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Dios y TikTok, los nuevos vicios de tus hijos
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Galo Abrain

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Dios y TikTok, los nuevos vicios de tus hijos

Cuando la fe se vuelve filtro de Instagram, hasta Dios termina siendo un accesorio más del narcisismo moderno

Foto: Tik Tok y Dios, los nuevos vicios. (Reuters/Dado Ruvic)
Tik Tok y Dios, los nuevos vicios. (Reuters/Dado Ruvic)
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Algo que he envidiado siempre de los católicos es la confesión. Ese derecho a dirimirse de los pecados mentándoselos a una sotana tras una celosía. Lo del plan de Dios también tiene su punto. Si el destino está marcado, ¿por qué torturarse con las decisiones? Vamos, que, cogido así, por el dobladillo suave, no parece mala apuesta.

Doy por hecho que estas y otras facilidades espirituales son las que han parido este inesperado casamiento de la juventud y el famoseo con Cristo. Paso de entrar en prospecciones sobre Rosalía y su música, que quienes recordamos a Nina Hagen y somos fans del heavy metal, lo de meterle ópera a otros géneros no nos tira la mandíbula al suelo. A la Motomami prefiero incluirla en el mismo pack que a Mónica Naranjo, Dani Alves, Jaime Lorente y la joven cofradía tiktokera beata que ahora dice llenar su vacío existencial con sermones de domingo.

A mí esta moda del altísimo me chirría por muchas razones. La primera, no tengo muy claro a qué Dios se dirigen, y por qué han elegido al que lo hacen. Al fin y al cabo, la única diferencia entre un cristiano y un ateo es una más de las 3999 religiones en las que tampoco cree el primero.

Pongamos por caso, entonces, que se trata de algo más... cristian new age. La presencia del Hacedor en el corazón y todo eso. Me cuesta creer que el creador del universo, en su inmensidad, en su insondable infinitud, no tenga mejores cosas que hacer que andar escurriéndose en las vísceras de cada zutano con complejo de huérfano existencial. Pero así soy yo, vaya, un poco cenizo.

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Aceptemos la mayor y pongamos que todos estos nuevos creyentes se han metido bajo las faldas del cristianismo, que para algo es la religión verdadera, aunque yo no crea en ella. No puedo ser el único al que le escama pensar en un abstracto ente que nos vigila, en plan voyeur, dictamina unas cuantas normas de comportamiento y nos dice que, si no las obedecemos, si no somos siervos de sus designios, nos condenará a un infierno de fuego, a la más absoluta de las calamidades eternas, a la más vivaracha de las torturas porculizantes, pero… ojo, Él nos ama. Sé que los caminos de Dios son inescrutables, aunque algunos ya podrían estar un poco mejor pavimentados.

Seguro que un buen teólogo me tumbaría el argumento como un peleador de lucha libre. Y lo aceptaría de buen grado. No me opondría, jamás, a escuchar su argumentario. El fanatismo y la certeza absoluta son infecciones terribles contra las que más nos valdría vacunarnos.

Dios, visto así, con sus demandas, exigiendo pleitesía a la restricción y a la disolución de los egos bajo su voluntad, sí me convence más. Un Hacedor un poco canalla o, como escribió Sábato, con accesos de locura que son nuestra existencia. En cambio, a esta ocurrencia neocristiana de los antes mencionados, me parece que lo mismo les hubiera valido apuntarse a Comisiones Obreras o alistarse en el ejército.

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Todos y cada uno de ellos encuentran en Dios una respuesta que los satisfaga, que los mime y los cuide, que les dé un propósito más allá del ombliguismo de sus vidas. De sus carreras. Si bien, irónicamente, la forma en la que definen su fe es de un narcisismo de aúpa.

¿Cómo era aquello de “no pienses qué puede hacer tu país por ti, piensa qué puedes hacer tú por tu país”? Pues con la religión debería de ser parecido, y no veo a estos más que satisfaciéndose por la tutela que les ofrecen sus creencias. Bonita forma, según lo veo, de aniñarse.

