Cromañón, el Alcalá 20 argentino que causó 194 muertos adolescentes: "Podría volver a pasar"
Fue a finales de 2004. Más de cien chavales murieron en un local en el que se cometieron numerosas irregularidades. Camila Fabbri, que había estado la noche anterior, relata testimonios de supervivientes y amigos de víctimas
La fachada actual de la discoteca República de Cromañón en Buenos Aires con los nombres de las víctimas. (EFE/Juan Ignacio Roncoroni)
En alguna mudanza, Camila Fabbri (Buenos Aires, 1989) perdió la entrada con la que vio a la banda Callejeros el 29 de diciembre de 2004 en la discoteca República de Cromañón de Buenos Aires. La guardó durante un tiempo, pero un día desapareció. No era un ticket cualquiera. Aquel concierto fue el último que se celebró (entero) en aquella populosa sala del centro de la ciudad. Justo un día después, un incendio provocado por una bengala a los pocos minutos de que el grupo comenzara a tocar desató una tragedia enorme, la mayor de Argentina: 194 personas, en su mayoría adolescentes, murieron por el humo y el fuego. Después, la investigación y un juicio muy mediático demostrarían que hubo una cadena de irresponsabilidades enormes. “Igual la perdí a propósito”, cuenta Fabbri por teléfono.
La hoy escritora, directora de cine y de teatro tenía 15 años cuando acudió a aquel último concierto en la Cromañón (nunca jamás volvió a abrir y hoy el pasaje en el que se encontraba aquel “boliche” está dedicado a las víctimas con fotos, murales y las zapatillas que portaban muchos de ellos). El día del incendio fue también su novio de entonces (que se salvó). Le consta que estuvieron colegas y conocidos suyos del instituto. Callejeros era uno de los grupos de rock argentino del momento, una banda adorada “hasta el fanatismo” por una chavalería que incluso mentía a sus padres para poder ir a verlos. De hecho, muchos se enteraron de que sus hijos estaban allí por la masacre.
Cromañón supuso un terremoto para el país, que atravesaba una de las crisis económicas y políticas más graves de su historia. Se había sucedido el corralito, había habido en pocos años hasta cinco presidentes del Gobierno. Néstor Kirschner acababa de tomar las riendas (y ni siquiera fue al lugar del incendio). Además, en este tipo de lugares había una laxitud gigante en cuanto a la normativa. Se permitía el uso de bengalas, se mantenían cerradas las puertas de emergencia (para que nadie se colase por detrás, se llegó a decir en el juicio), no había control de aforo (en este caso casi se doblaba) y había tal papeleo en cuanto a empresas propietarias que casi era imposible llegar al responsable de todo.
“Es que estas son cosas que pasan en países, en ciudades en donde no hay un Estado presente, donde está todo un poco en crisis. Y aquí veníamos de un descuido muy grande de las normas de la ciudad de Buenos Aires. También había algo muy cultural ahí, con todas esas prácticas como las bengalas, que se llevaban a cabo desde hacía veinte años”, comenta Fabbri.
'El día que apagaron la luz', de Camila Fabbri. (Anagrama)
Por ese motivo le parece muy certero que ahora se reedite —apareció originalmente en 2019— y se publique en España El día que apagaron la luz (Anagrama), la crónica sentimental que escribió con testimonios de personas que sobrevivieron al incendio o familiares de víctimas y que da cuenta, como ella misma afirma, de una adolescencia truncada, de un momento que se les cortó en seco precisamente cuando piensas que no te vas a morir nunca.
“En 2004 veníamos de la crisis de 2001, que fue una crisis muy grande en Argentina, muy similar a la crisis que hay ahora. Quizás la crisis que hay ahora en Argentina sea peor que la del 2001. Cuando hay tanta crisis hay espacio para que sucedan estas cosas porque no hay cuidado. El Estado no está detrás de donde tiene que estar, previniendo que los lugares estén en regla, que no haya catástrofes. Entonces me parece que es un momento interesante para que este libro vuelva a circular para pensar que estas cosas no son cosas de mala suerte, sino que vienen después de mucho abandono”, manifiesta.
"Cuando hay tanta crisis hay espacio para que sucedan estas cosas porque no hay cuidado. El Estado no está detrás de donde tiene que estar"
Han pasado veinte años, ¿podría volver a suceder?, le pregunto.
“Sí, sí, completamente. Lo triste y peligroso es pensar que ahora, en Argentina, esto podría volver a pasar. Hay un Estado muy ausente en Argentina en este momento. Si ni siquiera está cubierto el dinero de los jubilados, imagínate si van a estar en regla los espacios. Yo realmente lo dudo. Está todo muy desprotegido”.
