La única herencia que dejaremos a nuestros hijos será una mesita blanca de IKEA
Siempre pensé que uno tiraba con sus muebles blancos hasta que, un buen día, los cambiabas por muebles de madera buenos, caros y pesados. Eso no está ocurriendo
"Hijo, esta mesa perteneció a tu padre, y al padre de tu padre, y a..." (Ikea)
Cada año, al llegar el otoño, empiezo a comprar un montón de cosas para el hogar. “Cosas”, en este caso, es un eufemismo de “mierdecitas”, que no quiero utilizar por malsonante. He adquirido ya varios organizadores para la nevera, un par de lamparitas para sustituir otras lamparitas que en unos años serán sustituidas por otras lamparitas, una mesa colgante para el balcón. Y he visto una manta muy mullidita que tiene pinta de ser cariñosa.
Los días más cortos y el cambio de estación activan nuestro sexto sentido hogareño. Paso más tiempo en casa así que me fijo más en todas esas cosas que podría cambiar. Mejorar. Tiene una parte de consumismo barato, otra de obsesión por el orden. La más importante esa sensación de perfeccionamiento continuo a través de la adquisición de pequeños upgrades. Porque lo importante de estas “mierdecitas” es que, como lo son, pueden ser sustituidas en cualquier momento y no pasa nada.
Me he acordado de un tuit reciente que contrastaba el mueble de la abuela en el pueblo con el que dejaremos nosotros a nuestros descendientes. El de la abuela era ese clásico trinchador de madera e inspiración neorrenacentista que pesa más que un demonio con sobrepeso; el nuestro, uno de esos cubos blancos que conforman las estanterías Kallax de IKEA. He contado y en casa tengo, exactamente, 28 cubos iguales, combinados de distintas formas. La unidad mínima del hogar.
Nos reímos con el tuit porque todos hemos tenido esos muebles de IKEA, y si no son esos, son las mesas Lack o las estanterías Billy. Si no ha sido así, enhorabuena: dice mucho de su origen socioeconómico. Las hemos tenido en nuestros pisos de estudiante, sí, pero lo sorprendente es que, con sus múltiples variantes –las tiendas de muebles con como las de ropa, ya venden todas lo mismo pero con pequeños cambios– nos han acompañado a nuestros apartamentos de adulto. Tal vez de una gama un pelín superior, que se note que cobramos un poco más.
Siempre pensé que uno tiraba con sus muebles blancos hasta que, un buen día (por lo general, el de comprarte un piso), los cambiabas por muebles de madera buenos. Eso no está ocurriendo, al menos en mi entorno inmediato. Sospecho que vamos a tirar con nuestros muebles precarios hasta nuestra defunción. No los originales, claro, que no aguantarán tanto, sino la copia de la copia de la copia. Ni la boda ni la independencia, el verdadero rito de paso era comprarse unos buenos muebles de madera que nuestros hijos tendrían que desarmar como pudiesen al morirnos.
Porque, reconozcámoslo, por mucho que los echemos de menos, no queríamos ni verlos. Yo mismo, cuando tuve que reamueblar mi casa, me deshice de todos esos enseres de la anterior inquilina que, a pesar de su indudable calidad (madera buena, buena), molestaban al paso y al ojo. Su durabilidad era un problema. Todas esas cómodas, tocadores, aparadores y librerías estaban tan bien construidas que aguantaban lo suficiente como para que a pesar de estar estéticamente desfasadas desde hacía décadas a nadie se le había ocurrido sustituirlas.
Diseñamos nuestra existencia para poder cambiar de vida de un día para otro
Está, claro, el asunto de la vivienda. Cuanto más pesado y caro un mueble, peor en caso de mudanza. Incluso en el caso de que pensemos quedarnos en el mismo lugar durante mucho tiempo, no resulta práctico atorarlo con muebles difíciles de mover. Diseñamos nuestras vidas, física y sentimentalmente, para estar preparados antes la posibilidad de tener que salir corriendo de casa de un momento a otro. En definitiva, nos decantamos por aquello de lo que no nos vaya a dar pena deshacernos. Y con esto ya no me refiero solo a muebles.
