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Triunfo y retirada en Las Ventas: Morante se abandona y nos abandona
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Rubén Amón

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Triunfo y retirada en Las Ventas: Morante se abandona y nos abandona

El gigantesco maestro sevillano se corta a sí mismo la coleta después de una faena emocionante y de una temporada descomunal

Foto: El diestro Morante de la Puebla se corta la coleta tras serle concedidas 2 orejas. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
El diestro Morante de la Puebla se corta la coleta tras serle concedidas 2 orejas. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
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Parsimonioso, despacio, conmovido, Morante de la Puebla atravesó el ruedo de Las Ventas hasta alcanzar el centro del ruedo. Parecía que iba a agradecer el cariño y el clamor de los espectadores después de haber desorejado al ejemplar de Garcigrande, pero sobrevino entonces el gesto asombroso de arrancarse la coleta.

No lo hizo con rabia ni con titubeo, sino con serenidad y cadencia. La incredulidad de los espectadores equivalía a los lagrimones y a los gritos de "torero, torero". Ni queríamos aceptarlo ni parecíamos asumir que la mejor temporada del maestro —46 años de edad, 28 de alternativa— reflejaba un milagro y una proeza insostenibles.

Volvemos a preguntarnos si Morante de la Puebla es el mejor torero que hemos visto. Y lo volvemos a hacer después de habernos "espeluznado" —en el mejor sentido— una faena cuyo sentido del valor y abandono describen un acontecimiento de extrema autenticidad.

Podría haber terminado Morante en la enfermería. Y no solo porque el ejemplar de Garcigrande ya lo había levantado de la arena como un pelele mientras toreaba de capote, sino por la entrega y la pureza con que Morante hilvanaba los derechazos. Parecía inmolarse en cada trance. Parecía dispuesto a su propio martirio.

Han sido muchas las tardes en las que Morante nos ha conducido al éxtasis estético, a la convalecencia stendheliana. La última tarde —ojalá no lo sea— tuvo más que ver con el miedo. No porque Morante lo padeciera, sino porque nos lo hacía sentir manejándose entre las guadañas del toro como si no le importara el tributo de sangre.

"Sólo te falta morir en la plaza", le decía Valle-Inclán a Belmonte, pero igual tiene más sentido evocar el telegrama que remitió Rafael El Guerra cuando adquirió noticia de la muerte de Joselito: "Se acabó el toreo". No hay manera de rellenar con nada ni nadie el trono vacante, no hay forma de restaurar la orfandad, pero sería injusto y desproporcionado exigirle a Morante más de lo que ha dado. Porque lo ha dado todo. Porque nos lo ha dado todo.

placeholder El diestro Morante de la Puebla se corta la coleta a sí mismo. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
El diestro Morante de la Puebla se corta la coleta a sí mismo. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)

Un ejemplo inequívoco es la jornada del 12 de octubre en Las Ventas. El maestro de La Puebla había organizado un festival mañanero para sufragar el monumento que merecía la memoria de Antoñete. Hizo el paseíllo vestido de corto. Y convocó en el ruedo a matadores de otras épocas para concedernos el privilegio de viajar en la máquina del tiempo. Y nos sentimos rejuvenecer. Y nos asomamos a la resurrección de Curro Vázquez y de César Rincón, como si el uno (74 años) y el otro (60) fueran novilleros. Y como si los aficionados hubiéramos hecho las paces con el tiempo.

Fue una mañana de emociones y de llantinas. Nos pareció inverosímil que Curro Vázquez pudiera alborotar los tendidos con la evocación de una tauromaquia no tanto añeja como intemporal. Crujía la plaza con sus derechazos y muletazos de trinchera. Y desfallecíamos de emoción cuando "el rubio torero de Linares" nos retrotraía a la plenitud de los años ochenta. Por eso le gritamos "torero, torero" hasta enmudecer. Y por idénticos motivos se le concedieron las dos orejas. El mismo premio dio vuelo a la salida a hombros de César Rincón, protagonista de una faena "de las de antes" que le permitió lucir el valor, el carisma, la pureza. Se ponía el maestro colombiano en las vías del tren. Y hacía descarrilar al utrero de Garcigrande con ligazón, mando y sentido del drama.

Vinimos a descubrir después que el glorioso viaje por el túnel del tiempo se nos iba a atragantar con la desgracia de la retirada. No parecía probable porque esa misma tarde se anunciaba la despedida de Fernando Robleño, pero Morante ya maquinaba con la idea en su desordenada cabeza. Y encontró la mejor coartada con las dos orejas en la mano. Curiosa elección: no ha elegido Sevilla para marcharse —entusiasta muchas veces, ingrata tantas otras—, sino el tribunal exigente de la plaza de Las Ventas. Tan exigente que este domingo de gloria y de luto supone para Morante la primera vez de su carrera en que corta dos orejas a un toro vestido de luces.

placeholder Morante de la Puebla (i) saluda a Fernando Robleño durante el festejo taurino de hoy. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
Morante de la Puebla (i) saluda a Fernando Robleño durante el festejo taurino de hoy. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)

De hecho, la identificación con Madrid y la devoción hacia Antoñete explican que Morante decidiera hacer el paseíllo con el color favorito del maestro Chenel. Un malva y oro que parecía un sudario cuando el matador de La Puebla recibió la brutal voltereta en la lidia del cuarto de la tarde. Se quedó inerme sobre la arena. Y parecía gravemente herido, pero alcanzó a sobreponerse con el rostro fantasmagórico. Y concibió una faena elegiaca cuyo desenlace nos dejó temblando. Es comprensible que Morante se despida después de haberse vaciado. Y es al mismo tiempo inaceptable.

Morante ha devuelto la ilusión, ha generado un renacimiento inesperado, ha enseñado que los toros aún son capaces de emocionar y de convocar multitudes. Pero también ha evidenciado la fragilidad del sistema. Si todo depende de él, entonces la Fiesta no tiene futuro. Si en cambio se aprovecha su impulso para repensar el modelo, para democratizar la gestión, para reinventar la narrativa, entonces tal vez estemos ante un renacer y no ante un canto de cisne.

La tauromaquia es demasiado grande para reducirse a la política, demasiado profunda para confundirse con un eslogan, demasiado antigua para morir en manos de sus propios gestores. Su porvenir está en juego. Y lo peor que podría ocurrir es que, mientras los jóvenes llenan las plazas y el mito de Morante enciende la llama, quienes mandan se limiten a esperar que la corriente siga sola, sin advertir que la corriente, tarde o temprano, se agota.

Morante ha colocado la tauromaquia en las puertas de una oportunidad. El mérito de su idiosincrasia no solo consiste en conseguir que los nuevos aficionados vengan a los toros, sino que vuelvan. No para gritar Viva España, sino para sentirse protagonista de una experiencia vicaria que rompe con las coordenadas del espacio y del tiempo.

Parsimonioso, despacio, conmovido, Morante de la Puebla atravesó el ruedo de Las Ventas hasta alcanzar el centro del ruedo. Parecía que iba a agradecer el cariño y el clamor de los espectadores después de haber desorejado al ejemplar de Garcigrande, pero sobrevino entonces el gesto asombroso de arrancarse la coleta.

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