Las desdichadas relaciones entre Juan Carlos I y la burguesía madrileña
Mientras el Emérito asegura en sus memorias haber sido víctima de amantes y empresarios, una novela cuenta la historia de una dama de la alta sociedad instrumentalizada sentimentalmente por el monarca
Bárbara Arena posa para El Confidencial. (G. G. C.)
Decía Errejón que era peligroso que el personaje acabara devorando a la persona. En algún momento de los ochenta, a Julio Iglesias quizá le preocupó también el tamaño de dicha escisión en su cabeza, pues vendía imagen de latino ligón en serie, pero en sus canciones se lamentaba de ser traicionado por las mujeres una y otra vez...
Son cosas que se le vienen a uno a la cabeza siguiendo la promoción francesa de las memorias de Juan Carlos I, en las que ha dicho que él solo fue una víctima de la "cacería al hombre" de Corinna Larsen..
Pero mientras el emérito trata de convencernos de que el borboneado siempre fue él, la novela Un adiós, de Bárbara Arena, nuevo Episodio Nacional de la colección de Lengua de Trapo y el Círculo de Bellas Artes, sostiene lo contrario... desde una premisa atrevida: una antigua amante de un rey que se parece mucho a Juan Carlos I, se presenta en su funeral. Premisa explosiva para un libro que, no obstante, como su protagonista, circula cauto y sutil como una merienda en un salón de té victoriano. La novela, con pinta de revelación literaria de la temporada, ha despachado su primera edición nada más salir.
Los protagonistas de la novela son de los que se mueven en estos escenarios: montar a caballo en Doñana y esquiar en Baqueira. Veranear en Santander y cazar en Extremadura. Nadar en Puerta de Hierro y chismorrear en Embassy. Son actividades para unos pocos, de acuerdo, pero por muy burgués que uno sea, no hay escudo social que te proteja cuando un Borbón te quiere borbonear. A finales del siglo XX, en efecto, no importaba que uno fuera rentista del barrio de Salamanca, banquero de Neguri o frágil damisela de la alta sociedad, que si Juan Carlos I tenía ganas de enredar, más te valdría que no te pillara despistado, como le pasa a la incauta protagonista de Un adiós.
Bárbara Arena (Madrid, 1988) es hija de esos mundos, con un oído sensible a los pequeños dramas familiares de una clase que sigue prefiriendo lavar los platos sucios en casa porque romper la baraja sería una ordinariez. Hablamos con ella sobre la hipnosis juancarlista, el qué dirán y qué pasa cuando tratas de borbonear a la persona del barrio equivocado.
Portada de 'Un Adiós', de Bárbara Arena.
PREGUNTA. ¿Por qué su protagonista no le cuenta a nadie —salvo a su familia— que ha tenido un hijo con el rey?
RESPUESTA. Creo que hay una especie de mandato interno, no verbalizado por nadie, pero interiorizado de algún modo, que estipula que la fidelidad a la institución monárquica está por encima del bienestar individual y familiar. Lo tienen tan interiorizado que ni siquiera se plantean otra opción. Obstaculizar la vida del que yo llamo "invitado ilustre", inspirado en un rey, no es una opción.
P. En ese secreto familiar también juega un papel el qué dirán.
R. Hay una ambivalencia ahí, porque si se supiera quién es el ilustre padre de la criatura, ella salvaría su reputación de madre soltera de un desconocido. Pero acaba primando su fidelidad a la monarquía que su propia supervivencia social. De puertas para dentro, con todo, la familia interpreta que haber tenido un hijo del rey, aunque nadie se haya enterado, aumenta el prestigio familiar. Es una condena social y a la vez un orgullo íntimo.
"Bárbara Rey se salió completamente de los códigos de clase que manejaban en la corte"
P. Volviendo al qué dirán. Aunque la trama transcurre hacia finales del siglo XX, por momentos parece estar uno en la campiña inglesa de hace doscientos años, en una de esas novelas de Jane Austen repletas de secretos familiares y chismorreos contra la reputación. Tonto de mí, pensaba que, a estas alturas del siglo XXI, las clases encapsuladas habrían abierto las ventanas para que corriera por fin el aire…
R. Yo diría que aún no. Son entornos todavía muy cerrados, donde imperan las murmuraciones de salón. En estos entornos, socializar pasa por hablar sobre lo que hace el otro con su vida, porque no hay muchos otros temas de interés. El chisme les une a todos de alguna manera. Son círculos pequeños en los que todos se conocen, donde se habla mucho sobre la vida ajena, pero también hay miedo a que el objeto de la rumorología... seas tú. Se trata de hablar sobre lo de los demás, sin que se hable de lo tuyo.
