Por qué España está en un estado de guerra civil emocional
El escritor y periodista Antonio Pérez Henares analiza en 'España traicionada' (HarperCollins) cómo se están desmantelando los cimientos de nuestra historia y de nuestra identidad. Publicamos un capítulo
Un soldado del Gobierno republicano lanza una granada contra una trinchera enemiga durante la guerra civil. (Getty Images)
Los españoles, a tan solo diez años de que se cumplan cien, ya un siglo, de aquella contienda, estamos cada vez más sumergidos y empapados en una especie de estado de guerra civil emocional. Hemos vuelto, nos han vuelto, atrás en el tiempo, y nos han devuelto a lo peor de lo que fuimos, sin ser siquiera nosotros quienes estuvimos allí ni protagonizamos aquel trágico, general y atroz desastre. "Alguien", diría Gila, señalando sin señalar, se ha esforzado, por su interés miserable y personal, en conducirnos de regreso al lodazal de sangre del que habíamos conseguido salir, desprendiéndonos de sus costras hace ahora ya casi medio siglo. Ese alguien —por desgracia yo no tengo la gracia de Gila para hacerme entender como él— se llamó y se llama José Luis Rodríguez Zapatero, ahora encollerado con Pedro Sánchez, su heredero y sucesor en tales artes y tal manera de gobernar, que pretende culminar la misión además de aferrarse como una garrapata al poder.
A ambos les han salido discípulos por doquier: unos, la extrema izquierda podemita, fueron quienes les dieron la idea, y se han convertido en sus trompeteros mayores; y otros, del lado contrario y justo al otro extremo, para empezar a formar sus filas y, al toque de clarines, lanzarse al combate, por ahora virtual y en la memoria, como si así vengaran los unos una derrota y los otros volvieran a celebrar la victoria.
El pueblo, y repito lo del pueblo —un vocablo del que ahora adjuran quienes tanto lo manosearon—, en su inmensa mayoría, más de un 90% a tenor de lo que votó, dio por zanjado aquel asunto con una inusual pero maravillosa lección de hondura en el sentir, cordura en el razonar y generosidad en el ponerse a caminar. Había que reconciliarse, había que perdonar y perdonarse. Porque hubo asesinos y asesinados por ambos lados, miserables y canallas, antes, durante y después, y porque hubo también buenos y valientes, capaces de dar sus vidas y hasta de ponerlas en riesgo por salvar a los del otro lado. Cobardes y héroes en ambos sitios. Los primeros fueron más letales, vesánicos y feroces en las covachuelas de la retaguardia; los segundos se batieron con honor en el frente, donde murieron o sobrevivieron, ganaron o perdieron.
Durante la Transición se asumió que había llegado el tiempo de dejar todo aquello atrás, separándonos del franquismo, y poner vista al futuro. Y lo supimos hacer. Y eso todavía podemos recordarlo quienes tuvimos el privilegio de poderlo vivir. Supuso, en cierta manera, un homenaje a nuestros antepasados de ambos bandos, como si fuéramos una de esas familias que tenían parientes en ambos lados. También durante aquel tiempo —los ochenta y los noventa— supimos hacer amigos, y alardear de tenerlos, con ideas diferentes y hasta confrontadas.
¿Qué ha pasado y cómo nos hemos dejado llevar hasta donde estamos ahora? Hay quienes nunca creyeron en la reconciliación, buscaron siempre la revancha y tuvieron en su programa el enfrentamiento. Son la extrema izquierda y ETA, que nunca aceptaron la democracia y los primeros crearon el despectivo término de "Régimen del 78". Recuerdo que compartía tertulia en televisión con Íñigo Errejón cuando se lo oí decir por primera vez. Desde luego, no me callé. Él escurrió el bulto y el resto de compañeros permanecieron en silencio. A partir de entonces, esa fue la tónica general, hasta que Podemos lo convirtió en bandera y Zapatero se la compró. La izquierda siguió callando. Nadie parecía querer defender los logros conseguidos y el nivel de libertad alcanzado. Se comenzó a abjurar de la Transición y a convertir a la Segunda República en un icono, volviendo a dividir a los españoles en buenos y malos, según se les supusiera herederos de uno de los dos bandos enfrentados.
Cubierta de 'España traicionada', el nuevo ensayo de Antonio Pérez Henares. (HarperCollins/EC)
A algunos, está en los escritos y en las advertencias durante los debates, nos pareció que ese camino, desenterrando el odio, era lo peor que podía pasar. Pero no solo pasó. Cuando Sánchez pactó con Iglesias hizo algo más que entregar ministerios. Hizo suyo, en gran medida, el discurso y la hoja de ruta morada, y se lanzaron por ese rumbo, entendiendo que era una tabla de salvación electoral, tomándolo como eje de sus campañas, como banderín de enganche y como toque de corneta para señalar al enemigo. Tristemente ha de reconocerse que han logrado un gran avance, y en ese frente y esa trinchera es donde están y van a seguir estando.
Como no podía ser de otra manera, por el otro extremo aquello también se aprovechó. Le vino de perlas a una extrema derecha que, en España y durante más de treinta años largos, no había conseguido rascar nada, y comenzó a levantar cabeza y luego a cabalgar. Nada le ha podido venir tan bien como lo que el sanchismo ha hecho y sigue haciendo por ellos. Los han convertido en el coco para sacar rédito electoral y han logrado que la población se crea la entelequia de que el peligro que más nos acecha es esa extrema derecha en la que meten cuando le viene bien a todo el que les interesa. Fachas hemos acabado por ser, y según la ocasión, todo aquel que se atreva a discrepar de las ordenanzas sanchistas y gubernamentales.
