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¿Por qué todos los pollaviejas odian a Rosalía?
Con su nuevo lanzamiento musical, se confirma que ningún artista español actual genera tanto amor y tanto odio como Rosalía. Ese amor y ese odio la convierten en nuestra figura pop más relevante de lo que llevamos de siglo
Ha vuelto a suceder: de repente las redes sociales se congestionan con invectivas de señores (y alguna señora) henchidos de resentimiento, que no pueden dejar de teclear improperios contra esta estrella pop de 33 años.
Y entonces uno adivina que el motivo es seguramente el lanzamiento de un nuevo trabajo musical por parte de la artista catalana. En este caso se trata de Berghain, sencillo publicado el pasado lunes y anticipo de Lux, álbum que podremos disfrutar entero en menos de una semana. Pero… ¿qué resorte toca Rosalía en esta montonera de gente amargada para hacerles reaccionar con tamaña ira destructiva?
Después de Serrat… Rosalía
Cataluña puede sentirse orgullosa: medio siglo después de que Joan Manuel Serrat comenzara a fundir los corazones de medio mundo con su ángel y su talento compositivo, divulgando el catalán como lengua poética universal más que ningún otro artista de su tierra, llega este otro terremoto barcelonés que, directamente, traspasa cualquier frontera e idioma.
Armada de un profundo instinto sensorial, bebiendo de su mestizaje intramuros y también del que le ha dado la gana adoptar, y haciendo del desprejuicio impagable virtud, se ha convertido en el astro más rompedor del pop internacional. Y uno, que ya es talludito, se entera de que Rosalía saca disco nuevo (sigo diciendo disco, ¿ven como soy pollavieja?) cuando internet empieza a bullir con seres cabreados con ella o con la vida o con ellos mismos (nunca he entendido el porqué real de ese cabreo), echando espumarajos de rabia y pestes contra la ¿pobre? muchacha y su creación más reciente. Y yo, casi jubileta, estallo jubiloso al constatar que el pop todavía puede suscitar semejante indignación en la peña. ¡Ladran, luego perreamos!
Lo gracioso es que Rosalía debutó en lo suyo con todo el crédito gremial ganado, asociada a un productor irreprochable y de incuestionable buen gusto, el también catalán Raül Refree. A partir de ese arranque con raíces, dudo que nadie en el mainstream de nuestros tiempos haya experimentado tanto en lo musical como Rosalía con tales niveles de aceptación. Yo, que amo los sonidos de los años 80, jamás escuché en esa década una figura de primera línea mundial que tomara decisiones artísticas tan osadas como las que toma ella sin pagar el precio de pegarse un batacazo de campeonato en las ventas o de que su carrera se resintiera gravemente. Por si fuera poco, la belleza anticonvencional de la ídola llobregatense seguro que está ayudando a un montón de adolescentes y jóvenes a construirse, ser y mostrarse como quieran, con cero complejos: beneficioso efecto colateral de la cultura pop. ¿Qué más le pueden exigir? ¿Por qué tantos señorones trasnochados pretenden adquirir brillo de sensibilidad afeándole sus obras y desgañitándose por demostrar que saben mucho más de música que ella? ¿Por qué tantos presuntos vanguardistas devienen puristas reaccionarios con un solo "tratrá"?
En el fondo sospecho que si Rosalía se pegara efectivamente dicho tortazo en las listas de éxitos o no se notara que se divierte tanto haciendo lo que hace, estos mismos renegones rancios la estarían defendiendo a capa y espada como el último baluarte de la música independiente de calidad…
España odia el pop
Y es que no nos engañemos: España es un país que odia profundamente el pop. El pop es lo opuesto al sufrimiento y nuestra tradición construye el mérito artístico sobre el sufrimiento y la apariencia de seriedad, gravedad y compromiso. De ahí emana el prestigio; jamás de construir canciones ligeras, frescas y pegadizas, de celebrar el goce de los sentidos sin racionalización previa que salvaguarde reputaciones. Si el resultado no se intelectualiza antes, hay un miedo telúrico a dejarse arrastrar.
Y si eres artista guapo/a, frívolo/a, te encanta el placer por el placer (el que genera una buena canción pop, por ejemplo), ríes en las fotos y encima obtienes éxito, España te va a odiar con todas sus fuerzas. Te van a salir mil listillos a burlarse de ti y van a poner como ejemplo de artistas modelo a grupos anglosajones cuya imagen se acerca más a lo que a ellos les gustaría ser: abundan los iberos acomplejados que sueñan en el fondo con afectar porte de señorito anglosajón con pelo rubio y ojos claros de dos colores. Pero somos bajitos, calvos y con ojos cenutrios, qué le vamos a hacer. Ni siquiera la etiqueta del rock, mucho más favorecida tradicionalmente por la prensa especializada, ha impedido que nuestros grandes compositores de los 80 sobrevivan semiolvidados y sin apoyo mediático alguno (véanse si no la gloria cañí Jaime Urrutia o al solidísimo Javier Andreu). Si sus discográficas se hubieran preocupado de promocionarlos en el inmenso —y mucho más agradecido— mercado latinoamericano, bandazas como Gabinete Caligari, La Frontera o Danza Invisible serían hoy tan millonarias y perdurables como los Hombres G y no tendrían que depender de la desidia española hacia su propia cultura. Y más ahora, que empiezan a acusar a los grupos de la Movida de desentendimiento político. En España querer divertirse sin más sale caro. ¡Hay que sufrir, hay que sufrir!
