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Los hijos de las familias con dinero están enfadados. Sus padres también
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Los hijos de las familias con dinero están enfadados. Sus padres también

Los bienes indispensables para la subsistencia están cada vez más caros. El agujero en la economía cotidiana afecta a las clases medias y a las medias altas. Su respuesta es tan airada como endeble

Foto: La vivienda típica del 'boomer'. (EFE/Esther Gómez)
La vivienda típica del 'boomer'. (EFE/Esther Gómez)
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Han pasado muchas cosas en la economía en las últimas décadas y algunas de ellas han sido fundamentales para fijar el nivel de vida actual de los españoles. La primera fue que, fruto de la globalización, los precios de los bienes de consumo (ropa, televisiones, electrodomésticos, ordenadores, móviles) se abarataron y permitieron su presencia en la gran mayoría de las viviendas españolas. En contrapartida, los precios de los bienes esenciales para la subsistencia (vivienda, alimentos, energía, transporte) se encarecieron de forma significativa. En los últimos años, sanidad y educación se han sumado a los gastos habituales de muchas familias, ya sea por la falta de medios, de personal o de plazas en las entidades públicas. La vida cotidiana se ha vuelto más costosa. Ha sido un cambio importante, y no parece que muy favorable.

El segundo elemento importante fue el giro hacia una economía de servicios. Hay, claro está, diferencia entre los trabajos poco cualificados que dan servicio a la mayoría de la población y los que dan servicio a las clases altas y al capital (consultores, abogados, contables, despachos, publicistas, asesores, educación y sanidad de élite, arquitectos). Estos fueron sectores en auge en la época de la globalización, mientras que los primeros vieron cómo sus salarios apenas crecían o se mantenían en los mismos niveles. En la medida en que los empleos industriales fueron desapareciendo y que las clases medias y medias bajas asentadas en el comercio y en las pequeñas empresas vieron limitada su capacidad de acción por la concentración empresarial, el complicado acceso al capital por las directrices de los bancos tras la crisis o la su restringida posibilidad de competencia por el aumento de los costes y las diferentes condiciones de mercado, los recursos para la mayor parte de la población menguaron de manera significativa.

El tercer aspecto significativo fue el cambio de mentalidad. Rota la estabilidad en el empleo por la bifurcación en el mercado laboral entre quienes aportaban valor y quienes resultaban fácilmente reemplazables, las posibilidades vitales de unos y otros comenzaron a diferir notablemente. Era la época de reinventarse, de adquirir nuevas habilidades y, en el caso de los jóvenes, de adquirir una formación que les ofreciera un futuro brillante. Los jóvenes comenzaron a cursar másters, a matricularse en centros extranjeros, a aprender varios idiomas, a completar su currículo con habilidades que asegurasen la empleabilidad. La idea de fondo era que una cualificación universitaria adecuada permitiría asentarse en el mercado laboral y daría acceso a los sectores y empresas que más recorrido y beneficios ofrecían.

Las ayudas de los padres

Esa visión, relacionada con el mensaje meritocrático que imperó en la época, implicó también una mayor inversión en la educación por parte de los padres. En la medida de lo posible, resultaba conveniente matricularse en universidades reconocidas, públicas o más probablemente privadas, completar la formación fuera de España, añadir clases adicionales fuera de las lectivas (para los idiomas, la informática o cualquier otra habilidad necesaria). Los hijos dependían, además de su esfuerzo, de los recursos de los padres para salir del periodo educativo con las credenciales necesarias. En la entrada al mercado laboral, esa dependencia seguía presente, en la medida en que la red de relaciones familiares facilitaba mucho acceder a los lugares más apreciados.

Hay empresas de élite con salarios que no dan, en algunos puestos, para sufragar el coste de la vida en la ciudad

Durante estas décadas, también las profesiones liberales se fueron bifurcando y, como la misma sociedad, terminaron partiéndose entre una cúspide de profesionales que obtenían rendimientos muy elevados y una mayoría cuyo salario se depreciaba. Los puestos intermedios decayeron tanto en número como en ingresos. Las empresas tendían a separarse entre los puestos directivos, los que pensaban, y los que ejecutaban. Los primeros vieron su retribución aumentar, habitualmente mediante retribuciones extra, como los bonus, y los segundos se encontraron con salarios pauperizados. Así, hay empresas de élite hoy en las que los salarios de quienes ingresan no dan para pagar una vida en la ciudad que incluya el alquiler de una casa.

