Michael Caine: "Dejé de beber al ver el efecto del alcohol en Richard Burton y Peter O’Toole"
Publicamos un capítulo de 'No mires atrás, tropezarás', memorias del gran actor inglés donde comparte vivencias sobre sus películas, sus amigos, sus consejos para los actores jóvenes o sus recetas (algunas gastronómicas)
Michael Caine en septiembre de 1968. (Getty/Hulton Archive/Evening Standard)
A lo largo de mi larga vida, he aprendido mucho y he tenido la oportunidad de reflexionar. He visto crecer a una nueva generación, entre la cual a mis propios nietos, que se enfrentan al mundo con todos sus desafíos y problemas. Como nunca había hecho un libro de entrevistas, le pedí a mi amigo Matt d’Ancona que me brindara el honor periodístico y me lanzara algunas preguntas. Lo que sigue es el resumen de muchas horas de conversación durante 2023 y 2024, durante almuerzos, cenas y ante innumerables tazas de café. ¡Que lo disfrutéis!
PREGUNTA. ¿Cómo se produjo el traslado a Hollywood?
RESPUESTA. Bueno, habíamos sido muy felices en un lugar llamado Mill House, en Windsor. Tenía 200 años, era un lugar precioso, con dos hectáreas y un río. Empecé a aficionarme mucho a la jardinería. Habíamos estado viviendo en mi piso de Grosvenor Square, pero esta era nuestra primera casa de verdad y era maravillosa. Nos casamos en Las Vegas en 1973 y Natasha llegó el verano después de que nos mudáramos a Mill House. Nos encantaba recibir a nuestros amigos los fines de semana, gente como Dennis Selinger, Bryan Forbes y Nanette Newman, Roger y Luisa Moore. Realmente sentía que tenía todo lo que una persona podía desear.
P. Y trabajabas con gente fantástica.
R. Así es. Fíjate en una película como Ha llegado el águila (The Eagle Has Landed, 1976): Donald Sutherland, Robert Duvall, Donald Pleasence, Anthony Quayle, Jenny Agutter… Todos ellos grandes nombres. Yo interpretaba a un nazi, el coronel Steiner, que dirigía la misión para secuestrar a Churchill. Estaba basada en una gran novela de suspense de Jack Higgins, uno de mis autores favoritos, y dirigida por John Sturges. Lo mejor de todo es que rodábamos a solo quince minutos de Mill House. No fue la mejor película que se ha hecho nunca, pero fue muy divertido trabajar en ella.
P. Y luego hiciste otra famosa película bélica, Un puente lejano (A Bridge Too Far, 1977), basada en el libro de Cornelius Ryan sobre la batalla de Arnhem.
R. Sí, fue una gran época para las películas corales: Richard Attenborough dirigía a un reparto increíble, con Sean Connery, Elliott Gould, Gene Hackman, Anthony Hopkins, Hardy Krüger, Olivier de nuevo, Ryan O’Neal, Robert Redford, Maximilian Schell, Liv Ullmann… La lista era interminable. El guion era de William Goldman. Miraras donde miraras, había estrellas por todas partes. No creo que hoy en día se pueda hacer una película así. Era algo épico en todos los sentidos de la palabra.
P. Así que intervenías en megaproducciones y vivías con tu familia en una casa preciosa. ¿Por qué dejar ese entorno idílico?
