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Ahora, también nos geolocalizamos: Instagram apuesta por controlarnos y nosotros estamos de acuerdo
Las aplicaciones de rastreo de la ubicación triunfan entre los jóvenes por lo mismo que la ultraderecha: la sensación de control
Es curioso: hace cuatro meses, en una cena con algunos amigos más mayores, empezamos a hablar de la función de geolocalización del iPhone, un extra del terminal de Apple que permite compartir con quien quieras tu ubicación en tiempo real, como si llevaras un transmisor GPS postsoviético pegado en los bajos del coche – existen funcionalidades parecidas para el resto de móviles de otras marcas, aunque no igual de efectivas y precisas –.
Comentando sobre el tema, varios amigos mayores se escandalizaron por el uso que los más jóvenes hacíamos del invento; para nosotros, lo veo casi a diario en otros amigos de mi edad, es relativamente normal compartir nuestra ubicación; es parte de nuestra identidad digital, nunca lo apagamos, lo tenemos siempre encendido para que otros amigos lo vean y nosotros mismos nos metamos en la de otros amigos por puro cotilleo: en lugar de ver la historia que ha subido a Instagram o el post que ha compartido en Twitter, echamos un ojo a su ubicación. Preguntad a vuestros hijos si no me creéis, porque es macabro, pero es así.
Esto indignó a varios colegas más mayores a los que no les entraba en la cabeza que ahora a los centenials nos diera por hacer esta parida; cómo podía ser, y cito casi de memoria un comentario, que en plena lucha contra la recesión de los derechos digitales – no tardaremos mucho en tener que proporcionar el DNI para abrirnos una cuenta en cualquier plataforma que opere en la Unión Europea – nosotros apostáramos por arrojarnos hacia el control también de nuestra ubicación. En lugar de huir de este tipo de aplicaciones, las recomendamos y premiamos con estrellitas; somos el público objetivo, estamos dispuestos a todo por conseguir un poco de control.
Hace unas semanas, la red social Instagram anunció una nueva funcionalidad que heló la sangre de expertos en ciberseguridad – y seguridad a secas –: a partir de ese momento, se podría compartir en tiempo real, para todos tus amigos y público, tu ubicación. Igual que una historia o un live, si lo tienes activado, la gente puede ver dónde estás y consultar la distancia exacta a la que te encuentras; puedes ver qué amigos hay cerca, también si hay quedadas de desconocidos e incluso consultar la ruta que alguien ha hecho durante el día – definitivamente, Blackmirror es un documental –.
Venimos de una época de relativos que se está empezando a superar; una época donde se ha hecho apología de lo breve y lo cambiante
Pese a lo turbio de todo esto, que Meta, matriz de Instagram, haya implementado semejante herramienta de control significa que se huele que un público potencialmente joven, como lo es el de las redes sociales, la va a usar; a los centenials nos obsesiona encajonar, marcar en el mapa, controlar; esto de la ubicación en tiempo real solo es un síntoma más de algo que se viene: la coagulación del mundo líquido.
Venimos de una época de relativos que se está empezando a superar; una época donde se ha hecho apología de lo breve, lo intrascendental y lo cambiante; una que los centenials, es la gran diferencia generacional frente a los milenials, quieren matar y no recodar ni borrachos.
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El discurso de lo superfluo y lo cambiante, de la inseguridad constante y la falta de rocas a las que aferrarse ya no se lleva; ya quedaron atrás aquellas épocas de romantizar los alquileres rotacionales y el emprendimiento; ahora queremos ser propietarios – bonita época para soñar con ello – y sacarnos una oposición. Los últimos coletazos del anterior pinchazo financiero, unidos a la batidora mental que fue la pandemia nos convirtieron en jóvenes ansiosos de grandes arneses de seguridad: queremos certezas, queremos inmovilismo; nos hemos vuelto un poco conservadores en la mirada vital, aunque algunos también en lo político.
Todo el rato necesitamos tener bajo control hasta el más mínimo detalle; la parodia del vividor bohemio y malasañero, ese que araña centimillos de la cartera y vive de hacer un bolo penoso como dj cada dos o tres semanas, encaja en los estándares milenials, pero no en los centenials; nuestro sueño no es ser un hípster de La Latina, sino un propietario de Illescas. Es el mundo líquido coagulándose; es raro, pero es así, y los políticos europeos de izquierdas, por cierto, deberían ir haciendo un esfuerzo por entenderlo: o implementan un discurso con certezas inamovibles o todo chaval de menos de treinta años va a hacer un viaje sin billete de vuelta hacia la derecha.
Por eso triunfan este tipo de aplicaciones de control de la ubicación: porque tenemos ansiedad y necesitamos tenerlo todo bien a la vista, porque nos proporcionan una sensación de seguridad y certeza; sabemos dónde está nuestro novio o amigo, sabemos que no le va a pasar nada; triunfan, vaya, exactamente por lo mismo que la ultraderecha.
El éxito de la geolocalización solo es otro síntoma de algo mucho más grande.
Es curioso: hace cuatro meses, en una cena con algunos amigos más mayores, empezamos a hablar de la función de geolocalización del iPhone, un extra del terminal de Apple que permite compartir con quien quieras tu ubicación en tiempo real, como si llevaras un transmisor GPS postsoviético pegado en los bajos del coche – existen funcionalidades parecidas para el resto de móviles de otras marcas, aunque no igual de efectivas y precisas –.