Es decir, incluso en los segmentos de mayor brillo simbólico y que ofrecían las mejores oportunidades laborales, los hijos necesitaban las aportaciones de la familia. Las herencias empezaron a cobrarse antes; las transferencias de padres a hijos se volvieron cada vez más comunes. Las ayudas de las clases con más recursos a sus descendientes, ya fuesen para iniciar la trayectoria profesional, como aportación familiar para adquirir una vivienda o como ayuda regular (pago de gastos recurrentes o de extras mensuales) son hoy muy frecuentes. Entre las clases con menos recursos también están presentes, pero solo como solución ocasional de última instancia. Lo significativo es la necesidad de ese apoyo: los hijos lo precisan para mantener el nivel de vida de clase media o media alta del que provienen porque sus ingresos están lejos de concedérselo. El trabajo cotiza menos.

Son personas que no han logrado aquello a lo que aspiraban y que comienzan a darse cuenta de que nunca lo lograrán

No se trata únicamente de que el capital familiar aporte un nivel de vida más cómodo. Es muy importante para marcar la diferencia: quienes cuentan con esas ayudas pueden estudiar en universidades prestigiosas, irse a vivir a una gran ciudad si no nacieron en ella (o al extranjero) y aguantar los años en que los ingresos son escasos incluso cuando ya se han incorporado al mercado laboral. Su capacidad de resistencia y su nivel de bienestar mientras se abren camino les hace más fácil llegar a la meta. Han contado con posibilidades formativas mejores, pero también con mejores posibilidades en el inicio de su carrera.

El chivo expiatorio

Las cosas se complican más, porque no todo el mundo (ni siquiera la mayoría) logra triunfar o, al menos, alcanzar un lugar laboral seguro. Las dificultades de las trayectorias profesionales contemporáneas no solo se perciben en los expulsados, en aquellos que salen del sector del que esperaban vivir y que han de emplearse en ámbitos menos cualificados, sino que tienden a embolsar a un número significativo de personas en espacios detenidos. Son gente que lleva tiempo en un ámbito laboral, sea en la misma empresa o en varias, que continúa empleada, pero que no ha terminado de lograr aquello a lo que aspiraba y que comienza a darse cuenta de que nunca lo logrará. Son personas que han salido de los salarios de inicio, pero cuyas retribuciones están lejos de las de quienes están en los estratos superiores de las empresas. Con los años, las necesidades (y las aspiraciones) aumentan, ya que las familias tienden a formarse, o los gustos se vuelven más caros, y las frustraciones aparecen con asiduidad. Son ámbitos laborales dolidos y descontentos, porque no tienen lo que necesitan ni en el nivel simbólico ni en el de los ingresos.

Hay gente que esperaba, al menos, mantener el nivel de vida gracias a un trabajo cualificado. Circula un rencor grande entre ellos

Han pasado pues, muchas cosas. La economía giró hacia los servicios, los precios de bienes indispensables aumentaron y los salarios no, el trabajo tenía menos peso que las rentas a la hora de asegurar una vida mínimamente tranquila, los empleos que mejores retribuciones ofrecían se concentraron en una delgada capa, los cuadros intermedios perdieron pie, y los trabajos de base se pauperizaron. Las clases con recursos tendieron a ocuparlos, porque contaban con el capital para la formación y los contactos para encauzar la vida profesional.

Se ha generado así un malestar comprensible entre quienes cobran salarios que no dan para llegar a final de mes y que suele ser manejado a través de mecanismos psicológicos que conducen a vivir en un presente permanente. Pero también ha provocado un rencor significativo entre quienes esperaban algo más de su trayectoria profesional y que, al menos, pretendían mantener su nivel de vida y no lo han logrado. Parte de ese rencor ha provocado una reacción habitual, la de buscar un chivo expiatorio, que sorprende por la elección concreta: la generación boomer. Vivieron una buena época, tienen su casa pagada, que compraron por cuatro euros, y sus jubilaciones les permiten vivir holgadamente. Ahora cuentan con pisos que alquilan por mucho dinero y que asfixian a los jóvenes. Estos, a pesar de cobrar poco, sufragan las cuantiosas pensiones de las generaciones afortunadas.

Los argumentos que ya se habían utilizado

Es natural que, ante una caída en el nivel de vida y ante la constatación de las dificultades que sufre una parte significativa de la población, surja el descontento. Se podría haber colocado el acento en un sistema injusto, en un tipo de orden económico que no permite trazar proyectos vitales, en un modo de gestión empresarial que trata de generar el máximo beneficio para los accionistas a costa de trabajadores y consumidores, o en una articulación financiera que favorece el rentismo y degrada el trabajo. No es el caso, y se ha preferido subrayar los privilegios de los que, en teoría, gozan los mayores. El hecho de que un discurso neoliberal, que apunta hacia los beneficiados por el estado del bienestar, se haya acabado imponiendo, dice mucho de la época.