R. Bueno, antes hablábamos de los impuestos. Yo estaba en el tramo impositivo más alto y eso empezaba a ser ridículo. Algunos de mis compañeros actores ya se habían mudado a otros países: Sean Connery, Richard Harris, Roger Moore, Richard Burton y muchos otros. Al final, mis contables me dijeron que tenía que reducir drásticamente mis gastos o mudarme al extranjero. En aquel momento tenía una familia; no quería recortar el estilo de vida que me había costado tanto trabajo proporcionar a mi mujer y a mi hija. Por lo que pude averiguar, el impuesto especial no era realmente una forma de recaudar dinero, sino un castigo por el éxito. El Gobierno solo quería oír las reclamaciones de los pobres, y eso no es bueno. Nadie gana, solo se ahuyenta a la gente con talento. Así que decidimos mudarnos a Los Ángeles, una ciudad que ambos conocíamos bastante bien. Los dos teníamos amigos allí. Vendimos la casa a Jimmy Page, de Led Zeppelin, y nos fuimos. Fue triste dejar Inglaterra, pero era una oportunidad para convertir un problema en una oportunidad.
P. ¿En qué sentido?
R. Nos mudamos a Hollywood en 1979. Hay que tener en cuenta que yo no era un actor que empezaba y se iba a Hollywood para convertirse en una estrella de cine. Ya tenía cuarenta y seis años, había participado en grandes películas, la gente sabía quién era. Así que fue una decisión tomada a mitad de mi carrera, en realidad.
P. ¿Crees que es una mala idea que los jóvenes se vayan a Hollywood con la esperanza de hacerse famosos?
R. Bueno, cada uno tiene su propio camino hacia el éxito. A mí me funcionó. Me mudé por motivos económicos y a fin de estar en el centro de la industria cinematográfica estadounidense, pero también tuvimos suerte, porque era la última época dorada de Hollywood, cuando el mundo del cine aún se concentraba en un solo lugar y todo el mundo vivía en un barrio glamouroso. Hoy ya no es así. La industria cinematográfica está dispersa por el mundo.
P. En aquellos años trabajaste con muchos directores. En sus memorias, Oliver Stone elogia tu trabajo en La mano (The Hand, 1981): "Michael Caine estuvo magnífico, sutil, incluso creíble en la pelea culminante con la criatura".
R. Es muy amable por su parte. Por supuesto, era un director joven, de treinta y tantos años, y luego hizo Platoon y muchas otras películas estupendas. Sin embargo, La mano no era una gran película. Trata sobre un artista que pierde la mano, ¡que luego cobra vida propia de una forma descabellada! Pero se notaba que Oliver tenía mucho potencial. Solíamos verlo junto a otros directores en cenas en casa de Tita Cahn; ella estaba casada con Sammy Cahn, el gran compositor. Y Oliver siempre decía que mi mejor interpretación había sido en La mano. Bueno, ¡yo no estoy tan seguro! Pero le encantaba tanto el cine que se notaba que algún día haría una película clásica. Y así fue.
P. ¿Qué consejo le darías a alguien que alcanza su propio Hollywood? Me refiero a cuando llega a un punto de su vida en el que puede conocer a gente que puede influir mucho en su éxito o su fracaso.
R. Creo que es un error fácil de cometer el pensar que, una vez que has tenido un poco de éxito, puedes seguir adelante sin apoyo ni orientación. Crees que lo sabes todo, que tienes todas las respuestas. El problema es que, en cualquier ámbito de la vida, sea cual sea, las respuestas cambian constantemente. Fíjate en cómo ha cambiado todo con Internet. Siempre necesitas el consejo adecuado, personas sabias que te sirvan de apoyo y te animen.
R. Bueno, quizá no toda una población, ¡pero sí una calle corta! Una persona muy importante para mí en este sentido fue Swifty Lazar, cuyo nombre real era Irving. Solo medía metro y medio, pero era un agente muy destacado. Había representado a Bogart, lo que obviamente era muy interesante para mí. De hecho, fue Bogart quien le puso el apodo de "Swifty" (rápido), porque le consiguió tres contratos para películas en un solo día. Entre sus clientes también se encontraban Gene Kelly, Elizabeth Taylor y Cary Grant. Shakira y yo nos sentíamos como en casa en Hollywood gracias a él, que nos presentó a todo el mundo. Siempre me apoyó, movió los hilos y buscó la próxima oportunidad. Un día me llamó y me dijo: "Michael, ¡te he conseguido a alguien que te va a pagar mucho dinero si escribes tu autobiografía!". Yo le respondí: "Eh, ¡muchas gracias!". Y eso fue todo. De repente, ¡era escritor! Pero eso es lo que me gustaba de él. Sabía que me apetecían los nuevos retos, y así fue. La verdad es que he tenido mucha suerte con las personas que me han representado. La increíble Toni Howard es mi agente en Hollywood desde 1994 y ha sido fantástica durante estos treinta años; además, somos muy buenos amigos.
