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Patti Smith y su adolescencia: "La música era nuestra salvación, expresaba lo inexpresable"
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Patti Smith y su adolescencia: "La música era nuestra salvación, expresaba lo inexpresable"

Publicamos un extracto de 'Pan de Ángeles' (Lumen), las nuevas memorias de Patti Smith, plagadas (como ella) de poesía, nostalgia y esperanza, donde hasta lo cotidiano parece sagrado

Foto: Patti Smith en 2021 en California. ((Photo by Rich Fury/Getty Images)
Patti Smith en 2021 en California. ((Photo by Rich Fury/Getty Images)

Mi padre salió a la superficie tras una perfecta zambullida, como un dios mitológico, con briznas de cedro rojo pegadas al vello del pecho. Nadaba de maravilla, tenía gracia y era atlético. Era nuestra salida familiar anual.

En lugar de ir de campamento, muchos de los chicos más pobres del vecindario íbamos a la escuela baptista de verano, una especie de continuación de la catequesis y campo de trabajo a la vez. Linda y yo recitábamos las Escrituras y luego nos montábamos en un autobús abarrotado de trabajadores de la granja. Nos pasábamos horas recogiendo arándanos y comiéndonoslos bajo el sol abrasador, y hacíamos pausas para beber agua de una manguera.

Yo me movía despacio, agobiada por la tarea y asombrada por la velocidad a la que los campesinos podían llenar una canasta enorme en el tiempo que yo tardaba en llenar un cubito. Al final de la jornada, nos pagaban. La primera vez gané menos de un dólar. Pensaba que nos pagaban por horas, no por la cantidad recogida, y lo más probable es que me comiera más de los que había cosechado.

Cuando cerraba la escuela cristiana de verano, las familias recibían el obsequio de un día de excursión en el lago de Centerton. Calentábamos al fuego perritos calientes y malvaviscos. Nuestros padres se sentaban alrededor de la hoguera a charlar, no de la guerra, sino del presente, ya que todo el mundo hacía lo posible por salir adelante.

Nuestros padres se sentaban alrededor de la hoguera a charlar, no de la guerra, sino del presente

Sus divertidos cotilleos y sus risas se mezclaban con las salpicaduras de quienes buceaban. Linda y yo nos sentamos en la orilla del lago; nos habían hecho alejarnos del agua durante la epidemia de polio y ninguna de las dos sabíamos nadar. A mí no me importaba, ya que odiaba sumergir la cabeza.

Estábamos encantadas de poder ofrecer ese día a nuestra familia solo por haber superado la tarea en la escuela baptista. Linda y yo nos levantamos, seguimos la música que salía de la jukebox del pabellón y nos pusimos a bailar.

A todos nos encantaba bailar, en especial las últimas canciones de R&B y rock and roll, que iban dando forma a pasos de gigante a los anhelos adolescentes. El año 1961 comenzó con las Shirelles cantando Will You Love Me Tomorrow, uno de los temas más hermosos y controvertidos de su tiempo. La Iglesia católica lo prohibió, pero aun así llegó al número uno de las listas, el primer gran éxito de un grupo de mujeres negras.

Sobre el autor y el libro

Patti Smith (Chicago, 1946) es mucho más que una figura de culto del rock: es una poeta con guitarra, una cronista de lo sagrado en lo cotidiano y una de las voces femeninas más influyentes del siglo XX. Icono de rebeldía, espiritualidad, publica ahora sus memorias, Pan de Ángeles (Lumen), donde habla de su infancia dickensiana o el descubrimiento de Bob Dylan y Rimbaud en una vida en la que la escritura serán las constantes de una trayectoria vital impulsada por la libertad artística y el poder de la imaginación para transformar lo cotidiano en sagrado, lo común en mágico y el dolor en esperanza.

En aquella época había canciones de R&B geniales que expresaban todo el abanico de preocupaciones adolescentes. Canciones para bailar, para llorar o para actuar delante del espejo. La música era nuestra salvación, expresaba lo inexpresable. Fuimos parte de su evolución: la radio era nuestra línea de vida.

