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"Los hombres hacen las guerras, ganan o pierden, las mujeres perdemos siempre"
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ENTREVISTA

"Los hombres hacen las guerras, ganan o pierden, las mujeres perdemos siempre"

Aliyeh Ataie, escritora afgano-iraní, publica 'La frontera de los olvidados', relatos en primera persona sobre los desplazados de la guerra interminable en Oriente Medio

Foto: La escritora Aliyeh Ataei. (© Editions Gallimard/Francesca Mantovani)
La escritora Aliyeh Ataei. (© Editions Gallimard/Francesca Mantovani)
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A Aliyeh le tiemblan las manos, las manos que metió en la boca de su padre cuando tuvieron que atravesar el desierto que separa su frontera con Teherán, una furgoneta, un médico y el padre muriendo de epilepsia, secuela de su paso por el frente. Pocos como ellos tenían la fortuna de hacer un viaje así. Aquella niña de cinco años que impidió que su padre se comiera su propia lengua, esconde hoy el temblor mientras me explica que las mujeres de la frontera, afganas, persas, iraníes, tayikas, uzbecas, otras, ¿qué marca una frontera?, conservan las heridas de las guerras, eternas, quedan dañadas en su emoción. Por eso a ella le tiemblan esas manos finas, largas, bellas como desearía un anuncio de manicura.

Nació en el desierto, en la tierra de nadie que separa Afganistán de Irán, provincia de Jorasán del Sur, donde etnias uzbekas, tayikas, kazajas, pastunes se reparten el territorio árido, hogar de desplazados por las continuas guerras. Aliyeh (43 años, un hijo) estudió Arte en la Universidad de Teherán, máster en Dramaturgia, y escribe no sólo como hecho poético, su sueño es escribir de amor, sino como acto político: La frontera de los olvidados es su primer título en España, publicado por la editorial De Conatus, después de ser traducido a varios idiomas europeos y acogido por casas tan prestigiosas como Gallimard en Francia o Penguin en Alemania.

Relatos de autoficción y memoir que cuestionan el sentido de las fronteras, también la que separa a hombres de mujeres, la violencia y la identidad: "Me preguntan si soy afgana como mis abuelas, si soy iraní o qué soy. Si lo supiera, si conociera mi identidad, tal vez no escribiría. Mi hogar es el farsi, la lengua del pueblo persa. Y escribo sobre la violencia porque la violencia está en mí, forma parte de mi vida: yo soy parte de esa violencia". Y lo hace narrando la realidad sin emoción, como un testigo de cargo, arrastrando la atención del lector.

Amaneció su primera jornada en la Residencia de Estudiantes de Madrid y, maravillada del silencio y la quietud del lugar, "oh, dios mío, esto es lo que yo necesito", intenta por un día escribir sobre el amor y de golpe le brotan las palabras de las manos, hasta mil ha escrito de buena mañana antes de lanzarse a una agotadora ronda de entrevistas. Otras muchas veces lo había intentado antes, esto del amor, pero cuenta que al cabo de unas páginas y sin quererlo mata a uno de los enamorados: tal es la historia que lleva grabada a fuego y le persigue allá donde vaya. A ella, que a los 18 años recibió de parte de los talibanes el cuerpo sin vida y sin mano derecha de su prometido: le habían arrancado el apéndice que él sí utilizaba para escribir a su joven amada cartas llenas de amor, su delito había sido regresar a Kabul para estudiar.

placeholder Cubierta de 'La frontera de los olvidados', de la escritora afgano-iraní Aliyeh Ataie.
Cubierta de 'La frontera de los olvidados', de la escritora afgano-iraní Aliyeh Ataie.

Escribe la autora en el libro que los cuerpos de las mujeres en su territorio están heridos, lastimados sin cura, y no, no es una metáfora: "¡Mira mis manos!, es la memoria de las células, el dolor nunca se borra. Los hombres hacen la guerra y la ganan o la pierden, las mujeres perdemos siempre y nuestras heridas no se curan".

Jugaban de niños con escorpiones, hasta que una plaga mató a un cuarto de la población de su aldea (Darmian), entonces empezó a temerlos tanto como a los señores de la guerra; y jugaban en un único árbol que crecía en aquel desierto de polvo y tierra, pero un día, ya desde su destino como estudiante en Teherán, regresó a su frontera y, allí donde hubiera solo arena y polvo, se alzaban alambradas y bloques de hormigón imponiendo límites. El árbol había quedado del lado afgano y ella se preguntó qué sentido puede tener darle una nacionalidad a un árbol, o a cualquier ser.

"Escribo sobre la violencia porque la violencia está en mí, forma parte de mi vida: yo soy parte de esa violencia"

Tiempo antes, tenía Aliyeh 17 años, embargada por la rabia le dijo a su padre que vivía llena de odio hacia todo lo que le rodeaba, a lo que el padre respondió: "No eres un árbol, tienes piernas. Camina y vete". "Y es lo que hago desde ese día. Toda vez que has perdido tu hogar lo estarás perdiendo siempre. No es una tragedia, yo lo contemplo más como una forma de crecimiento, pero te conviertes en un espíritu errante".

