Así era la sombría Inglaterra que hace 450 años alumbró a genios como Marlowe y Shakespeare
En la época de represión y miedo de finales del siglo XVI Christopher Marlowe, hijo de un zapatero, lideró una explosión cultural. Stephen Grenblatt cuenta su historia en "El Renacimiento Oscuro". Publicamos un fragmento
El dramaturgo inglés Christopher Marlowe (1564 -1593). (Getty Images)
A un italiano sofisticado que viajara a Inglaterra a finales del siglo XVI, la isla podría no parecerle, como al antiguo poeta romano Virgilio, "completamente separada de todo el mundo", pero sin duda la habría encontrado sombría. En Londres, claro está, el visitante habría visto muchos signos de riqueza y poder: la amplia residencia real de Whitehall; las espléndidas viviendas de los grandes aristócratas y sus séquitos situadas a lo largo del Támesis; la magnífica abadía de Westminster, con las tumbas reales; las calles adoquinadas del bullicioso centro comercial, algunas de ellas adornadas con hermosas fuentes, y una inquietante fortaleza, que se decía que fue construida por Julio César y que se utilizó en el siglo XVI como prisión, casa de la moneda, armería y casa de fieras real. Sin embargo, otras muchas cosas también habrían dado que pensar a un visitante extranjero.
El tiempo era horrible. Inglaterra, junto con gran parte del norte de Europa, se encontraba sumida en lo que ahora se conoce como Pequeña Edad de Hielo, con inviernos gélidos y fuertes tormentas que destruían las cosechas y causaban hambrunas periódicas. Los caminos eran terribles y, al caer la noche, eran frecuentados por salteadores. Los espectáculos más populares de Londres eran las peleas de animales. La muchedumbre pagaba para ver cómo perros feroces atacaban a un caballo con un mono subido en su lomo; el pobre caballo hostigado galopaba y coceaba, el mono chillaba y el público vociferaba, y, cuando el exhausto caballo se desplomaba y moría, era el momento de sacar a los osos y los toros, atarlos a estacas, soltar a los perros y repetir la diversión.
"Este entretenimiento no es muy agradable de ver", comentó un visitante del continente. En las iglesias se cantaban los salmos y se celebraba la misa no en la lengua tradicional, el latín, sino en inglés. La Reforma también había dejado otras huellas más tangibles. "Es un espectáculo lamentable ver allí las hermosas estatuas de mármol de los santos y otros adornos rotos y arruinados por culpa de su herejía", anotó un mercader italiano que escribió un diario de su visita a Londres en 1562. Se aconsejaba a los extranjeros que intentaran pasar desapercibidos en las calles, ya que la muchedumbre podía ser recelosa u hostil.
Incluso los encuentros cordiales podían causar una gran perplejidad. Si te invitaban a cenar, había que prepararse. "Resulta casi imposible de creer que puedan comer tanta carne", comentó el mercader. Para bajar la comida, los ingleses "elaboran una bebida de cebada y semillas de lúpulo que llaman cerveza, saludable pero con un sabor repugnante". En comparación con las mujeres italianas, las inglesas parecían desconcertantemente libres: podían salir de casa solas, sin la compañía de los hombres, ir y venir por los mercados y atender en las tiendas, e incluso acudir solas a espectáculos públicos. "Se besan mucho —escribió el comerciante sobre los hombres y mujeres que observaba—; si un extraño entra en una casa y no besa primero a la señora en los labios, piensan que es muy maleducado". Y, sin embargo, al mismo tiempo, a las mujeres que se consideraba regañonas las podían amordazar literalmente con un espantoso artilugio llamado máscara, y cualquier sospechosa de inmoralidad sexual podía ser azotada y avergonzada en público.
Era desconcertante. Las mansiones situadas a lo largo de la Strand y la bonita Royal Exchange, en el centro de la ciudad, daban paso casi de inmediato a un inmenso laberinto de infraviviendas y chabolas. Los edificios con entramado de madera, ventanas abuhardilladas y hastiales se extendían por las calles bloqueando la luz y formando túneles pestilentes para el paso de los carruajes, los animales de carga y los peatones. Las estrechas callejuelas estaban a rebosar de excrementos y vísceras. En el puente de Londres, junto a las tiendas de artículos de lujo, clavaban en picas las cabezas cortadas de los traidores condenados para que los transeúntes las contemplaran. En el patíbulo situado cerca de Tyburn había mutilaciones y ahorcamientos públicos casi a diario.
