Es noticia
El amor según Dominique Pelicot, el hombre que drogó a su mujer para que otros la violaran
  1. Cultura
Prepublicación

El amor según Dominique Pelicot, el hombre que drogó a su mujer para que otros la violaran

¿Cómo es posible que alguien que decía amar a su esposa la narcotizara para que unos desconocidos abusaran de ella? La periodista Raquel Villaécija aborda la cuestión en su libro 'La Vergüenza'. Publicamos un capítulo

Foto: Dominique Pelicot, en un dibujo realizado durante su comparecencia ante el tribunal de Aviñón que le condenó a 20 años de cárcel por drogar a su mujer para que al menos 50 desconocidos la violaran. REUTERS
Dominique Pelicot, en un dibujo realizado durante su comparecencia ante el tribunal de Aviñón que le condenó a 20 años de cárcel por drogar a su mujer para que al menos 50 desconocidos la violaran. REUTERS

"Cuando él dice que la quiere, ¿es sincero? ¿Dice la verdad?", la pregunta se la hizo el abogado de Gisèle Pelicot, Stéphane Babonneau, a Annabel Montaigne, la psiquiatra que entrevistó en la cárcel a Dominique Pelicot. Fue el lunes 9 de septiembre de 2024, la segunda semana del juicio y antes de que declarasen los acusados.

Dominique Pelicot, durante la instrucción del caso y en los exámenes clínicos e interrogatorios, siempre sostuvo que amaba a Gisèle y que era la mujer de su vida, así que, en realidad, la pregunta de Stéphane Babonneau era la que se hacía todo el mundo dentro y fuera del tribunal: periodistas, abogados, la gente corriente en los bares o en sus casas, los taxistas con los que charlé en Aviñón. ¿Cómo puedes hacerle algo así a la mujer a la que dices querer por encima de todas las cosas? A por qué lo hizo pudimos encontrar alguna respuesta, aunque fuera parcial e insatisfactoria: la compleja personalidad de Dominique Pelicot, disociada y enfermiza, su infancia disfuncional y los hechos que condicionaron la construcción de su sexualidad perversa. Al cómo lo hizo, desde el punto de vista factual, también hallamos explicación, pues él mismo detalló su modus operandi, perfeccionado a través de los años. Para el cómo pudo hacerlo no tuvimos explicación. Una de las cosas más difíciles del juicio de Mazan fue llegar a la conclusión, el 19 de diciembre de 2024, cuando se dictó sentencia y todo acabó, de que la pregunta de Babonneau tenía una respuesta afirmativa. Sí, Dominique quería a Gisèle, aunque en ese tramo final de su historia en común sucediera lo más terrible e inimaginable. Habría resultado casi más fácil digerir que la sometió a ese horror porque no la quería, por odio o venganza.

Los expertos trataron de explicarlo durante los interrogatorios.

La psicóloga Annabel Montaigne dijo: Él es sincero cuando dice que la quiere, aunque cuando hablamos de amor, hay que tener en cuenta la noción de psicodependencia, el vínculo privilegiado a un objeto de amor. A veces se asimilan los dos conceptos y hay muchos grados. En su caso, hay una fuerte psicodependencia al objeto de amor y todo lo que implica: la imagen social y la imagen de él mismo. Ella era su objeto narcisista, esencial en su equilibrio vital.

Esto es un proceso inconsciente, difícilmente validable a través de algo concreto

Stéphane Babonneau: ¿Cuál es la explicación a que alguien que dice amar a otra persona pueda hacerle algo así? ¿No hay un sentimiento de culpabilidad? ¿Cómo es posible que quisiera hacerle daño? ¿Cómo cohabitan estas dos contradicciones?