Sobre el autor y el libro
Antonio Pérez-Henares (Bujalaro, Guadalajara, 1953) es escritor y periodista. Ejerció el periodismo desde los 18 años, cuando comenzó en el diario Pueblo. Fue director de la revista Tribuna y de publicaciones del grupo Promecal, y uno de los más reconocidos tertulianos en radio y televisión. Colabora como columnista en numerosos medios de prensa y, tras fundar la asociación Escritores con la Historia, ha encabezado importantes ciclos y proyectos de divulgación histórica en defensa del legado español.
Es autor de numerosas novelas y ensayos. Su nuevo libro lleva por título España traicionada. La verdadera memoria que no debemos olvidar (HarperCollins) y es un retrato afilado que desafía las ideas impuestas y denuncia cómo, bajo la fachada del progreso, se busca desmantelar los cimientos de nuestra historia y de nuestra identidad.
Pero lo más triste, a pesar de lo burdo y grosero, es que ha calado en las gentes. Y, más allá de las militancias de ciertos partidos, en ciertos segmentos sociales se odia según el color ideológico, se señala y se acusa de forma anónima y el otro pasa a ser considerado una sabandija merecedora de lo peor y sin los mismos derechos humanos que los demás. Porque esa degradación ya lo convierte en un ser subhumano, sobre el que se puede actuar y se actúa aun vulnerando toda norma y principio democrático. Por ejemplo, se le prohíbe expresarse. Veamos si no esos casos en los que se impide que ciertas personas —haciendo uso de su libertad— puedan dar una conferencia en la universidad, mediante manifestaciones que convierten en un heroico acto progresista en contra del fascismo, cuando lo que en realidad hacen es comportarse como totalitarios y represores. Se ha dicho y advertido muchas veces: es muy difícil encontrar a alguien que sea más fascista que quienes se proclaman de continuo antifascista.
Lo malo es que el regreso a la semántica guerracivilista, "rojo-fascista", es ya algo de uso común. Y por culpa de este ambiente, las personas que piensan diferente, aunque no se conozcan, se ven incapaces de relacionarse ni compartir nada; ni siquiera se rozan porque el otro es un enemigo sin más.
Vamos para el siglo desde que la guerra acabó y quieren enfrentarnos de nuevo, cuando nuestros abuelos y bisabuelos, si algo nos dijeron es que de retornar a aquello nunca jamás, pues fue la mayor atrocidad que se había cometido, por unos y otros, en España. Y aquí estamos, enfrentados, y en ocasiones rabiosos, volviendo al rencor que tanto nos envileció y nos costó superar, el que quieren meternos de nuevo y hasta el zancarrón. Y otra vez tengo que advertir que esto no es alarmismo, ni catastrofismo ni exageración, que ya lo dije cuando apenas se vislumbraba: hoy cabalga y mañana se puede desbocar.
"La batalla es entre democracia y totalitarismo, entre los que defienden a la primera contra los caudillos que pretenden reducirla a escombros"
Pero en realidad todo es una sucia mentira. La línea divisoria no está entre la derecha y la izquierda. De ese populismo —rojos y azules— es de lo que se valen, y con lo que nos martillean, para borrar la verdad. Porque lo que está en juego en buena parte del mundo no es sino la vieja batalla a la que no hace mucho tuvimos que enfrentarnos, la que se entabla entre la democracia y el totalitarismo, en la que combaten quienes defienden a la primera contra los caudillos que pretenden reducir a escombros tanto los controles a su poder como las instituciones establecidas para moderarlo. Esa es la batalla en la que estamos y no en la de aquel pasado que quieren que revivamos; con eso solo tratan de engañarnos de la peor manera e insistiendo cada día más.
La palabra la volveremos a tener nosotros, ojalá sea pronto cuando podamos acudir de nuevo a las urnas. La esperanza de España reside en la voz, convertida en voto, del pueblo soberano. De ellos va a depender si la traición se consuma o si la logramos derrotar. Nos jugamos todo. No va más.
Los españoles, a tan solo diez años de que se cumplan cien, ya un siglo, de aquella contienda, estamos cada vez más sumergidos y empapados en una especie de estado de guerra civil emocional. Hemos vuelto, nos han vuelto, atrás en el tiempo, y nos han devuelto a lo peor de lo que fuimos, sin ser siquiera nosotros quienes estuvimos allí ni protagonizamos aquel trágico, general y atroz desastre. "Alguien", diría Gila, señalando sin señalar, se ha esforzado, por su interés miserable y personal, en conducirnos de regreso al lodazal de sangre del que habíamos conseguido salir, desprendiéndonos de sus costras hace ahora ya casi medio siglo. Ese alguien —por desgracia yo no tengo la gracia de Gila para hacerme entender como él— se llamó y se llama José Luis Rodríguez Zapatero, ahora encollerado con Pedro Sánchez, su heredero y sucesor en tales artes y tal manera de gobernar, que pretende culminar la misión además de aferrarse como una garrapata al poder.