Cuando estableció su residencia en París, hace ahora unos dos años, al despertarse le invadía un estrés desmedido, más que el vivido allá en Teherán, donde tu propia sombra te vigila. "Que por qué, porque había dejado atrás el dolor, y eso me producía un estado de ánimo anormal, tan desconocido que me asustaba". El dolor y la persecución, "ahora en París siento mi libertad como escritora, pero te prometo que los ayatolás continúan en mi habitación. Nosotros no somos islámicos, somos persas, pertenecemos a una cultura muy antigua con su propio idioma, el farsi".

Tenía visado francés desde el año 2013, e iba y volvía, encargándose de causas en defensa de la mujer oriental, atendiendo a su trabajo editorial, y en el 2023 decide dejar Irán y aceptar la residencia permanente que le concede Francia. ¿Por qué? "Por mi hijo (16 años), él decidió por mí, los hijos son para las madres más importantes que ellas mismas. Y quería que se educara en un país occidental, sin guerras, sin conflictos, sin sentir en cada instante que una amenaza te persigue. De ser por mí, no hubiera emigrado, continuaría saliendo y entrando de nuevo en Irán para abrazar a mi familia, a mi anciana madre que he dejado atrás y será difícil volver a verla; a ella, a mis hermanos, la gran familia, por los que temo cada vez que algo sobre mí se publica en las redes". Sus dos abuelas eran afganas, sus padres se conocieron ya en el limbo fronterizo, y ahí nacieron y crecieron Aliyeh y sus tres hermanos varones. "¿El limbo, qué es?", pregunta. El lugar intermedio entre el cielo y el infierno al que van los que no tienen identidad religiosa, es el no lugar, la tierra de nadie. "Ah, sí, entonces yo pertenezco al limbo", se responde a sí misma.

placeholder La escritora Aliyeh Ataei. (© Editions Gallimard/Francesca Mantovani)
La escritora Aliyeh Ataei. (© Editions Gallimard/Francesca Mantovani)

En Afganistán la consideran iraní y en Irán, su sangre no es lo suficientemente persa. "Sin embargo hablamos el mismo idioma, compartimos la misma cultura y tenemos la misma historia y pasado. 15 millones de afganos han dejado el país y, de ellos, 9 viven en Irán, donde han construido un pequeño país dentro del país, porque a pesar de ser trabajadores no son ciudadanos con plenos derechos, no se les permite alquilar pisos, ni tener una sim para el móvil, y si eres mujer ni siquiera te permiten el derecho a denunciar una violación, el crimen queda impune y eso lo convierte en frecuente".

"En una comisión de la ONU acabamos de descubrir que hay mujeres afganas en Bielorrusia obligadas a prostituirse. Las venden como carne"

¿Y las mujeres afganas? Porque todos queremos saber qué ha sido de ellas encarceladas dentro del burka. "Las mujeres han muerto en Afganistán, lo han perdido todo, y sus hombres no las apoyan, ellos son los responsables de la guerra y de tolerar las prohibiciones de los talibanes. Las mujeres que detienen por negarse a usar el burka o a casarse por obligación, en ocasiones son asesinadas, pero aún es peor lo que acabamos de descubrir en una comisión de la ONU, y es que algunas de ellas han sido encontradas en Bielorrusia obligadas a prostituirse. Las venden como carne. Y no olvides el vínculo entre talibanes y Rusia".

Nunca llega la hora del fin. Aliyeh (voz persa que significa excelente) Ataie es capaz de seguir desgranando historias sin fin y sin repetirse nunca. Y una se pregunta cómo demonios es capaz de expresar en su bello rostro esa sonrisa tan dulce, que no se apaga ni en el peor de los relatos; cómo es capaz de tener esperanza: "La guerra, la violencia, la agresión, tanta vulnerabilidad constante te hacen perder la humanidad, te rebajan a la más ínfima condición humana, y te arrancan los sueños. Pero si mantienes tus sueños, estás a salvo, conservas la vida". De ahí irradia su inmensa luz, de haber sufrido tanta oscuridad.

A Aliyeh le tiemblan las manos, las manos que metió en la boca de su padre cuando tuvieron que atravesar el desierto que separa su frontera con Teherán, una furgoneta, un médico y el padre muriendo de epilepsia, secuela de su paso por el frente. Pocos como ellos tenían la fortuna de hacer un viaje así. Aquella niña de cinco años que impidió que su padre se comiera su propia lengua, esconde hoy el temblor mientras me explica que las mujeres de la frontera, afganas, persas, iraníes, tayikas, uzbecas, otras, ¿qué marca una frontera?, conservan las heridas de las guerras, eternas, quedan dañadas en su emoción. Por eso a ella le tiemblan esas manos finas, largas, bellas como desearía un anuncio de manicura.

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