La protagonista de la novela, por ejemplo, habla mucho sobre la vida de su nuera, pero calla lo suyo. Como si el manoseo de la vida ajena pudiera acabar tapando la tuya.
P. Hay un momento del libro en que ella va al psiquiatra, que entonces era una cosa vergonzosa en muchos estratos sociales. El caso es que le funciona. Ahora que ir a terapia ha dejado de ser un tabú, ¿sigue siéndolo entre las clases pudientes?
R. Hay que tener en cuenta que la novela habla de la generación previa a la nuestra. En el entorno de mis padres no estaba nada normalizado. Para la protagonista de la novela ir a terapia es una vía de salida porque puede hacer lo que no estaba haciendo hasta entonces: hablar. Ella y su familia están constreñidos.
Bárbara Arena: 'Las elites están en entornos todavía muy cerrados, donde impera el chismorreo de salón'. (G. G. C.)
P. Esto se refleja en la forma literaria del libro...
R. En efecto, el estilo literario es muy contenido porque ella está encorsetada hasta de pensamiento. Es una mujer profundamente reprimida. Yo le ofrezco la vía de escape de poder verbalizarlo al menos, en una familia donde la madre no emite, el padre no sabe que su mujer toma tranquilizantes y el médico de cabecera gestiona discretamente las recetas… Hay una gestión subterránea constante para no hablar con naturalidad sobre los conflictos. Mientras tanto, el psiquiatra trata de ventilar el cuarto cerrado.
P. Saltemos a Juan Carlos I, al que no menciona por el nombre en el libro. Si las dividimos por su actitud, el emérito ha tenido dos tipos de amantes. Las que han ido a la guerra (Bárbara Rey y Corinna) y las que han callado (todas las demás). En su libro estaría el epítome de las que se han callado. Silencio por respeto a la institución monárquica. ¿La pertenencia a una clase también ha determinado el silencio de las amantes del rey?
R. Sí, Corinna al margen, la clase ha jugado un papel decisivo, porque no es lo mismo ser una vedette que alguien de clase alta.
[...]
Antes de que Arena explique esto último, toca hacer un breve recordatorio para millennials de la trifulca Juan Carlos I/Bárbara Rey, que en su momento álgido, primeros años noventa, era un chismorreo underground que tardaría aún mucho tiempo en llegar al mainstream. Cuando Juan Carlos decidió cortar del todo con Bárbara (adiós, muy buenas), ella se enfadó. Resultó que la actriz había estado grabando sus encuentros con el Borbón. Los servicios secretos tiraron la puerta abajo de la casa Bárbara en busca del material. Ahí es donde una persona más cohibida hubiera tirado la toalla, pero ella aguantó la presión y acabó sacando tajada a la relación real. En definitiva, Barbara Rey no se dejó borbonizar. Le ganó el pulso al Estado -cosa que un ciudadano anónimo solo suele conseguir en las películas de Hollywood- por arrojo y carácter. De acuerdo, podemos hablar también de chantajismo, pero lo importante para este artículo es lo siguiente: Bárbara Rey, antes muerta que borbonizada. Pero en esta historia, además, hubo un componente de clase. Volvemos con Arena.
P. Bárbara Rey no es que no se callara, es que fue a la refriega con todo.
R. Creo que hubo una incompatibilidad de lenguajes entre ella y el monarca relacionada con la clase. Bárbara Rey se salió completamente de los códigos de clase que manejaban en la corte. Sus códigos eran mucho más viscerales. Las componendas de clase no iban con ella, que era mucho más explosiva. Los códigos de discreción que se presuponían para una situación así, para seguir manteniendo el statu quo real, tampoco iban con ella. Fue el choque de dos lenguajes antagónicos, de dos personas que partían de encuadres y frecuencias distintas.
P. No tenía el freno social que tenían otras...
R. No, ella no tenía ninguna herencia familiar o aprendida que le llevara a ser sumisa con este señor por mandato interno. Para ella no era una cuestión de clase, sino de sumisión.