AM: Él habla de su manera de amar, de su psicodependencia, el amor para él podía corresponder más a ese vínculo a un núcleo familiar que a un sentimiento profundo. La naturaleza de los actos nos remite además a la noción de disociación, que permite explicar que hay en él dos funcionamientos que se activan, uno en la esfera íntima y otro en la esfera social, y uno es dominante en cada uno de esos espacios. La disociación permite integrar que la persona que tenemos enfrente sea a la vez buena y mala. En el caso de un niño, una madre, por ejemplo, que es buena porque le alimenta, pero mala porque le hace esperar para comer cuando tiene hambre. Integramos esta ambivalencia afectiva que nos permite estar en relación de manera recíproca con ese objeto que es bueno y malo al mismo tiempo. En el caso de la esposa, por un lado, hay una mujer entregada a la que ama, por otro, ese objeto al que dan ganas de hacer sufrir. Esto es un proceso inconsciente, difícilmente validable a través de algo concreto. El hecho de que ella esté pasiva en los actos sexuales responde a la necesidad esencial de dominar totalmente el objeto, de tener un poder sobre él. Es el amor como forma de dominación.

placeholder Gisèle Pelicot. (Reuters/Manon Cruz)
Gisèle Pelicot. (Reuters/Manon Cruz)

Paradójicamente, en un juicio a cincuenta y un acusados de violación, el amor, en sus formas más diversas y perversas, estaba muy presente. Era como el río subterráneo sobre el que navegaba todo lo demás: el delito, las adicciones, los traumas, las frustraciones y las desviaciones. Hasta dónde somos capaces de llegar, no por amor, sino para buscar ser queridos. En la mayoría de los casos, según lo que se desprendió de sus declaraciones, esos hombres no buscaban dar amor, sino recibirlo. El amor no era un motor, sino un fin, convertido a veces en algo utilitario y egoísta. Para muchos, la carencia o la búsqueda de amor se convirtió en una condena. Vimos el lado oscuro del amor reflejado en algunos de los que hablaron en el atril de ese Tribunal del desamor. Los hombres que no habían sido amados. Unos cuantos acusados declararon: "A mí nunca me dijeron 'te quiero”. En su búsqueda del cariño que nunca le profesaron, Romain Vandevelde se metió en una página libertina porque quería "encontrar compañía". Andy Rodriguez estaba solo un 31 de diciembre, así que pensó que la mejor manera de combatir la soledad en el comienzo de año era acordar una cita con un desconocido para tener sexo con una mujer desconocida. Charly Arbo probablemente no experimentó lo que es un primer beso, inocente, porque a esas alturas ya estaba formateado por la pornografía. Y es así como aprendió a vincularse a las mujeres. Hubo un acusado que hizo una curiosa aportación, Mohamed Rafaa, condenado a ocho años de cárcel por haber violado a Gisèle en Île de Ré, durante las vacaciones del matrimonio en casa de su hija. Dijo que para él "el sexo sin amor es como una flor sin olor". Había sido condenado previamente por haber violado a su hija de quince años.

Muchos acusados excusaban sus actos con el insólito argumento de que "un marido no le hace eso a su mujer" y, sin embargo, ellos no revisaron su historia con las mujeres que les quisieron y a las que ellos malquisieron. Como la expareja de Vincent Coullet, que declaró ante el tribunal que siguió con él a pesar de la relación tóxica que tenían porque pensaba que aún le podía salvar y porque él adoraba a su hija, fruto de una relación anterior de ella. Él mismo dijo que quiso mucho a esa niña. En algunos acusados lo que les condujo a practicar el libertinaje fue una ruptura sentimental, un trauma de abandono o de rechazo. Adrien Longeron, cuando su abogada le preguntó qué desearía hacer cuando saliese de la cárcel, declaró que quería al fin formar una familia, la suya, no la modélica de sus padres. Cuando, con apenas veinte años, se enteró de que la hija que había tenido con su entonces pareja no era suya, declaró su odio a las mujeres. Probablemente aquella novia le rompió el corazón, pero más adelante algunas de las siguientes le denunciaron a él por violencia. De una de ellas dijo, sin emocionarse: "Le hice mucho daño y espero que se haya podido reconstruir". En ese banquillo había muchas historias de amor disfuncionales, protagonizadas en muchos casos por hombres que no sabían querer y que quizá tenían, como explicó la psiquiatra Annabel Montaigne, más una relación de psicodependencia o una necesidad de dominar o de ser queridos que un sentimiento profundo.