La gente hablaba una lengua en gran parte desconocida para el resto del mundo civilizado. Prácticamente nada de lo que se había escrito en inglés había despertado el suficiente interés como para merecer ser traducido a uno de los idiomas continentales dominantes o al latín, la lengua común del conocimiento. A principios de siglo, un inglés, Tomás Moro, había publicado una brillante obra breve en latín, Utopía, que no tardó en valerle el reconocimiento de toda Europa, pero el despiadado rey Enrique VIII había ordenado su decapitación. Dos talentosos poetas de la corte de Enrique, Thomas Wyatt y Henry Howard, conde de Surrey, habían tenido cierto éxito importando y adaptando modelos poéticos italianos y franceses (Wyatt introdujo el soneto en inglés), pero ambos habían muerto. El conde fue acusado de traición y ejecutado en la Torre a los treinta años y Wyatt, que había estado en prisión acusado de mantener una aventura con la segunda esposa de Enrique, Ana Bolena, murió a los treinta y nueve años tras un segundo encarcelamiento. Al parecer, sus muertes tuvieron un efecto disuasorio en la vida cultural.
Cubierta de 'El Renacimiento Oscuro. La turbulenta vida del gran rival de Shakespeare', de Stephen Greenblatt.
En la Italia del siglo XVI, las grandes universidades eran lugares que habían alcanzado logros extraordinarios: la fundación de los primeros jardines botánicos para el estudio científico de las plantas; avances trascendentales en anatomía y embriología; la formulación de la teoría de los gérmenes y la creación de la epidemiología, y una revolución en la física y la astronomía. Las dos universidades inglesas eran, en comparación, un páramo científico. Los eruditos disertaban sobre Aristóteles, Tolomeo y Galeno, pero las nuevas fronteras de la investigación permanecían cerradas y la atención de los profesores y los alumnos se centraba en otras cosas. Tanto Oxford como Cambridge estaban divididas por amargos conflictos, ya que las autoridades protestantes en alza intentaban erradicar cualquier lealtad residual al catolicismo y los protestantes más radicales se quejaban de que en Inglaterra la Reforma no había ido lo suficientemente lejos.
Los conflictos religiosos se prolongaban desde hacía más de medio siglo, desde la ruptura de Enrique VIII con Roma, y las vidas y los destinos de prácticamente todos los habitantes del reino se veían afectados por sus enredos asesinos. La religión del soberano era, al menos oficialmente, la religión de todo el país; no se toleraba ninguna otra fe, ni el judaísmo ni el islam, por supuesto, pero tampoco ninguna versión del cristianismo que no fuera la del gobernante. Los intereses de Enrique al proclamarse jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra radicaban principalmente en conseguir el divorcio y hacerse con la riqueza de los monasterios. Los seis años que duró el reinado de su hijo Eduardo VI, que ascendió al trono a los diez años, inauguraron un giro más brusco hacia el protestantismo en la doctrina y la organización eclesiástica. Tras la muerte de Eduardo por tuberculosis y de un abortado reinado de nueve días de su prima protestante de diecisiete años Juana Grey, que terminó con su ejecución, su hermana María devolvió el país a la Iglesia católica. María moriría al cabo de cinco tumultuosos años y, con el ascenso al trono de su hermana menor Isabel, Inglaterra volvió a ser oficialmente protestante. Cada uno de estos cambios de régimen estuvo acompañado de siniestras oleadas de conspiraciones, sospechas, detenciones y ejecuciones, además de los castigos ordinarios que ya se aplicaban en una sociedad brutalmente punitiva.
Es difícil entender lo angustiosa que era la situación, ya que en nuestro mundo hay poco o nada comparable. Tal vez el destino de una familia alemana que vivió en menos de sesenta años la República de Weimar, el nacionalsocialismo, el gobierno comunista de Alemania del Este, la caída del telón de acero y la reunificación alemana podría evocar parte de su insoportable tensión y peligro.
Sobre el autor y el libro
Stephen Greenblatt es Cogan University Professor en Humanidades de Harvard. Ha recibido los premios Pulitzer, Holberg y el Nacional Book Award por su obra El giro. De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno (Crítica, 2014) y está considerado referente absoluto en estudios literarios.
Su nuevo libro se titula El Renacimiento oscuro (Crítica) y en él Greenblatt arroja luz sobre la enigmática figura de Christopher Marlowe, el genio del Renacimiento inglés que rivalizó con el mismísimo Shakespeare y al que inspiró. Pobre, espía, transgresor, y genio, Greenblatt, revela en este ensayo la fascinante y subversiva vida de Marlowe.
