Los 100 años de Richard Burton: el galés que conquistó Hollywood y destruyó su vida por el amor a Elizabeth Taylor
Cien años después de su nacimiento, la voz de Richard Burton aún retumba como un eco de lluvia y carbón. Actor inmenso, amante volcánico y alma indómita, su vida fue puro teatro dentro y fuera del escenario
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Este 10 de noviembre se cumplen cien años del nacimiento de una de las estrellas más magnéticas del Hollywood clásico. Richard Burton, aquel galés de voz profunda y carácter volcánico, fue un intérprete que no se limitó a actuar: vivió cada papel como si le fuera la vida en ello. Nunca ganó un Oscar, a pesar de sus siete nominaciones, fue ídolo shakespeariano y vivió un amor tórrido de idas y venidas con la inconmensurable Elizabeth Taylor. Un siglo después, su figura sigue causando fascinación.
Burton nació en Pontrhydyfen en 1925, un pequeño pueblo minero del sur de Gales, donde las montañas olían a carbón y lluvia. Su madre, Edith Maude Thomas (1883-1927), murió antes de que él cumpliera los dos años, y su padre, Richard Walter Jenkins (1876-1957) un minero que bebía para olvidar el cansancio, se perdió en las tabernas del valle. Lo crió su hermana mayor, Cecilia, con la ayuda de su esposo, y fue allí, en Taibach, donde el pequeño Richard aprendió a mirar la vida con hambre y determinación. Aquella infancia forjó un temperamento que nunca abandonaría.
Burton siempre dijo que su voz era “la voz de mi pueblo”, una mezcla de melancolía y furia contenida. Con ella conquistó los escenarios de Gales, luego los del West End y finalmente los platós de Hollywood. En su mirada se dejaba entrever la ternura del niño huérfano y la arrogancia del hombre que sabía ser distinto. El mundo lo conoció como una bestia escénica, pero tras esa máscara había un actor sensible que convirtió su vida en la más intensa de las interpretaciones.
Comienzos: del valle galés al escenario de Oxford
Su destino cambió gracias al profesor Philip H. Burton (1904-1995), maestro de escuela y dramaturgo frustrado, que vio en aquel adolescente rebelde un talento fuera de lo común. Lo adoptó legalmente, le enseñó a controlar su acento galés y a proyectar la voz desde lo alto del monte Margam. Aquel gesto paternal, más simbólico que legal, marcó el nacimiento de Richard Burton: el muchacho que cambiaría para siempre el teatro británico.
Con apenas dieciocho años ingresó en el Exeter College de Oxford, dentro de un programa de la RAF, y allí se forjó como actor. En 1943 debutó en Londres con The Druid’s Rest, y pocos años después ya era un nombre habitual en los teatros del West End. En 1949, durante el rodaje de The Last Days of Dolwyn, conoció a la actriz Sybil Williams, su primer amor y la mujer que lo acompañó en sus años de formación.
Durante los años cincuenta, Burton se convirtió en una fuerza imparable del teatro. En Stratford interpretó a los grandes héroes de Shakespeare y en el Old Vic consolidó su leyenda. Su magnetismo era tal que rechazó contratos millonarios para seguir haciendo teatro clásico por apenas 150 libras a la semana. Ese compromiso con el arte, y no con el dinero, lo situó como heredero natural de Laurence Olivier.
La radio también se rindió a su timbre inconfundible. En 1954 puso voz a la obra Under Milk Wood de Dylan Thomas, su compatriota y poeta admirado. Fue un papel que lo acompañaría toda su vida y que terminaría simbolizando la unión entre su tierra natal y su arte: Gales, Shakespeare y la palabra.
Éxito y excesos: de Shakespeare a Cleopatra
Hollywood lo descubrió en 1952, cuando rodó Mi prima Raquel junto a Olivia de Havilland, una interpretación que le valió su primera nominación al Oscar como actor secundario. A partir de ahí llegaron títulos como La túnica sagrada (1953), Alejandro Magno (1956) y Mirando hacia atrás con ira (1959), donde encarnó a los 'angry young men' del nuevo cine británico. Pero fue Cleopatra (1963) la película que lo transformó en una leyenda universal.