“Libertad es conciencia de la necesidad”, decía Hegel, y donde se ha impuesto un eclipse del silencio y de la carnalidad, ambos sepultados por la pesada losa de lo digital, donde las certezas están marchitas y la vida parece, ya no líquida, sino vaporosa, la necesidad es una creencia y la libertad seguirla. Pero exige un alto cargo de madurez asumir la creencia en uno mismo, y en el valor de los demás, con todas sus consecuencias, y muy poca decidir plegarse a la fe en un Dios inalcanzable, pero propio. A la carta.

El libre albedrío te hace responsable de tus actos. Como decía al principio, qué envidiable es, al contrario, creer que el responsable siempre es otro.

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¿Por qué partió la pana el estoicismo y ahora lo hace Dios? El núcleo es, grosso modo, el mismo. Saciar una imparable necesidad de atención y una perversión de la creencia original, porque yo lo valgo. Manipular algo que bucea en la concepción misma de la humanidad para moldearla y sazonarla como le dé la gana al espabilado de turno. Y por eso hay estoicos millonarios, y santurronas influencers que no pisan misa, predican a Cristo, y luego se van jarana minifaldera a pecar como cosacas.

No estoy en contra de ninguna de esas cosas (especialmente de la última). Pero, por favor, no me las mezclen porque no casan juntas. El agua y el aceite, fenomenal, pero por separado.

Como suele ocurrir, a España nos llegan las cosas de los yanques a rebufo. Lo de la religión como excusa para el onanismo espiritual que ya estaba tardando. A los telepredicadores estadounidenses aquí les faltaba algo como las redes sociales para hacerse carne, y ahí los tenemos ahora. Un revivir teocéntrico neoliberal. Coaching emocional suscrito por la parroquia.

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Además, piensen en lo duro que es hoy en día enfangarse en horas y horas de post en Instagram donde todo parece chachi pistachi, guay del Paraguay, flipante que te pasas, bro, mientras tu vida es una mierda. Una flatulencia sin ningún glamur. ¿Así cómo no va a triunfar Dios? Algo abstracto y fácilmente alcanzable sin importar la belleza, el poderío económico o la estirpe familiar.

Eso hay que reconocérselo al cristianismo, es democrático de cojones.

Todo en este posmisticismo de pandereta me suena a engrandecimiento del yo por encima de todo. Si Tom Wolfe llamó a los años 70 “La década del yo”, hoy debería llamarse la década del “yo, mí, me conmigo”. Y ese es el Dios que tanto les gusta a todos estos, un Dios a su imagen y semejanza, que no al revés. Un Dios compresa, para usar cuando haya fugas y olvidar para lo demás.

Ojalá me equivoque, vete tú a saber, y de verdad el despertar creyente de este milenio venga acompañado de todo aquello que a una erudita como Simone Weil le hacía reivindicar un fuerte misticismo, a pesar de sus dudas religiosas: la defensa de los oprimidos, el sacrificio por el prójimo, la fe en un espíritu más elevado a través del conocimiento y la humildad en todas sus formas.

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Como decía Pasolini, quien también tuvo una estrecha relación con la divinidad: “Pienso que es necesario educar a las nuevas generaciones en el valor de la derrota. En manejarse en ella. En la humanidad que de ella emerge. En construir una identidad capaz de advertir una comunidad de destino, en la que se pueda fracasar y volver a empezar sin que el valor y la dignidad se vean afectados. [...] Ante esta antropología del ganador de lejos prefiero al que pierde”.

Me da en la nariz que esta nueva pléyade concibe poco eso de perder. De la derrota. Y, a la manera capitalista que nos cubre hasta el cogote, usará a Dios para vencer. Siempre vencer. Aunque la lucha sea, básicamente, de ellos contra los demás.

Algo que he envidiado siempre de los católicos es la confesión. Ese derecho a dirimirse de los pecados mentándoselos a una sotana tras una celosía. Lo del plan de Dios también tiene su punto. Si el destino está marcado, ¿por qué torturarse con las decisiones? Vamos, que, cogido así, por el dobladillo suave, no parece mala apuesta.

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