El lenguaje que hablamos todos los seres humanos: los números, la primera escritura
Los números actuales nacieron en India hacia los siglos V y VI. Allí surgió el cero como número y como símbolo, una verdadera revolución matemática. Llegaron a Occidente por los árabes y el Al-Ándalus
Templo en Nueva Delhi, India. (Reuters/Anushree Fadnavis)
Llegamos al mercado de una ciudad extranjera. El número 23 figura en un artículo en venta. El contexto indica el precio en moneda local. Si somos hispanófonos leeremos veintitrés; si anglófonos, twenty three; si polacos, dwadzieścia trzy; si hindúes, teís (तेइस); si indonesios, dua puluh tiga; si hablantes de suajili, ishirini na tatu. Miles de imágenes acústicas o palabras escritas que las representan y una imagen gráfica: 23. He aquí un sistema de escritura universal.
Es lo más claro que tenemos como lenguaje de todos. Lo sorprendente es que en Occidente aún sigamos empleando como alternativa la numeración romana(I, II, III, IV, V…) que recuerda la robustez de aquella civilización. Parecería que no necesitamos el segundo sistema, ciertamente, pero lo usamos para señalar los siglos (vivimos en el XXI), para las series de reyes (Felipe VI), para la organización de congresos (LI Congreso de la Lengua Española) y para los volúmenes o capítulos de un libro (Capítulo XXXII).
El acuerdo para utilizar las mismas cifras numéricas no fue programado. Ha surgido de manera natural por la necesidad de entenderse. Como los negocios son esenciales en el desarrollo, una numeración común permite medir, establecer una ubicación física o temporal, contar, ordenar y clasificar, comprar y vender, desarrollar la economía o codificar, por no hablar de su papel en la era digital. De no haber sido necesario, esa universalización de la escritura de los números no se habría generalizado.
En la escritura egipcia antigua, los números se representaban con un sistema jeroglífico de base decimal, pero no posicional. Usaban símbolos diferentes para las potencias de 10 y los repetían tantas veces como fuese necesario para formar el número. Una simple línea vertical era el uno; una especie de herradura o lazo el diez y un rollo de cuerda el cien. El mil, un loto. Con tan elemental base matemática –cuesta entenderlo– construyeron las pirámides.
El acuerdo para utilizar las mismas cifras numéricas no fue programado. Ha surgido de manera natural por la necesidad de entenderse
Los números en la escritura cuneiforme se representaban mediante un sistema sexagesimal (base 60) en lugar de decimal (base 10), aunque también tenía elementos decimales para números pequeños. Usaba cuñas triangulares < para las decenas y marcas verticales | para las unidades. Se escribió sobre tablillas de arcilla con un estilete triangular.
Los números fenicios se expresaban con un sistema aditivo y no posicional (similar al romano). Era el uno un trazo vertical y así hasta el cuatro, pero el cinco se escribía con un trazo horizontal parecido a una barra cruzada, y el diez un signo en forma de línea inclinada o aspa. Para el 20, 30, etc., se repetía el signo diez. Para el cien, otro símbolo especial, de forma circular o cruzada, según las inscripciones. Los romanos heredaron la lógica aditiva de los fenicios, pero introdujeron la sustracción (IV = 4, IX = 9).
Un reloj con números romanos, una muestra de la robustez de esta civilización. (C.C.)
Los números actuales nacieron en India hacia los siglos V y VI. Allí surgió el cero como número y como símbolo, una verdadera revolución matemática que fue adoptada en sánscrito. Se escribieron así: ० १ २ ३ ४ ५ ६ ७ ८ ९ y se llamaron números hindúes. Los matemáticos islámicos adoptaron el sistema indio y lo difundieron. En Oriente los escribieron con los siguientes signos: ٠١٢٣٤٥٦٧٨٩, que son los que se usan todavía en Irán, Irak, Siria, Egipto y otros países.