P. A mí ella siempre me ha parecido muy echada pa'lante, además, la popularidad le había empoderado.
R. También es una mujer que lo ha pasado muy mal, que ha sufrido mucho. A lo mejor, simplemente no se dejó nublar por la desigualdad que regía en las relaciones sentimentales con el rey, en las que él tenía siempre la primera y la última palabra. Quizá Bárbara Rey se la tomó como una relación de igual a igual, y así, claro, solo podía acabar reventando.
P. Corinna sería la excepción que confirma la regla, porque ella sí venía de las clases altas, pero fue al choque. Supongo que también tuvo que ver que el contexto era diferente, por decadente, el Rey al que Corinna acaba sacando los cuartos, ya no era el que hacía y deshacía a su antojo en el siglo XX. O Corinna no como desencadenante de la crisis real, sino como síntoma.
R. Puede ser. A mí me parecen curiosas las elecciones sentimentales de este hombre, que no se protege gran cosa. Toma decisiones sentimentales arriesgadas para su posición. Hubiera sido mucho más fácil para él estar siempre con mujeres como las que describo en el libro, más sometidas a unos códigos. Corinna es una señora extranjera sin fidelidades a las instituciones nacionales. Era una elección sentimental arriesgada de antemano.
El Rey Juan Carlos en Aix-la-Chapelle (Getty/Jacques Pavlovsky)
P. Cuando uno acostumbra a hacer lo que quiere sin filtros, supongo que es más fácil arriesgarse, total, nadie le iba a pasar cuentas… hasta que se las empezaron a pasar.
R. Puede ser. Hay mucho que elucubrar ahí.
P. En la promoción francesa de sus memorias, el emérito ha justificado la relación con Corinna diciendo que fue fruto de la "debilidad de un hombre", y que fue "presa fácil de la caza al hombre". ¿A qué le suena esto?
R. (Se ríe). Yo no puedo juzgar en qué estado estaba este hombre cuando se encontró con esta mujer, pero presa fácil… El rey tenía todas las herramientas y recursos para elegir con quién estaba y con quién no estaba. No sé en qué contexto podía ser vulnerable ¿Emocionalmente? No puedo sentenciar respecto a su psique, pero cada uno es responsable de sus actos.
"Las clases altas sentían una fascinación absoluta con Juan Carlos. Ahora hay respeto hacia Felipe"
P. A mí esas palabras me han sonado a territorio Julio Iglesias, eternamente ligón en la vida real y eternamente abandonado en sus canciones.
R. Sí, es el clásico Don Juan español y mediterráneo, siempre víctima y siempre verdugo. Una ambivalencia constante en la se presentan como mártires de las mujeres a la vez que ejercen una irresponsabilidad sentimental constante. Es el ligón a gran escala que solía ser una figura decisiva en nuestra cultura.
[...]
El borboneo juancarlista tuvo dos variantes principales: la empresarial y la sentimental, que es la que toca en la novela. Estos borboneos solían implicar a la burguesía madrileña, clase social con la que el rey hacía negocios. Lo empresarial y lo sentimental se cruzaban en ocasiones, como cuando los empresarios amigos del rey le dejaban sus mansiones para sus correrías (algo que también está en la novela). En la gira de sus memorias el emérito ha utilizado excusas parecidas a las de Corina para justificar los suculentos negocios oscuros de su mandato: "Tuve la debilidad de confiar en hombres de negocios". "Estuve ciego ante un entorno malintencionado". Como si Juan Carlos I hubiera sido una víctima indefensa de Fórum Filatélico, en lugar de un jefe de Estado ávido de dinero.
Preguntada por los borboneos empresariales del rey, Arena contesta con una reflexión: "Lo que intento reflejar en mi libro es un entorno al que el rey ni siquiera necesita expresarle un deseo, porque muchos tratarán de satisfacer ese deseo antes incluso de que se manifieste. Presupongo que si estás acostumbrado a existir así en el mundo, se producirán constantemente vínculos de interés recíproco, moralmente confusas, con muchos grises, en términos no siempre estipulados abiertamente, porque todo vendrá sobreentendido o como hecho consumado. No quiero entrar al detalle de los negocios, porque no soy experta en eso, pero intuyo que en ese mundo de privilegios, cuando te ponen las oportunidades en bandeja, das por hecho que puedes extender la mano...
