La señora que era médica, cocinera, pinche, traumatóloga, administrativa y liberada sindical
No le toques a Javier Ruiz la verdad, que su sistema linfático vierte al torrente sanguíneo nervudos ademanes
Javier Ruiz entrevista a una liberada sindical
Por
Juan Soto Ivars
EC EXCLUSIVO
El programa de Javier Ruiz siempre está al filo de la información. Ver ese programa es algo trepidante. Todo es noticioso allí. Todo veracidad, sobre todo los gestos de Ruiz. Allí tienen las mejores fuentes, como quedó acreditado en la cobertura de la crisis de los cribados de los cáncer de mama en Andalucía de esta semana. Información veraz y contrastada siempre, con el tono exacto.
Habló Ruiz con una doctora y le pidió que informase con pulcritud como voz autorizada. El Sistema Andaluz de Salud estaba haciendo desaparecer documentos, ni los médicos, como la invitada, podían acceder a ellos. Salía esta doctora con la bata blanca, muy propia, y hablaba de lo grave que es todo: que nos digan la verdad, y tal. Javier Ruiz le daba su espada mirando a cámara con intensidad.
Pero luego publicó el ABC un bulo para enmendar la plana y verter fango. Con el ABC intoxicando no hay quien haga periodismo en la televisión. Contaban en ese panfleto que la señora que había salido con una bata blanca en el programa de Javier Ruiz estaba disfrazada y no era médico, sino una cocinera del hospital.
Escandaloso. Tuvo Javier Ruiz que ponerse serio. No le toques a Javier Ruiz la verdad, que su sistema linfático vierte al torrente sanguíneo nervudos ademanes. Se tensa, clava en la cámara los ojos chinorris con intensidad desaforada y no consiente que los medios de la fachosfera falseen su realidad. ¡Cocinera o pinche!, exclamaba Ruiz, que dispone de la información veraz. Y sacó un papel.
El papel lo aireó. Desde casa no se leía, pero era un papel auténtico, fibra de celulosa y tinta de impresora, de eso no cabe duda. Restregaba el papelito Ruiz, exclamando que atacaban a una valiente sanitaria. Aquí ya decía “sanitaria”, pero tal era su tono, que uno terminaba pensando que los médicos son sanitarios y las cocineras no, luego el ABC estaba mintiendo y difamando como siempre.
El papel que agitaba Ruiz con ademanes triunfales acreditaba punto por punto que la señora esa de la bata era… ¡Personal sanitario!, dijo Ruiz. ¡No cocinera! ¡Personal sanitario con todas las letras! La señora gimió Ruiz, tiene una plaza acreditada de admisión en traumatología, total nada, remarcó enfático. ¿Quién manda ahora, ABC?¿Quién es el amo del corral de la información veraz?
En este momento, Ruiz estaba bajando con gestos de loco hacia la sima más profunda del ridículo. La señora, a la que había tratado como doctora, a la que había preguntado cosas como si ella fuera una médica peleando sola contra el hermetismo de la Junta de Andalucía, había sido rebajada a personal sanitario con unos gestos de Ruiz que parecían significar más bien un ascenso, la cruz laureada.
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A mí ya me recordaba la escena a aquella otra mítica de Callejeros, cuando la policía detiene a un conductor borracho que rompe a decir “soy abogado, soy profesor, estoy embarazado, soy vigilante de seguridad, soy abogado, soy secreta, soy testigo de Jehová, soy del Opus Dei, soy mujer, soy transexual, soy travesti. Soy culturista. Soy religioso. Doy clases de chino mandarín”.
Al día siguiente, ya vino la señora a rematar a Javier Ruiz, porque en el hospital se le estarían acercando los leprosos y las parturientas. Javier Ruiz tenía la cara en paroxismo: una sonrisa con la muerte por dentro, y asentía con la cabeza como si fuera a darse un cabezazo contra la audiencia. La señora ya no llevaba la bata blanca, alarmante señal, y quiso disculparse.
Dijo que había entrado en el hospital de cocinera y Ruiz se puso a gritar que él empezó como becario. Luego quería la señora seguir hablando y la sonrisa de Ruiz era la de un loco: dijo la señora que había trabajado de administrativa y que ahora, lo que era, es liberada sindical. En la cara de Ruiz, en este punto, había una concentración de electricidad de tal magnitud que sobre ella podría freírse un huevo.
Parecía Ruiz el alcalde de "Pesadilla antes de navidad": el muñeco, aquel que tenía una cara de sonrisa loca, por un lado, y por la otra una cara de llanto desconsolado. Aquel al que le daba vueltas la cabeza.
Yo veía este festival de gestos de seriedad y tesón, esas sonrisas dementes, este carrusel de excusas dichas a la manera tajante de la verdad revelada al pueblo de los judíos con la fascinación con que uno mira a un niño disfrazado de caballero medieval y metido en su papel, con la espada de gomaespuma en ristre, convencido de estar venciendo a dragones imaginarios.
Conclusión: nuevamente ha dado gato por liebre la Televisión Pública, disfrazando a una sindicalista con una bata blanca, proporcionándole el tratamiento de doctora y extrayendo información veraz y contrastada del carnaval.
El programa de Javier Ruiz siempre está al filo de la información. Ver ese programa es algo trepidante. Todo es noticioso allí. Todo veracidad, sobre todo los gestos de Ruiz. Allí tienen las mejores fuentes, como quedó acreditado en la cobertura de la crisis de los cribados de los cáncer de mama en Andalucía de esta semana. Información veraz y contrastada siempre, con el tono exacto.