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El Real arranca la 'era Gimeno' con un deslumbrante Bartók
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El Real arranca la 'era Gimeno' con un deslumbrante Bartók

El nuevo titular del coliseo madrileño apabulla con su lectura de 'El mandarín maraviloso' y de 'El castillo de Barbazul', mientras que al montaje de Loy, excelente en el plano actoral y psicológico, le sobra la violencia literal

Foto: Carla Pérez Mora en el Teatro Real. (Javier del Real)
Carla Pérez Mora en el Teatro Real. (Javier del Real)

Hay gestos que no se aprenden. Se intuyen, se heredan o se revelan con la clarividencia de quien convierte el oficio en un don. Así se manifiesta Gustavo Gimeno, recién ungido como director musical del Teatro Real. Su presencia en el foso reviste algo de revelación silenciosa. No impone ni manda: persuade. Su elegancia se confunde con la naturalidad del mando, con esa manera de respirar la música desde la transparencia, sin necesidad de aspavientos. No dirige con autoridad, sino con oído... absoluto. La orquesta lo sigue como quien reconoce una voz interior. Esa complicidad inmediata define ya el nuevo pulso sonoro del teatro madrileño.

Gimeno no marca el compás: escruta el sonido. Lo afina con la paciencia de un orfebre que distingue en cada vibración una posibilidad de belleza. Su nombramiento importa menos por el prestigio —Luxemburgo, Toronto, Ámsterdam— que por la promesa de una transformación auditiva: devolver al Teatro Real una identidad acústica. Bartók ha sido su carta de presentación y su manifiesto. En esa música de relámpagos y abismos, de ritmos que laten como arterias y timbres que se abrasan entre sí, Gimeno ha encontrado su territorio natural, su marca de agua.

Gimeno no marca el compás: escruta el sonido. Lo afina con la paciencia de un orfebre

Sucedió en el ballet de El mandarín maravilloso, cuando la orquesta se volvió materia viva. La percusión respiraba como un cuerpo, las cuerdas se tensaban hasta rozar el grito. De esa energía —violenta, lúbrica, desesperada— emergía un orden secreto. Gimeno gobierna la tempestad sin alardes, con una precisión que convierte el caos en arquitectura invisible. Su lectura no fue violenta por exceso, sino por claridad. El dramatismo nacía del matiz, del color, de una alquimia que hacía vibrar el aire del foso.

El primer movimiento de Música para cuerda, percusión y celesta, concebido como un réquiem premonitorio de la segunda parte, se percibió como un eje secreto. En sus líneas cruzadas se escuchaba el laboratorio interior del maestro. La orquesta parecía expandirse y contraerse con la respiración del director. Cada sección escuchaba a la otra; el sonido se organizaba como una conciencia colectiva. No hubo gesto redundante, ni un solo compás de inercia. El resultado fue una tensión palpitante, una incandescencia que definió la incandescencia del nuevo tiempo Gimeno.

Foto: el-teatro-real-convoca-al-fantasma-de-solera-gracias-a-verdi

Lástima que Christof, autor de la puesta en escena, abusara de la ultraviolencia en la lectura de El mandarín maravilloso. La sordidez, la brutalidad, el deseo convertido en herida: todo está expuesto, casi explicado. El espectáculo no escapa al tremendismo de la carne herida ni al sudor del prostíbulo, como si el coreógrafo y regista hubieran decidido competir con la partitura en su abismo.

La música de Bartók no necesita esa redundancia. Su horror es más eficaz cuando se insinúa. El mandarín, condenado a amar sin respuesta, resulta más trágico cuando el público siente su desamparo, no cuando lo observa torturado como un preso de Guantánamo o cuando se lo resucita como al Cristo de Benetton.

placeholder 'El mandarín maravilloso' y 'El castillo de Barbazul', ambas de Bela Bartók, en el Teatro Real. (Javier Real)
'El mandarín maravilloso' y 'El castillo de Barbazul', ambas de Bela Bartók, en el Teatro Real. (Javier Real)

El castillo de Barbazul ofrece la contrapartida. Aquí Loy alcanza su territorio más fértil: en el soberbio trabajo de actores y en la congoja de la mente cercada. La escenografía de Márton Ágh traduce en materia febril la psicología del libreto. Cada espacio en penumbra revela una grieta emocional. La obra se convierte en una anatomía del amor como forma de conocimiento y como argumento de desgarro. Los intérpretes no actúan: piensan en voz alta.

El bajo Christoph Fischesser convierte a Barbazul en una figura quebrada. No hay monstruo, sino un hombre sitiado por sus propias sombras. Su voz, profunda y granítica, resuena como una caverna interior. Frente a él, Evelyn Herlitzius levanta a Judith con la intensidad de quien interroga para salvarse. Cada pregunta suya abre una herida; cada puerta, una pérdida. En el prólogo, Nicolas Franciscus pronuncia el aviso con la serenidad de un oráculo: nada que se revele saldrá indemne. Entre los tres tejen una tensión casi física, donde la palabra se mide con la música.

La orquesta, bajo Gimeno, no acompaña: respira con ellos. Suspira cuando Judith duda, amenaza cuando Barbazul calla, se desangra cuando ambos se miran. El foso no ilustra la escena; la prolonga. Lo que se calla en el escenario se oye abajo, en esa materia sonora incandescente que vibra con una inteligencia emocional inusual.

Christoph Fischesser convierte a Barbazul en una figura quebrada. No hay monstruo, sino un hombre sitiado por sus propias sombras

El resultado es un teatro total. No una suma de disciplinas, sino un sistema de ecos. Loy analiza el amor como un acto de destrucción, una curiosidad que devora lo que pretende conocer. Judith se consume en su lucidez; Barbazul se protege de la verdad. Ambos son prisioneros del mismo deseo: entender. En esa lucidez compartida, en esa imposibilidad de comunicación, se cifra el sentido del título general que el Teatro Real ha dado al programa: La (im)posibilidad de amar.

El ciclo concebido por el teatro amplifica esta idea: el amor que se desintegra por exceso de luz o por carencia de ella. En los arrabales del Mandarín, el sentimiento se confunde con la necesidad. En los muros del castillo, se pudre por exceso de conciencia. Dos fracasos opuestos que conducen al mismo abismo.

El nombramiento de Gimeno cristaliza esa intuición: la de un arte que busca equilibrio entre la pasión y el pensamiento. Su dirección inaugura una nueva ética del sonido, más transparente, más viva, más permeable al drama. Bartók no suena en sus manos como un documento histórico, sino como una urgencia contemporánea. Cada acorde recuerda que la música todavía puede decir lo que el lenguaje calla.

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El díptico de Bartók en el Teatro Real -estreno absoluto un siglo después- no abre sólo una temporada, sino una respiración distinta. Gimeno y Loy, tan disímiles como convergentes, han dibujado un retrato del amor y de la música en su frontera más alta: la que separa la revelación del silencio. Allí, donde termina la palabra y empieza el temblor, Bartók aún habla.

Hay gestos que no se aprenden. Se intuyen, se heredan o se revelan con la clarividencia de quien convierte el oficio en un don. Así se manifiesta Gustavo Gimeno, recién ungido como director musical del Teatro Real. Su presencia en el foso reviste algo de revelación silenciosa. No impone ni manda: persuade. Su elegancia se confunde con la naturalidad del mando, con esa manera de respirar la música desde la transparencia, sin necesidad de aspavientos. No dirige con autoridad, sino con oído... absoluto. La orquesta lo sigue como quien reconoce una voz interior. Esa complicidad inmediata define ya el nuevo pulso sonoro del teatro madrileño.

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