En el caso de Dominique Pelicot, por su historia, cuando conoció a Gisèle también tenía necesidad de amor. En las entrevistas con los diferentes psiquiatras que lo analizaron insistía: "Nadie se había dado cuenta y si esto no hubiera salido a la luz, seguiríamos siendo felices". Paul Bensoussan, otro de los expertos que lo examinó, dijo que había idealizado a su mujer y que uno de los grandes enigmas de este caso era precisamente ese: cómo pueden coexistir dentro de un mismo individuo dos personalidades opuestas e incompatibles, una que la quiere, otra que la destruye. "Hay una diferencia entre el deseo y la necesidad. Hay hombres que expresan deseo y otros, necesidad. Él expresaba lo segundo", declaró.

Dominique Pelicot tenía "personalidad colérica y tendencia a mentir", rasgos parecidos a los de su padre, que sometía a su madre y al que él rechazaba

Sobre la noción de amor, que a medida que avanzaban los interrogatorios se nos iba desintegrando, Stéphane Babonneau le preguntó a Annabel Montaigne si Dominique Pelicot era consciente de que la ponía en peligro.

AM: Él lo ha reconocido, pero en el momento del examen psicológico predominaban la preocupación por él mismo y su imagen, no tanto por los otros. Hay egocentrismo en su discurso. No he visto movimientos de empatía ni de preocupación por el estado de salud física y psicológica de la víctima.

"La víctima" era la persona con la que había compartido cincuenta años, su vida, su primer amor y el último y la que, según sus palabras, le había salvado. En la entrevista que tuvo en prisión con Marianne Douteau, otra psicóloga, él dijo: "Es una santa, me hizo olvidar todo lo que yo había vivido antes. Yo lo hacía todo por ella". La experta dijo que Dominique Pelicot tenía "una personalidad colérica y con tendencia a mentir", rasgos parecidos a los de su padre, que sometía a su madre y al que él rechazaba. De su madre dijo que también era una santa, y aunque señaló durante el juicio "Yo no soy como mi padre", al final acabó reproduciendo ese patrón que había vivido en su infancia. Douteau habló también de la manera en la que Dominique Pelicot funcionaba y disfuncionaba, con esa "personalidad antagonista, el que quiere ser y el que es. Es difícil percibir empatía, está apegado a la buena imagen de su familia y dice que su matrimonio se ha roto a raíz de este proceso, que aniquila todo lo que él ha construido, su familia, y que si no hubiera tenido lugar este juicio todo habría continuado igual: 'Yo seguiría siendo feliz, todo habría seguido igual, ella seguiría siendo feliz”.

placeholder Cubierta de 'La vergüenza. Crónica del juicio del caso Pelicot', de Raquel Villaécija.
Cubierta de 'La vergüenza. Crónica del juicio del caso Pelicot', de Raquel Villaécija.

Los exámenes psiquiátricos que los expertos expusieron durante el juicio se le realizaron años antes de que empezase, así que en la cárcel tuvo tiempo para reflexionar y ante el tribunal cambió el discurso, dijo que su mujer no se merecía todo lo que él, un perverso que se fue cociendo a fuego lento, le hizo. "Un perverso no nace así, se hace", se justificaba. El 17 de septiembre de 2024, en su primera declaración, dijo: "Aunque suene paradójico, nunca he considerado a mi mujer como un objeto. La he querido siempre durante cincuenta años. Nunca debí haber hecho esto, lo he arruinado todo y lo he perdido todo. Debo pagar por ello".

Su abogada, Béatrice Zavarro, le interrogó: ¿Usted la quería?

Dominique Pelicot: Estaba loco por ella. Siempre lo he dado todo por ella. Ella tenía un corazón de oro. Yo tenía la familia ideal, era yo el que no lo era.

Uno de los abogados de los acusados le preguntó también cómo pudo hacerle algo así si tanto la quería. Él respondió que su adicción a la pornografía "era más fuerte".
Abogado: ¿Lo hizo por odio?

DP: Nunca he sentido odio hacia ella, no sentía más que amor.
A: Usted, cuando habla de Gisèle, dice que sin ella no sería nada. ¿Lo dice porque la ha perdido?
DP: Sin ella no sería nada porque antes de encontrarla yo era una persona traumatizada. Le debo mucho. Sin embargo, he traicionado su confianza.
A: No es que haya traicionado su confianza, es que usted ha perdido definitivamente a su mujer.
DP: Quizá. Pero siempre albergamos un poco de esperanza, si no, todo está acabado.

