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Margaret Atwood y las absurdas preguntas de los periodistas: "¿Su pelo es así o se lo peinan?"
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Margaret Atwood y las absurdas preguntas de los periodistas: "¿Su pelo es así o se lo peinan?"

La escritora canadiense publica 'Libro de mis vidas', en el que repasa su existencia con anécdotas como las que constantemente ha tenido con su cabello (y su fama de arpía). Este es un adelanto

Foto: La escritora canadiense Margaret Atwood en una entrevista en 2024 (EFE/Penguin Random House/Aitor Santomé)
La escritora canadiense Margaret Atwood en una entrevista en 2024 (EFE/Penguin Random House/Aitor Santomé)

Una de mis primeras entrevistas para un periódico tuvo lugar en 1967. Para mi gran sorpresa, y también para la del resto del mundo, yo acababa de ganar el único premio literario importante que se concedía en Canadá en aquella época, el Governor General's Award, por mi primera antología poética, The Circle Game. En ese momento vivía en Cambridge, Massachusetts, y era estudiante de doctorado en la Universidad de Harvard. A un periódico canadiense se le ocurrió que sería buena idea hacerse eco de mi galardón, así que, para entrevistarme, envió a un corresponsal de guerra que por aquel entonces acababa de regresar de Vietnam. Imagino que sus amigos se mofarían de él sin piedad. "¿Qué, has vuelto a entrevistar a otra jovencita poeta?".

Me presenté con un vestidito rojo y medias de rejilla. El periodista no llevaba puesto el chaleco antibalas, pero bien podría haberlo llevado. Nos sentamos en una cafetería. Me miró. Lo miré. Ninguno de los dos sabía muy bien qué hacer.

Finalmente, me dijo: "Cuente algo interesante. Diga que escribe drogada todos sus poemas".

¿Es eso lo que se habría esperado de mí en unas memorias literarias? ¿Alcoholismo, fiestas libertinas, consumo de drogas, flagrantes transgresiones sexuales, con la premisa de que la propia escritura no es más que un derivado que rezumó o germinó de la pila de residuos orgánicos de mi aberrante comportamiento? Sin embargo, no era a eso a lo que dedicaba mi tiempo, o al menos la mayor parte de mi tiempo.

"Creo que mejor no", les dije a quienes me habían sugerido escribir mis memorias literarias. ¿O me lo dije a mí misma? Sea como fuere, la palabra importante era "no".

placeholder 'Libro de mis vidas', de Margaret Atwood (Salamandra) se publica este 6 de noviembre.
'Libro de mis vidas', de Margaret Atwood (Salamandra) se publica este 6 de noviembre.

Aun así, el tiempo pasó, y la idea de unas memorias fue adquiriendo un vistoso brillo fosforescente. ¿No había algo atractivo en la idea?, me susurraba mi siniestro alter ego. Podía describirme a mí misma bajo una luz favorecedora, proyectando una suave nebulosa sobre mis actos más estúpidos o malvados, a la vez que les endosaba la culpa a otros. Al mismo tiempo, tenía la oportunidad de dar las gracias a mis benefactores, recompensar a mis amigos, despellejar a mis enemigos y ajustar las cuentas pendientes que habían caído en el olvido de todos, excepto en el mío. Podía lavar los trapos sucios, podía descubrir el pastel.

Después de publicar El quinto en discordia en 1970, con casi sesenta años, al novelista Robertson Davies le preguntaron por qué había esperado tanto para retomar el género de la novela tras sus primeros éxitos humorísticos. Respondió en tres palabras: "La gente... muere".

