'Los domingos': ¿por qué una chica joven decide meterse a monja de clausura?
El camino de concisión de Ruíz de Azúa se sublima en una película a contracorriente del hedonismo, pero que llega a la emoción profunda con los pocos -y muy bien manejados- elementos con los que trabaja
En su último largometraje, Los domingos, la directora vasca Alauda Ruíz de Azúa traza un estudio sobre la duda, sobre nuestra relación con la fe y la religión a partir de una pregunta: ¿por qué hoy una chica joven querría entregar su vida a Dios y optar por una vida de clausura y oración? ¿Cuál es el mecanismo que lleva a esta chica a ir a contracorriente en una sociedad cada vez -o hasta ahora- más laica? ¿Por qué decide limitar sus potencialidades -amorosas, familiares, experienciales- por una dedicación exclusiva a la fe, limitada a cuatro paredes? Y lo hace con una precisión bressoniana, desprendiéndose, como una celda de clausura, de todo lo accesorio, pero con un gesto cálido siempre con vocación de entendimiento hacia sus personajes. Tras Cinco lobitos (2021) y Querer (2024), con Los domingos, que compite en Sección Oficial del Festival de San Sebastián, Ruíz de Azúa se reconfirma como una cineasta firme y rigurosa, con una capacidad de concreción y una mirada siempre a la altura de los ojos de sus personajes.
Un trabajo más difícil que llenar una película es dejarla en lo mollar, dominar el impulso del horror vacui. El camino de concisión de Ruíz de Azúa se sublima en una película a contracorriente del hedonismo, pero que llega a la emoción profunda con los pocos -y muy bien manejados- elementos con los que trabaja. Desde la imagen inicial, en la que, durante unas convivencias religiosas de fin de semana, el crucifijo en la pared se confronta con el botellón adolescente que ocurre en esa misma habitación, la directora y guionista representa en un sólo movimiento de cámara ese tira y afloja que se produce en el interior de la protagonista, Ainara, una adolescente de diecisiete años que debe elegir entre las promesas que le ofrece una vida laica o una vida la religiosa.
Como espectadores seguimos la mirada dudosa y cristalina de Blanca Soroa -que debuta delante de la cámara- en su camino de descubrimiento -de discernimiento, lo llaman- a través de una sociedad, la española y la del País Vasco, concretamente, en la que la religión está siempre presente, ya sea desde la creencia o desde la reacción. Y esa violencia de fuerzas enfrentadas que tiran de Ainara desde uno y otro lado hacen que la película pueda sentirse hasta como un thriller dominado por la tensión. Y aunque se centra en el camino de Ainara, la película es un caleidoscopio en el que se ven representadas las diferentes perspectivas. Y, sobre todo, los diferentes intereses. Porque en los flancos los dos mundos tiran de ella.
Ainara tiene, como he dicho, diecisiete años y dos hermanas a las que cuida como si fuese su madre. Precisamente, porque su madre murió y su padre (Miguel Garcés) hoy reconstruye su vida con otra mujer y no tiene demasiado tiempo para ella. Su familia no es especialmente creyente; es más, su tía Maite (Patricia López Arnáiz, siempre en la verdad), quien más se ocupa de ella, es radicalmente anticlerical. Por eso no entiende por qué su sobrina, que asiste a un colegio religioso pero que hasta entonces no había mostrado signos de devoción, quiere ser monja de clausura.
Los domingos se divide también en dos escenarios: por un lado esa vida más o menos laica -la presencia de la religión es inevitable- de una adolescente que también se enamora, a la que también se le ha despertado la curiosidad sexual, que también tiene mejores amigas, que también se enfada y puede llegar a ser injusta y que, sobre todo, necesita ser querida, vista y escuchada. Por otro lado, la vida en el interior de un convento de clausura, cómo han llegado cada una de las religiosas hasta allí, cuáles eran sus vocaciones y sus necesidades, cuáles son los procesos y las rutinas. Un encierro que las excluye del exterior, pero con el que también excluyen el ruido del exterior. Esa mirada desde uno y otro lado de la verja.
Todos los personajes están en su necesidad de rellenar heridas y vacíos interiores. Ruíz de Azúa se toma el tiempo de señalar las imperfecciones consustanciales a la vida misma, a las relaciones humanas, que nos hacer tomar uno u otro camino. Y Ruíz de Azúa dedica el mismo mimo a todos sus personajes, completando sus bagajes y sus formas de estar en el mundo con apenas un gesto: como esas dos hermanas pequeñas que viven el duelo de maneras independientes.
¡Y cómo rueda Ruíz de Azúa ese feísmo austero de colores ocres y apagados, con lo difícil que es no caer en el esteticismo! Esas cocinas reconocibles, esos restaurantes de maderas lánguidas y luces frías, esos albergues anhedonistas, donde se construye a partir conversaciones largas y pacientes y gestos cotidianísimos ese camino hacia conclusión. O dos conclusiones que se definen en dos escenas igual de demoledoras -incluso terroríficas- de sus dos personajes principales: al final el encierro es el propio de los fanatismos.
En su último largometraje, Los domingos, la directora vasca Alauda Ruíz de Azúa traza un estudio sobre la duda, sobre nuestra relación con la fe y la religión a partir de una pregunta: ¿por qué hoy una chica joven querría entregar su vida a Dios y optar por una vida de clausura y oración? ¿Cuál es el mecanismo que lleva a esta chica a ir a contracorriente en una sociedad cada vez -o hasta ahora- más laica? ¿Por qué decide limitar sus potencialidades -amorosas, familiares, experienciales- por una dedicación exclusiva a la fe, limitada a cuatro paredes? Y lo hace con una precisión bressoniana, desprendiéndose, como una celda de clausura, de todo lo accesorio, pero con un gesto cálido siempre con vocación de entendimiento hacia sus personajes. Tras Cinco lobitos (2021) y Querer (2024), con Los domingos, que compite en Sección Oficial del Festival de San Sebastián, Ruíz de Azúa se reconfirma como una cineasta firme y rigurosa, con una capacidad de concreción y una mirada siempre a la altura de los ojos de sus personajes.