En el discurso del monstruo de Mazan, los conceptos de esperanza, felicidad y de amor adoptaban un tono particular.

"Aunque suene paradójico, nunca he considerado a mi mujer como un objeto. La he querido siempre durante cincuenta años"

Su abogada también trató de explicar, en su alegato final, cómo pudo hacerle eso a su mujer queriéndola, cuando abordó la evolución de su cliente, su vida y traumas, y cómo se convirtió, en ese proceso de disociación en el que el perverso le fue comiendo terreno al marido ejemplar, y acabó en la peor versión de sí mismo. Béatrice Zavarro defendió que siempre hubo "dos Dominique" y pidió a Gisèle y a sus hijos que se quedasen con ese que sí supo amar: "Gisèle, Caroline, guardad en vuestro recuerdo la imagen de ese primer Dominique, olvidad al que yo estoy defendiendo hoy. Quedaos con el que os ha cuidado y, estoy segura, os ha amado profundamente. Un día él me dijo 'He ido hasta el fondo de mí mismo para ver que no había nadie ahí”. Su abogada acabó con unas palabras que él había escrito en la cárcel para Gisèle en las que decía: "Me he convertido en un mal sujeto. ¿Tendría derecho a ser perdonado? Espero que algún día nos podamos volver a ver, podamos hablar de todo esto". Dominique Pelicot no perdía la esperanza.

La abogada del diablo defendía al monstruo de Mazan, pero siempre trató de proteger a Gisèle y a su hija, Caroline. Sobre esta última, en los interrogatorios trató de arrancarle a su cliente una explicación al hecho de que se hubiesen encontrado un par de fotos de su hija aparentemente dormida en sus archivos, algo a lo que él nunca supo responder. A Béatrice Zavarro le pregunté, meses después del juicio: "¿Cree que su cliente quiere a Gisèle?". "Sí, la quiere, siempre ha querido mucho a esa mujer", me dijo. Le hice la misma pregunta a Antoine Camus, abogado de la otra parte. Me respondió lo mismo. Yo también lo creía.

En su idea del amor, la suya particular, no mentía. Un día en el que ella se ausentó del juicio, que fueron días contados, no respondió a las preguntas de los abogados de los otros acusados: "No voy a responder a cuestiones que tengan que ver con mi mujer sin que ella esté presente". Era curioso porque él no dejó de referirse a ella como "mi mujer", a pesar de que ya no estaban casados, pues ella se había divorciado. Ella a él siempre le llamó "señor Pelicot". La defendió ante los que cuestionaban su implicación en los actos alegando que no era posible que no se hubiera dado cuenta de nada durante tanto tiempo, o ante los que pensaban que estaba influenciada por él o que era una mujer sometida. Él defendió que ella siempre fue independiente, nunca estuvo bajo su influjo, y confesó que su perversión fue precisamente querer someter a una mujer insumisa. Pocas veces debe haber en un tribunal un acusado a punto de ser sentenciado a la pena máxima defendiendo tanto a su propia víctima. Era como si intentase reparar ese mal que había hecho. Quizá ese fue el gesto de amor más sincero y generoso que, ya en el último tiempo y probablemente gracias a su abogada y a los psicólogos que le trataron, tuvo con Gisèle: asumir y reconocerlo todo, no pedir la libertad provisional y no recurrir la sentencia "para no causarle más dolor".

En realidad, la pregunta que nos hacíamos no era la correcta. El interrogante no estaba en si la quiso, sino en cómo la quiso

Casi todos coincidíamos en que Dominique Pelicot quería a Gisèle y eso nos dejaba desvalidos porque, de la misma manera que redefinimos el concepto de violador, recolocamos el de vergüenza y se nos rompió el de confianza, tuvimos que deconstruir el del amor, ese en el que todos pensábamos cuando nos preguntábamos si la quería. En realidad, la pregunta que nos hacíamos no era la correcta. El interrogante no estaba en si la quiso, sino en cómo la quiso. Mazan fue la constatación definitiva de que ese concepto de amor, el de los diccionarios, se nos quedaba corto e incompleto porque, en un intento por protegerlo, lo habíamos idealizado y sacralizado, y habíamos obviado esa otra cara, la oscura que busca dependencia, dominación o necesidad, en la que a veces también habitamos el amor. Mazan desdibujó nuestras referencias sobre ello, aunque sí aprendimos que, como Dominique, el amor tiene dos caras y que nada nos protege del poder devastador de su lado oscuro, ni el amor mismo.