Es verdad. La gente muere y, una vez muerta, sobre ella se pueden contar cosas que antes quizá se habrían callado. No obstante, me dije a mí misma, yo no tendría que limitarme a ese tipo de sórdida contabilidad moral. Podría embarcarme en una travesía en busca de mi auténtico yo interior, suponiendo que tal cosa exista. Como mínimo, podría examinar las numerosas imágenes de mi persona que se han ido materializando en el transcurso de los años para luego esfumarse, algunas pergeñadas por mí, pero muchas otras, menos positivas y a veces absolutamente espeluznantes, proyectadas por otros sobre mí. Me han hecho preguntas de lo más extrañas. "¿Por qué tiene usted la boca tan pequeña?", quiso saber el remitente de una carta. "¿Por qué hay tantas botellas en su obra?", me preguntaron en una presentación. "¿Su pelo es así de verdad o se lo peinan?" es una de mis preguntas favoritas, y la formularon después de una lectura en el polideportivo de una pequeña localidad del valle de Ottawa que ningún otro escritor vivo había pisado antes.

En algunas variantes de mi persona, soy el terror de los entrevistadores; en otras, hago lloriquear patéticamente a los políticos. Basta una mirada torva por mi parte para que un hombretón solloce y se agarre la entrepierna, por miedo a que, con mis ojos de Medusa, transforme sus gónadas en piedra.

Mis ojos de Medusa van a juego con mi pelo de Medusa, al que solían hacer alusión en las reseñas de mis libros en una época en que la invectiva era más desinhibida y burlarse de alguien por su físico era la norma, sobre todo si era un hombre el que reseñaba a una mujer. Hay que ver qué susto daba el pelo rizado y/o encrespado y/o a lo prerrafaelita; y si lo llevabas suelto, qué díscola y, ya puestos, demente debías de ser, una descendiente de todas aquellas creaciones literarias femeninas decimonónicas que vagaban por los campos o se tiraban de las torres de los castillos, o de otras anteriores, como Ofelia, que con sus cabellos ondulantes flotaban río abajo, locas como cabras. No es de extrañar que las escritoras de las generaciones previas prefirieran los moños bien tirantes y, más tarde, las ondas en frío lacadas de forma meticulosa.

Hay que ver qué susto daba el pelo rizado y/o encrespado y/o a lo prerrafaelita; y si lo llevabas suelto, qué díscola

Las brujas, por supuesto, se soltaban la melena para formular hechizos, desatar tornados y seducir a hombres: puede que algunas de estas creencias pervivieran entre los periodistas culturales varones de mediados del siglo XX, y contribuyeran a mi fama de arpía. O tal vez la conexión sea un remanente de los años cincuenta y principios de los sesenta, época en que cualquier mujer que escribiese cualquier cosa que no fuera destinada a la sección femenina del periódico no sólo se consideraba anormalmente poderosa, sino que rayaba en la enajenación mental. O tal vez provenga de los primeros años setenta, en los que un lenguaje contundente en boca de las mujeres se identificaba con la quema de sujetadores, la matanza de hombres y otras actividades poco femeninas. La novelista Margaret Laurence, de una generación anterior a la mía, se quejaba de que, como tenía hijos, no la trataban como a una autora seria, sino como a una mamá inofensiva que horneaba galletas: "Una simple ama de casa". Yo, sin embargo, acabé protestando por todo lo contrario: cuando no estaba volando por el aire bajo la forma de un murciélago, afirmaba que era capaz de desmoldar un pastel navideño más que decente y tejer varios jerséis de lana a la vez. Se trata de una dicotomía muy antigua: por un lado, una mujer haciendo cosas de mujeres; por el otro, una escritora seria con un cuchillo guardado en la manga.

"Escribe como un hombre", dijo de mí otro poeta a principios de los setenta, con la intención de que fuera un cumplido.

«Te has olvidado de la puntuación», repuse yo. "Lo que querías decir era: “Escribe. Como un hombre.”" Este tipo de réplicas me venían de perlas en aquella época.

