Entre el caos y la ópera 'rave', Lady Gaga sale coronada de su primer 'sold out' en Barcelona
Arde el Palau Sant Jordi en un triplete sin respiro. La reina del caos, el electroclash y el rock teatral de estadios vuelve a rugir en una ciudad que abraza sus catárticas contradicciones
Hay que incendiar más teatros. Por lo menos al estilo al que les prende fuego Lady Gaga. El 28 de octubre, Lady Gaga abrió su residencia de tres noches consecutivas en el Palau Sant Jordi prendiendo fuego al pop. Subida en una infinita falda, que imitaba al telón de un gran escenario clásico, tiñó de rojo toda la pista de radiante rojo con Bloody Mary, Abracadabra y Judas. Como un hechizo liberó a decenas de bailarines de entre sus piernas e hizo retumbar todo un palacio de deportes. Fuego, petardos, coreografías imposibles y un público que se dejó los pulmones en un ejercicio de canto en el que no se respiró en quince minutos. El bien y el mal, el caos, y la búsqueda de la perfección, lo puro y lo obsceno. Todo a la vez y del revés. "Levantad las patas pequeños monstruos" repetía la neoyorkina. Hora de tomar asiento, o prepárense para sudar, The Mayhem Ball ha dado comienzo.
La última vez que Lady Gaga visitó nuestro país fue en 2018, a propósito del Joanne World Tour. Una gira con la que presentaba Joanne (2016), esa clase de disco que los críticos más encarcarados tildan como de “su disco más maduro”, “la profesionalización de su voz”. Del pop extremo pasó al folk, al rock reposado, al country, al pop acústico, a ser aparentemente intimista, dejó los atuendos estrafalarios y la sobrecarga de maquillaje y con ello perdió cierto punto de atención por parte de sus fans. Ese año apenas llegó a llenar la segunda fecha en el Palau Sant Jordi. Siete años después, consiguió agotar tres fechas consecutivas en cuestión de horas. Una decisión estética y sonora para dar un concierto de calidad que no contaría con los imprevistos y contratiempos de hacer un estadio. O lo que es lo mismo, congregar a más 54.000 espectadores -el equivalente a un Estadio Lluís Companys- en su particular ópera 'rave'.
Fuego, petardos, coreografías imposibles y un público que se dejó los pulmones en un ejercicio de canto en el que no se respiró en quince minutos
Con un escenario que contaba con la estructura de una ópera de fondo, el concierto se articuló a partir de una batalla consigo misma, con sus demonios, con su disciplina y su irreprimible atracción con el caos. Esto se evidenció desde los primeros temas cuando, al entonar Poker Face, el escenario se convirtió en un tablero de ajedrez que se adentraba en el público. Ella, vestida de negro, se enfrentaba a una figura coronada de encaje blanco, haciendo referencia a la reina deforme que aparecía en el videoclip de Bad Romance, incluida en The Fame Monster (2008), en una batalla a muerte. Solo quedó una, Lady Gaga 2025.
El espectáculo, como todo buen concierto de estadio, estaba estructurado por actos, cambios de vestuario, y cambios en la escenografía que nos llevaban de viaje por la historia de la artista. Del primer acto, Of Velvet and Vice, al segundo: She fell into a gothic dream. Saliendo de un enorme cajón de arena rodeada de esqueletos, entonó Perfect Celebrity. De todos fue el momento más pensado para verse en la enorme pantalla que le protegía las espaldas. Pero cuando los muertos cobraron vida, y Disease empezó a hacer vibrar el escenario, el espectáculo volvió a las tablas en una especie de pelea física con otro de sus personajes.
Es posible que a estas alturas, a juzgar por los asistentes de la primera noche de su paso por Barcelona, Lady Gaga cuente con uno de los públicos más entregados del colectivo superestrellas del pop. Desde las gradas, hasta la pista vip, todo el mundo había optado por encajar sus looks a la estética de la chica que un día se presentó vestida de filetes de carne para unos premios y ahora luce emperatriz del teatro gótico. Quizás más oscuros de lo que alguien espera de una estrella pop, pero con encaje, brillos, látex, mucho negro, blanco y rojo, los uniformes estaban servidos.
A cambio, una de las mayores virtudes del concierto fue lograr que la temporalidad de su discografía desapareciera. Los singles de Mayhem, su disco de 2025, se encadenaban a la perfección con una versión a capella de Paparazzi (2008), en la que la artista salió en muletas, reproduciendo el look del videoclip, mientras un velo blanco que llenaba la mitad de la pista. Y al mismo tiempo, viéndola cantar y bailar al ritmo de LoveGame, llegabas a entender que cuando hace casi dos décadas empezó a jugar en la industria, ya se proyectaba ante grandes públicos. Canciones de electro-clash que han logrado trascender los garitos gays de Nueva York, para llegar a un público universal. Precisamente este mismo show se presentó en un concierto gratuito en Copacabana Beach, Río de Janeiro, ante unas 2,1 millones de personas, lo que lo convierte en el mayor espectáculo de su carrera hasta la fecha.