En Roma conoció a Elizabeth Taylor, y el rodaje se convirtió en un torbellino de pasión y escándalo. Aquel romance fue más sonado que la propia película, y ambos encarnaron como nadie el glamour y exceso en los años sesenta. El público los adoraba, los fotógrafos los perseguían y Hollywood se rendía ante su magnetismo. Burton era ya una superestrella, pero también un hombre en guerra consigo mismo.
Los sesenta fueron su década más intensa: Becket (1964), La noche de la iguana (1964), ¿Quién teme a Virginia Woolf? (1966) o Ana de los mil días (1969) lo consagraron como uno de los mejores actores de su generación. En el escenario de Broadway triunfó con Hamlet (1964) y más tarde con Camelot, donde ganó el premio Tony. Pero su relación con el alcohol comenzó a ensombrecerlo. En las fiestas, los hoteles y los rodajes, Burton bebía como su padre, buscando en el fondo de la botella algo que ni el éxito ni el amor le daban.
En los setenta, su carrera entró en un vaivén. Alternaba joyas interpretativas como Equus (1977) con producciones menores. Participó en El desafío de las águilas (1968), Barba Azul (1972) o El asesinato de Trotsky (1972). Su último papel fue el de O’Brien en la película 1984, la adaptación de la novela de George Orwell. Murió el 5 de agosto de ese mismo año, en su casa de Suiza, víctima de una hemorragia cerebral. Fue enterrado en Céligny, con un libro de Dylan Thomas y un traje rojo, el color que más le gustaba.
Amores y familia: el volcán de Liz Taylor
El 5 de febrero de 1949, con 23 años, se casó con una jovencísima Sybil Williams, de 19 años, con la que tuvo dos hijas: Kate (1957) y Jessica (1959). La primera, es una gran actriz de renombre, mientras que la segunda, autista, lleva internada más de 60 años en una institución médica, algo que siempre pesó al actor. Tras el rodaje de Cleopatra, donde surgió el intempestivo amor con Liz Taylor, que hizo temblar los cimientos de Hollywood, Sybil le puso las maletas en la calle y acabaron divorciándose a finales de 1963.
Se casaron el 15 de marzo de 1964 y su relación, marcada por el deseo y la autodestrucción, se convirtió en la más célebre del siglo XX. Con ella terminó los trámites de adopción de María (1961), que la Taylor había iniciado con su anterior esposo, Eddie Fisher. Juntos rodaron diez películas y protagonizaron millones de titulares. Vivieron entre rodajes, joyas, yates y discusiones que muchas veces acababan a gritos. Burton le regaló a Liz la mítica Perla Peregrina, pero ni los lujos ni la fama lograron apaciguar aquella tormenta. En 1974 se divorciaron, aunque un año después, el 11 de octubre de 1975, volvieron a casarse. Rompieron definitivamente ocho meses más tarde.
El actor intentó rehacer su vida junto a Susan Hunt, una modelo británica con la que se casó el 2 de agosto de 1976, un día después de su divorcio de Taylor. Este matrimonio también terminó en los juzgados en 1982. Finalmente, el 3 de julio de 1983, contrajo nupcias con Sally Hay, su última esposa, con quien encontró algo de serenidad en Suiza, donde murió trece meses después de la boda.
Richard Burton sigue siendo el espejo perfecto de la grandeza y la fragilidad humanas
A pesar de todo, nunca dejó de pensar en Elizabeth. “Nos destruimos el uno al otro”, escribió en sus diarios. La amó con la misma intensidad con la que interpretaba: sin medida, sin freno y sin red. Cien años después de su nacimiento, Richard Burton sigue siendo el espejo perfecto de la grandeza y la fragilidad humanas. Fue, sobre todo, un hombre que vivió cada instante como si fuera la última escena.
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