P. Además de las puertas que se le abrían por ser el monarca, estaba también el factor humano, o la fascinación que sentía hacia Juan Carlos la sociedad española en general, y las clases altas en particular. La familia de su libro calla por fidelidad, pero entiendo que también por fascinación.
R. Esa clase social sentía una fascinación absoluta con Juan Carlos. En la novela, los pocos que saben que es hijo del rey, como el padre y el cura, sienten fascinación total por el niño… por ser hijo de quién es. Como si desprendiera energía divina. Totalmente epatados. Es algo asombroso. Un sentimiento muy poderoso. Que tú no tengas que hacer nada para que el otro se fascine contigo. Entras en un cuarto y ya generas eso a tu alrededor. Te basta con existir. Es un superpoder. Probablemente, las personas que ostentan este poder no son conscientes de hasta qué punto se tiene que ejercer con responsabilidad.
Bárbara Arena: 'Creo que lo que más se valoraba de Juan Carlos era su diplomacia inherente, como si hubiera nacido con unas capacidades para ser encantador'. (G. G. C.)
P. Al margen del magnetismo de su cargo, ¿qué estrategias de seducción ponía en juego Juan Carlos? Hay una evidente, que es la campechanía, que le valió para llevarse a mucha gente al huerto, pues pensaban que los chascarrillos del monarca le convertían en uno más.
R. Creo que lo que más se valoraba de Juan Carlos era su diplomacia inherente, ni siquiera aprendida, como si hubiera nacido con unas capacidades para ser encantador, para hacer reír a Lady Di en Mallorca. Un carisma que le hacía quedar fenomenal por el mundo,. Nuestro superembajador. Eso ni siquiera requería de trabajo, era indisoluble de su ser.
P. ¿La magia campechana se ha perdido?
R. Ahora es otra cosa. A lo mejor era necesario perder esa campechanía para resetear desde otro lugar.
Ahora hay una transición monárquica hacia la profesionalización. Felipe es un profesional de la monarquía. Juan Carlos era un rey que no trabajaba para ser rey. Lo que había con Juan Carlos era un encantamiento, y lo que hay con Felipe es mero respeto. La gente que respeta a Felipe le respeta desde otro lugar, no está enamorada de él. En cambio, con Juan Carlos hubo un enamoramiento.
[...]
Para cerrar la función en lo más alto, extracto de Un adiós de cuando la ex amante secreta del rey se presenta -un tanto volada- al funeral del rey:
"¿Habrá aquí, escondida en alguna parte, otra que haya sido amante? ¿Habrá alguien que haya sufrido tanto como sufrió ella, esperando una llamada que nunca llegó? Escudriña a los concurrentes. La edad iguala las facciones; todos ellos podrían ser primos. Ubica varias caras. Le deprimen sus rasgos, derritiéndose como mantequilla alemana, y sus ojos uniformes. ¿Qué misterios cobijarán sus almas? Los visualiza desnudos, entregándose a una animalidad turbadora, y luego sentados a la mesa, debatiendo acerca de política o economía. Algunas de estas personas han estado juntas desde la adolescencia, desde la infancia incluso; se saludan con confianza, afirmarían que se conocen, pero los rincones internos vetados a escrutinio ajeno superan con creces los mostrados. Bordan una coreografía que no contempla el tropiezo, o que reintegra el tropiezo en el baile para que el baile prime sobre el tropiezo. Una ocurrencia atraviesa su cerebro, desbocada, como un rayo o una estrella fugaz, irrefrenable. ¿Y si corriese hacia el altar y abriese el ataúd, montase un alboroto, tirase del pelo de la viuda?’".
Pueden apostar ustedes ahora a si la mujer montará o no un numerito en el funeral. Lo único seguro es que, cuatro décadas después, sigue perpleja por haber sido borboneada sin darse cuenta. El juancarlismo también era esto. . .
Decía Errejón que era peligroso que el personaje acabara devorando a la persona. En algún momento de los ochenta, a Julio Iglesias quizá le preocupó también el tamaño de dicha escisión en su cabeza, pues vendía imagen de latino ligón en serie, pero en sus canciones se lamentaba de ser traicionado por las mujeres una y otra vez...