura, cultura ni bobadas de las que dicen todos los políticos. Los lectores formamos una secta de gente malvada en relación a la falsa bondad, y falsa bondad hay de derechas, de izquierdas y de centro. La lectura es el lugar donde se piensa, y se piensa con unos cuantos locos parecidos a ti que se han encerrado años para escribir un libro ¿a quién se le ocurre? Es un refugio para la verdad, un refugio donde te sumerges en una experiencia cálida, donde estás solo tú con tu cabeza pensante y el libro, con el texto que ha escrito otra persona en igual soledad. Y ahí, leyendo estás tú, tú y tu infinidad, tus dudas, sobre todo tus dudas. Y eso sólo existe con el libro. Por eso sobrevive.

Enrique Murillo es un personaje secundario de la edición española y, según cuenta en su libro Personaje secundario (Trama editorial), es el hombre detrás de la publicación de algunos de esos libros que consideramos clásicos. Por su recomendación a Jorge Herralde se publicó en España La conjura de los necios de John Kennedy Toole, o se dio el primer premio Herralde a Álvaro Pombo. Su apuesta fue por abrir la narrativa española a las corrientes europeas y anglosajonas, por quitarle la costra de casticismo que pesaba sobre ella.

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