P. ¿Qué importancia tuvoShirley MacLaine al comienzo de tu carrera en Hollywood?
R. Enorme. Y muy generosa. Habíamos trabajado juntos en Ladrona por amor (Gambit, 1966) y fue gracias a ella que conseguí ese papel. Yo interpretaba a un ladrón y ella era una corista. También actuaba Herbert Lom. Era una comedia de suspense muy divertida. Y ella me organizó una fiesta maravillosa. No podía creer qué gente acudió, ¡fui como un niño con zapatos nuevos!: Gloria Swanson, Frank Sinatra, Liza Minnelli… Y luego entró Sidney Poitier. Fue increíble. Esa noche fue una especie de encuentro social. Algunas de las personas que conocí en esa fiesta se convirtieron en grandes amigos nuestros. Como Sidney; me encantaba Sidney. Nos vimos mucho y también trabajamos juntos. Hicimos La conspiración (The Wilby Conspiracy, 1975); eso fue antes de mudarme a Hollywood, pero pasamos mucho tiempo juntos. Era una buena película, dirigida por Ralph Nelson y rodada en Kenia. Pero en realidad trataba sobre Sudáfrica y los males del apartheid. Estuve orgulloso de formar parte de esa película, porque el mensaje era realmente importante. Sidney fue invitado a conocer al presidente de Kenia, Jomo Kenyatta, en Nairobi, ¡y siempre le daban mejor comida que al resto de nosotros en el hotel! Fue fantástico pasar todo ese tiempo con él. Era el hombre más amable que cabía conocer.
A Sidney (Poitier) siempre le daban mejor comida que al resto de nosotros en el hotel. Era el hombre más amable que cabía conocer
P. ¿Y tú interpretaste aNelson Mandela y aF. W. de Klerk a la vez, no?
R. Sí, eso fue mucho más tarde, en los noventa. Para entonces, el apartheid ya no existía, así que nos fuimos juntos a Ciudad del Cabo para rodar una película para televisión. Tuve que trabajar mucho con mi acento, porque quería hacerlo bien: es extraño interpretar a personas reales, sobre todo cuando aún están vivas. Conocí a De Klerk y hablé mucho con él, vi cómo fumaba sin parar, y Sidney conoció a Mandela, que elogió mucho todo lo que había hecho por la causa de la libertad.
Aunque no necesita presentaciones, Michael Caine es una leyenda (afortunadamente viva) del cine, nominado seis veces al Oscar, que todavía continúa trabajando a sus 93 años. Erasmus publica ahora la entretenida y larga conversación, a lo largo de once capítulos, mantenida con su amigo Matthew D'Ancona:No mires atrás, tropezarás.
P. ¿En qué se diferenciaba Hollywood en los años ochenta del Londres de los sesenta?
R. Oh, todo era muy diferente. Hollywood era una pequeña comunidad centrada en el negocio del cine. Lo común con el Londres de los años sesenta era la importancia de que la gente se reuniera; lo que hoy en día se llamaría networking, supongo. Pero para nosotros era simplemente muy divertido. Teníamos una casa en la que la piscina daba a la cocina. Y siempre hacíamos barbacoas para todos nuestros amigos.
