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¿Polarizar? Qué va. El verdadero plan de las IAs es que no vuelvas a discutir con nadie
Las inteligencias artificiales permitirán que generemos nuestros propios productos culturales: no habrá autores ni discrepancias, solo espejos
Willyrex es de los más grandes y ricos youtubers de España, aunque resida en Andorra. Al creador de contenido, nos guste más o menos, podemos colocarle bastantes etiquetas, y una de ellas es la de pionero digital, a lo Jesús Gil 2.0.: fue de los primeros en hacerse millonario gracias a Youtube, el primero en conseguir el legendario partner de Machinima y de los primeros también en meterse en el tsunami extraño y con aroma a estafa de los NFTs – se convirtieron en un meme los dibujos de golems y gigantes que trataba de vender a su público como obras de arte con las que especular –. Ahora, está siendo de los primeros en refugiarse tras el cerrojazo cognitivo de las inteligencias artificiales generativas.
Hace ya unos cuantos meses, sorprendió a sus seguidores y haters con una publicación en Twitter donde contaba que las IAs eran una herramienta que usaba habitualmente no solo para su trabajo, también para su vida familiar. En concreto, para criar a su hija, que no tendrá más de un par de años.
En el hilo, contaba que la chiquilla apenas veía ya series infantiles “tradicionales”. ¿Para qué? En lugar de ponerle la televisión lineal o alguna plataforma con dibujitos animados, él mismo aplicaba sus conocimientos tecnológicos e indudable buena intención como padre para diseñar con una inteligencia artificial generativa las series y películas que supiera exactamente que le gustaban y convenían a la niña. Asesinaba al guionista, dibujante y productor para crear él mismo el producto perfecto, la obra aséptica que retuviera a la niña el tiempo exacto que él quisiera: le crea, dijo literalmente, sus dibujos.
La producción que mostraba como ejemplo no era la gran cosa, pero no aspiraba a ello; tampoco desentonaba muchísimo en cuanto a la imagen, sin embargo, sí era muy extraña si se reproducía con sonido – uno de los campos más difíciles para las IAs es imitar el habla humano –. Pero el tema no es la calidad técnica, sino el aislamiento total; la capacidad que nos están brindando las empresas tecnológicas para no volver a conversar con nadie, para matar al interlocutor.
Las IAs han venido a matar definitivamente al autor, y no por una cuestión de rentabilidad, sino porque conversar es cada día más incómodo
El problema de las obras de arte, te diría un oscuro filósofo de la estética, es que te obligan a conversar con el autor. Cuando ves una película, lees un libro o miras un cuadro estás teniendo una conversación con su creador desde su imaginario, bagaje cultural o sentido de la estética; es imposible vivir aislado, ensimismado en uno mismo, porque hasta el más asocial de los ermitaños, ese que se vanagloria de vivir encerrado en casa leyendo libros decimonónicos o viendo películas de hace medio siglo, mantiene un intercambio de ideas con sus autores predilectos. Se nutre de ellos, aprende, permite que el creador del que disfruta moldee sus convicciones gracias a esa obra que ha compuesto en base a sus prejuicios, gustos y, claro que sí, ideología. Hay un intercambio, aunque sea unidireccional; una simbiosis intelectual.
Las IAs, sin embargo, han venido a matar definitivamente al autor; y no por una cuestión de rentabilidad, que igual también tiene que ver, sino porque conversar es cada día más incómodo. No queremos hablar, aunque algunos creamos que es más divertido. Preferimos que nadie perturbe nuestras purísimas fronteras cognitivas.
La creación de productos culturales a la carta nos va a volver incapaces de admitir la más mínima discrepancia intelectual o ideológica porque… ¿para qué la necesitaremos?; ¿para qué voy a consumir a ese escritor con una prosa fascinante, pero que no soporto cuando habla de política, si puedo hacer que una IA entrenada meticulosamente en agasajar todos mis sesgos haga lo que yo quiera?; ¿me gusta cómo escribe Juan Manuel De Prada, pero no soporto cuando se pone antisionista? No hay problema, puedo tener una versión mejorada. ¿Amo el humanismo de Benito Pérez Galdós, pero me chirría su patriotismo derrotista? Al toque, puedo hacerme uno al gusto gracias a ChatGPT. ¿Willyrex me entretiene, pero no soporto cuando se pone a darnos lecciones financieras o sobre NFTs? Pues me monto uno a mi imagen y semejanza, claro que sí. El consumo cultural se convertirá en una masturbación; ya no habrá frente a nosotros un cuerpo excitante al que tolerar algunos defectos, sino un espejo perfeccionado; un postespejo.
El consumo cultural se convertirá en una masturbación; ya no habrá frente a nosotros un cuerpo excitante al que tolerar algunos defectos
Todo esto que expongo puede parecer exagerado o ludita, como un brote antimoderno al más puro estilo Capitán Swing, pero las empresas tecnológicas ya trabajan con este modelo en sus planes de negocio. Por ejemplo, Youtube permite a los creadores de contenido desarrollar masivamente shorts – vídeos cortos, al estilo TikTok, que la compañía lleva años incentivando – con una inteligencia artificial nativa de la propia plataforma. ¿Imaginas que pudieras crear un youtuber a tu milimétrico gusto que generara vídeos ilimitados? Pues ya puedes hacerlo, pero en otro tipo de páginas: las porno. Muchos sitios para adultos ya permiten al usuario montarse con herramientas de inteligencia artificial una actriz perfecta, con los atributos y defectos deseados, que haga frente a la cámara imaginaria lo que cada cual quiera.
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Al contrario de lo que se piensa, las inteligencias artificiales nos arrojan a un mundo atomizado, no polarizado; no habrá dos grandes bloques políticos enfrentados en una batalla cognitiva por el relato, sino millones de microcosmos diferentes, de realidades paralelas, que habitarán en cada teléfono móvil. Esto será Un mundo feliz, no 1984; la letra entra mejor con descargas de serotonina que con sangre. TikTok podrá reproducirme vídeos ilimitados generados al gusto, al instante, gracias al desbordante conocimiento que tendrá sobre mí; Spotify me generará canciones basándose en el tipo de letras, ritmos y acordes que a mí me gustan, y nadie más que yo las escuchará nunca; podré leer en algún periódico una sección de opinión propia que me suministrará comentarios políticos creados ex profeso para mí. Mataremos la conversación pública, no tendremos discrepancia ni referentes culturales comunes que nos unan. Seremos, ahora sí, auténticos ermitaños.
Willyrex es de los más grandes y ricos youtubers de España, aunque resida en Andorra. Al creador de contenido, nos guste más o menos, podemos colocarle bastantes etiquetas, y una de ellas es la de pionero digital, a lo Jesús Gil 2.0.: fue de los primeros en hacerse millonario gracias a Youtube, el primero en conseguir el legendario partner de Machinima y de los primeros también en meterse en el tsunami extraño y con aroma a estafa de los NFTs – se convirtieron en un meme los dibujos de golems y gigantes que trataba de vender a su público como obras de arte con las que especular –. Ahora, está siendo de los primeros en refugiarse tras el cerrojazo cognitivo de las inteligencias artificiales generativas.