Si me embarcaba en esta azarosa aventura de las memorias, reflexionaba, podía examinar todas esas diferentes imágenes, más otras que por norma no se tienen en cuenta. ¿Soy en el fondo aquel angelito de tirabuzones bailando claqué de 1945? ¿La rocanrolera con falda abullonada y zapatos oxford de 1955? ¿La aplicada poeta y escritora de relatos en ciernes de 1965? ¿La inquietante novelista con obra publicada y granjera a tiempo parcial de 1975? ¿O la versión probablemente más célebre: la mala mecanógrafa que empieza El cuento de la criada en Berlín, lo acaba en Tuscaloosa, Alabama, y luego lo publica, con críticas para todos los gustos, en 1985?

placeholder La escritora canadiense en una imagen de julio de 2023 en Roma (Getty/Maria Moratti)
La escritora canadiense en una imagen de julio de 2023 en Roma (Getty/Maria Moratti)

Más adelante han aparecido nuevas interpretaciones de mi persona. Con el paso de los años, he crecido y menguado ante la opinión pública y, en cualquier caso, inevitablemente, he envejecido.

Me he atenuado y he titilado, he resplandecido y he soltado chispas, he adquirido aureolas de santidad y cuernos infernales. ¿Quién no desearía explorar todos esos espejos de feria?

Tal vez sea un ser liminal, que comparte dos naturalezas, un guardián de los umbrales, una criatura que se metamorfosea casi a voluntad; una suerte de Baba Yagá, a ratos benévola, a ratos punitiva, cuya morada es una cabaña en el bosque que corre de acá para allá con patas de pollo, y que sigue adelante metida en un mortero con una maza por remo mientras tararea una cancioncilla alegre aunque, de algún modo, amenazadora.

Me he atenuado y he titilado, he resplandecido y he soltado chispas, he adquirido aureolas de santidad y cuernos infernales

En mi caso, lo más probable es que la cancioncilla sea la de los enanitos que desfilan de camino al trabajo en Blancanieves y los siete enanitos, la película de Disney que me traumatizó de niña. Para los adictos al trabajo de corta estatura, entre los que yo me incluyo, es sagrada, aunque el trauma me vino de otra parte: a los seis años, lo que me dejó petrificada fue la escena de la transformación en la que, tras beberse una poción mágica, la hermosa reina se vuelve verde y se convierte en una vieja bruja llena de verrugas. ¡Qué espeluznante, y a la vez qué básico! La acción transcurre en torno a la bella Blancanieves, de voz melodiosa, pero ella no actúa; es la reina malvada quien se lleva las mejores escenas.

Todo escritor sabe que ésa es la verdad. Y todo escritor sabe también que sin la reina malvada o sus avatares —ya sean la invasión alienígena, el huracán, la rompehogares, el siniestro homicida, las serpientes en el avión o el asesino en la casa de campo—, no hay trama.

Todo escritor es al menos dos personas: la que vive y la que escribe. Todo turno de preguntas en la presentación de un libro es una ilusión; en esas ocasiones quien está presente es la que se dedica a vivir, no la que se dedica a escribir. ¿Cómo iba a estar ahí la que escribe si en ese momento no está escribiendo nada? Igual que Jekyll y Hyde, las dos comparten una memoria e incluso un guardarropa. Pese a que todo lo que se escribe ha debido de pasar por las mentes, o la mente, de ambas, no son la misma.

La que se dedica a escribir tiene acceso a todo cuanto hay en la unidad de almacenamiento de memoria. La que se dedica a vivir puede tener cierta idea de lo que su yo escritora se trae entre manos, pero menos de lo que podría pensarse. Conforme escribes, no te observas a ti misma escribiendo, porque si te pones a analizar tu, por así llamarlo, proceso mientras te encuentras en pleno vuelo, te quedarás de piedra.

'Libros de mis vidas' (Salamandra): Criada por padres de mentalidad científica y espíritu independiente, Margaret Atwood pasó gran parte de su infancia en los bosques remotos del norte de Quebec, lejos de las convenciones sociales. Aquella niñez nómada y sin ataduras marcó el inicio de un camino fuera de lo común, que ella misma narra con lucidez, ironía e ingenio, entrelazando los momentos decisivos de su vida con las obras que han transformado la narrativa contemporánea.

Margaret Atwood (Ottawa, 1939) es una de las escritoras más prestigiosas del panorama internacional. Autora prolífica traducida a más de cuarenta idiomas, ha practicado todos los géneros literarios.