P. ¿Quién venía?
R. Oh, mucha gente. Alguien me dijo que hay un documental sobre Jackie Collins…
P. Sí, Lady Boss (2021). Es muy bueno.
R. Hay imágenes de nuestras fiestas con Jackie, que era una gran amiga. Yo fumando puros —¡cosa que ya no hago!—. Fue una época muy feliz de nuestras vidas. Siempre había gente por allí: Leslie y Evie Bricusse, Johnny Gold, que fundó la discoteca Tramp en Londres, Anna Murdoch, que estaba casada con Rupert Murdoch en aquella época y vivía cerca de nosotros.
R. Sí, y estábamos bastante seguros de que volveríamos tarde o temprano. Pero queríamos disfrutar de ese momento: Shakira, Natasha y yo. Nunca sabías qué iba a pasar, con qué leyenda del cine te ibas a encontrar.
P. ¿Quién, por ejemplo?
R. Bueno, Gregory Peck nos invitaba a cenar muy a menudo. Y me hice muy amigo de Cary Grant, que por entonces tenía ya setenta y tantos años. Un hombre maravilloso. Un día, estábamos cenando en su casa y me dijo: "Tú vives por allí, ¿no?". Estaba a un par de colinas. Le respondí: "Sí, ¿ves esa colina de ahí? Está detrás. La casa la construyó Barbara Hutton". Él asintió con la cabeza, así que continué: "No lo sabrás, Cary, pero era la heredera de la fortuna Woolworth". Él sonrió y dijo: "Michael, estuve casado con ella". Eso tenía Hollywood en aquella época: todo estaba conectado de alguna manera.
Eso tenía Hollywood en aquella época: todo estaba conectado de alguna manera
P. ¿Crees que eso es cierto, en la vida en general? ¿La conexión?
R. Sí, y supongo que ahora todo el mundo está conectado con todo el mundo, ¿no? A través de Internet. Pero no es lo mismo. Aquello era una comunidad mucho más concentrada, cosa que no creo que exista tanto ahora.
P. ¿Por qué?
Creo que el mundo funciona de otra manera hoy en día. Se usa mucho el ordenador o el teléfono. Y muchas fiestas y cenas son ahora corporativas o patrocinadas. En aquella época también había algo de eso, pero la mayoría era simplemente gente que se mostraba hospitalaria. Todo era menos forzado.
P. Quentin Tarantino es un gran admirador de esa película y de tu interpretación. Debe mucho a Psicosis, ¿no?
R. Sí, como muchos thrillers. La cuestión es que yo quería algo diferente. No tenía ningún prejuicio y sentía que era importante salir de mi zona de confort. En aquella época, se consideraba valiente interpretar a un personaje gay, ¡y más aún a un asesino travesti! Bueno, ya había interpretado a un personaje homosexual en California Suite (1978) y lo volví a hacer en La trampa de la muerte (Deathtrap, 1982), dirigida por Sidney Lumet. El coprotagonista era Christopher Reeve, un tipo estupendo. ¡Y había sido Superman! Así que Dressed to Kill fue solo otro reto más. Creo que es un error que los actores piensen que el público no puede distinguir entre ellos
P. Al año siguiente de Vestida para matar, interpretaste a un futbolista…
R. Sí, en Evasión o victoria (Escape to Victory, 1981). Mi segunda película con el gran John Huston, unos años después de El hombre que pudo reinar (The Man Who Would Be King, 1975). Trata sobre un grupo de prisioneros aliados durante la guerra que juegan un partido de exhibición en 1943 contra los alemanes. Rodamos en Budapest. Y el reparto era increíble otra vez: Bobby Moore, Pelé, Ossie Ardiles y Sylvester Stallone en la portería. También trajeron a un grupo de jugadores del Ipswich Town, según recuerdo. Sly era muy divertido, aunque también estaba muy ocupado trabajando en la última película de la serie Rocky, así que tenía que marchar enseguida. Creo que solía escribir en su habitación del hotel, cuando se suponía que debía estar aprendiéndose el guion de nuestra película. Pero, de alguna manera, todo salió bien. Estaba muy metido en un increíble régimen de culturismo para estar en plena forma cuando le filmaran boxeando en cualquiera de las películas de Rocky. Cuando terminábamos una toma, él empezaba a hacer flexiones o vueltas al campo. Solo verlo era agotador. Stallone estaba en los inicios de su carrera y podría haber sido una pesadilla, pero resultó ser un tipo estupendo. Teníamos en común nuestros orígenes humildes: él era el chico de Flatbush, en Nueva York, al que todo el mundo rechazaba hasta que escribió esa pequeña película sobre boxeo e insistió en protagonizarla. Y ganó el Óscar a la mejor película. Tenía esa determinación inquebrantable. Lo cual es algo necesario, independientemente de lo que te propongas en la vida. Pero lo que más me impresionó fue lo fácil que era tratar con él. Estaba increíblemente concentrado, pero también quería llevarse bien con la gente. Esto es la combinación perfecta en cualquier carrera profesional. Fue, por cierto, una de las últimas películas que dirigió John Huston. Ya estaba un poco delicado de salud, pero seguía siendo un maestro del cine.