Con la escuela de verano finalizada, los bailes de la armería pasaron a ser la sensación semanal. Dos horas de trabajo de niñera servían para pagar la entrada y un refresco. Las chicas tardaban un siglo en prepararse, y a menudo llevaban a cabo unas transformaciones impresionantes.

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A mí no me interesaba en absoluto ponerme maquillaje, cardarme el pelo y echarme laca, andarme con juegos y coquetear —lo que posiblemente hacía que pareciera menos interesante a los chicos—. Pero sí me gustaba ir a los bailes de la armería: unas cuantas horas de discos que giraban sin cesar, con los chicos a un lado, las chicas arracimadas al otro, casi siempre chicas que bailaban con chicas.

Bailar era un orgullo en el sur de Nueva Jersey. Teníamos fama de buenos bailarines, y a mí se me daba bastante bien; no era la mejor, pero tampoco era mala. En cierto momento los chicos del sur de Filadelfia empezaron a asistir. Casi todos llevaban cazadoras de cuero, pero uno de ellos, el más callado, se mantenía al margen del resto. Llevaba un abrigo, se quedaba apoyado en la pared, se limitaba a observar. No era un líder oficial, pero desde luego era alguien a quien no se podía liderar. Se llamaba Butchy Magic, el rostro de mis primeras fantasías adolescentes.

Iba a los bailes solo algunas veces y yo vivía para esas pocas horas que pasaba cerca de él. Pensaba tanto en él que sentía que podía adivinarme el pensamiento, que debía de saber lo que escondía mi corazón.

Pensaba tanto en él que sentía que podía adivinarme el pensamiento, que debía de saber lo que escondía mi corazón

Una tarde de verano, inspirada por el tebeo de Li’l Abner, auné todas mis fuerzas y, como una de las protagonistas de las tiras cómicas, me decidí a invitarlo a bailar. —Lo siento, no bailo—, fue todo lo que dijo. Yo sonreí y me alejé, quizá un poco avergonzada, pero sin perder la esperanza. Bailé sola de todos modos y, después, al notar una inquietud generalizada, decidí salir y tomar el aire. Justo cuando me acercaba a la puerta comenzó una trifulca.

Me di la vuelta en el preciso momento en que alguien arrojaba una cazadora de cuero, que golpeó un nido de avispas en un travesaño bajo que tenía justo encima. El nido cayó a mis pies y los agitados avispones volaron exaltados a mi alrededor. La sucesión de acontecimientos fue muy rápida: me picaron varias veces.

Me quedé tan aturdida que no me moví. Los críos gritaban y los chicos de Filadelfia se marcharon en masa. Me quedé congelada mientras salían en estampida, con una avispa clavada en el cuello. De repente lo vi allí, delante de mí, mirándome a los ojos como diciendo que me estuviera quieta. Sin dejar de mirarme, poco a poco me sacó el avispón y el aguijón del cuello y lo puso en su pañuelo. Luego se marchó sin decir palabra.

Eso es lo que ansía quien escribe. En una cafetería al amanecer, en un salón vacío de un hotel o garabateando en un cuaderno en un banco de una catedral silenciosa: un repentino rayo fulgurante que contiene la vibración de un momento concreto. Johnny Stahl atándome el cordón. Los dedos de Butchy Magic extrayendo el aguijón. El recuerdo inmaculado de gestos espontáneos de amabilidad.

Son el pan de ángeles. La pluma cae, toco las heridas fantasmas. Los chicos de Filadelfia no volvieron más. Cuando cumplí los quince, el rostro de otro muchacho se coló en mis fantasías furtivas. Los ángeles sirvieron una porción nueva; descubrí a Arthur Rimbaud.

Mi padre salió a la superficie tras una perfecta zambullida, como un dios mitológico, con briznas de cedro rojo pegadas al vello del pecho. Nadaba de maravilla, tenía gracia y era atlético. Era nuestra salida familiar anual.

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