Llegaron a Europa por Al-Ándalus y Sicilia gracias a traducciones del árabe al latín. El gran difusor fue Leonardo de Pisa, también conocido como Fibonacci (c. 1170 – c. 1245). En su Liber Abaci (1202) explica cómo usarlos y las ventajas con respecto a los números romanos.
Existen otras lenguas que mantienen sus propias grafías para los números como el chino: 一, 二, 三, 四, 五 o el tamil ௧, ௨, ௩, ௪, ௫…, pero estos usuarios conocen también los de Fibonacci, que poco a poco sustituyeron a los romanos en la contabilidad, las ciencias y la vida cotidiana. La imprenta y la expansión de la aritmética los universalizaron.
Con solo cuatro cifras escribimos 1987, mientras que con números romanos necesitaríamos trece: MCMLXXXVII
Las ventajas de los números indo-arábigos son enormes porque el valor de un número depende de la posición de la cifra. (5 ≠ 50 ≠ 500) Eso permite escribir con pocos símbolos cantidades muy grandes. Por ejemplo, con solo cuatro cifras escribimos 1987, mientras que con números romanos necesitaríamos trece: MCMLXXXVII. El cero como número y como marcador de posición es una innovación única. Sin él no podríamos distinguir entre 45 y 405. Permite, además, cálculos más abstractos y es base del álgebra, la informática y la ciencia moderna. Con solo 10 símbolos representamos infinitas cantidades.
Lo extraordinario es que se comprenden en prácticamente todo el mundo. Esa universalidad facilita el comercio, la ciencia y la comunicación porque las otras variantes no interfieren. Y ya no hablaremos de su utilidad en matemática avanzada como el álgebra, la trigonometría, la geometría, la estadística… y, en estos tiempos, la computación digital.
La numeración universal es sencilla, versátil, universal y potente. ¿Podría esta universalidad generalizarse a la escritura? Creo que nunca tomaría forma y aceptación un sistema de escritura universal si lo propone un gobierno, un grupo de lingüistas o una sociedad cualquiera. Pero se generalizaría si la sociedad lo necesita. Debería ser abstracto, como los números, y no depender de localismos. Tendría que estar libre de asociaciones culturales fuertes, para que no fuese percibido como perteneciente a ningún grupo lingüístico, y desarrollarse de manera natural, fácil de aprender y de escribir con pocos trazos, y capaz de evitar complejidades como las que existen en alfabetos extensos o caracteres logográficos. Expresaría conceptos básicos compartidos y generalizados como objetos, acciones y relaciones. Aparentemente, la cuestión es mucho más complicada que los números porque el lenguaje humano es extremadamente diverso, pero todo depende de las necesidades.
Nunca tomaría forma y aceptación un sistema de escritura universal si lo propone un gobierno, un grupo de lingüistas o una sociedad cualquiera
El símbolo lingüístico universal debería permitir que pudiera leerse, como los números, en cualquier lengua, con la única condición de ser conocido por el lector.
Hay proyectos de este tipo en lingüística y semiótica, como los pictogramas o los símbolos de la ONU. También compartimos, por nuestra seguridad, las señales de tráfico, iguales en todos los países, sin que nadie las haya impuesto. Al volante, podríamos decir, hablamos el mismo idioma, un lenguaje universal basado en figuras geométricas y símbolos, entendidos por todos sean cuales fueren las lenguas.
No sabemos cómo puede evolucionar la comunicación entre la humanidad, ni siquiera podemos sospecharlo, pero estamos seguros de que después de lo que hemos alcanzado es difícil poner límites.
Llegamos al mercado de una ciudad extranjera. El número 23 figura en un artículo en venta. El contexto indica el precio en moneda local. Si somos hispanófonos leeremos veintitrés; si anglófonos, twenty three; si polacos, dwadzieścia trzy; si hindúes, teís (तेइस); si indonesios, dua puluh tiga; si hablantes de suajili, ishirini na tatu. Miles de imágenes acústicas o palabras escritas que las representan y una imagen gráfica: 23. He aquí un sistema de escritura universal.