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El efecto Simpson o lo que en realidad predice la serie
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María Gelpí

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El efecto Simpson o lo que en realidad predice la serie

Los Simpson han sido considerados un sismógrafo de nuestro tiempo. Aunque ya en declive, han dado pie incluso a cursos universitarios

Foto: Fotograma de 'Los Simpson: La película', de 2007. (20th Century Fox)
Fotograma de 'Los Simpson: La película', de 2007. (20th Century Fox)
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Desde su estreno en 1989, Los Simpson han anticipado tantos acontecimientos del mundo real que resulta fácil pensar que poseen una extraña capacidad de predicción: la presidencia de Donald Trump, las lesiones de Neymar, el hallazgo del bosón de Higgs, la aparición del smartwatch, los atentados contra las Torres Gemelas, el brote de ébola, la censura del David de Miguel Ángel, el célebre pez de tres ojos o la compra de Fox por parte de Disney figuran entre los ejemplos más citados. Ha circulado incluso estos días una escena de un capítulo en la que se vaticinaba el atentado contra Charlie Kirk, aunque había sido generada por IA. Pero nada importa si lo que queremos es creer que Los Simpson lo predicen todo.

A pesar de que la serie va camino de los 800 capítulos y 37 temporadas, y de que muchos de sus supuestos adelantos tecnológicos son los que cualquier Julio Verne aficionado y entusiasta de la ciencia aplicada podría anticipar, los aciertos siguen resultando llamativos. A nadie se le escapa que el efecto Simpson es fruto de nuestra propensión a percibir patrones, sumada a una mezcla de sesgo de confirmación, memoria selectiva y captación retrospectiva, que da como resultado la reinterpretación de escenas referenciales como predicciones, al modo de un Nostradamus pop y amarillo, en donde la imprecisión se junta con las ganas de comer. Es algo parecido al efecto Forer, que se produce al leer el horóscopo, según el cual cualquier descripción vaga parece escrita para uno mismo. Todo ello no sería posible sin la enorme capacidad de los guionistas para captar el momento social y político, reflejado en homenajes, parodias y referentes culturales que la serie maneja. Se sabe que alguien ha triunfado en nuestra contemporaneidad cuando ha sido parodiado en Los Simpson. Se genera así el placer de reconocer guiños que invitan al espectador a jugar, a completar la broma, creando efecto fandom entre quienes las pillan en nivel experto. En otros casos, como el de Lady Gaga, fue la propia cantante quien, en su actuación en la Super Bowl de 2017, recreó la parodia que la serie había hecho de ella años antes, en lo que en ocasiones se cuenta de manera delirante como una predicción.

Los Simpson han sido considerados un sismógrafo de nuestro tiempo. Aunque ya en declive, han dado pie incluso a cursos universitarios, como el de la Universidad de California titulado Los Simpson y la filosofía, del que surgió un libro de ensayos bajo el mismo título. Sus guionistas han sabido señalar, mediante la distorsión paródica, las contradicciones propias de nuestro tiempo, no en clave moralista, sino a través de la identificación con nuestras debilidades, mostrando el desfase entre lo que esperamos y lo que realmente ocurre. Eso no significa que la serie carezca de ideología, pues caricaturiza instituciones como la Iglesia, los partidos políticos, la sociedad de consumo, la escuela o la propia familia, al tiempo que reconoce su funcionalidad.

Así, la familia aparece como un espacio caótico e imperfecto, con un padre moralmente fallido como Homer, cuya efigie siempre imaginaremos desapareciendo en un seto, acto sublime de retroceso cobarde, y cuya pereza no le permite incurrir en más vicios. Sin embargo, sigue siendo cumplidor en lo afectivo, lo que nos genera cierta ternura. Recordemos que, cuando Homer es atacado por los alienígenas con cabeza de bombilla y tentáculos, suplica: «Oh, Dios mío, extraterrestritos, no me comáis. Tengo esposa e hijos, coméoslos a ellos». Aunque muchas veces olvida a la bebé de la casa, Maggie, Homer tiene fotos de ella por toda su mesa de trabajo; sigue queriendo a Marge con locura, aunque no sepa tratarla; es capaz de renunciar a instalar un aire acondicionado para comprarle un saxofón a Lisa o colarse en un museo para que pueda ver una exposición.

