"Croquettas" y Madrí: algo que solo descubres de tu ciudad cuando viajas al extranjero
No hay nada como salir de España para darse cuenta de que estamos de moda. Al menos, como marca exportable: somos un grifo en la barra, un rebozado, un cóctel de 11 libras
Lo último que esperaba encontrar al llegar a Edimburgo era un cartel gigantesco que rezase “Madrí” acompañado por la efigie de un barbudo chulapo, pero ahí estaba, junto al rótulo de “Bar Fifty” y multiplicado por cuatro. Madrí, Madrí, Madrí, por todas partes.
Qué indignación. Si uno viaja a otro país, lo que quiere es que le metan por los ojos los tópicos ajenos, no los propios. Yo he venido al whisky, las gaitas y los kilts, no a las parpusas y el clavel en la solapa. Lo que desde luego uno no desea es que le pongan un espejo delante de la cara y le digan “mira, esto es lo que pensamos de ti”.
Según pasaban los días, la presencia de lo español en Escocia era cada vez más patente. Esta vez, en forma de chapa.“Croquettas de jamón” de “garlic alioli & manchego” promete la carta de un restaurante de cocina del mundo situado en un desangelado centro comercial de Glasgow. El bar de la tienda de discos más cool de la ciudad, Monorail, no se queda atrás y ofrece “Barça spritz” entre sus cócteles. La Cruzcampo abunda en los grifos locales entre la Guinness y la IPA de turno y el Tanqueray Flor de Sevilla luce orgulloso en los bares.
Tal saturación de merchandising patrio le sienta a uno como una auténtica bofetada porque, descontextualizado, fuera de su entorno natural, le ofrece una imagen clara de lo que somos los españoles en el resto del mundo. Ya no paella y toros, sino bebida y comida. Una idea abstracta del placer (alcohólico) y, por extensión, un producto que vender. Estamos conquistando el mundo a base de cubatas y cañas.
Hay que aceptar que Madrid o Barcelona ya no son para vivir, sino marcas exportables
Hablamos mucho de la gentrificación de las ciudades españolas como de un problema interior que expulsa a la gente de sus barrios de origen, sustituidos por turistas, pero hasta que no viajamos fuera (irónicamente, también como turistas) no nos damos cuenta de la mercantilización de España fuera de nuestras fronteras, la otra cara de la misma moneda. Eso sí, la marca España ha dejado paso a la marca ciudad, que hay muchas y cada una tiene algo que vender.
Hoy hay que aceptar que Madrid o Barcelona ya no son ciudades donde vivir, sino marcas exportables. Y que sus habitantes somos figurantes en las fantasíasajenas, de igual manera que cuando hacemos turismo nos gusta que los lugares que visitamos y las personas que conocemos respondan a la imagen preconcebida que tenemos en mente. No hace falta salir del país. Un inglés bebiendo una “Madrí” en un pub inglés tal vez se sienta, por un segundo, en la Pradera de San Isidro. En el capitalismo tardío, todos somos potencialmente el contenido de otra persona, y aquello que antes era identidad local hoy se convierte en marketing, como la peineta y el mantón.
Bienvenido a Edimburgo.
La historia de la marca de cerveza que ha conquistado el Reino Unido es muy reveladora a tal respecto. Registrada en 2016 y lanzada por la castellano-manchega La Sagra en colaboración con Molson Coors en las islas durante 2020, donde es fabricada, es más probable que usted se la encuentre en un bar del Temple Bar o de la Royal Mile que en Malasaña. Cuando uno la prueba no se parece en nada a lo que uno esperaría de una cerveza que se llamase “Madrí”, pero su diseño responde bastante bien a lo que un británico podría pensar que es una cerveza castiza, si es que sabe el significado de “castizo”. Un madrileño no conoce la cerveza “Madrí” hasta que sale de Madrid.
Puede parecer banal, pero es revelador del significado de las ciudades hoy. Ya quedó muy atrás la era industrial, en la que las ciudades se llenaron de trabajadores que alimentaban la insaciable maquinaria, pero también la de las optimistas ciudades creativas de la que Richard Florida hablaba. La siguiente evolución es la ciudad-marca, es decir, una idea que enamore y un producto que todo el mundo quiera comprar para atraer toda la inversión, el talento y las oportunidades posibles compitiendo con otras ciudades en una lucha despiadada donde el vecino de toda la vida es lo que menos importa.
Si he criticado le reciente querencia del moderneo local por lo castizo, esa tendencia a calzarse rápidamente una parpusa y a dejarse fotografiar en San Isidro, es porque es dejar la puerta abierta a dejarse convertir en reclamo turístico. Que es lo que ha ocurrido con otros lugares y otras tradiciones. Puede sorprender encontrarse una “croquetta” con dos “t” en la carta de un restaurante escocés, como si el dueño no terminase de saber si es castellano o italiano, pero a nadie le sorprende ya que haya una pizzería en cada esquina del mundo o la popularidad de los “asiáticos”, ese concepto bajo el que se esconde la variada cocina de todo un continente.
Somos un grifo en la barra, un rebozado en la carta, un cóctel de 'spritz'
La bofetada duele por dos razones. Por un lado, porque me recordaba que yo también consumo estereotipos ajenos, y que me gustan los pubs con techos de molde y butacas de madera, con su borracho y su cantante de folk local cantando canciones de Dexy’s Midnight Runners, que es lo que uno espera sin plantearse si alguien los ha colocado ahí para los ojos del turista. Peor sería no encontrar lo que esperábamos.
Pero el golpe de realidad llega cuando nos damos cuenta de que después de décadas de intentar sacudirnos el tópico exportable a través de cierta modernidad en la que íbamos a gustar por nuestro cerebroy no por nuestro cuerpo, somos de nuevo un grifo en la barra, un rebozado mal escrito en la carta, un cóctel de 11 libras que ni siquiera es de cava, sino spritz. Lo hemos conseguido, hemos logrado ser lo suficientemente tópicos como para que cualquiera sepa lo que significa ser español, que es croquetas y cerveza.
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Es imposible no sentir en el turismo moderno una sospecha constante. Edimburgo es preciosa, demasiado. Cualquiera que la visitase hace décadas se dará cuenta de que ha sufrido el mismo proceso que todas las urbes turísticas, que es el del acartonamiento, hoy agravado por ese trampantojo entre el cuento de hadas y Harry Potter en que se ha convertido. Antes todo era más sucio, más cutre, más real.
¿Perdón?
Uno sale de la ciudad con la sensación de que ha encontrado lo que se esperaba encontrar, como si hubiesen diseñado para él una imagen atemporal pero estereotipada. Es un buen aviso. Quizá más pronto que tarde, los disfraces de Micky Mouse o Pocoyó de la Puerta del Sol serán sustituidos por barbudos con parpusa.
Lo último que esperaba encontrar al llegar a Edimburgo era un cartel gigantesco que rezase “Madrí” acompañado por la efigie de un barbudo chulapo, pero ahí estaba, junto al rótulo de “Bar Fifty” y multiplicado por cuatro. Madrí, Madrí, Madrí, por todas partes.