Trauma generacional
En este libro, Fabbri no aborda las consecuencias legales, empresariales y políticas que tuvo lo que ella denomina “masacre” (“fue una tragedia evitable. Para los padres y madres que perdieron a sus hijos ahí es una masacre provocada por un estado inoperable. Así que creo que esa es su denominación correcta”), y que fueron unas cuantas. Para empezar, cambió la normativa —”a mejor”— y se prohibieron las bengalas. El gerente del local, Omar Chabán, acabó en la cárcel y condenado a 20 años (luego reducida a 10 años y 9 meses), aunque moriría en 2014 en prisión domiciliaria por un cáncer. El dueño, Rafael Levy, también iría a la cárcel, así como el mánager de la banda, Diego Argañaraz, y los miembros del grupo. Tres funcionarios públicos encargados de la Fiscalización y Control y del Control Comunal recibieron penas de dos años, e incluso el subcomisario de la Policía Federal, Carlos Díez, fue sentenciado a ocho por recibir sobornos y hacer la vista gorda ante las irregularidades del local. Todo eso hubo tras la tragedia de Cromañón.
La escritora argentina Camila Fabbri. (Europa Press/David Zorrakino)
Pero Fabbri no se recrea en estos temas, ya contados ampliamente en la prensa. Lo suyo va a otro tipo de tuétano: es una crónica testimonial sobre cómo fue crecer en ese ambiente de fanatismo musical y recibir un golpe tan duro. Una escritura para la cual le inspiraron mucho, confiesa, los textos deLeila Guerriero.
“Aquello fue una afectación muy grande. Segrega una especie de miedo en tu forma de vivir. A mí me quedó como una sensación de no estar a salvo y se transformó en una forma de mirar”, señala. Muchos de los testimonios de los que da cuenta en el libro hablan de una cierta parálisis. ¿Cómo seguir después de algo así? A ella misma le impidió volver a coger el metro durante muchos años. También un trauma ante un olor a fuego, a quemado, aunque sea una simple cerilla. “Y eso que yo no estuve la noche de la tragedia, yo estuve la noche anterior. Hay muchas cosas que yo no las viví, así que no sé cómo hubiera sido de haber visto algunas cosas”, resume.
Probablemente, la dureza de lo ocurrido haya hecho que no se haya escrito demasiado sobre Cromañón. Ni rodado. La propia Fabbri hizo una película, Clara se pierde en el bosque, que se estrenó en el Festival de San Sebastián en 2023 y que sí tiene ecos de aquello. Pero ha habido cierta falta de algo con una intención más mainstream y comercial. Finalmente, en 2024, Prime estrenó en Argentina una serie (Cromañón) que sí reconstruía lo sucedido con un grupo de amigos que acudían a ver ese concierto. Y sí, eso sí llegó a millones de espectadores, muchos de ellos jóvenes que ni siquiera lo recordaban (ahora es lo que ocurre con tantísimos acontecimientos: todo efímero, volátil, antiguo).
Es lógico que se haya tardado veinte años en contar la masacre, afirma: "Es que no ha pasado tanto tiempo. Son cosas difíciles de contar"
“Sirvió bastante para contarlo a los jóvenes y eso es muy valioso”, reconoce. Pero también cree que es lógico que se haya tardado veinte años en recrear un producto para el gran público. “Es que no ha pasado tanto tiempo. De hecho, cuando salió la serie, la sensación general entre los contemporáneos con los que hablé es que era pronto para contarlo. Como que no hay una distancia grande aún. También es la sensación que yo tengo. Quizá desde fuera parece que sí pasó bastante, pero para mí no. Son cosas difíciles de entender y, por tanto, difíciles de contar”, sostiene.
También, dice, esto pasó con la dictadura. “Argentina necesitó muchos años para contar el golpe de Estado”. Evidentemente, no son cosas fáciles. La masacre de la República de Cromañón acompañará a los que la sufrieron toda su vida. Los testimonios siempre sirven para no olvidar… y que no se repita.
En alguna mudanza, Camila Fabbri (Buenos Aires, 1989) perdió la entrada con la que vio a la banda Callejeros el 29 de diciembre de 2004 en la discoteca República de Cromañón de Buenos Aires. La guardó durante un tiempo, pero un día desapareció. No era un ticket cualquiera. Aquel concierto fue el último que se celebró (entero) en aquella populosa sala del centro de la ciudad. Justo un día después, un incendio provocado por una bengala a los pocos minutos de que el grupo comenzara a tocar desató una tragedia enorme, la mayor de Argentina: 194 personas, en su mayoría adolescentes, murieron por el humo y el fuego. Después, la investigación y un juicio muy mediático demostrarían que hubo una cadena de irresponsabilidades enormes. “Igual la perdí a propósito”, cuenta Fabbri por teléfono.