P. Creo que la última que hizo fue Dublineses: Los muertos (The Dead, 1987), basada en el relato de James Joyce.
R. Sí, eso es. No había nadie como él, la verdad. Recuerdo que a Sylvester le sorprendió lo poco que intervenía, lo mucho que confiaba en los actores. Pero así era John. Te contrataba y luego te dejaba hacer. Es el mejor tipo de liderazgo: contratas a los mejores y luego déjales trabajar. Y asume tus errores de contratación, si los cometes.
P. Con gente como John Huston, Gregory Pecky demás, ¿sentías que estabas viendo a una gran generación haciendo su último trabajo?
R. Por supuesto. Es lo que pasa cuando te acercas a la mediana edad. Eres consciente de que la generación anterior está yéndose. A veces te puede sorprender. Recuerdo estar sentado junto a Yul Brynner en una cena a mediados de los años ochenta. En aquella época, al final de la comida, los caballeros se retiraban a una habitación a fumar sus puros y las damas se quedaban allí fumando cigarrillos y charlando. Serví las bebidas, encendí un cigarro y me di cuenta de que Brynner no fumaba. Le pregunté: "¿No fumas cigarros?". Él respondió: "No, tengo cáncer de pulmón, moriré en un mes". Así que apagué mi cigarro, por cortesía, y él me dijo: "Fuma, Michael, poco mal me vas a hacer, ya". Y efectivamente, falleció poco después. Son pequeñas cosas que te pasan y que recuerdas toda la vida.
Yul Brynner me dijo: "Fuma, Michael, poco mal me vas a hacer, ya". Y efectivamente, falleció poco después
P. ¿Conociste bien a Richard Burton?
R. Bastante bien. Recuerdo haber ido a verlo interpretar Hamlet en el Old Vic, yo solo. Fue una representación famosa, así que años más tarde se lo mencioné durante una cena. Le dije: "Estuviste muy bien, pero fue el Hamlet más breve de la historia". Richard respondió: "Bueno, tienes que recordar, Michael, ¡que los pubs cerraban a las diez y media!". Podía ser el hombre más encantador del mundo y, al momento, enfadarse sin motivo. Estuve en una película con Elizabeth Taylor llamada Salvaje y peligrosa (Zee and Co, 1972), cuando todavía estaban casados, la primera vez. Cuando terminamos, era Navidad y, cuando se marchaban, les dije: "Feliz Navidad a los dos". Richard se dio la vuelta y gritó: "¡Vete a la mierda, Michael!". Bueno, ¡eso me pareció un poco inusual! En ese momento pensé que tal vez me odiaba por alguna razón incomprensible, pero…, mirando atrás, me doy cuenta de que fue por el alcohol y la cocaína. Le hacía decir cosas que no sentía en absoluto. Tenía cambios de humor terribles, ataques de celos. Y murió muy joven. Creo que solo tenía cincuenta y ocho años. Su última actuación fue una de las mejores, como O’Brien en 1984, junto a John Hurt, y parecía que tenía setenta años, ¿verdad? El alcoholismo es muy triste. Vi el efecto que la bebida tenía en él y en Peter O’Toole. No es de extrañar que hoy en día yo beba tan poco.
