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¿Y si las élites de "expertillos" estuviesen formadas por ignorantes?
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Héctor G. Barnés

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¿Y si las élites de "expertillos" estuviesen formadas por ignorantes?

Lo que une a nuestros nuevos intelectuales, esos "expertillos", es no callarse ante su desconocimiento, afirmar las cosas con rotundidad y despreciar todo aquello que no entienden

Foto: Entrevista de Ezra Klein con Obama. (Reuters/Carlos Barria)
Entrevista de Ezra Klein con Obama. (Reuters/Carlos Barria)
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Derek Thompson, pope del periodismo liberal estadounidense, se parte con el Nobel de Literatura a László Krasznahorkai. Él mismo lo contaba en X justificando su respuesta con un fragmento del artículo de The New York Times referido a la última novela del húngaro, que “en una única frase evoca el miedo al auge del fascismo en Europa e imagina a un limpiador de graffitis en Alemania que le escribe cartas a la canciller Angela Merkel alertándole sobre la inminente destrucción del mundo. Solo tiene un punto en sus 400 páginas”.

Aunque Thompson no aclaraba qué le hacía tanta gracia, es fácil darse cuenta de que se trata de esta decisión consciente de prescindir de signos de puntuación que define al húngaro, esa clase de audacia formal que suele ser vista con desprecio por los hiperracionales creadores de pensamiento. Cuando alguien le afeó el comentario recordando que James Joyce hizo algo parecido en el último capítulo de Ulises, el ensayista contestó con una metáfora deportiva (cómo no) y recordó que “no hay por qué emular a los mejores”.

El intercambio me llevó a recordar una idea a la que llevo dándole vueltas desde hace un tiempo y que podría resumirse, básicamente, en que tal vez nuestras élites intelectuales estén formadas por paletos. Es un término grueso, así que lo matizaré. Paleto entendido como ignorante o inculto. Poco educado y de modales y gustos poco refinados. Paradójico, porque el intelectual debería representar lo opuesto.

El acceso de primera mano a determinadas figuras intelectuales del que los periodistas disfrutamos nos permite comprobar que tantos personajes supuestamente ilustrados tienen graves carencias de culturaque, para más inri, suelen rellenar con sus prejuicioso mantienen opiniones simplonas sobre problemas muy complejos. Peor aún que admitir el propio desconocimiento, pues el buen pensador debería saber que no sabe nada, suelen despachar lo que no entienden desde la prepotencia intelectual. Intelectuales haciendo alarde de su falta de curiosidad, interés o ganas de aprender sobre aquello que se salga de sus coordenadas.

Aunque filosofen mucho, no han estudiado filosofía, sino políticas o periodismo

Hace unos años hablé de la nostalgia intelectual propia de ese conservadurismo que echa de menos una supuesta Arcadia intelectual del pasado. A ella hay que añadirle esta tendencia paralela formada por las élites universitarias de centro-izquierda, y de la que Thompson es un buen representante, como su coautor Ezra Klein. Podríamos denominarlos los "expertillos".

Geeks adolescentes reconvertidos, universidad de élite mediante, en gurús político-sociales con un conocimiento superficial y de segunda mano de los grandes pensadores que, aunque tengan cierta sensibilidad social, siempre corren para dejar claro que ellos ni de izquierdas ni de derechas. Empezaron en la prensa, ahora están en podcasts y newsletters. Un modelo muy yanki, pero que también es cada vez más popular en Europa, vía año de beca en EEUU. Por lo general, aunque filosofen mucho, no han estudiado ni filosofía ni filología, sino ciencias políticas, periodismo o incluso derecho. Precisamente, las tres carreras de Thompson.

placeholder Nate Silver, ¿el primero de una estirpe?
Nate Silver, ¿el primero de una estirpe?

¿Por qué? Ante el exabrupto del ensayista, algunos sugerían que es la consecuencia de que los chicos STEM se consideren superiores a los formados en las denostadas carreras artísticas. Otros, el resultado inevitable de décadas de influencia pop en el mundo cultural que ha conformado una visión del mundo que desdeña cualquier experimentación formal. Y si huele a la desfasada Europa, mucho peor. Estos nuevos intelectuales saben manejar datos, leer papers y desconfían de las vanguardias, a las que identifican con lo irracional.

El mundo ha alcanzado tal nivel de complejidad que es imposible que nos encontremos con esas figuras renacentistas capaces de abarcar campos muy distintos del saber y de ser duchos en ciencia y arte. La gran diferencia con aquellos es su curiosidad insaciable. Los nuevos intelectuales antiintelectuales, expertillos y todos pero maestros en nada, crean sus propias teorías y luego someten a la realidad a ellas. Crean tres conceptos clave y pasan por ellos cualquier asunto como si fuese un pasapuré. Algo que también se nos da genial a los columnistas, por cierto.