España es un país que niega su propio historial de hitos populares, porque pensamos que únicamente lo banal triunfa: está claro que para cualquier país extranjero nuestro legado pop incontestable pasa por el Dúo Dinámico, Camilo Sesto, Julio Iglesias, José Luis Perales, Mecano, La Oreja de Van Gogh y, ahora, Rosalía. En España estos artistazos han recibido toda su vida más burlas que parabienes. Allende nuestras fronteras se sorprenden de ese maltrato constante, de que con nuestro desprecio y olvido voluntarios hagamos tan efímero lo popular. Sin respeto a nuestra cultura de masas y a las personas que opinan diferente (¡que tienen gustos diferentes!) seremos por los restos un país de necios contrincantes que se refocilan en la amnesia.
Rosalía está cosechando fuera el reconocimiento debido, que le negaríamos aquí: el que hemos negado a otras intérpretes y compositoras de valía como Mónica Naranjo, Vega y unas cuantas más que, con proyección internacional, serían muchísimo más apreciadas y celebradas por sus compatriotas.
El esnobismo como criterio
Es algo que no podemos evitar. Donde sea, hay que plantar nuestra cagadita bien visible y hedionda aunque no venga a cuento. No sabemos simplemente callarnos ante lo que no nos gusta y entregarnos con pasión a escuchar y difundir lo que sí. No, tenemos que machacar, en este caso a Rosalía, porque es quien más destaca hoy. Sin pararnos jamás a pensar que, tal vez, seamos nosotros quienes no entendemos ese registro, esa intención. Oigan, a mí no me gusta Alejandro Sanz, pero algo tendrá que también arrasa allá donde va. Y no por ello me voy a poner a verter vitriolo sobre él y sus composiciones. ¡Quien le quiera, que le compre, y me alegra que él y sus fans sean muy felices!
Lo insólito del caso Rosalía es que la gran mayoría de sus detractores a denuestos hablan del pop como si fuera una enrevesada cuestión aritmética a dilucidar, de la que solo ellos poseen la clave. ¡Pero a ver, que el pop es pop en gran medida porque pertenece al pueblo! Que dejen disfrutar al respetable. Ella tampoco tiene por qué agradar a todo quisque, pero que la dejen vivir. Además, según los propios parámetros de lo que es pop inteligente para el grueso de gruñones, Rosalía marca la pauta con diferencia: aunque fuera una estafa como claman, seguiría siendo la creadora (y el creador) más inteligente del panorama actual. Décadas con hordas quejándose de que el pop español se apoya en productos prefabricados, patrones adocenados y letras tontorronas… ¡y para alguien que traspasa esos límites, se le echan a la yugular!
Entre los argumentos de estos odiadores (ni siquiera profesionales) me ha hecho mucha gracia el de uno que presumía de saber mucho más de música que Rosalía porque de veinteañero había asistido a un concierto de Suede cuando la banda británica iniciaba su andadura y bla bla bla… O sea, ese concierto como espectador pipiolo ya le concedía credenciales estéticas para destrozar el trabajo de su triunfadora desdeñada. Yo que, como él, soy fan de esa banda, recuerdo que en sus comienzos Suede también era considerado un grupo de mierda por gran parte de la prensa musical. Y sigo sin comprender por qué no se puede amar a Suede y a Rosalía en estéreo, por qué unos van a tener que ser mejores que la otra. No veo ninguna complicación elitista en sus apuestas creativas ni que resulten opciones excluyentes. Pero aquí cada uno tira de lo que puede para ensuciar. Creo que lo que motiva a estos "indignados" es más una cuestión de aparentar estatus cultural que de interés real en analizar ninguna música.
Pobre sociedad nuestra, tan alienada en la obsesión de sus miembros por aparentar ser superiores mediante el despotrique contra lo que gusta a muchos.
Rosalía tiene una foto con Patti Smith y tú no
En fin: lo único que me reconforta de todo este postureo de pollaviejas plañideros es que con su quejadumbre solamente contribuyen a hacer más popular a Rosalía.
De hecho, sin ellos, este artículo en honor a ella jamás hubiera sido escrito.
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Pero, ahora que caigo, ya sé a qué viene tanta tirria desatada contra nuestra heroína. ¡Claro, Rosalía se tomó una foto con Patti Smith como si fueran de lo más amigas! De hecho, nunca había visto sonreír así a esa leyenda viva estadounidense, parece que lo pasó bomba en compañía del salero rosalero y hasta se reencontró con su niña interior.
Qué cara deben de haber puesto los viejos rockeros al descubrir esa foto.
Vuela alto, Rosalía.
No te perdonarán jamás.
Ha vuelto a suceder: de repente las redes sociales se congestionan con invectivas de señores (y alguna señora) henchidos de resentimiento, que no pueden dejar de teclear improperios contra esta estrella pop de 33 años.