Aún no somos conscientes de lo que ha hecho Rosalía
A estas alturas probablemente ya esté harto de "Lux", el nuevo disco de Rosalía. Pero por una vez, hay que creerse las hipérboles: es como vivir la historia en tiempo presente
"Transformar unas estructuras musicales desgastadas por el tiempo en algo que suena como un nuevo tipo de futuro, y hacerlo sin parar y aparentemente cuando uno quiere, merece un reconocimiento al nivel de gente como Miles Davis o Picasso. De hecho, estaría dispuesto a apostar que, en algún momento del futuro, esos iconoclastas podrían acabar siendo calificados como las Rosalías de su época”.
Esta enormidad no la escribió ningún fan quinceañero de Rosalía deslumbrado por el hype, sino el rockero norteamericano de 58 años Jeff Tweedy, líder de Wilco (banda hoy calificada como dad-rock, es decir, rock para padres) y una de las plumas más preclaras a la hora de analizar música, en Un mundo en cada canción (Contra). Es también buen ejemplo de dos cosas: que frente a los detractores que relativizan su importancia, Rosalía es capaz de llegar a cualquier perfil sociodemográfico, y que su música y carisma favorecen la hipérbole.
A estas alturas ya se habrán publicado cientos de reseñas cargadas de elogios sobre Lux (Sony), como la de este mismo periódico. Cinco estrellas en The Guardian, en la boomerRolling Stone, en The Times o en Der Spiegel. El mejor disco de la historia para Metacritic. Mil thinkpieces sobre su vinculación con Santa Teresa y un millón de reels listando las mejores canciones del disco. Habrá leído que es una obra maestra, que no es para tanto o que resulta pretencioso. Que no habla de Palestina y que canta demasiado en japonés y muy poco en catalán. Editoriales, marcas de ropa o bares habrán aprovechado para vender lo suyo aprovechando la coyuntura.
Lo más probable es que esté harto de Rosalía. Así que lo siento, porque mi tesis es que, esta vez, sí hay que creerse el hype. Es más, tal vez nos estemos quedando cortos. En mis más de 40 años, la mitad de ellos escribiendo de música de manera profesional, no recuerdo el disco de una superestrella de su categoría que se haya atrevido con un trabajo tan único y haya generado tal nivel de consenso que puede entenderse como un antes y un después. No es bueno, es mejor. Por primera vez, he sentido algo parecido a lo que debía sentir alguien en los años sesenta cuando se publicaba un nuevo disco de los Beatles. Te gustase más o menos, sabías que ya no había vuelta atrás.
Nunca antes se había hablado tanto de música en WhatsApp como en las horas posteriores a la publicación del disco, así ha sido la emoción
Si Greil Marcus decía que nadie nos iba a volver a unir como hizo Elvis, quizá Rosalía haya podido sobreponerse a nuestra atomización cultural. Nunca antes se había hablado tanto de música en WhatsApp como en las horas posteriores a la publicación del disco, así ha sido la emoción. ¿No te parece increíble lo que hace esta auténtica chalada en Mio Cristo Piange Damanti? ¿Tú también has llorado con Magnolias?¿No es La Perla una actualización de la Rata de dos patas de Paquita la del Barrio? ¿Has identificado qué canción canta en ucraniano? ¿Sabías que la voz del sample final de La Yugular es Patti Smith? Y, hablando de La Yugular, ¿no te parece el crescendo final lo más bonito que has escuchado nunca?
Si hay tantas discusiones y análisis sobre el disco, como se ha criticado (y yo mismo critiqué) es porque la alegría y libertad de Rosalía son contagiosas. Mientras que la mayor parte de la producción cultural moderna se olvida nada más ser consumida, Rosalía es capaz de obrar ese raro milagro de inspirar al oyente a tomar partido. A pesar de su complejidad y erudición, no lo expulsa, sino que lo abraza y lo invita a compartir. Como todos los grandes artistas, uno termina de escuchar el disco con la sensación de que todo está permitido, de que las únicas reglas las creamos nosotros. De ahí que la red se haya llenado de hermenéutica rosaliana, una forma de intentar interactuar con una obra que nos empuja a participar de ella.
