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"¡Asco de turistas!", exclamó la turista en Menorca
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Juan Soto Ivars

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Juan Soto Ivars

"¡Asco de turistas!", exclamó la turista en Menorca

Comentáis con nostalgia el tiempo en que sólo viajaban unos pocos. Casualmente, pensáis, esos pocos seríais vosotras. Pero ahora todo el mundo hace lo mismo, va a los mismos sitios, come lo mismo

Foto: Imagen de archivo de una playa en Baleares. (EFE/David Arquimbau)
Imagen de archivo de una playa en Baleares. (EFE/David Arquimbau)
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Una cola en el avión a Menorca… Asquerosa. Gente de lo más vulgar, con las bermudas, con las maletas, con los niños. Un horror. Todo guiris. El aeropuerto de Barajas se atufa en nubes de sudor amarillo. Resulta que todo el mundo paga el fast-track. Que si la abuela, que si el crío. La gente gritando, las maletas, no te dejan leer la novela de Gabriela Wiener que habías puesto en la bolsa de tela del Festival Voces de Abajo.

Claro, con tanta gente, con tanto avión, el vuelo se retrasa. Hay un tapón en las pistas, y por la ventanilla de la fila 12 contemplas la desolación: las máquinas despegan vertiendo gases de efecto invernadero en una profusión monstruosa. Las consecuencias climáticas del vuelo lowcost son incalculables. Además, las aerolíneas pagan mal a los trabajadores y trabajadoras, y luego no te atienden bien.

Por lo menos, piensas, te ha salido el vuelo por 30 euros. Aunque todas las amigas hayamos tenido que ir desperdigadas por el avión. Cuando por fin despega, el de al lado invade tu espacio con el codo. Típica actitud masculina. Notas la grasa del brazo, fría. Tratas de dormir, pero la gente habla a gritos, pasa el carro, te hiere. Te concentras en el destino, una isla hermosa, las playas tan bonitas.

Pero Menorca ya no es como en las películas. Mahón está rendido al turismo de masas. Cuesta mucho encontrar taxi y no hay Cabify ni Uber, que está muy bien que les pongan coto desde las autoridades políticas, pero vaya, al final te asas de calor, y el taxista que te toca tiene el coche hecho un destrozo.

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En Mahón, todo lleno, tienduchas de cachivaches, hippies de copia y pega que seguro que no son de verdad. Lo auténtico ha sido pisoteado por lo estandarizado, piensas, y te parece una buena idea, lo comentas con tus compañeras de viaje, cuatro amigas con las que avanzas haciendo sonar las ruedas de las maletas.

Cuando por fin llegáis al alojamiento, lo encontráis, la verdad, monísimo y comodísimo, como en las fotos, y además fresquito. Sacas una rebeca de la maleta, incluso. Dejáis vuestras cosas por el salón, elegís las habitaciones como hermanas, con cierto pique de broma pero en serio. Al final se queda con la cama grande la que siempre se queda con la cama grande. Pero bueno, no pasa nada.

En el salón tenéis una conversación sobre lo difícil que ha sido encontrar un sitio tan cuqui y la suerte que habéis tenido al final. Mira que había pisos, pero encontrar uno para todas que no fuera una cochiquera fue complicado. Alguna comenta que, de todas maneras, es increíble que se permita a Airbnb destruir el tejido local de esta manera. Es horrible participar, pero ¿qué alternativas había?

Alguna comenta que es increíble que se permita a Airbnb destruir el tejido local. Es horrible participar, pero ¿qué alternativas había?

El capitalismo te obliga a ser cómplice de la barbarie. Anotas mentalmente esta nueva idea, muy aprovechable, mientras te pruebas el bañador preciosísimo que te va como un guante y que mejor será no recordar el dinero que te ha costado. Tus amigas ya están esperando, así que a la playita. Hay una cala que no conoce casi nadie, para llegar habéis alquilado unas motos eléctricas.

Pero cuando llegáis allí resulta que sí la conoce un montón de gente. Está todo lleno de gente fea y gorda, guiris tostados. Los guiris están por todas partes, eso sí que es una invasión, y no los inmigrantes que limpian el culo a tu abuela. La arena hiede a crema solar, y una película aceitosa cubre el agua marina. Después de un bañito te pones otra vez con el libro de Gabriela Wiener, pero hay gente jugando a las palas.

Tus amigas tienen cara de asco. Venga, chicas, una foto. Ponéis todas buena cara para una foto directa a Instagram en el único ángulo en que no se ve gente por detrás. La verdad es que la foto ha quedado increíble. De no ser por el turismo de masas, por el capitalismo y por la zafiedad reinante, si solo las cinco estuvierais en la playa, la experiencia sería tan hermosa como la foto.

Foto: odiar-irene-montero
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En fin, vuelta a casa, duchita y a comer, y la constatación de que no queda nada auténtico, y de que las empresas se dedican a estafar a los turistas, y de que no queda ya nada que no sea para turistas, con lo que estáis obligadas a compartir espacio con esa purria alucinante que no se plantea el viaje como una experiencia enriquecedora, sino que es una plaga, una inercia.

La gente viaja por los motivos equivocados, y sus malas decisiones, sometidas a la moda y dictadas por el mercado, tienen consecuencias catastróficas para el comercio local y para la vida de la gente. Al final los sitios, más que sitios, son escaparates.

Comentáis con nostalgia el tiempo en que sólo viajaban unos pocos. Casualmente, pensáis, esos pocos seríais vosotras. Pero ahora todo el mundo hace lo mismo, va a los mismos sitios, come lo mismo. No hay más que ver lo lleno que está el restaurante, lo mucho que habéis tenido que esperar y, al final, para qué. Todo el mundo en todas partes. Pero "todo el mundo", qué cosas, sólo son los demás.

Una cola en el avión a Menorca… Asquerosa. Gente de lo más vulgar, con las bermudas, con las maletas, con los niños. Un horror. Todo guiris. El aeropuerto de Barajas se atufa en nubes de sudor amarillo. Resulta que todo el mundo paga el fast-track. Que si la abuela, que si el crío. La gente gritando, las maletas, no te dejan leer la novela de Gabriela Wiener que habías puesto en la bolsa de tela del Festival Voces de Abajo.

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