Hay algo que nos inquieta espiritualmente en los muebles de nuestros padres. La oscuridad de la madera, su peso y su robustez decimonónicas, contrastan con la liviandad y sencillez con la que aspiramos a conducirnos en nuestras vidas. Es el peso de la herencia católica contra el minimalismo moderno de inspiración nórdica, como recuerda Kyle Chayka. “La gente desea simplicidad, concreción o claridad”, me explicaba en una entrevista. En un mundo tan complejo, queremos geometría sencilla.
Pero lo que nos molesta de los muebles blancos es que nos recuerdan nuestra intercambiabilidad. A pesar de que nos sentimos muy especiales, todos hemos vivido las mismas cosas, consumido los mismos productos y hemos comido en las mismas mesas. Pensamos por defecto que aquellos viejos aparadores representaban la identidad personal de nuestros abuelos y padres, aunque seguramente nos equivoquemos. Más bien fueron los muebles los que terminaron adquiriendo su identidad a base de usarlos. No nos engañemos, se parecían unos a otros mucho más de lo que pensamos.
Una vida estable. (EFE/Nicolas Maeterlinck)
Los muebles blancos podrían interpretarse como una metáfora facilona de una época caracterizada por la ausencia de raíces, por la incertidumbre y la volatilidad, mientras que los de nuestros abuelos resumirían la estabilidad, la fidelidad y la constancia. Nos gusta ponernos moralistas, pero de igual manera que no querríamos un aparador de dos toneladas en el salón, quizá tampoco desearíamos tener la misma pareja desde los 18 hasta los 99. A lo mejor a la abuela le habría gustado tener una estantería Billy que coge menos polvo que el mamotreto del salón y a lo mejor a la abuela también le habría gustado mandar a paseo al pesado de su marido alguna vez que otra.
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En definitiva, nuestros muebles son la aceptación de nuestra fugacidad. Al abuelo no le llegamos a decir que íbamos a tirar esos muebles que habían convivido con él desde hacía décadas porque le romperíamos el corazón, pero nosotros preferimos que lo que le dejemos a nuestros hijos sean objetos sin demasiado valor, ni siquiera sentimental, para que puedan deshacerse de ellos sin remilgos. Ese favor que les estamos haciendo.
Ya no es que nuestras casas estén llenas de objetos prescindibles, es que ni siquiera tenemos objetos. No es mi caso exacto, pero hay quien no tiene ni un libro, ni un disco ni una película: el streaming manda y a tu hijo no le vas a dejar en herencia la cuenta de Netflix. El día que mueran mis padres tendré que enfrentarme a ver qué hago con todos esos libros que, hace décadas, tenían un valor no solo cultural: eran tan escasos y las ediciones estaban tan cuidadas que hace un siglo llegaron a ser una forma de inversión como el oro. Hoy pierden valor día a día hasta su devaluación absoluta.
El último regalo a mi descendencia será la libertad de olvidarse de mí
Nada hay más doloroso para alguien que pasa un duelo que verse en la disyuntiva de elegir qué tirar y qué conservar del recién fallecido. Así que cuando me muera el último regalo que le daré a mi descendencia será la libertad de olvidarse de mí. El peso sentimental que tienen mis discos, libros y otros objetos, como esa mesa Lack en la que tantas comidas he compartido y cuyo valor intrínseco es nulo, se irán conmigo, que al fin y al cabo, son al único que importan. Nuestra herencia será desaparecer sin dejar rastro, quizá como hemos pasado por la vida.
Cada año, al llegar el otoño, empiezo a comprar un montón de cosas para el hogar. “Cosas”, en este caso, es un eufemismo de “mierdecitas”, que no quiero utilizar por malsonante. He adquirido ya varios organizadores para la nevera, un par de lamparitas para sustituir otras lamparitas que en unos años serán sustituidas por otras lamparitas, una mesa colgante para el balcón. Y he visto una manta muy mullidita que tiene pinta de ser cariñosa.