Porque sí, Dominique Pelicot quiso mucho a Gisèle Pelicot y también la destruyó.

El amor según Gisèle Pelicot

Gisèle y Dominique estuvieron juntos medio siglo, aunque eran antagónicos y amaban distinto, así que él la quiso, pero la destruyó y ella simplemente le quiso. Durante el tiempo que duró el juicio, todos percibimos un hilo invisible entre ellos dos, desde el box blindado en el que estaba él a un lado de la sala al otro lado, enfrentados, como si siguiesen conectados. No quedaron fotos de familia, porque la mayoría se destruyeron, pero lo difícil de borrar, a pesar de todo, era el medio siglo de vida en común durante el cual, como dijo Béatrice Zavarro, también existió ese Dominique que supo querer, el de antes de los diez años de violaciones en Mazan. Ni ella ni sus hijos ni nadie de su entorno sospecharon que existía ese otro, el perverso a esos niveles. Para Gisèle, el amor sí era un motor que daba sentido a las cosas. Hubo dos preguntas que nadie le hizo: si ella le quería aún y si creía que él de verdad la quería, a pesar de todo.

Gisèle Pelicot quiso que el juicio a sus violadores fuese público, no para alimentar una guerra estéril entre hombres y mujeres, sino para que la sociedad cambie y para que, como ella dijo el día de la sentencia, sus nietos "puedan crecer en un mundo en el que todos, unas y otros, vivamos en el respeto".

Sobre la autora y el libro 

Raquel Villaécija (Madrid, 1981) es una destacada periodista con una amplia trayectoria. Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, ha trabajado tanto para prensa como para televisión y ha sido corresponsal en Francia de los diarios El Mundo y Expansión. Ha cubierto conflictos en países como la República Democrática del Congo o República Centroafricana. Ha sido reconocida con diversos premios y en la actualidad cubre las noticias de Francia para el diario El País.

Villaécija la periodista española que presenció durante más horas el proceso judicial por los abusos sexuales que sufrió Gisèle Pelicot a manos de su marido, quien durante una década la drogó y permitió que al menos 50 hombres desconocidos la violasen mientras ella estaba inconsciente. La cobertura de ese juicio, que se extendió desde principios de septiembre hasta mediados de diciembre de 2024, el tiempo pasado en la sala del tribunal, cambió la mirada de la periodista: Villaécija empezó el juicio con muchos interrogantes y lo acabó con algunas respuestas, no solo sobre qué ocurrió, sino especialmente sobre por qué ocurrió. Lo cuenta en el brillante libro La vergüenza. Crónica del juicio del caso Pelicot (Ediciones B). 

Gisèle nos hizo un regalo muy valioso: a través de su historia, nos abrió la posibilidad de repensarnos para seguir avanzando. Nos pasó a Sofiane y a mí en su bar, el que yo misma apodé como "el bar de los violadores" y en el que ambos compartimos nuestro viaje a esa habitación de Mazan y redefinimos esos conceptos que ya no nos cabían en el diccionario. Al principio, él intentaba justificar sus historias y, al final, los acabó echando de su bar porque, en su propia reflexión, empatizó con su hija, a la cual creía que maltrataba su novio, y se cuestionó su propio comportamiento como marido. Mi viaje fue a la inversa: al principio quería condenarlos a todos a veinte años de cárcel y acabé regañando a Sofiane por haberlos expulsado porque empaticé con sus madres, hijos y familias, también con las historias de algunos de ellos, y me hice a mí misma la pregunta de si yo también había querido alguna vez a alguien de esa manera tóxica, egoísta y dominante, la de fuera del diccionario. El último día, cuando nos despedimos, me dijo que su madre le había llamado emocionada para darle las gracias por acoger a los grupos de feministas que iban a celebrar la sentencia. En esa brasserie cerca del Tribunal de Aviñón, la vergüenza, como quería Gisèle, cambió de bando y Sofiane y yo, en nuestros viajes cruzados al otro lado en busca de respuestas, comprendimos que en realidad estábamos todos en el mismo. Gisèle cambió cosas, también a nosotros dos, una periodista española y un camarero francoargelino, en ese bar de los violadores que acabó siendo el de las feministas.