Canciones de electro-clash que han logrado trascender los garitos gays de Nueva York, para llegar a un público universal
La cohesión del espectáculo se vio reforzada al dejar fuera las canciones de sus dos discos menos Gaga hasta la fecha. Por un lado, el Chromatica (2020), un álbum que miraba a un futuro al que ya llegó tarde en su momento, ya que el género que abarcaba, el hyperpop, se encontraba en su ocaso. Y por otro, el Joanne (2016), el cual se encuentra en las antípodas del barroquismo de la noche que nos concierne. No hace falta presentar toda tu discografía para hacer un retrato sublime sobre tu carrera. Aunque hacia el final del concierto se incluía un bloque donde se encontraban Million Reasons, Shallow y Die With a Smile, tres grandes éxitos de ventas que responden a la parte más cinematográfica -y quizás elegante- de la norteamericana.
Pero Lady Gaga no es de teorizar, sino de actuar. Por eso, en su quinto cambio de look, puso a rugir las guitarras de la banda que la acompañaban. Vestida como su particular reina de corazones, y acompañada de una calavera gigante en el centro del escenario, encadenó Killah y Zombieboy, con sus respectivos bailarines halloweenescos acorde a la temática.
Todas las modificaciones de los clásicos se hacían eran siempre favor de mantener la adrenalina del concierto. El ritmo era exigente, y las pausas parecían no existir. Por ejemplo, Applause y Just Dance fueron acortadas y sus bpm acelerado, es decir, su ritmo se aceleró para mantener el ritmo a los hits actuales. Y cuando Gaga no estaba en el escenario, los bailarines lograban captar la atención de todos los presentes en una especie de teatro mudo.
"Gracias por creer en mí a lo largo de toda mi carrera"
Lejos de ser la chica que cantaba en bikini en un escenario con apenas un par de docenas de personas en su concierto de Lollapalooza 2007, esta vez Summerboy fue entonado por decenas de miles de personas. “¿Dónde está mi comunidad queer? Este concierto es para vosotros. Por vuestro amor, por vuestra fuerza. Aunque nunca necesitasteis que yo os lo diga. Aun así lo voy a cantar.” En su día huyó de complacer a la mirada masculina, hegemónica, esquivo y se entregó a sus Little Monsters, y casi veinte años después se encuentra respaldada por un séquito de fans que no la dejan caer. Aunque es difícil que eso pasara teniendo en cuenta que estábamos ante el mayor y mejor teatro pop que ha visto hasta la fecha el Palau Sant Jordi de Barcelona.
El final del concierto fue una celebración de todos los presentes, pero sobre todo de una artista que ha sabido crecer dentro de un género caótico
Portada por su particular barca de Caronte sobre el escenario, Gaga fue llegando al final de su concierto. Los demonios de la chica desordenada, desastrosa, despeinada que abrazó el electroclash, lo estéticamente inclasificable y recibió las burlas, y el amor, del público a partes iguales, ahora se reconcilia con un presente más brillante. The Mayhem Ball es la auténtica madurez. Como quien aprende a perfeccionar, pulir y convertir en una versión grandilocuentemente exquisita todas las contradicciones que uno guarda, Lady Gaga se alzó sobre el trabajo incansable de dos décadas de música que rompe pistas y abraza corazones.
Bailar a oscuras, y sentir que esta vez no estás solo (como cuando los hombres heterosexuales cantan Radiohead -Creep en comunidad). Del piano bar-rock de Come To Mama a Bad Romance, pasando por Edge Of Glory o Hair, el final del concierto fue una celebración de todos los presentes, pero sobre todo de una artista que ha sabido abrazar sus contradicciones y crecer dentro de un género caótico, y exigente, que parecía solo aceptar la juventud. Y antes de hacer arder el teatro y dar paso la última sucesión de coreografías, preguntó "Aquellos que nunca habías venido, ¿repetirías?" El público enloqueció en un grito de afirmación que hizo retumbar todo Montjuic. Al fin y al cabo, los monstruos nunca mueren.
Hay que incendiar más teatros. Por lo menos al estilo al que les prende fuego Lady Gaga. El 28 de octubre, Lady Gaga abrió su residencia de tres noches consecutivas en el Palau Sant Jordi prendiendo fuego al pop. Subida en una infinita falda, que imitaba al telón de un gran escenario clásico, tiñó de rojo toda la pista de radiante rojo con Bloody Mary, Abracadabra y Judas. Como un hechizo liberó a decenas de bailarines de entre sus piernas e hizo retumbar todo un palacio de deportes. Fuego, petardos, coreografías imposibles y un público que se dejó los pulmones en un ejercicio de canto en el que no se respiró en quince minutos. El bien y el mal, el caos, y la búsqueda de la perfección, lo puro y lo obsceno. Todo a la vez y del revés. "Levantad las patas pequeños monstruos" repetía la neoyorkina. Hora de tomar asiento, o prepárense para sudar, The Mayhem Ball ha dado comienzo.