Una (otra) cuestión de incentivos

Como tantas cosas, puede ser cuestión de incentivos. Los expertillos antiintelectuales se han acostumbrado a que sus alardes de desconocimiento se vean recompensados. Quizá el rasgo que una a todos los nuevos intelectuales ya no es el pensamiento sutil y matizado, sino esa aura de superioridad intelectual afianzada en un aplomo a prueba de bombas, que desprecia todo aquello que no entiende o que no encaja con sus preceptos intelectuales. Nadie quiere medias tintas, lo que queremos es que los listos nos digan que ellos tampoco lo entienden.

La cultura es sospechosa porque es demasiado irracional para sus mentes racionales

Lo sorprendente es que leyendo Abundancia (Capitán Swing), el último libro de Thompson con Klein, no encuentro al presuntuoso intelectual que desprecia a Krasznahorkai. El interesante ensayo defiende la idea de que “para crear el futuro que deseamos es preciso dedicarse más a construir e inventar lo que necesitamos”. Es buen ejemplo de cierto neooptimismo desesperado que también aparece en libros de autores de ideologías dispares como Vida de ricos de Emilio Santiago Muiño, Ambición moral de Rutger Bregman o Tres millones de viviendas de Jorge Galindo (cuyo subtítulo es “Cómo pasar de la escasez a la abundancia”), que dan la espalda al fatalismo y propone soluciones para hacer frente a crisis como la del cambio climático, la vivienda o la energía. Una tendencia con la que, todo sea dicho, simpatizo bastante.

Me pregunto cómo alguien a quien se le presupone cierta sofisticación y amplitud de miras puede llegar a ser tan despreciativo. Tal vez sea otro síntoma de ese repliegue conservador que afecta por igual a pensadores de izquierdas y de derechas, y en el cual cualquier osadía intelectual o cuestionamiento vanguardista es rechazado. El pensamiento individual necesita ser gris y homogéneo para encajar en las mesas redondas o congresos de turno, donde poco a poco y sin que nos demos cuenta, los límites de lo aceptable son cada vez más reducidos.

En su ensayo Entre el pasado y el futuro, publicado en 1958, Hannah Arendt se refería de pasada al filisteísmo “barbárico”, propio de los nuevos ricos, sobre todo estadounidenses, que “denotaba una mentalidad para la que todo se debía juzgar en términos de utilidad inmediata y de ‘valores materiales’, y que por consiguiente no respetaba demasiado a obras y actividades tan inútiles como las que se dan en la cultura y el arte”. Una definición perfecta para esta nueva élite intelectual.

placeholder Hannah Arendt ya lo dijo.
Hannah Arendt ya lo dijo.

De ahí que esta intelectualidad criada espiritualmente en la Ivy League y emocionalmente en la era Obama nunca se atreva a despreciar por completo la cultura, aunque siempre la mire con sospecha. O, al menos ese tipo de cultura experimentadora y formalista, cuya utilidad no queda muy clara y que tan bien representa Krasznahorkai, posmoderno, melancólico y del este (lo tiene todo), que se antepone a la ligereza pop, optimista y techie de la nueva intelectualidad. Una sospecha no tan lejana a la que el nazismo y Stalin mantenían hacia el arte degenerado.

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En última instancia, su desprecio hacia la cultura tiene una motivación utilitarista, porque hoy los intelectuales son creadores de contenido. Y no hay mejor herramienta para crear contenido y conversación que el bait, es decir, las opiniones provocadoras que buscan respuestas indignadas como esta misma columna. Ahí está la lección final del desplante de Thompson, que ha abandonado una revista tradicional como The Atlantic para vivir a base de suscripciones en Substack, lo que no le sitúa tan lejos de un youtuber: el intelectual moderno no puede mantenerse en silencio porque el silencio no es contenido. Mejor abrir la boca y quedar como un ignorante que callarse y desaparecer de tu feed.

Derek Thompson, pope del periodismo liberal estadounidense, se parte con el Nobel de Literatura a László Krasznahorkai. Él mismo lo contaba en X justificando su respuesta con un fragmento del artículo de The New York Times referido a la última novela del húngaro, que “en una única frase evoca el miedo al auge del fascismo en Europa e imagina a un limpiador de graffitis en Alemania que le escribe cartas a la canciller Angela Merkel alertándole sobre la inminente destrucción del mundo. Solo tiene un punto en sus 400 páginas”.

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