Después de Mazan

En 1980 hubo otra Gisèle en Francia, Gisèle Halimi, abogada que defendió a dos turistas belgas, Anne Tonglet y Araceli Castellano, violadas por tres hombres en una cala de Marsella. Logró que se considerase la violación como un crimen y no un delito dentro del Código Penal francés. A raíz del juicio a los violadores de Gisèle Pelicot, en marzo de 2025, la Asamblea francesa estudió un proyecto de ley para incluir la noción de no consentimiento en la definición de violación, para que se penalice que una relación no consentida es un crimen. Entre una Gisèle y la otra han pasado más de cuarenta años.

Dominique Pelicot, ese hombre de dos caras que amaba y destruía, logró durante mucho tiempo contener su lado oscuro gracias a la luz que le sostuvo, la de dos mujeres, su madre y su esposa. Hoy solo recibe visitas de su abogada. Está en una cárcel al sur de Francia, cerca del lugar que en su día eligió para retirarse y ser feliz, en una celda de aislamiento y sin contacto con los otros presos. Tiene acceso a la biblioteca. Lee y escribe. Ya en la cárcel, antes de que empezase el juicio, comenzó a redactar sus memorias.

Su abogada, Béatrice, también escribe. Le han vuelto los problemas de espalda que me confesó que tenía antes de ir a Aviñón, esos que se le quedaron congelados en el tiempo. Como mis fantasmas, que quedaron entre paréntesis durante cuatro meses; tras la sentencia, también me tuve que enfrentar a ellos, a los antiguos y a los nuevos.

De los cincuenta condenados, diecisiete recurrieron el fallo. Iban a ser juzgados de nuevo en un tribunal popular en Nîmes en octubre de 2025, con Gisèle presente y en juicio abierto, pero fueron desistiendo y de los diecisiete, solo queda uno: H. Dogan. Joseph Cocco, uno de los cuatro que salió en libertad, me dijo que iba a escribir un libro.

placeholder Husamettin Dogan, uno de los condenados por violar a Gisèle Pelicot y el único que finalmente recurrió la sentencia. (EFE/Guillaume Horcajuelo)
Husamettin Dogan, uno de los condenados por violar a Gisèle Pelicot y el único que finalmente recurrió la sentencia. (EFE/Guillaume Horcajuelo)

Gisèle Pelicot también escribe su historia. Tras la sentencia, recibió muchos premios, peticiones de entrevistas y algunos medios la nombraron la mujer del año, pero ella no quiso tener presencia pública. "No quiere hacer militancia, solo reconstruirse", me dijo su abogado, Stéphane Babonneau. Su hija, Caroline, ha escrito dos libros. Julie, la ilustradora, expuso todos los dibujos que hizo durante el juicio en el bar de Sofiane. Marion, Anna y Clara también empezaron a escribir y a dibujar, para exorcizar. Nos vimos después y compartimos el impacto emocional de esa onda expansiva que había supuesto para nosotras esta experiencia. Sabíamos que llegaría en algún momento, como los dolores de espalda de Zavarro y mis fantasmas. Las Navidades fueron raras y nos costó volver a la normalidad, porque había cosas que ya no volverían a ser como antes. Algunas entramos en una especie de fase depresiva que duró semanas y que para las que escribíamos fueron meses. Nos habíamos quedado vacías y habíamos perdido los referentes de nuestro diccionario, ese que tuvimos que reescribir. Al final, la palabra fue lo único que nos quedó a muchos y muchas para tratar de recomponerlo y contarle a la gente lo que aprendimos en ese viaje a la habitación de Mazan.

"Cuando él dice que la quiere, ¿es sincero? ¿Dice la verdad?", la pregunta se la hizo el abogado de Gisèle Pelicot, Stéphane Babonneau, a Annabel Montaigne, la psiquiatra que entrevistó en la cárcel a Dominique Pelicot. Fue el lunes 9 de septiembre de 2024, la segunda semana del juicio y antes de que declarasen los acusados.

Violencia de género Agresión sexual