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¿Renunciarías a tu privacidad mental a cambio de una mejor rutina para el gimnasio?
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Israel Merino

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¿Renunciarías a tu privacidad mental a cambio de una mejor rutina para el gimnasio?

La UNESCO ha emitido por primera vez una guía que alerta sobre el riesgo que corre nuestra privacidad mental ante la próxima comercialización de los implantes: ¿merece la pena renunciar a ella a cambio de una pequeña nueva comodidad?

Foto: Reloj deportivo. (Pedro Moya)
Reloj deportivo. (Pedro Moya)
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El verdadero cambio de paradigma respecto a la privacidad no se produjo cuando George Bush, con las cenizas del World Trade Center todavía humeantes, propuso la tramposa disyuntiva entre seguridad o libertad amparada en la futura lucha contra el terrorismo, sino un año antes, en el 2000, al decidir una todavía puberta Google cambiar las reglas de la economía mundial – quizá sin saberlo – con el lanzamiento del embrión del Satanás de los datos: Adwords, la semilla del mal.

Aquella herramienta permitía usar los datos recopilados a los usuarios a través de un servicio para colocarles publicidad hipersegmentada que los incitara a comprar otro servicio, y así ahogarlos en un espiral atrapamoscas de anuncios, productos y suscripciones, todo diseñado con la meticulosidad de un cirujano; aquello caló tan bien que otros embriones del Satanás hiperconsumista del momento, como Amazon, replicaron la propuesta hasta estandarizarla y convertirla en un modelo al que hoy se reza con su propio padrenuestro: ya sabéis, ese que dice que si algo es gratis es porque nosotros somos el producto, amén.

El paradigma cambió porque nuestra información personal, antes reservada celosamente a nuestros círculos más íntimos, pasó a importarnos cuatro mierdas a nosotros mismos, pero mucho a todas esas tecnológicas que comenzaron a cotizar más que el PIB de algunos países medianos de África; pienso a veces en lo que pensarían mis abuelos, fallecidos antes de todo este mercadeo barato de información, si vieran que ahora publicamos diariamente información y fotos de nuestras vacaciones, de lo que comemos, de lo que hacemos, de lo que escuchamos, de lo que creemos, de nuestras fobias y de dónde vivimos. Les daría un apechusques de los gordos.

Todo lo que hacemos y somos es público para quien tiene las herramientas y el dinero suficiente para decodificarlo, sin embargo, todavía había un terreno dentro de nuestra cabeza, en los sótanos de la psique, al que no podían acceder directamente, solo a través de las proyecciones voluntarias o involuntarias en el entorno digital; no podían leer nuestros pensamientos ni reacciones mentales, hasta ahora. Porque el futuro está ya aquí.

placeholder Exposición interactiva 'La vida de una neurona' en Washington.  (EFE/EPA)
Exposición interactiva 'La vida de una neurona' en Washington. (EFE/EPA)

El pasado cinco de noviembre, la UNESCO, la organización de la ONU para la educación, la ciencia y la cultura, aprobó un documento con recomendaciones éticas, una guía, para acotar las aplicaciones comerciales fruto de la carrera neurotecnológica. Esto parece terreno de la ciencia ficción, pero aquí está comentándolo un columnista de actualidad baratillo.

El documento disecciona las aplicaciones tecnológicas de los posibles implantes y recopiladores de información neuronal, y, viéndoselas venir, alerta a las empresas sobre nuestro derecho a la privacidad, dejándoles caer de una forma no tan sutil que mucho ojo con lo que vayan a hacer con toda esa información que esos implantes puedan sacarnos de la cabecita; si a este columnista de actualidad baratillo se le ocurren varias ideas desquiciantes, imaginaos lo que puede diseñar un ejecutivo tecnológico con un incentivador salario de siete cifras.

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Ya no imaginamos futuros remotos al elucubrar que las tecnológicas pueden dejar de usar los datos que nosotros les proporcionamos “libremente” mediante sus plataformas para empezar a extraernos directamente las ideas y analizar nuestra conducta desde su raíz; hablamos de que Neurolink, de Elon Musk, comenzará a comercializar en no muchos implantes cerebrales que tendrán acceso a nuestra red neuronal, o que otros productos, como aparatos que midan nuestro rendimiento deportivo, pueden comenzar a usar los mismos métodos de conexión y volverse sin mucha dificultad imprescindibles de nuestras rutinas.

Y precisamente sobre esto último, lo imprescindible, va el debate: ¿hasta qué punto lo es?, ¿hasta dónde merece la pena?, ¿tiene sentido vender el último reducto de privacidad que nos queda a cambio de una mínima mejora en nuestra comodidad?, ¿cederíais a una empresa archimillonaria de Palo Alto vuestras más oscuras filias, quizá incluso algunas que ni conocéis, ya que el algoritmo las desgranará por vosotros, a cambio de una rutina de entrenamiento un poquito más personalizada o de que os enseñe un restaurante nuevo que coincida con vuestros más aplanados gustos? Quizá sea la muerte del misterio, el deseo y lo ignoto en pro de una mínima mejora que tampoco merece la pena; la comodidad no se merece si no hay detrás un motivo para disfrutarla.

Con el paso del tiempo, será difícil mantenerse al margen de estos nuevos aparatitos porque el capitalismo sabe crear necesidades metafóricas – aspiracionales – y materiales – no podremos hacer, por ejemplo, ciertas operaciones financieras sin algún tipo de autorización mental, menuda paranoia –, sin embargo, quizá forme parte del juego y la diversión resistirse y plantear dudas razonables: ¿de verdad merece la pena ceder nuestra privacidad mental?

El verdadero cambio de paradigma respecto a la privacidad no se produjo cuando George Bush, con las cenizas del World Trade Center todavía humeantes, propuso la tramposa disyuntiva entre seguridad o libertad amparada en la futura lucha contra el terrorismo, sino un año antes, en el 2000, al decidir una todavía puberta Google cambiar las reglas de la economía mundial – quizá sin saberlo – con el lanzamiento del embrión del Satanás de los datos: Adwords, la semilla del mal.

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