Convierten una cuestión estructural en un problema personal. Es fruto del malestar de clases medias y medias altas venidas a menos

Cuando se busca un chivo expiatorio es fácil encontrarlo. Los republicanos de la época de Reagan señalaron a las madres solteras negras que vivían de las ayudas sociales. Otros culpan a regiones de su mismo país que se benefician de privilegios. Otros a ciudadanos foráneos. Las clases medias urbanas jóvenes a ese boomer que no sabe utilizar el Excel y que cobra tres veces más que tú. Son argumentos que ya estaban ahí porque se habían usado antes: la ortodoxia neoliberal los usó para despedir a los empleados que tenían más edad (y mejor salario) con la excusa de que no se habían adaptado a las exigencias de los nuevos tiempos. Los empleados de menor edad celebraron la situación porque se les abrían nuevas posibilidades laborales, pero lo cierto es que los salarios ya no volvieron a ser iguales.

Ahora, esas clases medias jóvenes y urbanas, que son las que señalan a los boomers, han constatado que están en una posición detenida, que su carrera se ve obstaculizada y que los recursos que consiguen no son suficientes. En lugar de analizar el conjunto de la economía y los motivos por los que hemos llegado hasta aquí, prefieren señalar a sectores concretos y convertirlo en un problema personal. Es el rencor de clases medias y medias altas venidas a menos.

Demasiada palabrería

La segunda cuestión llamativa gira alrededor de la vivienda y de las dificultades de los más jóvenes para acceder a ella, un asunto en el que las fuerzas políticas ponen énfasis. Es un problema real que se segmenta señalando a las personas de mayor edad como privilegiadas respecto al resto de la población. Pero esta perspectiva debe complementarse con otra de mayor recorrido: los jóvenes de las clases altas no tienen dificultades para alquilar o comprar una vivienda. Es mucho más una cuestión de recursos que de edad. Enfrentar a jóvenes y viejos en este asunto es una manera de obviar la creciente desigualdad, y especialmente en vivienda, donde se aprecia nítidamente.

El discurso sobre los boomers y de la vivienda, en el debate público, es utilizado sobre todo por tecnócratas, pero también por expertos y periodistas de cierta edad y muchos de ellos con la vida resuelta. El problema de la vivienda para los jóvenes de clases trabajadoras lleva mucho tiempo presente. Lo novedoso, con el aumento de precios, es que también ha golpeado a las clases medias y a las clases medias altas. Lo que tenemos es a un buen número de padres quejándose de que, después de haber invertido mucho en la educación de sus hijos y de los títulos que estos acumulan, sus trabajos no les dan, no ya para llevar una vida holgada, sino siquiera para pagarse un piso. Los padres se encuentran con que carecen de los recursos necesarios para ayudar a sus hijos o que esa ayuda les come buena parte de lo que poseen. Sin embargo, en lugar de plantear el asunto desde una perspectiva general, y de pensar soluciones para la mayoría de la población, lo reducen a los problemas que sufre la juventud. En realidad, es el problema que les afecta personalmente, el de sus hijos.

Las expresiones banales, clasistas y reduccionistas de los problemas de la juventud que consisten en señalar con el dedo a los boomers porque cobran pensiones cuantiosas, porque no saben utilizar un Excel o porque compraron una vivienda en los buenos tiempos, son una prueba más del declive no solo de las clases medias, sino de las clases medias altas al que un sistema económico deficiente nos ha abocado. Lo lógico sería promover un tipo de sociedad en la que los salarios permitieran una vida digna al ciudadano común, de forma que pudiera afrontar los gastos esenciales (vivienda, energía, alimentos, ropa). No ocurre así: hay mucha gente con dificultades para llegar a final de mes, otra parte que llega justa, otra que vive de manera holgada gracias a las ayudas familiares. Este es el problema de fondo. Mientras esto no se solucione, todo lo demás es palabrería, empezando por las explicaciones que sirven para enfrentar a unos perjudicados con otros mediante la lógica del chivo expiatorio.

Han pasado muchas cosas en la economía en las últimas décadas y algunas de ellas han sido fundamentales para fijar el nivel de vida actual de los españoles. La primera fue que, fruto de la globalización, los precios de los bienes de consumo (ropa, televisiones, electrodomésticos, ordenadores, móviles) se abarataron y permitieron su presencia en la gran mayoría de las viviendas españolas. En contrapartida, los precios de los bienes esenciales para la subsistencia (vivienda, alimentos, energía, transporte) se encarecieron de forma significativa. En los últimos años, sanidad y educación se han sumado a los gastos habituales de muchas familias, ya sea por la falta de medios, de personal o de plazas en las entidades públicas. La vida cotidiana se ha vuelto más costosa. Ha sido un cambio importante, y no parece que muy favorable.

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