¿Es la escritura un estado de trance, como podría indicar el relato de Coleridge sobre su escritura de «Kubla Khan»? No exactamente: puedes hacer una pausa, ir a por un café, contestar el teléfono, mostrar todos los signos de normalidad. O al menos yo puedo. Aun así, no puede pasarse por alto la sensación de que hay otra cosa que toma el mando; demasiados escritores han dado fe de ello. El estado de flujo, la inspiración, los personajes que arrebatan la iniciativa a sus autores, las visiones en sueños, las experiencias extracorporales; todos estos tipos de testimonios son demasiado numerosos como para desestimarlos.

Por si eso fuera poco, es posible que existan (como mínimo) dos modelos de escritor: los devotos del Apolo que, hiperconsciente de la armonía y la estructura, rasguea su lira con su séquito de musas; y aquellos que más bien recurren a Hermes, dios de las trampas, las bromas y los mensajes, ocultador y revelador de secretos, patrón de viajeros y ladrones, guía de las almas hasta el inframundo. Si estás revisando un borrador, necesitas a Apolo; si te has quedado atascado en medio de la trama, podrías invocar a Hermes, el que abre las puertas, aunque nada te garantiza lo que pueda acechar tras esa puerta. Que los dos dioses son uña y carne queda patente en las historias mitológicas de su origen: para empezar, fue Hermes quien construyó la lira de Apolo. Casi todas las culturas tienen una versión de esta dualidad, dado que tanto la forma como la energía son necesarias para cualquier obra de arte.

A esto le podríamos añadir a Baco, dios del vino, defensor de la embriaguez divina, anulador de las inhibiciones. Son bastantes los escritores que han escrito bajo la influencia de una cosa u otra. En mi caso era la cafeína.

placeholder Atwood recibiendo el H.C. Andersen Literature Prize 2024 en Dinamarca. (EFE EPA/Thomas Sjoerup)
Atwood recibiendo el H.C. Andersen Literature Prize 2024 en Dinamarca. (EFE EPA/Thomas Sjoerup)

A algunos escritores les encanta hablar de su "material". Marian Engel, autora de la novela Oso, estaba relatándome sus lacerantes experiencias de cuando, siendo muy pequeña, a ella y a su hermano gemelo los habían dado en adopción —los habían separado porque su gemelo era agresivo y la atacaba—, y de repente me dijo: "Copyright". Lo que significaba que aquel material era suyo, no mío. Justo se encontraba escribiendo sobre estas tempranas experiencias cuando murió.

Pero ¿de dónde viene todo ese "material" tan variado? Viene de lo que, en líneas generales, se conoce como tu vida y tu época. Te pasan cosas, o te las cuentan. Cosas grandes y cosas pequeñas. Algunas te afectan, o se te quedan dentro. No puedes eludir la realidad espaciotemporal en la que vives. Nadie puede. Tu escritura siempre tendrá lugar dentro de ella y estará conectada con ella, aunque tu libro esté ambientado en otro planeta y otro siglo. No puede ser de otro modo.

Así que, inevitablemente, tendré que describir los elementos de mis propios espacios y tiempos si quiero arrojar un poco de luz sobre esto de la escritura. Prepárate para leer descripciones de tecnologías obsoletas, como los pozos de nieve o los armaritos donde el lechero dejaba las botellas; explicaciones de ritos sociales arcaicos, como los sock hops, una especie de guateques en calcetines, y los pretendientes; y pequeños apuntes de modas de la época, como el traje pantalón, la minifalda, los vestidos acampanados y el estilo étnico.

Los recuerdos pueden ser vívidos pero poco fiables; los diarios pueden tergiversar. No obstante, cada vida tiene sus propios sabores y texturas

Me muevo a través del tiempo y, cuando escribo, el tiempo se mueve a través de mí. Es igual para todos. No puedes detener el tiempo, tampoco puedes retenerlo; se te escapa, como el río Liffey en el Finnegans Wake de Joyce. Los recuerdos pueden ser vívidos pero poco fiables; los diarios pueden tergiversar. No obstante, cada vida tiene sus propios sabores y texturas particulares, y yo intentaré evocar los de la mía.