El efecto Simpson es fruto de nuestra propensión a percibir patrones, sumada a una mezcla de sesgo de confirmación y memoria selectiva

Por su parte, Marge representa la personificación de la ponderación y el sentido común, entre los dos extremos que van del corrupto alcalde Quimby al devoto intransigente Flanders. Sin ser perfecta, tiene coraje para llevar a cabo la campaña contra la censura del desnudo del David de Miguel Ángel y, aun así, nadie en su sano juicio envidiaría su satirizada vida de resignación y dependencia. De igual manera, la escuela es ridiculizada y, a pesar de ello, cuando el director Skinner es sustituido en el colegio por Flanders, que elimina castigos, reparte frutitos secos y mete a todos en el Cuadro de Honor, en alusión a las nuevas pedagogías, Bart descubre que echa de menos a Skinner, sin el cual su carácter rebelde carece de sentido. Lisa encarna las contradicciones de lo intelectual en la sociedad: admirada por su lucidez, pero ridiculizada por su pedantería, su figura oscila entre la guía racional y la sátira a las élites ilustradas, como cuando, en el gobierno de sabios que integra, se aprueban medidas delirantes como redefinir las señales de tráfico o permitir la procreación solo cada siete años.

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Pero volvamos a los vaticinios. En este panorama, donde la pequeña ciudad de Springfield se presenta como una comunidad local autocontenida, al modo de una polis actualizada en la que la acción ciudadana todavía tiene eficacia, la serie construye una sociedad alegorizada en la que formular tendencias, posibles escenarios, derivas exageradas o situaciones verosímiles, adivinatorias o adivinables. Sin embargo, el conjunto de coincidencias acumuladas a lo largo de los años, amplificadas por las redes, ha superado el tono agorero para convertirse en el meme de que “Los Simpson predicen el futuro”, con independencia de que sea verdad, porque ya nos da igual lo que sea eso. Así, el meme ha dado un giro más: ya no basta con reinterpretar lo emitido, puesto que ahora se fabrican predicciones apócrifas con IA, como la del supuesto asesinato de Charlie Kirk, los incendios de Los Ángeles, el colapso del puente de Baltimore o el escándalo del beso de la cámara de Coldplay, reforzando la ilusión de una fatalidad. El límite lo marcan la IA y el afán de viralización, ambos con tendencia hacia el infinito.

Sin embargo, existen también otras supuestas predicciones que proyectan un deseo perverso no ocurrido, jugando con la baja expectativa de lo esperado y el deseo de realidad. Así, se generan supuestas escenas premonitorias, ya sea de una guerra nuclear, de la muerte de Trump o de la de Joe Biden. Se trata de alentar una suerte de falacia de inevitabilidad o un fatalismo memético según el cual, si hemos hecho que lo predijeran los Simpson, nada debería evitarlo. Su objetivo ya no es generar una verdad, sino activar afectos y construir colectividad, a través del deseo compartido y retuiteado de fieles adeptos a una ideología. Y es que lo que de verdad han sabido pronosticar Los Simpson son nuestras propias contradicciones.

Desde su estreno en 1989, Los Simpson han anticipado tantos acontecimientos del mundo real que resulta fácil pensar que poseen una extraña capacidad de predicción: la presidencia de Donald Trump, las lesiones de Neymar, el hallazgo del bosón de Higgs, la aparición del smartwatch, los atentados contra las Torres Gemelas, el brote de ébola, la censura del David de Miguel Ángel, el célebre pez de tres ojos o la compra de Fox por parte de Disney figuran entre los ejemplos más citados. Ha circulado incluso estos días una escena de un capítulo en la que se vaticinaba el atentado contra Charlie Kirk, aunque había sido generada por IA. Pero nada importa si lo que queremos es creer que Los Simpson lo predicen todo.

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