P. Debes de haber visto mucha adicción en el mundo del cine.
R. Sí, demasiada. Aunque no es tan grave como en el mundo del pop, creo. Pero cuando se tiene un poco de dinero y hay gente a su alrededor que les da todo lo que quieren, es un mal asunto. Cuando era más joven disfrutaba bebiendo, por supuesto, pero conocía mis límites y dejé de hacerlo después de mediados de los setenta. Es muy importante que todos se cuiden, especialmente hoy en día, con tantas drogas tan fácilmente accesibles para los jóvenes. Dios sabe qué contienen. No doy lecciones a nadie. Pero hay que estar entero para uno mismo y para la familia. Y si te pierdes, hay que pedir ayuda. No es algo heroico seguir autodestruyéndote. Antes bien, es lamentable. Por lo que sé, ahora hay más ayuda que nunca para las personas que están pasando por dificultades y creo que eso es estupendo.
'No mires atrás, tropezarás'. (Erasmus)
P. Tuviste un gran éxito interpretando al profesor universitario borracho Frank Bryant en Educando a Rita (Educating Rita, 1983).
R. Sí, ¡pero hay que estar sobrio para interpretar a un borracho en el cine! Fue un papel estupendo y me valió mi tercera nominación al Óscar, después de Alfie y La huella. Esta vez el premio fue para Robert Duvall, aunque Cary Grant tuvo la amabilidad de decir que, en su opinión, yo era el verdadero ganador. En fin, Educando a Rita estaba basada en una obra de Willy Russell y me reunió con Lewis Gilbert dieciséis años después de Alfie. La rodamos en Dublín, aunque la historia está ambientada en una ciudad inglesa. Tuve que engordar 13 kilos porque Frank es un profesor viejo y quemado que se ha dejado llevar. Recuerdo ver a Emil Jannings en el papel del profesor en el clásico de Marlene Dietrich, El ángel azul (1930), en busca de ideas; siempre se puede encontrar inspiración en las grandes películas del pasado.
P. Sin duda lo es. En ese sentido, ¿te preocupa que ahora sea más difícil para la gente ver películas antiguas? Ahora que los servicios de streaming como Netflix y Prime Video han sustituido prácticamente a los DVD y Blu-ray para la mayoría de la gente.
R. Es una cuestión interesante. No hay que olvidar que hasta finales de los setenta y principios de los ochenta ni siquiera existía el VHS. Solo se veía lo que ponían en el cine o en la tele. El vídeo doméstico no se popularizó hasta que nos mudamos a Hollywood. Así que ha habido un largo periodo en el que no se disponía de nada. A mí me gusta ir al cine; pronto habrá un total de cuatro cines en King’s Road. Uno de ellos tiene una foto de Sean en el escaparate y puedo saludarle cada vez que pasamos por delante. Pero entiendo la preocupación. Espero que siga siendo posible verlo todo en la gran pantalla. Sería una gran pena que las películas solo existieran en Internet. Creo que eso supondría el fin del cine.
P. ¿Crees que es una posibilidad real?
R. Es difícil decirlo. Creo que el negocio se ha vuelto demasiado dependiente de las franquicias y se arriesga menos que nunca. Pero ir al cine, me refiero a ver un film, tiene que seguir siendo un hábito para la gente, no corresponder a una mera salida ocasional. Hubo un tiempo en el que parecía extraño no ir al cine al menos una vez a la semana. Tengo la sensación de que eso ya no es así. Leo constantemente noticias sobre cines que cierran y me entristece, porque no se puede apreciar una gran película en la pantalla de un teléfono. Es imposible. ¡Imagínate ver El hombre que pudo reinar en un iPhone!