Como en unas memorias tiene que haber fotos, he estado rebuscando entre las toneladas que conservo: los álbumes de mi madre y mi padre de principios del siglo xx, con las instantáneas en blanco y negro sujetas a la página por las esquinitas, de abuelos, tías abuelas, automóviles antiguos que entonces eran flamantes, caballos, puentes cubiertos. Luego, de las décadas de 1930 y 1940: aquí aparezco yo, rodando por el suelo, poniéndome de pie, me crece el pelo, me salen los dientes. A los ocho años me regalan una Kodak Brownie y saco fotos de mi gato con un sombrero, de mi hermano lanzando bolas de nieve y haciendo muecas, de árboles deformes, de niños irreconocibles. Otros álbumes muestran bailes de instituto, graduaciones, obras de teatro amateur. Mis primeros recitales poéticos.

placeholder La escritora en Oviedo cuando recibió el Príncipe de Asturias en 2008. (Getty/Carlos Álvarez)
La escritora en Oviedo cuando recibió el Príncipe de Asturias en 2008. (Getty/Carlos Álvarez)

Luego, fotos de cubiertas de libros. Más de ésas. Las cosas empiezan a ponerse literarias. Después vienen los retratos para periódicos y revistas, algunos granulados, otros con brillo; en los segundos muy a menudo no llevo mi propia ropa, porque ya se han inventado los estilistas de vestuario. Atesoro el recuerdo de una sesión fotográfica en la que me pidieron que me quitara toda mi ropa negra para ponerme otra ropa negra que me quedaba exactamente igual. Luego está aquella vez que fui a Finlandia; me sentaron en la sala de maquillaje de un plató de televisión y, visto y no visto, me colocaron unos rulos calientes en el pelo para intentar aplanarlo: los fineses no estaban acostumbrados a mi tipo de cabello. Imagino que trataban de ahorrarme el escarnio público. (No fueron ni los primeros ni los últimos en hacerlo. Pocos lo han logrado.) En capas de fotos más personales, aparece mi propia familia, en muchas etapas y edades.

Me colocaron unos rulos calientes en el pelo para intentar aplanarlo: los fineses no estaban acostumbrados a mi tipo de cabello

Resulta abrumador poner orden en esta ventisca de imágenes. ¿Qué se supone que debemos hacer con esto, con semejante acumulación? He conseguido descartar las que sin darme cuenta hice del suelo, de mis pies, del interior de mi bolso, pero las demás... Pululan en el aire, cada vez más desdibujadas pero aún visibles, pequeños destellos de lo que una vez se vivió. ¿Hacía frío aquel día, qué comimos, éramos felices?

Al revisitar mi pasado como escritora, he tenido sueños extraños. He conversado con los muertos: los muertos benévolos, sobre todo. He desenterrado las primeras cosas que escribí, y por suerte jamás publiqué, y me he muerto de la vergüenza al leerlas. He intentado captar de nuevo mi estado de ánimo en aquella época. Decisiones equivocadas, miriñaques, argumentos abandonados, medias de nailon con costuras, canoas, amores perdidos. Todo es material. ¿Qué haré con él?

Una de mis primeras entrevistas para un periódico tuvo lugar en 1967. Para mi gran sorpresa, y también para la del resto del mundo, yo acababa de ganar el único premio literario importante que se concedía en Canadá en aquella época, el Governor General's Award, por mi primera antología poética, The Circle Game. En ese momento vivía en Cambridge, Massachusetts, y era estudiante de doctorado en la Universidad de Harvard. A un periódico canadiense se le ocurrió que sería buena idea hacerse eco de mi galardón, así que, para entrevistarme, envió a un corresponsal de guerra que por aquel entonces acababa de regresar de Vietnam. Imagino que sus amigos se mofarían de él sin piedad. "¿Qué, has vuelto a entrevistar a otra jovencita poeta?".

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