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Cómo ser un adulto cuando no te puedes permitir una vivienda: el auge de las influencers de la adultez
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María Díaz

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Cómo ser un adulto cuando no te puedes permitir una vivienda: el auge de las influencers de la adultez

Advertidos por el ejemplo algo triste de sus hermanos mayores, los zetas se han lanzado también al ahorro, la inversión, el incremento de la productividad y los márgenes de beneficio

Foto: Redes sociales como Instagram reúnen miles de fotos y vídeos. (EFE/Beatriz Naya)
Redes sociales como Instagram reúnen miles de fotos y vídeos. (EFE/Beatriz Naya)
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Los adultos ya no quieren hacer cosas de mayores, quieren sentirse como tales. Las redes sociales dan respuesta a la necesidad de encontrar el sentido de la madurez cuando ya tienes más dolores de espalda que posibilidades de obtener una hipoteca.

Son cosas que se van aprendiendo con la marcha. Cómo mantener limpia la casa, cómo planificar gastos, cómo mantener a raya la bandeja de entrada del correo electrónico, cómo hacer la declaración de la renta. Todas esas tareas a las que llegamos inexorablemente — unos más tarde que otros, todo sea dicho — y que, además de recordarnos nuestra futilidad, son la marca y el precio de la vida autónoma y suficiente.

Tradicionalmente, estas y otras habilidades se consideraban inherentes al adulto funcional sin discapacidades y, por lo tanto, se aprendían por observación y prueba-error. Ahora esta aproximación a las competencias vitales no está tan clara. Entre la autoconciencia y la hipervigilancia, entre la comparación con los próximos y los desconocidos, que exhiben sus habilidades de cartón piedra en redes, surgen las dudas. Y como aves carroñeras, una nueva hornada de influencers se lanza sobre la atención y las inseguridades de una audiencia ya crecidita a la que le venden una nueva rama del saber: cómo ser adulto.

Vienen de diferentes ámbitos: del lifestyle, educación financiera, influencers de productividad o coachs laborales. Normalmente son mujeres con carrera en creación de un contenido copado por hombres. Hace ocho años eran #girlboss y #metoo al mismo tiempo que se quejaban de que la educación pública no enseñara, qué sé yo, a pedir el subsidio de desempleo, contar macronutrientes o emprender con doce años.

Una nueva hornada de influencers se lanza sobre las inseguridades de una audiencia ya crecidita a la que le venden cómo ser adulto

Ahora que la alternativa para continuar relevantes en el negocio era un giro radical ideológico, explotan esas oquedades de juventud que quedan entre los mayores de 25 y los menores de 40 en las que habita la duda sobre lo que uno aún es capaz de aprender y conseguir. Ahí atacan estas nuevas Marthas Stewarts de clase más o menos media que te enseñan lo mismo trucos para acoger invitados en el hogar que a presupuestar unas vacaciones para toda la familia, natural o elegida, que somos modernas. Todo, por supuesto, como parte de un proceso de mejora personal como adultos. Son, en definitiva, la versión moderada de las tradwifes, aquellas que creen en el derecho al aborto. En fin, el signo de los tiempos.

Pero ¿por qué alguien necesita doblar de forma específica su colección de servilletas de tela o tener hojas de cálculo compartidas con su pareja para sentirse como un adulto? Durante la década pasada se escribió mucho sobre los hábitos de consumo y el estilo de vida de la generación milenial. Menos propensos al vehículo propio y con mayores índices educacionales que generaciones anteriores, fue una juventud lejos de las convenciones adultas (trabajo estable, hipoteca, matrimonio e hijos) debido a la inestabilidad laboral y los bajos salarios. En este marco, la juventud milenial abrazó con cierto orgullo nuevas convicciones sobre las relaciones de pareja, la conciliación familiar y laboral, el desarrollo de la carrera profesional, el uso del tiempo libre y, en general, los objetivos personales que anteriormente se consideraban naturales.

Arrojados a la incertidumbre de no saber si algún día se podrían permitir los sueños de madurez de sus padres, se lanzaron al desarrollo personal y a cumplir, a cambio, sus sueños de infancia. Esto se trasladó en más gasto en salud, tanto como física como mental, en ocio, comidas, cultura, viajes y se quitaron de encima los sambenitos sobre los gustos y la edad. Sin complejos, gastaron su poquito dinero adulto en caprichos que hasta hace poco eran cosas de niños: juegos de mesa, cómics, videojuegos, animación, merchandising y juguetes.

Por otro lado, los zetas, que vienen detrás, han acogido sin dolor estos hábitos de consumo, asentando definitivamente las industrias y demostrando que el disfrute ya no es cosa de niños. Sin embargo, advertidos por el ejemplo algo triste de sus hermanos mayores, los zetas se han lanzado también al ahorro, la inversión, el incremento de la productividad y los márgenes de beneficio. Tienen miedo — un miedo muy razonable — de que, de tanto quitarse prejuicios de encima, terminen, además de arruinados, haciendo el ridículo. Así que buscan — y encuentran — un tutor digital, una guía en imágenes sobre cómo jugar a las casitas.

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Por otro lado, los zetas, que vienen detrás, han acogido sin dolor estos hábitos de consumo, asentando definitivamente las industrias y demostrando que el disfrute ya no es cosa de niños. Sin embargo, advertidos por el ejemplo algo triste de sus hermanos mayores, los zetas se han lanzado también al ahorro, la inversión, el incremento de la productividad y los márgenes de beneficio. Tienen miedo — un miedo muy razonable — de que, de tanto quitarse prejuicios de encima, terminen, además de arruinados, haciendo el ridículo. Así que buscan — y encuentran — un tutor digital, una guía en imágenes sobre cómo jugar a las casitas.

A su vez, aunque por derecho propio y ganado la generación milenial ya no sienta vergüenza de ser quienes son ni de hacer lo que disfrutan, lo cierto es que el paso del tiempo es imparable y los milenial — como pronto empezarán a hacer los zetas — están envejeciendo y aún gran parte no puede permitirse muchas cosas, a estas alturas, más pospuestas que supuestas. Aunque el mercado laboral haya mejorado, la china en el zapato de la vivienda en propiedad se hace cada vez más grande y las mudanzas pesan más cuando te empieza a doler la espalda. Y, a pesar de que la culpa y el embarazo fueron ya desterrados ¿acaso es uno un verdadero adulto si no tiene ni un sitio seguro donde poner su estantería de Funkos?

Pero no pasa nada, porque las influencers del adulting salen al rescate con trucos para economizar las maltrechas cuentas domésticas y reforzar lazos de comunidad — una nueva, más flexible y fresca — a través de cenas caseras y noches de juegos temáticas. Un poquito de certeza, un pedazo de confort hogareño, una palmadita en la espalda que puedes obtener comprando el curso online “El arte de la adultez" o adquiriendo los “25 productos por menos de 25 euros que te harán sentir más adulto”. No sé, yo personalmente me siento vieja para esto.

Los adultos ya no quieren hacer cosas de mayores, quieren sentirse como tales. Las redes sociales dan respuesta a la necesidad de encontrar el sentido de la madurez cuando ya tienes más dolores de espalda que posibilidades de obtener una hipoteca.

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