Recuerdo ver a Emil Jannings en el papel del profesor en el clásico de Marlene Dietrich, 'El ángel azul' (1930), en busca de ideas
P. O cualquier otra película, en realidad. Otro gran film que ha perdurado de la época de la que hablamos es Mona Lisa (1986).
R. Sí, con mi querido amigo Bob Hoskins. Él me pidió que hiciera esa película y, por supuesto, acepté. Le echo mucho de menos. Los dos éramos de la clase trabajadora londinense: él creció en Finsbury Park. La dirigió Neil Jordan, que es muy competente. Es una especie de neo-noir ambientada principalmente en las calles de Londres, y Bob interpreta a un tipo que acaba de salir de la cárcel y trabaja como chófer de una prostituta de lujo interpretada por Cathy Tyson. Yo soy el jefe de la banda, Denny Mortwell, ¡un tipo realmente siniestro! Me encantó actuar con Bob, un actor con mucho talento. Creo que su interpretación en El largo Viernes Santo (The Long Good Friday, 1980) es uno de los mejores momentos de la historia del cine británico.
P. Algunos actores cuentan el número de líneas que les corresponden en el guion antes de aceptarlo. Tengo la sensación de que tú buscas la calidad.
R. Mucho.Mona Lisa es un buen ejemplo de ello. Solo aparezco en unas pocas escenas. ¿Y qué? Sabía que sería una buena película y quería trabajar con la gente que participaba en ella, especialmente con Bob. Puede sonar extraño, pero si quieres ser una estrella de cine —o lo equivalente en tu campo— tienes que estar dispuesto a interpretar también papeles secundarios. No se trata de cuántos minutos apareces en pantalla. Se trata de lo que haces con esos minutos. Hay un momento escalofriante en el que le das su merecido al personaje de Bob Hoskins, George: "Soy bueno en las pequeñas cosas, esas pequeñas cosas que lo significan todo". ¡Lo había olvidado! Sí, Denny es un canalla, le encanta humillar a George. Y Bob, que era muy inteligente en la vida real, supo captar la mirada de un hombre intimidado y confundido. Me encantó trabajar con él, era un actor fantástico y un tipo estupendo.
P. Una comedia sin duda lograda fue Un par de seductores (Dirty Rotten Scoundrels, 1988).
R. Sí, y una de las películas más divertidas que he hecho. Estaba basada en Dos seductores (Bedtime Story, 1964), con David Niven y Marlon Brando, que era un filme estupendo. En la nuestra, Steve Martin y yo interpretamos a dos estafadores que compiten por el control de la Riviera francesa.
Fue un rodaje maravilloso. Steve era brillantemente divertido, muy generoso y un actor extremadamente inteligente. A veces improvisaba, pero siempre con un propósito: para hacer que la escena funcionara mejor, no para acaparar atención. La dirigió Frank Oz, que tiene un talento enorme para la comedia; también fue quien creó a Yoda y dirigió Los Muppets. Creo que Un par de seductores es una de esas comedias que envejecen bien: sigue siendo igual de graciosa hoy que en 1988.
A lo largo de mi larga vida, he aprendido mucho y he tenido la oportunidad de reflexionar. He visto crecer a una nueva generación, entre la cual a mis propios nietos, que se enfrentan al mundo con todos sus desafíos y problemas. Como nunca había hecho un libro de entrevistas, le pedí a mi amigo Matt d’Ancona que me brindara el honor periodístico y me lanzara algunas preguntas. Lo que sigue es el resumen de muchas horas de conversación durante 2023 y 2024, durante almuerzos, cenas y ante innumerables tazas de café. ¡Que lo disfrutéis!