Un excepcional diario que se ha conservado de mediados del siglo XVI ofrece una ventana a la vida cotidiana en la Inglaterra de los Tudor. Lo escribió Henry Machyn, un mercader que vivió en Londres y se ocupó de dejar constancia de los acontecimientos de su entorno. El 21 de abril de 1556, por abrir las páginas al azar, escribió que dos hombres, maese Frogmorton y maese Woodall, fueron trasladados desde la Torre hasta un tribunal para ser juzgados por "conspiración contra la reina y otros asuntos". El 24 de abril anotó que seis hombres fueron "llevados a Smithfield para ser quemados" (Smithfield era el lugar preferido para ejecutar a los herejes), junto con otros hombres "trasladados al campo para ser quemados". Esa misma tarde vio a tres hombres en la picota en Cheapside, cerca del puente de Londres: uno acusado de cometer perjurio y los otros dos por incitación al perjurio. Machyn anotó que el 28 de abril Frogmorton y Woodall fueron ahorcados, arrastrados y descuartizados, y clavaron sus cabezas en picas en el puente de Londres. La semana siguiente documentó más hombres arrastrados a la Torre acusados de traición, más herejes quemados ("uno pintor, el otro tejedor") y más malhechores en la picota, esta vez con las orejas clavadas a la madera. Con anotaciones intercaladas sobre el brote de peste, el diario continúa más o menos en la misma línea, página tras página, ya se tratara de un régimen católico o protestante, aunque, obviamente, se invertía la fe de los acusados de traición o herejía. En tales circunstancias, lo más sensato para no perder la cabeza era mantenerla gacha.
Enrique VIII había separado a su reino, ya aislado geográficamente, de la vieja fe que unía a la mayoría del resto de Europa y, en 1580, el trono lo ocupaba su herética hija de casi cincuenta años, soltera y sin heredero. Isabel I no era el monstruo que fue su padre, pero los torturadores y los verdugos seguían muy ocupados. Para alguien del continente, la reina debía de resultar exótica o quizá simplemente extravagante. Con el rostro pintado de blanco con un toque rosa, el cabello teñido de un rojo vivo y los dientes ennegrecidos, desfilaba periódicamente, como un extraño icono religioso cubierto de joyas preciosas, ante su pueblo adorador. En la corte, los favoritos ataviados con ricas vestimentas e incluso los sobrios consejeros tenían que dirigirse a ella de rodillas y formular sus peticiones en el lenguaje del amor romántico, como si fuera una seductora joven doncella cortejada por pretendientes embelesados.
La reina lo seguiría haciendo incluso cuando ya era sexagenaria. Tras ser conducido a la cámara privada, el embajador francés André Hurault, señor de Maisse, se sintió turbado al encontrar a Isabel "extrañamente ataviada" con lo que le pareció un vestido de gasa. "Llevaba abierta la parte delantera del vestido y se le podía ver todo el busto, y más abajo, y se abría a menudo la parte delantera de esta túnica con las manos como si tuviera demasiado calor", escribió en su diario. La semana siguiente volvió a recibirle, esta vez ataviada con un vestido de tafetán negro con una abertura similar en la parte delantera. "Usa el ardid de poner ambas manos sobre el vestido y abrirlo, de forma que se le puede ver todo el vientre", señaló el atónito embajador.
La estratagema de la reina era totalmente intencionada; sus interlocutores, desconcertados, tenían la sensación de adentrarse en un mundo inquietante y fantástico. La corte de su padre había contado con la presencia del gran pintor alemán Hans Holbein el Joven; Isabel nunca toleraría a un artista tan comprometido con una descripción detallada de la realidad. En su lugar, patrocinó como su pintor oficial a un orfebre de formación al que ordenó que nunca utilizara sombras en ningún retrato suyo. El paso del tiempo no debía afectarla.
Monumento a Christopher Marlowe en Canterbury. (Getty/Hulton Archive)
Era como si una capa protectora gruesa y endurecida, similar al espeso maquillaje blanco a base de plomo que se aplicaba a los rostros con cicatrices de viruela, se hubiera extendido por toda la vida cultural de Inglaterra. En 1580, aunque Isabel ya llevaba más de veinte años en el trono, su reinado solo había logrado generar entre sus propios súbditos mediocridades artísticas. La cultura inglesa autóctona parecía tan atrasada en la poesía como en la pintura, la escultura y la vida intelectual. Un visitante italiano, orgulloso con razón de Botticelli, Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Rafael y otros, se habría quedado perplejo al ver al miniaturista Nicholas Hilliard encumbrado como el pintor inglés más importante. ¿Qué habría dicho entonces, si supiera leer en inglés, de los plúmbeos versificadores Barnabe Googe, Nicholas Grimald y Thomas Tusser? ¿Dónde estaban los equivalentes ingleses de Ariosto, Tasso o Vittoria Colonna?, podría haber preguntado. La respuesta habría sido que no los había y no parecía muy probable que fueran a existir.