La Beatlemanía, un siglo después. (Foto: EFE/Juanjo Martín)
Rosalía aprovecha su posición privilegiada –como superestrella, pero también su talento y su exquisita formación musical– para estar a la altura de su responsabilidad histórica y soñar con el pop del futuro.Lux podría encajar dentro de ese cajón de sastre que recibe el nombre de art-pop: resulta naïf leer hoy algunas comparaciones con artistas como Aitana. Con quien Rosalía querría medirse, sospecho, y en quien pienso cuando la escucho, es con Billie Holiday, Bob Dylan, Chavela Vargas, Nina Simone,Lole y Manuel, Joni Mitchell,Scott Walker, Peter Gabriel, Kate Bush, David Sylvian, Prince, Björk, Frank Ocean, FKA Twigs, Arca o SOPHIE.
Ese privilegio le sirve también para, en un mundo lleno de dopamina política, basura generada por IA y reels en los que cabezas parlanchinas nos mienten en 30 segundos, publicar un trabajo cuidado, respetuoso con el oyente y cariñoso con el arte. Su posicionamiento político pasa por la estética, y hoy, intentar aportar algo de belleza a un mundo donde la bazofia nos está comiendo es también una forma de posicionarse moralmente. Podría haber sido un ejercicio de estilo que solo funcionase en lo intelectual, pero está cargado de emoción.
No se me ocurre ningún fenómeno pop semejante en tiempos recientes porque nadie ha representado lo que hoy representa Rosalía a nivel global, un síntoma del final de la hegemonía anglosajona en el pop mainstream. Ni Taylor Swiftni Charlie XCX ni mucho menos Sabrina Carpenter o Chapelle Roan han sido capaces de traspasar las fronteras globales de la manera en que Rosalía lo está logrando a través de un iberismo-mediterraniasmo que no solo contiene flamenco, sino también copla, fado o, al otro lado del Tirreno, aria. ¿Bad Bunny? Bueno, tal vez, pero él no podría componer Mundo nuevo y Rosalía sí podría escribir NUEVAYoL.
Dios está en la partitura
En su defensa de Bizcochito, Tweedy explicaba cómo le había sorprendido esa sensación de entender perfectamente las letras de Rosalía a pesar de no tener ni idea de español: “Sostengo que nadie en el mundo ha cantado nunca esa capa adicional de significado no verbal de forma tan virtuosa y clara al mismo tiempo”, explica. “Las propias letras son arrogantes, reveladoras, juguetonas, agresivas, estridentes, inocentes, divertidas, morbosas, alegres, desafiantes… rezuman vida por los cuatro costados”.
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Si Lux resulta encantador es porque, además de sus evidentes virtudes –arreglos minuciosos cuyos detalles no te acabas nunca, una narrativa que fluye de principio a fin a la perfección, interpretaciones vocales que parecen salidas de otro mundo– es por su capacidad de aunar la emoción con el humor, el chiste interno con la confesión casi pornográfica, la vanidad con lo autoconsciente. Es un disco espiritual, sí, pero la espiritualidad que hay en Lux es la de la música (y la alegría por componerla, interpretarla, escucharla o compartirla) como vía de conexión con lo trascendente.
He pasado 40 años sintiendo envidia de aquellos que fueron contemporáneos de los grandes artistas de la era pop y que vivieron su evolución musical en tiempo presente. Por primera vez, Rosalía me ha hecho sentir que tengo a mi propia artista generacional. Pero no es una cuestión cronológica sino de talento, porque como los grandes, es capaz de hacerte sentir que te está hablando a ti y solo a ti. Que sus canciones van de mi vida, que le han pasado cosas muy parecidas y que, de alguna forma, hemos madurado juntos.
Dentro de 40 años, Rosalía será la única artista cuyo nuevo disco seguiré esperando
Creo que dentro de 40 años seguiré esperando el próximo disco de Rosalía como hoy lo puede hacer alguien que creció en los 60 con los discos de Bob Dylan, artista con el que Tweedy compara a Rosalía por su capacidad para tomar algo antiguo y hacerlo moderno. Porque en un mundo alimentado por el miedo y la paranoia, competitivo y feroz, Rosalía ofrece alegría, pasión y libertad bien entendida. Es una artista de su tiempo porque renuncia a resignarse a aceptar que nuestro tiempo tenga que ser así. Así que quizá merezca la pena dejar de lado el cinismo, abrazar el entusiasmo y decir que sí, que tal vez Lux sea una obra maestra.
"Transformar unas estructuras musicales desgastadas por el tiempo en algo que suena como un nuevo tipo de futuro, y hacerlo sin parar y aparentemente cuando uno quiere, merece un reconocimiento al nivel de gente como Miles Davis o Picasso. De hecho, estaría dispuesto a apostar que, en algún momento del futuro, esos iconoclastas podrían acabar siendo calificados como las Rosalías de su época”.