Un observador atento que buscara en aquel páramo algún indicio de vida cultural podría haber advertido, además de los fosos para el hostigamiento de osos y otros recintos para la práctica de espectáculos sangrientos, una novedosa estructura circular erigida solo unos años antes en una agreste zona situada al este de la ciudad llamada Shoreditch. Conocido simplemente como The Theater ("El Teatro"), era el primer teatro independiente que se construía en Inglaterra desde la época de los romanos y tuvo suficiente éxito como para propiciar la construcción de un segundo, el Curtain, a unos cientos de metros de distancia. Sin embargo, un visitante acostumbrado a los sofisticados espectáculos de las cortes italianas, como la comedia de Ariosto La cassaria o el drama pastoril de Tasso Aminta, debía pensar que nada de lo que ocurría entre las paredes de aquellos teatros de madera hacía que mereciera la pena exponerse a los rateros o a cosas peores. Las obras eran increíblemente vulgares y, además, habían construido los teatros en los suburbios porque las autoridades habían expulsado a las compañías teatrales del centro de la ciudad para reducir la propagación de la letal peste bubónica.
Marlowe encarna la energía que sumió a Inglaterra en el torbellino cultural que ya llevaba más de un siglo transformando el continente
Luego, no al instante pero sí con una rapidez pasmosa, todo cambió. La capa que revestía la cultura del reino se agrietó. Si cuatrocientos años más tarde recordamos este período como una época asombrosa es gracias a todo aquello que floreció en las décadas posteriores a 1580: una constelación de poetas brillantes, los más grandes dramaturgos de la lengua inglesa, los extraordinarios avances en la navegación, la astronomía y las matemáticas, los primeros intentos de fundar colonias inglesas en el Nuevo Mundo y, en la vida intelectual, la audacia especulativa y experimental que indujo a Francis Bacon a declarar que "el conocimiento es poder". No existe una única explicación para una explosión de energía creativa de semejante magnitud, pero una figura destacada encarna el arrojo y la feroz energía que sumió a Inglaterra, con retraso, en el creativo torbellino cultural que llevaba transformando el continente desde hacía más de un siglo.
Christopher Marlowe no era la persona más indicada para desempeñar un papel fundamental en la ruptura del rígido caparazón que había constreñido el espíritu creativo inglés. Hijo de un zapatero pobre de provincias, murió asesinado a los veintinueve años. Durante su breve y tumultuosa vida fue un escritor extraordinariamente prolífico, autor de no menos de siete obras de teatro y de poemas extraordinarios, aunque no se publicó nada con su nombre mientras vivía. No se conocen ni se conservan cartas, diarios o manuscritos de su puño y letra; ni tampoco cartas dirigidas a él. Escribió en una sociedad en la que las ideas de libertad de pensamiento, libertad de expresión y libertad religiosa eran desconocidas. Gran parte de lo que sabemos sobre su vida y sus opiniones procede de los informes de espías y confidentes o de declaraciones obtenidas mediante tortura. No obstante, Marlowe es el hilo que nos guía a través de un laberinto de pasillos, muchos de ellos poco iluminados, peligrosos y plagados de secretos, y nos conduce hacia la luz. En el transcurso de su inquieta, desafortunada y breve vida, en su espíritu y en sus estupendos logros, Marlowe despertó el genio del Renacimiento inglés.
A un italiano sofisticado que viajara a Inglaterra a finales del siglo XVI, la isla podría no parecerle, como al antiguo poeta romano Virgilio, "completamente separada de todo el mundo", pero sin duda la habría encontrado sombría. En Londres, claro está, el visitante habría visto muchos signos de riqueza y poder: la amplia residencia real de Whitehall; las espléndidas viviendas de los grandes aristócratas y sus séquitos situadas a lo largo del Támesis; la magnífica abadía de Westminster, con las tumbas reales; las calles adoquinadas del bullicioso centro comercial, algunas de ellas adornadas con hermosas fuentes, y una inquietante fortaleza, que se decía que fue construida por Julio César y que se utilizó en el siglo XVI como prisión, casa de la moneda, armería y casa de fieras real. Sin embargo, otras muchas cosas también habrían dado que pensar a un visitante extranjero.